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 Historia de un Detective (4)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (4)   Dom Oct 09, 2016 10:13 pm

Exámenes Como Para Arrepentirse de Haber Postulado.

Las cosas se ven fáciles en el cine o en las novelas policiales, pero cuando estábamos dando los exámenes en cuestión ya me estaba arrepintiendo. Nos dieron a cada uno de nosotros un cuadernillo de pocas páginas, advirtiéndonos que teníamos diez minutos para responder, sin retornar a páginas que dejáramos en blanco y que, a medida que finalizábamos, debíamos retirarnos del salón.

Vagamente recuerdo páginas con números, flechas en una u otra dirección (supongo que respondí bien). Una ilustración completa que representaba una escena callejera dibujada con una cantidad de detalles tan grande que, cuando nos reunimos, algunos de mis compañeros se daban una palmada en la cara por no haber respondido, la orden era pasar a la página siguiente sin espiar la escena. Por ejemplo, había un gato en el techo de una casa que era el motivo principal ¿estaba sentado, erizado o caminaba? ¿ qué estación del año indicaba? Francamente nunca estuve seguro si respondí bien las preguntas.

Una hora después nos dieron otro libraco con ilustraciones extrañas y números. Debíamos responder con lógica; tampoco supe mi resultado.
Ese día nos fuimos a nuestras casas casi arrastrando los pies con el aguijón de la derrota; seguramente el resto de los postulantes también. Nos citaron al día siguiente con traje de gimnasia a un estadio, pero nos sorprendió una lluvia torrencial. Nos tomaron las pruebas en el interior de un gimnasio cerrado; sabía que yo no era del agrado del examinador porque me veía más delgado con mi cara de "muerto"; David se rió cuando me vio luciendo una apretada camiseta con tirantes que mostraban mi calidad de cuasi campeón de la barra fija. Pienso que ese truco me valió para que el "verdugo" no me echara del curso.

Imposible olvidar que a mi amigo y a mí nos fue muy bien en las pruebas de habilidad física. Todavía me pregunto por “las patas” que tuvieron la gran mayoría para presentarse y hacer el ridículo. Con el “Nene” nos reíamos a mandíbula batiente, ante la mirada severa del gigantesco profesor de Educación Física que había sido seleccionado chileno de básquebol, según supimos después.
Hacer siete flexiones en la barra fija, levantar siete veces una palanqueta o pesa liviana, saltar con los pies juntos fue pan comido para nosotros dos y otros ocho postulantes. Pero, ¡cómo nos reímos de los tontos patudos que se presentaron para postular a la Escuela! No aguantábamos la risa cuando “¡Ayyy, me dolió un tobillo!” gritaban los pobres muchachos que hacían muy poco o nada de gimnasia; "¡Ay, niña qué ejercicios tan brutos. Son para hombres!" nos burlábamos.

El colmo llegó cuando el profe nos dividió en dos grupos. Los “bandidos” y los “Detectives”; los primeros debían huir y nosotros debíamos atraparlos.
Me tocó un pobre flaco y al Nene un gordo grande. A la orden de ¡Ya! huyeron los supuestos bandidos, alcancé al mío, lo tomé del cuello de la camisa y le di un puntapié en la corva de su rodilla derecha. Tomé su brazo, lo retorcí y sujeté firme como lo hacía cuando practicaba Jiut Jitsu y puse un pie en su garganta cuando cayó al suelo.
El profesor corrió hacia mí, mientras gritaba “¡Qué hace, salvaje, suéltelo!”. Me estaba levantando en el aire con su descomunal fuerza cuando debió mirar donde estaba el “pequeño” Nene con su presa, el pobre gordo que le tocó detener; el infeliz muchacho gritaba de dolor al estar con su zona renal en la pierna de mi grandote amigo, quien tenía su otra rodilla en el suelo, en una dolorosa llave de lucha libre.
El instructor debió quitárselo y me llamó. Ante nuestra mirada de curiosidad ( ¿Qué ocurre?, sólo cumplimos con la orden), el hombre se pasaba la mano por su rostro.
—¿De dónde diablos son ustedes? —Pero en seguida recordó que éramos de la zona del carbón— Ah, … son los de Coronel.
Distinguimos con mi amigo a un postulante de la cercana ciudad de Tomé, Abelardo Muñoz, un moreno con físico de Tarzán y que se juntaba con nosotros dos a reírse de los “delicados” niños de Concepción. En resumen, quedamos seleccionados los tres, aunque posteriormente faltaron postulantes rudos en Santiago y llamaron a dos más del “salvaje oeste”. Abelardo Muñoz se entusiasmó mucho cuando, posteriormente, recibimos la placa; comió y bebió como condenado y … falleció, aparentemente de gordura antes de los cuarenta años de edad.

Para estudiar en la Escuela de Investigaciones, además de ser duros, debíamos contar con cultura y conocimientos del cuerpo humano. Ya en las aulas de la policía civil, se nos advirtió que no iban a enseñarnos los estudios que todo colegio de enseñanza media supuestamente nos había dado. Por lo tanto,  todo se daba por sabido y comenzaríamos la fascinante vida de policía secreto.

Y así, una noche llegamos a la Estación Central de Concepción con nuestras maletas, vistiendo nuestras mejores galas, corbata, camisa blanca y un elegante terno. Sabíamos que todo Detective debía andar bien vestido y que en la Escuela no se usaba uniforme ( hasta varios años más tarde, pero esa es otra historia ); corría el año 1962 y aún estaba la moda de usar sombrero, pero ahí nos pararon. La orden fue tajante: ningún aspirante a Detective usaría sombrero como en las películas.

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