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 ¿Adónde Está la Centolla?

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León Caballo
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MensajeTema: ¿Adónde Está la Centolla?   Miér Jun 11, 2014 1:25 pm

Pido formalmente disculpas por la extensión de este texto, pero después de una larga consideración, estoy convencido de que si lo subo a textos por capítulos, va a parecer muy confuso por ser los mismos muy cortitos, perdiendo, en mi opinión, la poca gracia que pueda llegar a tener. Si los administradores y/o moderadores no coinciden con mi parecer, no tengo ningún reparo en que sea removido de esta sección. Y para aquel que se atreva a leerlo de un tirón, ojalá que su decisión no sea en vano.

Cloe no estaba bien. Se la veía muy preocupada y  estresada últimamente. La mayor parte del tiempo se mostraba muy seria y reconcentrada. También había adquirido el hábito de maldecir ante cualquier contrariedad. Sus compañeros de trabajo lo habían notado pero no decían nada por respeto a su derecho de privacidad. Solamente comprendían que algo serio la estaba afectando y solapadamente trataban de aliviarla un poco en sus tareas, aunque durante las horas pico eso era imposible. Todo el mundo debía maximizar su productividad y aun así casi no daban abasto.

La cocina, a primera vista, era un enjambre caótico de obreros y actividad febril. Mas era un enjambre en donde ningún integrante molestaba a otro. Cada uno de ellos tenía asignado un espacio con una tarea y colectivamente trabajaban con la eficiencia de un mecanismo de relojería suizo. A pesar de la ferocidad del ritmo, el lugar se veía impecable. Frenético y pulcro a la vez. No había una sola miga en el suelo. Una eficiente profesionalidad era requisito indispensable para quien aspirase a trabajar en el legendario restaurante Joe’s Stone Crab en Miami Beach.

Y los aspirantes laborales conformaban una verdadera multitud expectante. El fondo común de propinas en una noche promedio de Joe’s llegaba a varios miles de dólares. Era normal que cada integrante del personal se fuese a casa regularmente con doscientos, trescientos o más dólares por cada día de arduo pero fructífero trabajo. Era la política del lugar. Las propinas se dividían siempre en partes iguales para todos, porque cada puesto en el restaurante, desde el más encumbrado hasta el más humilde, tenía la misma repercusión en el resultado final de una sublime experiencia culinaria y de atención personalizada hacia los comensales. Y el centenario lugar no era ni remotamente asequible a cualquiera.

***

Bingo Jay era uno más del puñado de vagabundos que a menudo merodeaban por el lugar. Había caído en mala fortuna a fines del siglo veinte y después de varias malas decisiones financieras unidas a una irreprimible afición por los juegos de azar, había perdido casi consecutivamente, su trabajo, su mujer, sus hijos, su dinero, casa, automóvil y cualquier otra posesión material de algún valor que tuviera.

Al principio se había sentido devastado, arrasado por la rapidez y dureza de su particular mala racha y consecuente cuesta abajo. Pero luego de algún tiempo de adaptación a la forma de vida de la gente sin hogar, se dio cuenta que ahora nadie esperaba nada de él porque ya no tenía absolutamente nada que perder. Atrás habían quedado las noches insomnes llenas de preocupaciones y estrés; las demandas y presiones de los acreedores; los interminables reproches de su mujer y el último esfuerzo casi salvaje para no perder su estatus social.

Ahora todo era muchísimo más simple. Limosnear por unas horas para procurarse el alimento diario; gozar de la infaltable caridad de muchas personas sensibles que le procuraban ropas y otros ocasionales suministros varios y dejar rodar la vida sin que ninguna inquietud alterara ese ritmo estable, monótono, pero siempre previsible; sin sobresaltos ni desagradables sorpresas. Todo lo que llega es bueno para quien nada espera. Y Bingo Jay, quien algunas veces hasta llegaba a tener unos dólares disponibles para visitar las salas de juegos y hacerle digno honor a su apodo, ya no deseó nada más. Aceptó su destino de vagabundo sin ofrecer resistencia y cada vez con más complacencia y gusto.

