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 Fantasmas en el Bosque de Abedules (2/5)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Fantasmas en el Bosque de Abedules (2/5)   Sáb Mar 19, 2016 5:29 pm

En la capital de la provincia campesina, la hermosa ciudad de Chillán, fueron recibidos con la distinción que demostraban los policías civiles ante un famoso investigador, como José Carrados. El Prefecto Jefe de esa unidad, que conocía personalmente al gran sabueso,  recibió en su oficina a tan distinguidos policías. Allí, con sus propios ayudantes, le entregaron los antecedentes de la frustrada investigación de la desaparecida dueña del fundo  “Los Totorales”.

–Colega, las pistas que mi personal siguieron llegaron a un punto muerto.  Doña Nora Negrete salió de su fundo en su automóvil Mercedes Benz el atardecer de ese día domingo en dirección a la casa de su amiga Estrella Pulgar, una distinguida doctora en medicina que vive en esta ciudad, pero según los antecedentes recogidos, nunca llegó a verla.
–Ah, naturalmente usted, señor Carrados, –agregó– ya sabe que don Gumersindo es el primer sospechoso … si es que ha ocurrido un crimen en la desaparición de su cónyuge.
La voz suave del Prefecto decía su gran calidad de jefe sin temores, seguro de sí mismo y de una gran personalidad para imponerse sin recurrir a gritos ni tuteos que sobraban en la vida policial. Personalmente le mostró mapas y planos de la ubicación de la casa patronal, cercana a una de las carreteras que iban a los contrafuertes de la Cordillera de los Andes.

–La verdad sea dicha, señor Carrados, en estos lugares la pobre dama pudo haber caído hasta el fondo de los precipicios que abundan por ahí. Estuvimos meses examinando cada uno e incluso las lagunas que se forman en la parte alta y que los agricultores aprovechan para extraer agua en la calurosa época de verano cuando se secan las represas. Hemos tenido casos de  desaparecidos, cuyos cadáveres aparecen tiempo después flotando en sus aguas.
–Estos terrenos agrestes –continuó– tienen una enorme cantidad de árboles nativos de gran valor … mmm, eso me recuerda una anécdota, más bien una leyenda a la que son tan aficionados los campesinos para contarlas en sus  reuniones festivas.

Carrados mostró su complacencia de hablar con un Jefe afable que no se sentía disminuido, ni un poco siquiera, en su autoridad como superior jerárquico.
Apoyando sus codos en el escritorio juntó sus dos manos y resopló en ellas, una inveterada costumbre conocida por sus subalternos, cuando iba a abandonar su verba de jefe.
–Parece que me voy a transformar en un cuentacuentos, pero … ¡Allá vamos!
–Hay un bosque de abedules en el camino interior de la casa patronal. El caso es que estos curiosos árboles de troncos casi blancos tienden a engañar la vista de quienes los avistan. –Sonrió divertido– Hasta yo mismo podría jurar que anda gente corriendo en esa floresta y hemos tenido que detener nuestra patrullera para ver finalmente que nada se mueve. Naturalmente es un efecto óptico provocado por sus troncos manchados con tonalidades blancas y amarillas.
–Aquí ¡ja! debo contarle que –se puso de pie y apoyado en el mueble, lo miró con una sonrisa irónica– los campesinos juran que andan fantasmas que flotan cerca de la tierra. Claro, nunca he visto tales ánimas o como las llamen, pese a haber ido a curiosear.
Los ojos del Inspector Carrados comenzaron a brillar y su ayudante sabía que algo le había interesado; lo conocía tanto que casi adivinaba sus pensamientos.

El Prefecto puso a su disposición una patrullera para todo terreno y al más hábil de sus conductores que conocía bien la jurisdicción.
Mientras la patrullera corría por un camino de tierra cuidadosamente mantenido; lejos vieron el mentado bosque que observaron con mucho interés. Estuvieron a mediodía en la mansión, porque así se veía la enorme casa del fundo y conocieron a don Gumersindo Ochoa,  quien, a falta de su esposa, era el que mandaba a una gran cantidad de obreros agrícolas.
El hombre estaba próximo a los cincuenta años de edad, de una gran contextura física, no era gordo precisamente y su rostro varonilmente agraciado los miró con curiosidad.
Cuando estuvieron cómodamente sentados en el living de una gran y lujosa sala, cuyos detalles no se salvaron de la penetrante vista de Carrados, contó todos los pormenores que ya sabían los investigadores, por lo que el Inspector lo interrumpió con amabilidad expresándole que ya sabía todo eso.
–Mmm, con todo respeto don Gumersindo, siento curiosidad por los adornos de esta sala. Veo esa armadura de la Edad Media, más allá un escudo con un blasón que desconozco y sobre la chimenea una colección de armas de fuego. –Como era su costumbre, con su mano derecha se tomó el mentón– Además hay desde mosquetes hasta armas modernas como ese hermoso rifle de salón, pero entre las armas cortas se ve que falta una, a juzgar por el espacio vacío, un revólver al parecer Colt. ¿Se lo robaron?
Sorprendido el dueño de casa por el conocimiento del sabueso acerca de armas, parpadeó y levantó su chaqueta de huaso para mostrar la empuñadura del magnífico Colt .38, mientras largó una pequeña carcajada.
–Hay que andar cargando el fierro ante la presencia de muchos ladrones en estos lugares, amén de cazadores con armas largas que entran a mis tierras sin pedir permiso.

Almorzaron y el mismo hacendado les recomendó esperar la tarde, hasta que la temperatura muy alta en esos momentos bajara  para visitar el bosque de abedules que tanto le había llamado la atención a los dos policías, aunque al joven Detective Ayudante no le quedaba claro por qué el Inspector deseaba ir a tal lugar.
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