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 REENCUENTRO EN MADRID

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José Arias Fuentes
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MensajeTema: REENCUENTRO EN MADRID   Sáb Jul 11, 2015 12:48 pm

REVOLVIENDO ENTRE EL OLVIDO Y EL RECUERDO

No sé si han paseado ustedes por el Barrio de las Letras, cuando la claridad difumina los contornos de los edificios, y el pavimento empapado de agua, arrastra las huellas de los transeúntes noctámbulos. No sé si han recorrido el Paseo de Recoletos, con el incipiente sonido de la ciudad que despierta. Y no sé si ustedes, han subido la calle Huertas, dejando a sus espaldas el Museo del Prado. Seguro que sí, tantas veces, que ya ni advierten el maravilloso encanto de la ciudad que saluda al nuevo día. Es un espectáculo mágico de luz y sentidos, que dura poco, muy poco, casi nada.
Y ustedes se preguntarán: ¿a qué viene tanto preámbulo? Y tendrán toda la razón. Debería empezar por el principio, que es por donde se deben empezar las cosas. Verán. Me llamo Jacinto Casamayor Soto. Soy de Villarrubia del Cazón, un pueblo de treinta habitantes censados, y mil doscientos uno, sin hacerlo. El año pasado éramos treinta y tres los empadronados, pero mi madre murió del cansancio propio, de sus ya bien entrados ciento doce años. Prísculo, que por desavenencias con don Matias, se mudó al pueblo de al lado y La Juani, que marchó en el primer autobús de línea.
Al Prísculo no le echamos de menos, pero a La Juani. Ay a esa. A esa, la echamos de menos bastante, porque, además de estar muy buena, era un poco ligerita. Fue la primera en abrir un lupanar en el pueblo. Para entonces sólo contábamos con una botica, un colmado, el sargento comandante de la Guardia Civil, y el ejército de damas católicas del Sagrado Corazón de Jesús, además del alcalde, el señor párroco,  la familia Monteagudo, y unos cuantos vecinos, casi todos asalariados en la hacienda de don Carlos.

No sé si han paseado ustedes por el Barrio de las Letras, cuando el atardecer va difuminando los edificios, y se produce la transición entre los que vienen y los que marchan. Si por las mañanas te envuelve el mágico embrujo, cuando llega la noche, y los farolillos alumbran las estrechas calles, un halo de genuina tranquilidad, te trasporta a los tiempos de embozados, espadachines, nobles y truhanes. Muchos son los ilustres escritores que han transitado, y han descrito con sus plumas privilegiadas, los encantos de sus calles, y la magnificencia y solemnidad que transpiran los muros de palacetes y conventos.

Sí, seguro que ustedes lo han hecho. Que han pisado el mismo empedrado que Góngora, Lope, Quevedo, don Miguel de Cervantes y Saavedra…
Por esto cuando subo por Huertas hacia la plaza de Santa Ana, con mi maleta en la mano, no puedo por menos que notar un cosquilleo que me hace sentir, tan intruso como insignificante, tan pequeño como irreverente.
Doy la vuelta por Príncipe, camino hacia Santa Ana, y al segundo portal, una chapa de latón decorada con florituras, anuncia que en el tercero izquierda, se encuentra el establecimiento que busco.

La luz de la escalera es tenue, la pintura escasa y entre desconchones encuentro el botón del timbre.
La señorita que me recibe, me invita a pasar. Como única vestimenta, luce un camisón y una bata transparentes, incapaces de ocultar, tanto las verdades como las mentiras de su portadora. Recorremos un largo pasillo, con puertas cerradas a ambos lados, hasta desembocar en una especie de recibidor de terciopelo rojo, mesitas bajas, sillones y sillas acogedoras. Al fondo y separado por un biombo, la recepción la ocupa, un destartalado mostrador, un casillero con llaves, y una mujer esbelta que, de espaldas, hace anotaciones en un libro de registro, y se vuelve, saludándome con voz clara:
   
- Bienvenido a nuestra casa, señor…
- Casamayor. Jacinto Casamayor.
- Casamayor, Casamayor. Ah sí. Habitación trece, es la más discreta y apartada, aunque si le gusta la juerga, o es supersticioso, le podríamos ofrecer, la siete o la tres.
- No, está bien, está bien.
- Remedios, acompaña al señor. Espero, don Jacinto, que pase una agradable estancia con nosotras. No dude que intentaremos que se sienta como en su casa.

Cogí la maleta que había depositado en el suelo, y seguí a Remedios.
Doblamos el esquinazo y recorrimos otro largo pasillo cuyas puertas, también permanecían cerradas, exceptuando la del salón principal con mesas redondas y butacas confortables. Al fondo, tras un biombo, se hallaba el comedor con la gran mesa ovalada, y mobiliario de madera noble, acorde con el resto de los que decoraban el piso.
Una habitación sin numerar, tenía la puerta entre abierta. Al hacer amago de  entrar, sentí la mano de mi acompañante reteniéndome.

- Esta no. Es de la patrona. La suya es la contigua.
La estancia era agradable, la cama amplia, un escritorio, un silloncito con una mesilla y unas altas cortinas ocultando el inmenso ventanal, que atenúa los ruidos de la calle.
Me tumbé, y al respirar el olor que desprendían las sábanas, un tropel de recuerdos, me trasladaron a una época ya muy lejana, donde la juventud se llenaba de deseo, y donde sin más resplandor, que el haz de luz de luna que se colaba por el ventanuco, la amé con el frenesí desbocado de un primerizo imberbe. Fue la única vez que lo hice con ella.