***

Jimmy Culver era uno de tantos multimillonarios que vivían su retiro en Miami Beach. No precisamente en dicha ciudad, sino en un cayo de terrenos exclusivos, adyacentes a la misma, con el nombre de Bay Harbor Islands, donde poseía un piso completo inmenso, en la punta sur de la isleta, con una extraordinaria vista al océano y todas las comodidades imaginables.

El señor Culver andaba pisando los ochenta años de edad y aún estaba casado desde hacía más de medio siglo con Joanne, su primera esposa. Pero hacía muchos años que el amor y la paciencia se habían agotado. Cada uno llevaba por su lado la propia vida a su antojo y caprichos. Simplemente habían comprendido que en caso de divorcio con litigio judicial, los únicos verdaderamente beneficiados iban a ser los abogados, por lo que vivían sus existencias separadas con un tácito acuerdo que ambos respetaban a rajatabla. No se privaban de nada que se les ocurriera hacer o tener y el que sobreviviese al otro, dispondría de la restante fortuna a voluntad.

Era por eso que muy pocas cosas en la vida preocupaban a míster Culver, quien para ese entonces convivía con una hermosa compañera, la número quince o dieciséis, cincuenta años más joven, a quien le consentía casi todo lo que deseaba, a cambio de algunos infrecuentes favores de alcoba y de exhibirla públicamente como una especie de trofeo íntimamente ligado a sus arrolladores éxitos financieros.

***

La noche del episodio Cloe estaba con los nervios de punta. Se la notaba demacrada, mal descansada y con un rictus de extrema amargura en el rostro. Sus compañeros se miraban unos a otros afligidos, pero nadie atinó a decir una sola palabra. Deseaban saber qué problema la aquejaba para poder darle una mano, pero esperaban que la mujer diera un primer paso y se abriera hacia ellos para ayudarla, si eso era posible.

El par de horas de los preparativos se pasó volando. Empezaron a llegar los primeros clientes, los primeros pedidos para la cocina y en un abrir y cerrar de ojos Cloe tenía frente a sí, prendidas a una solapa de acero inoxidable a la altura de su cara, cuatro boletas con complejos platos gourmet para preparar, el último de los cuales era una de las elecciones más costosas del variado menú del local. Y con un agregado estrafalario: La preparación de un cartelito en letras doradas que iría acompañando al plato principal a modo de mini pancarta sobre el mismo.  

El restaurante, con más de un siglo de antigüedad, se especializaba en pescados y mariscos de la más alta calidad. Y desde hacía varios años importaba lo mejor en el ramo desde casi cualquier parte del planeta.

***

Sólo una última decisión de peso tuvo que tomar Bingo Jay luego de convertirse en un pordiosero sin hogar. Durante los primeros meses de su nueva condición indigente, primavera y verano, su vida no pudo haber estado más alejada de cualquier preocupación mundana, pero el otoño estaba llegando y parecía traer consigo un adelanto de toda la crudeza de un invierno impiadoso y feroz. Y Nueva York no era el lugar más adecuado para pasarlo. A menudo los refugios llenaban temprano sus cupos y había que arreglárselas en la calle, en cualquier lugar, de cualquier forma, tratando de no perecer congelado durante las noches, algo que, sin embargo, era bastante común que sucediera.

Con una valija desvencijada que había encontrado en una pila de basura frente a una casa en remodelación y que contenía sus pertenencias esenciales, un anochecer a fines de Septiembre se subió clandestinamente a un tren de carga con destino a Miami y dejó atrás, definitivamente, lo poco que quedaba de su vida pasada en la ciudad que lo vio crecer hasta su cenit para luego desmoronarse estrepitosamente.

