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 TIRANÍA: CAPÍTULO 5

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rebecaindie16
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Géminis Tigre
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MensajeTema: TIRANÍA: CAPÍTULO 5   Vie Jun 27, 2014 7:36 am

Podéis seguir los capítulos en el blog: http://thecorneroftales.blogspot.com

Apesta a pis de perro. ¿Cuánto hace que está aquí? ¿Un año? ¿Dos años, quizás? Vete a saber. Para ella han sido diez años, o más. No soporta permanecer aquí y cada día lo aguanta menos. “Ya te acostumbrarás”, le dijo Melvin, mirándola con sus ojos fríos y vacíos de sentimiento. Pero todavía no se ha acostumbrado. Cada día que pasa es como si fuese el primero. De lo único que se ha acostumbrado es del repulsivo pestazo.

Conoce perfectamente a todos los carcelarios. Brendan, con su cara de amargado. Damien, que siempre le trae un trozo de pan o una manzana a escondidas. Elliott, que cuando la visita le pone un poco de música para animarla, pero es heavy metal, y este estilo no le gusta. Greg, que es un bobalicón y siempre mira las musarañas. Wayne, un chaval duro de pelar pero a su vez gracioso, y que normalmente huele a sudor, porque juega todo el día a baloncesto. Y muchos más, pero estos son con los que más ha interactuado.

Al principio no sentía aversión hacia la mayoría de ellos, pero ha acabado detestándolos y apartándose de ellos cada vez que la visitan.

-¿No quieres la manzana que te he traído? –dice Damien, con cara de buena persona. Pero ella sabe que no es bueno. Si lo fuese, no estaría de acuerdo con encerrarla en esta hórrida cámara y la ayudaría a salir de esta.

Geirbjorg no dice nada. Se calla, y sigue acurrucada en un rincón de la celda, abrazándose las rodillas con fuerza, como si quisieran sacárselas. Hace días que no come, pero prefiere quedarse como un esqueleto y morirse antes que hablar con estos cretinos.

-Me extraña que no digas nada. Últimamente estabas tan simpática, que incluso habíamos accedido a sacarte una vez al día de la celda para que pudieras jugar al ajedrez o al parchís con nosotros, o pudieras ver una película y distraerte. Pero estos días estás distante y antipática… por eso sigues aquí encerrada. Cuando muestres un poco de alegría, volveremos a ser buenos contigo.

Y sin decir nada más, hace rodar la manzana hacia ella y se va, silbando una tediosa melodía y danzando con los pies.

Lo intenta. Intenta de todo para soportarlo, por una sola razón: porque él la rescatará. Su querido Syver. Piensa en él cada día. En cuando se casaron y tuvieron los dos niños, y tenían una vida feliz y sencilla en Oslo. En cuando se besaban, abrazaban y se querían.
Cuando no hay carcelarios a la vista, se arrastra hacia la manzana y se la zampa a grandes mordiscos, dejándola pelada en cuestión de segundos. No es la más buena que jamás ha comido, pero tampoco la más mala.

Cada día se pregunta lo mismo: ¿por qué se la llevaron? ¿Por qué la secuestraron después de quemar su casa y matar a sus hijos? ¿Dónde están, sus corazones? ¿Y sus almas? Las deben de tener sucias, impúdicas. Si la odian, adelante. Ella no se lo prohibirá, para nada. Pero una cosa es odiarla, y otra de muy diferente es romperle la dignidad.

La estada se le hace menos pesada cuando llega un compañero de celda. Es un hombre de unos treinta y cinco años de edad aproximadamente. Rubio platino es su pelo, podría decirse que casi blanco, y los ojos los tiene de un color azul celeste tan claro que a veces parece que no tenga iris. Su rostro es afligido, tiene el cuerpo musculoso lleno de contusiones y cortes, y no dice ni pío. Lo único que hace es llorar cada noche, estirado y acurrucado en un rincón, evitando que Geirbjorg lo toque. Pero este silencio que él emana acaba al cabo de un par de semanas, cuando se sienta y abre la boca para hablar.

