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 Historia de un Detective (5)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (5)   Jue Oct 13, 2016 9:01 pm

Mi Primer Encuentro con Verdaderos Detectives.

Ese día inolvidable, cuando nos presentamos a la Escuela de Investigaciones, el “Nene” y yo íbamos algo nerviosos porque habíamos conversado en la casa donde pagamos hospedaje los postulantes, junto a otros que iban a estudiar en universidades o en escuelas de instituciones como Carabineros (policía uniformada), Fuerzas Armadas.
David recién me contó que tenía un tío en nuestra ciudad y que era el segundo jefe de la Comisaría de Investigaciones, don Eduardo un enorme Subcomisario que producía miedo verle y que pasado un tiempo fui su subalterno. Increíble, era sólo la pinta de malo. Junto al Comisario Jefe, se dieron la tarea de enseñarme a ser un buen Detective; lo primero que me enseñaron fue respetar a toda la gente y a nosotros los nuevos nos trataban de SEÑOR FULANO DE TAL, nada de groserías por ser novatos como vi a otros Jefes, inseguros y faltos de educación, en otras unidades donde los funcionarios sufrían con su actitud tiránica. Pero esa historia queda para el tiempo correspondiente.

Así mi buen compañero de estudios, que conocía mi carácter, me dijo de frente que yo no iba a llegar dando puñetazos a diestra y siniestra si me “agarraban pa´l fideo” (burlas), pues la disciplina es muy seria en las filas policiales. Gracia a sus consejos logré ser un sabueso y tuve la placa y el revólver.

Efectivamente, a las ocho A.M. en punto, los ochenta Aspirantes a Detectives arribamos a una antigua casa del elegante barrio oriente de Santiago y fuimos distribuidos en dos cursos. A mí me tocó quedarme en la hermosa mansión y a David, quien se rió posteriormente porque le habrían encontrado cara de mecánico, con el otro grupo debieron ocupar una espaciosa y bonita cochera de los “pobrecitos” que vendieron la propiedad a Investigaciones.

No estaba tan acostumbrado a tanto lujo, nuestros pupitres quedaron mirando hacia una ancha escalera de mármol que accedía a diferentes puertas; después supimos que eran las oficinas que cumplía otras tareas, inclusive la peluquería donde debíamos concurrir cada tres o cuatro semanas para que el “fígaro” nos dejara parecidos a los militares con nuestro corte de cabellos. El peluquero resultó ser un hombre maduro y muy simpático que nos aconsejaba donde no debíamos meter las patas.

Recuerdo imborrable fue la primera formación para la bienvenida del Director del establecimiento. Todos de pie, parados con las manos cruzadas por detrás, según nos indicaron los Inspectores Ayudantes, formamos diez filas de ocho alumnos en fondo.
El Prefecto señor Ochoa, muy bajito, en nombre del Gobierno y del Director General de Investigaciones, nos dio la bienvenida a las filas de la institución más prestigiosa a nivel latinoamericano. Así supimos que Investigaciones de Chile había ayudado a varios países a formar su policía civil experta y dedicada a resolver delitos y crímenes; que nuestra institución formaba parte de la Interpol, organismo que hasta la presente fecha sólo reconoce como miembro a nosotros los Detectives y no a Carabineros de Chile, quienes aparecen como invitados a las reuniones en Francia. Indudablemente este hecho que menciono sirvió para evitar la desaparición del mapa de un organismo especializado en tantas ramas de la Criminalística, como es el nuestro, que más adelante trataré de informarles; durante la dictadura militar trataron de eliminarnos, pero este pequeño y gran detalle (ser agentes de la Interpol) hace que la PDI continúe sirviendo al país y haya crecido en conocimientos. En esa negra noche la policía uniformada, Carabineros, se nutrió de antecedentes y copió todo lo que sabíamos; hoy le sobreviven algunas ramas especializadas donde pocos uniformados conservan el entusiasmo de investigadores, pues la gran mayoría prefiere continuar siendo Policía Preventiva y hacer presencia con su uniforme verde para espantar a la delincuencia.
Conversando con Carabineros me relataron que es demasiada la carga que tienen en muchos campos y, sonriendo, me agregan “para alivianar tontamente la pega a los Detectives” que ahora crecieron en forma prodigiosa. En lo personal tuve muy escasos choques con los Carabineros, más bien les pedía que trabajáramos juntos para una mejor labor; no olvidaba mi labor en Relaciones Públicas.

Cuando nos despacharon para reconocer nuestras salas, ya mencionadas; cada curso fue guiado por un policía de rango de Inspector, muy instruidos e imbuidos en los conocimientos de investigadores. Ahí me di cuenta que ser Detective era mucho más que aquello que muestran las novelas y películas policiales; creo que todos los alumnos nos sentimos desalentados cuando nos dijeron que teníamos quince ramos que aprobar.

Nos tomamos una fotografía con nuestros guías de estudios y ¡diablos que estábamos diferentes cuando fuimos fotografiados cuando el curso finalizó!  Llegamos elegantes con caras muy alegres, rebosantes de salud con algunos compañeros más bien gorditos; la foto de despedida la tengo guardada y … ¡francamente no logro reconocerme entre las caras de cadáveres, pues nos sacaron la cresta en una especie de servicio militar con tantos ejercicios físicos, “paseos” a los campos de tiro y estadios donde competíamos con las otras fuerzas que portaban armas!  Los estudiantes gordos quedaron delgados, los delgados quedaron flacos y nosotros los flacos quedamos esqueléticos. Veré si logro enviar esta última foto.



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