A poco de llegar, descubrió que el sol de Miami Beach era maravilloso y radiante; el clima decididamente benigno y acogedor para esa época del año, cuando la gran mayoría del país ya había empezado a recibir las primeras tormentas de nieve. La vida allí era aún mejor de lo que suponía. Al sol se agregaba la playa, las tibias aguas del mar, las hermosas mujeres, los turistas dadivosos. Pero también tenía un marcado aumento de competencia, pues al parecer no había sido el único vagabundo en decidir mudarse hacia el sur de la Florida en la estación invernal. Pero de todas formas los beneficios sobrepasaban ampliamente a los perjuicios. Prácticamente de inmediato supo que allí se iba a quedar hasta el fin de sus días.

***

Ese día Jimmy Culver se había levantado particularmente mimoso y juguetón con su compañera. El vívido recuerdo de un travieso sueño erótico le había infundido esa mañana un particular vigor que a esas alturas era cada vez más inusual. Su pareja, cuyo nombre a menudo era confundido con el de alguna de sus varias antecesoras, vio de inmediato las ventajas de la situación. Luego de su acostumbrada sesión de gimnasio y sauna, habían salido alegremente de compras. Un fenomenal brazalete de platino con diamantes y esmeraldas para ella, y un frasquito de Viagra para él. Al atardecer, lo “invitó” a cenar en Joe’s para degustar un nuevo plato especial de mariscos (que siempre han gozado de una sólida reputación afrodisíaca) importados de sud américa, como preludio de una noche de lujuria y desenfreno, que el anciano regocijado anticipaba iba a ser apoteósica.

Su joven pareja entendía que muy probablemente su paso por la vida de Jimmy iba a ser temporario. Cuán temporario no había forma de saberlo. Por eso trataba de mantener a su veterano amante lo más contento posible, a la vez que, con verdadero arte histriónico y toda su artillería de seducción femenina, trataba de obtener la mayor cantidad posible de beneficios materiales para asegurarse el futuro.

Eso era algo que míster Culver sabía perfectamente y aceptaba como una regla ineludible del juego que practicaba. Porque podía ser que estuviera algo senil y hasta un poco decrépito, pero de tonto Jimmy no tenía un átomo en todo su cuerpo. Si no fuese por su inmensa fortuna, su forma de vida colmada de lujos y sus constantes regalos, no había forma posible que una mujer como aquella pudiera estar a su lado sólo “por amor”. ¿Pero qué otra cosa iba a poder llevarse cuando su tiempo llegara sino algunos excelsos placeres? El dinero todo lo conseguía y todo lo corrompía a la vez. Hasta el amor de sus hijos y nietos estaba directamente condicionado al capital de sus posesiones. Por eso había decidido divertirse hasta lo último. Ese y sólo ese era el norte de su vida.

***

Mientras trabajaba frenéticamente en dar los últimos detalles a los platos que estaba preparando, Cloe no pensaba. Le gustaba estar así, ocupada, porque entonces en su mente no cabía otra cosa más que la focalización total en su tarea. Era tan competitiva, quizás sin ser consciente de ello, que tenía la manía de superarse siempre a sí misma. Una vez que alcanzaba un nivel de perfección en lo que hacía, fuese lo que fuese, no había vuelta atrás. El único resultado aceptable para la próxima vez era, al menos, alcanzar el mismo grado de rendimiento y, si fuese posible (casi siempre lo era), sobrepasarlo. Aunque esa sucesión de pequeños logros prácticos y la búsqueda de un mejoramiento constante no aplicaban para nada en su vida amorosa. La relación con su pareja iba cada día peor. Pero aparentemente era una ocurrencia bastante común que mujeres dotadas de una manifiesta inteligencia, la desecharan por completo a la hora de elegir sus compañeros.

Justo cuando estaba finiquitando los detalles finales del último plato y la colocación del cartelito que lo acompañaba, Cloe sintió vibrar insistentemente el celular en el bolsillo de sus pantalones. Tenía bien en claro que mientras se estaba trabajando, en Joe’s no se permitía a nadie realizar o recibir llamadas salvo en casos de absoluta emergencia. Pero qué demonios. Tal vez su futuro sentimental dependiera de ese llamado. Antes de salir esa tarde, había tenido otra intensa discusión con su pareja. Miró rápidamente hacia uno y otro lado y vio que todo el mundo estaba enfrascado en sus propias labores. Nadie notó cuando dejó el plato listo en el extremo de la larga mesada y se deslizó fuera del restaurante por la puerta de servicio.

