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 La Última Moneda.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Última Moneda.   Mar Feb 17, 2015 9:36 pm


—Cuesta mucho ganar el dinero para que lo esté dando a un vago. —con  voz fuerte y clara, no exenta de desdén, Dámaso trató de pasar por el lado del mal vestido y famélico hombre joven, quien se  había interpuesto entre él y su caro automóvil último modelo.
  José González, con las palmas de las manos hacia delante, en un gesto de súplica, sentía que la sangre le ardía ante la arrogancia  del ejecutivo de una de las oficinas de Codelco. ¿Qué había hecho para merecer el menosprecio de Dámaso Alvarado?
  Minutos antes lo reconoció cuando salía de las oficinas cupríferas del  mayor país productor de cobre del mundo.  
 — Don Dámaso…, soy yo José González… Claro usted no me ubica, pues yo era un empleado de baja categoría. —Sólo obtuvo por respuesta  una mirada y un gesto de molestia.
 —Ayúdeme, por favor… necesito volver a trabajar... Mis hijos y mi esposa se mueren de hambre… Jefe, perdone, pero le ruego me dé  un poco de dinero para llevarle alimentos…
  El prepotente empujón que le dio el orgulloso  ejecutivo, en su debilidad lo hizo trastabillar; sintió que la ira lo inundaba.
 —Señor, por favor… Yo trabajaba en una oficina alejada de la suya…  me acusaron de una falta menor y… soy inocente. Me echaron, no he podido encontrar trabajo.
  Dámaso se detuvo  y miró el rostro del joven con curiosidad; una sonrisa comenzó a dibujarse, para estallar en una carcajada burlona. Aturdido, González no entendía el motivo de la hilaridad; el  insensible  y alto empleado lo había reconocido como el chivo expiatorio que sus amigos habían elegido para tapar su propia falta e impedir que perdiera su ascendiente carrera; por supuesto guardó  cobarde silencio del secreto complot.  
 —Cuesta mucho ganar el dinero para que  lo esté dando a un vago.
  La ofensa caló profundo en el cesante  y, no pudiendo contenerse más, bramó:
  —Ríe, ríe, elegante y poderoso señor… ¡Dios permita que tu malvada risa se transforme en llanto, que lo mereces!
  — ¡Quée! ¿Te atreves a maldecirme, pobre diablo?  Ni por muy culto que sea tu vocabulario aceptaré tus insolencias.
  —No, no te maldigo…,  Dios se encarga de tipos como tú.
  Con trancos largos, Dámaso se subió a su coche, bajó el vidrio; su mano izquierda se agitó, despidiéndose, y de nuevo la carcajada retumbó burlona en los oídos del pobre indigente. El auto se alejó, José cubrió su rostro para no mostrar su sollozo  de rabia y desesperación; una pareja de ancianos que observaba la escena, le tocó el hombro y depositaron en su mano un billete. Sorprendido miró atónito el dinero; se sumaron varias manos caritativas  testigos de la cruel acción del desdeñoso  Alvarado.
  Pasaron  meses, en forma sorpresiva le  llegó  una carta de la empresa  donde  le pedían que se presentara a su antiguo trabajo.     Escuetamente se excusaban  por el error cometido y que lo enmendaban dándole un puesto más alto.
  Dos años habían transcurrido desde el amargo incidente, José González tuvo que irse  a Lusaka en Zambia, gracias a su talento y habilidad, fue enviado como consejero  de los países productores de cobre, llevándose   su familia al África. Todo había cambiado, era feliz,  no se le fueron los humos a la cabeza y continuó siendo sencillo y gentil, tanto en su trabajo como en la calle.
  Ese día salió de su gran oficina,  se disponía a abordar  su  Mercedes Benz  cuando un par de negros jóvenes  maltratados por la vida estiraron  suplicantes  sus manos. El buen corazón de José hizo que sacara su billetera y les dio dinero a cada uno; con una sonrisa miró la gratitud de aquellos desdichados,  sacó todos los billetes y los repartió entre los dos,  gozándose de su alegría.
  Iba a dar media vuelta e irse, recordó el amargo episodio donde fue rechazado. Sus ojos brillaron con lágrimas que pugnaban por salir, emocionándose de tal modo que no pudo evitar el irresistible deseo de abrazar a aquellos hombres, sin importarle  el mal olor que despedían sus pobrezas; sorprendidos los jóvenes negros miraron su rostro húmedo y agradecieron con palabras que no entendió.
  Se caló sus anteojos oscuros y continuó caminando hacia su coche, con paso liviano, ágil y alegre, se disponía a  abrir la puerta, pero el ruego de una voz  en castellano lo dejó inmovilizado.
  — ¡Señor González, señor González, me permite una palabrita!  Necesito unas moneditas para comer… por favor.
  De inmediato su mente trajo los ecos de la estridente y burlona risa de aquel abusivo que no quiso ayudarlo. Es más, recordó al reintegrarse a sus labores que una investigación interna lo dejó libre de culpa,  error cometido precisamente por el orgulloso Jefe de antaño, ya  expulsado de la empresa.
Ahora la burla del destino lo ponía bajo su pie; temblando de ira, su mano tomó sus sienes y recorrió  su rostro, su vista se posó en un harapiento individuo parado junto a su automóvil. Reconoció en medio de su miseria al otrora orgulloso y despectivo Dámaso Alvarado;  ahora sucio y barbón,  estaba ante un desconocido  y próspero ejecutivo  de la gran empresa  de la que fue arrojado sin piedad cuando se supo su gobarde maniobra. Allí en Lusaka había intentado hacerse ayudar por funcionarios africanos,  le señalaron al “Señor González”, alto jefe de la compañía cuprífera chilena.
  —Por favor, señor…, por nuestro Chile lindo, compatriota-.
   No recordó a este señor González tan elegante, menos  al subalterno que pisoteó en Chile.
  José se subió al Mercedes, sentado sus manos apretaban con fuerza el volante, con la vista perdida en un punto lejano. ¡Dios, no dejaba de oír aquella risa burlona! ¡Cómo quería decirle quién era y vengarse de él!  Finalmente venció su naturaleza de  hombre bueno agradecido de la vida.    
  Se dio cuenta  que ya no tenía dinero, porque se lo había dado todo a los dos africanos, tampoco había sencillo  en sus bolsillos, pero sobre el tablero brillaba un peso, tal vez destinado para propina. Lo tomó y, a través de sus lentes,  en silencio miró por última vez al desafortunado, aceleró suavemente y se alejó del lugar con una enorme pena en el corazón: atrás quedó su pasado y la desgracia de un hombre que no supo vivir…,  le dejó en su mugrienta mano su última moneda.
                                                               