-¿Cómo te llamas? –dice el hombre, y ella se fija en que le ha crecido una barba incipiente de pelos rubios al paso de los días.

-Geirbjorg. ¿Y tú?

-Da igual mi nombre. Es irrelevante.

-A mí me interesa. ¿Cómo se supone que te tengo que nombrar, sino?

-Puedes llamarme… Rubito.

-¿Rubito? ¿Y yo por qué he tenido que decirte mi nombre?

-Porque lo has querido. Yo no te he forzado.

No le cae muy bien. Tiene la voz llena de sarcasmo y no es amigable, le pone de los nervios. Creía que se distraería más con su compañía, pero la verdad es que se siente aun peor, y la presencia de Rubito la irrita. Igualmente, la situación cambia, y un día el varón se anima y empieza a charlar, indignado.

-Me han pegado, dado latigazos, me han dado patadas por todo el cuerpo, me han escupido, arrancado uñas, dejado un ojo morado, roto un par de dientes, me han drogado con somníferos y otras sustancias, me han hecho de todo. ¿Te crees que, con la de cosas que me han hecho, estaré contento y conversaré contigo tranquilamente como si fuésemos a tomar un café? Cuando me rompen el honor, no soy capaz de sonreír y alegrarme por nada.
Geibrjorg, airada, sonríe con ironía y ludibrio, y le escupe en la cara. Las babas se impregnan en los ojos de Rubito, y este hace una mueca de asco.

-No tienes ni idea, Rubito de mierda. ¿Sabes lo que yo he sufrido? ¿Lo que ellos me han hecho sufrir? Me han pegado, arrancado dientes con alicates, desgarrándome piel de las encías, me han también azotado con el látigo, me han dejado sin comida y bebida para que me pudriera aquí dentro. Me han arrancado puñados de pelos a tirones, y lo peor de todo y que nunca serás capaz de entender, me han violado. Me han desnudado sin miramientos y me la han penetrado mínimo un par de veces cada uno de ellos, sin que les importara para nada como me sentía y como me dolía cuando forzaban y me empujaban hacia ellos. ¿Acaso lo has sentido o lo sentirás nunca, eso?

-Estúpida, a un hombre también se lo puede violar.

Le vuelve a escupir, enojada.

-Pero a vosotros no os duele tanto. Os humilla, eso sí, pero no sabes lo que siente una mujer cuando la violan… a partir de ello, ya no es capaz de mirar a los hombres a la cara. Un hombre se puede vengar violando a otra persona, pero no una mujer. Para mí, sois todos igual de imbéciles, malévolos, no tenéis sentimientos y el corazón lo tenéis como una piedra. Eso es lo que pienso de vosotros.

-Eso es lo que piensas de todos menos de tu amado, ¿cierto? ¿Y cómo se llama él, eh?
La noruega se queda callada, recordando su hermosa cara, sus ojos marrones y encendidos, fogosos cuando la miraba, su sonrisa perpetua… su olor de pomelo, él… un ser encantador e irrompible.

-Dame una razón sólida por la que te tenga que decir cómo se llama él sin que me hayas dicho tu nombre.

-Porque me llamo Kristján. Kristján Thordottir.

Le alarga la mano, con actitud de mofa. Geirbjorg se le aleja un poco arrastrándose. Cree que está perturbado o que las torturas realmente le han afectado en el cerebro.

-No te diré como se llama.

-Venga ya, no seas niña pequeña. No finjas que eres fuerte y que aguantas todos los golpes, porque se nota mucho que te sientes como si todavía fuese tu primer día aquí dentro. Te sientes exactamente igual que yo, y así seguirás sintiéndote. A mi también me pasa, eh, que ser tan guapo no significa ser indeleble.

-Eres un canalla. Ni tan solo me interesa hablar contigo.

Tampoco necesita hacerlo. El día siguiente, se lo llevan vete a saber dónde y le añaden otra compañera de celda. Es una mujer muy vieja, desmirriada como un fideo, la piel blanca como la leche, y la han rapado al cero. No tiene ganas de conversar con nadie, pero tampoco parece adusta.