Al día siguiente, con el primer autobús de línea, se marchó a la capital, dejándome la miel en los labios, la desazón clavada en el pecho, y el amor instalado en mi mente, como una añoranza imborrable y a la vez necesaria.
Pasaron los años, y revolviendo entre el olvido y el recuerdo, dibujé en un papel una cara, y esta imagen me devolvió su rostro. Y tuve la necesidad de encontrarla. Y la busqué. Y tras demasiados intentos fallidos, y muchos cuartos gastados, aquí me encuentro, temblando bajo las sábanas, como un perrillo asustado, o como un niño sin consuelo, albergando la duda, de si esta vez tendré la suerte de hallarla.

Salgo al pasillo. En la otra habitación, la puerta continúa entre abierta. La empujo con suavidad, hasta advertir, que la penumbra, suaviza el contorno de la cama. No hay apenas más muebles que una mesilla, un tocador, un par de sillas, y el silencio que turban mis pasos. Al volverme para abandonar la estancia, la voz dulce y melodiosa me detiene.

- ¿Quien anda ahí?. No reconozco los pasos. Acérquese por favor.
Me acerqué a su lecho, y apenas vislumbré el contorno de un cuerpo delgado, que tomaba forma bajo las sábanas. Tenía unos brazos delgados que asomaban bajo un doblez. Sintiendo un leve temblor en las manos, la miré a la cara varias veces, con el fin de asegurarme que era ella, y creo que incluso me pellizqué en la mejilla, para cerciorarme, de que no se trataba de un sueño más, de los que llevan atormentándome toda la vida. Ha valido la pena tanto esfuerzo para contemplar otra vez, esa cara antes redonda, ahora poblada de sin sabores con forma de surcos. Su larga melena de pelo negro, que ahora luce blanca como la nieve, sus labios carnosos, que se dibujan en un fino trazo.
Tenía los ojos marrones abiertos, y la mirada perdida y vidriosa. Por un instante creí ver, que una lágrima rebelde asomaba, y que los labios se movían, en un intento de balbuceo. Coloqué mi mano sobre la suya, y con la otra, intenté encender la luz de mesilla.

- No. Es mejor así. Acerque la silla y déjeme tocar su cara.
Me tocó mirándome con unos ojos de mirada abstraída, que no decían nada, pero que a la vez me contaban todo. Noté su tacto dulce, su sonrisa amable, su lágrima que ahora sí reventó inundando sus ojos de agua.
- Jacinto. No puedes ser tú.
- Sí. Si lo soy Juana. Aunque como verás, bastante mayor y más arrugado.
- Es el tiempo que pasa sin engaños. Pero llámame Juani. Hace tanto que no me lo llama nadie…¿sabes?. Casi me da vergüenza, recibirte en este estado, aunque la vergüenza, nunca haya sido mi fuerte, y mi salud se haya ido esfumando.
- No te preocupes. Yo te veo como antes, guapa, chispeante, fresca y lozana, tal y como, la que atontada me tenía la cabeza.- le saqué el papel donde había compuesto su retrato- Mira, es así como te recuerdo.
Me sonrió con esa sonrisa dulce que iluminaba su cara. Cerró los párpados y quedó en silencio.
- No lo ves.
- No.
Ahora fue a mí, a quien se le cayeron las lágrimas sobre el embozo de sus sábanas de encaje y seda.
- Llevo mucho tiempo buscándote. Y estoy tan cansado, y tengo tantas cosas que contarte…
- Si, tantas cosas... Pero por favor, recuéstate a mi lado, para que pueda sentirte, para que pueda rescatarte de mi recuerdo... Hay tantas cosas Jacinto…Toda una vida.
- ¿Recuerdas aún aquella noche? – le pregunté.
- Cómo no voy a recordarla. Nuestra única noche. La llevo grabada en mi pecho, como uno de los momentos más dulces de los que me han pasado.
- Te he querido tanto, te he buscado durante tanto tiempo…- le dije.
- Descansa, cierra los ojos y déjate arrastrar por el embrujo de este instante. Mañana ya tendremos tiempo de hablar de muchas cosas, pero ahora no. Ahora, descansa. Mañana…, mañana tendremos mucho, mucho tiempo.

Los focos atenúan aún más la penumbra de la estancia. Las cámaras se apagan. Se mide la intensidad de la luz, para la próxima toma. Se cierran las puertas del plató, y todo queda como un fundido a negro.
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ElAngelCaido
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MensajeTema: Re: REENCUENTRO EN MADRID   Sáb Jul 11, 2015 2:21 pm

Maravilloso! Me ha encantado! La historia aunque es buena bien puede ser y es una historia mas, pero la narracion es tan buena, excelente, que es un manjar de lectura. Se lee placida y fluidamente. Y bueno, la historia y la narracion son tan buenas que el giro final ya no sorprende tanto. O sera quizas que no me sorprendio tanto el final  por que yo he utilizado el mismo recurso en alguna de mis historias. En fin.

Excelente trabajo y muy, pero que muy pulida narrativa la vuestra, colega.

Recibe mi saludo fraterno.
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José Arias Fuentes
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MensajeTema: Re: REENCUENTRO EN MADRID   Sáb Jul 11, 2015 3:02 pm

Agradezco tu comentario y tu amabilidad por detenerte a leer mi relato. Un saludo
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Fobio
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MensajeTema: Re: REENCUENTRO EN MADRID   Sáb Jul 11, 2015 3:19 pm

Excelente trabajo, amigo. Ha sido un verdadero placer leerlo y disfrutarlo. Recibe mis saludos,
José
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José Arias Fuentes
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MensajeTema: Re: REENCUENTRO EN MADRID   Sáb Jul 11, 2015 3:21 pm

Muchas gracias. Un fuerte saludo
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