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Fobio
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MensajeTema: Re: La Última Moneda.   Jue Feb 19, 2015 7:29 pm

Muy buena historia, amigo Jaime. Ojalá siempre las cosas se resolvieran con una apropiada justicia, como en este caso.
Un abrazo,
José
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MensajeTema: Re: La Última Moneda.   Vie Mar 27, 2015 10:58 pm

Buena historia, bien narrada, para los que creemos en el karma nos resulta alentadora y creíble... Te confieso que el único punto donde me detuve y perdí un rato en la palabra cobarde que sin duda por error de dedo escribiste gobarde...
Un placer leerte, un fuerte abrazo
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Jaime Olate
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MensajeTema: Re: La Última Moneda.   Sáb Mar 28, 2015 1:15 pm

Gracias por haber leído y comentado este cuento triste. Leí en tu biografía que eres alegre y burlón, mira que casualidad , la gran mayoría de mis textos son irónicos y tienden a provocar risas.
Compadre, cuidado con eso de ladrón de historias ... mira que todavía me queda lo de detective, ja ja ja já.
Un gran abrazo de este chileno medio loquillo; ... bueno ... más bien alegre.
Jaime.
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Martín Renán
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MensajeTema: Re: La Última Moneda.   Lun Mar 30, 2015 1:43 pm

Vale la lectura.
saludos Jaime
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