-Me llamo Geirbjorg –le dice a la anciana.

Y esta se duerme profundamente, despertándose raras veces. No ronca y es como si no estuviera aquí, por lo tanto, la otra se siente igual que al principio: sola. Preferiría estar con el islandés, aunque le cayera mal. Al menos tendría alguien con quien hablar.

Al cabo de unos días, la anciana fallece. Y no conoce el porqué, pero Geibrjorg llora un poco. La había visto tan plácida y a su vez tan impotente que le da lástima. Se imagina su pasado… quizás tenía un marido, y seguramente hijos… o, vete a saber, quizás estaba sola. Pero tenía una vida con oportunidades, y ellos se las han quitado.

-¡Ya basta, cabrones! –se levanta Geirbjorg de repente, y empieza a gritar dando puñetazos a los barrotes, que le dejan las manos llenas de contusiones- ¿Se puede saber por qué no me dejáis marcharme? ¿Cuándo me trataréis con respeto? ¿Se puede saber qué os he hecho?
Pero nadie viene. Muchos prisioneros desvarían. Ella es una más. Hacen como quien oye llover. Tiene la garganta reseca y el estómago tan vacío que es como si no lo tuviese. Tiene ganas de vomitar, pero no tiene nada que expulsar, así que se traga las náuseas. Se va a morir… pero aunque haya sufrido, se reencontrará con sus hijos y podrán esperar juntos a que llegue Syver.

-Levántate –le dice una voz masculina.

¿Cuánto lleva durmiendo? Quién sabe. Abre los ojos, alza la mirada y ve a Wayne y a Melvin, ambos desprendiendo una insoportable peste de sudor, y tienen una marca en la parte de las axilas. Abaja la cabeza para volver a dormirse y morir en sueños, pero Melvin le repite la orden, insistente.  

-¿Por qué tengo que levantarme? ¿Me arrancaréis la lengua? –dice Geirbjorg, parsimoniosa y sarcástica- ¿O me violaréis otra vez?

-Nada de eso, estúpida –brama Wayne, cabreado-. Levántate de una maldita vez.

Se niega de nuevo, pero ellos abren la celda y la sacan de allí a empujones y agarrándola del brazo. Le vendan los ojos con un pañuelo negro y en un principio su visión es completamente negra y oscura. Pero consigue que su mirada se deslice por un pequeño agujero, y es capaz de ver lo que pisa: baldosas blancas. Nada más. También ve pies. Bueno, más que pies son zapatos. Dos zapatillas deportivas que caminan prestas. Y percibe un jaleo algo lejano, pero más que un alboroto es un conjunto de gente que charla.

La obligan a sentarse en una silla y le quitan el pañuelo de un tirón. Por primera vez en mucho tiempo se siente algo más libre, porque ha salido de la celda. Prácticamente ya no recuerda aquellas temporadas en las que la dejaban salir para jugar a juegos de mesa con ellos, y fueron más simpáticos que nunca.

Pero hoy no tienen ganas de ser simpáticos.

-Creo que esto te hará mucha gracia –dice Melvin en un suspiro, plantándole un periódico delante de su cara para que lo vea.

“Muere el rey de Noruega, el señor Heiolf Solberg. Poco después, cuando su hermano Syver releva su poder, muere también misteriosamente por causas desconocidas…”

No tiene ganas de leer más. Escupe en el diario todas las veces que puede hasta que alguien lo coge. Alguien la insulta porque lo ha dejado hecho un asco. Wayne le clava una colleja que le provoca dolor de cabeza, pero no se queja.

No se queja delante de ellos, pero cuando la vuelven a encerrar en la celda se acurruca y se hunde entre sus piernas para llorar como una boba. No le sirve de nada, fingir que es valiente. Es solo una fachada.

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MensajeTema: Re: TIRANÍA: CAPÍTULO 5   Lun Jun 30, 2014 11:54 am



Un placer leer otro capítulo más de tu cuento.
Dios te guie .
un saludos de Any
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