Una vez afuera y como precaución para no ser vista por cualquiera que pudiese entrar o salir por esa misma puerta, se escondió detrás del enorme contenedor de desperdicios que se hallaba próximo en esa callejuela auxiliar. Suspiró hondo, se recostó en la pared y atendió el celular cuya vibración acentuaba la inestabilidad de su pulso.

***

Bingo Jay estaba satisfecho y preocupado a la vez. Había tenido un buen día en la playa. El bolsillo de sus pantalones, heredados de la caridad de vaya a saber que buen samaritano dos o tres tallas más grandes que la suya, tintineaba con muchas monedas de cuarto de dólar y algunos billetes recibidos esa tarde. Lo que el hombre sin hogar no se pudo imaginar era que la temperatura nocturna pudiese bajar tanto en aquella zona tropical. A pesar del abrigo que se había puesto, su figura de extravagante colorido inarmónico tiritaba penosamente a medida que caminaba empujando un destartalado carrito de supermercado con su valija adentro. Buscaba un lugar resguardado en donde pasar la noche.

El cigarrillo apagado colgaba de la comisura de sus labios y parecía ir saltando al ritmo de la tembladera que se había apoderado de todo su cuerpo. Cuando pasó por la puerta de servicio del restaurante, escuchó la intensa actividad adentro y decidió entrar unos instantes para pedirle fuego a alguien. ¿Y quién sabía? En una de esas hasta le daban algo para comer.

Ni bien abrió la puerta y vio lo que tenía ante sí, consideró muy seriamente la idea de que los milagros realmente existían. Allí, sobre el borde de la mesada, como si lo hubiera estado esperando, había un plato lleno con comida todavía humeante y de exquisita preparación, que hasta tenía adosado un cartelito en letras doradas que rezaba: “Para ti, porque sé que lo necesitas”. Bingo Jay no podía salir de su asombro. Casi nunca llegaba a pasar hambre verdadera, pero de ahí a llegar a esto…  

Inmediatamente se olvidó de las ganas de fumar. Agradeció al cielo, pues nadie más parecía prestarle alguna atención, agarró con sumo cuidado el plato y volvió a salir con el banquete caliente en sus manos. Apresurado por llegar a cualquier lugar adonde hubiese más luz y algo para sentarse a comer tranquilo, notó por el rabillo del ojo una figura al costado del contenedor de basura que hablaba, gesticulaba y sollozaba sin parar por su teléfono celular. “Seguro que líos de amores…” pensó sin prestar mucha atención y apuró su paso ahora firme, sin temblores.

***

En la mesa de míster Culver, su pareja, después de la tercera copa de champán y sin tener mucho más tema de conversación con su añejo amante, con quien, la verdad sea dicha, muy poco tenía en común, empezó a impacientarse con el inusualmente dilatado lapso de espera por la comida. Ya bastante mareada y luego de expresarle varias veces su descontento a Jimmy, a quien realmente no le importaba esperar unos minutos más o menos pues le agradaba estar allí, empezó a gesticular autoritariamente para llamar la atención del maître, quien prestamente acudió a su lado.

Potenciadas por las burbujas del champán francés, las palabras de la rubia salieron de su boca con muy poco tacto y demasiado volumen, lo que atrajo inmediatamente la atención de los demás comensales. ¿Cómo podía ser que tardaran tanto en ser servidos? ¿Acaso no sabían quiénes eran “ellos”? ¿No les decía nada que fuesen asiduos concurrentes al lugar, dejando siempre excelentes propinas?

Y así siguió un rato más con la cantinela, sacando al desnudo los verdaderos modales de una “nueva rica” y su falta total de clase. El maître escuchó impasible toda la retahíla sin interrumpir. Mientras lo hacía, parado con una estatua, con su antebrazo izquierdo doblado  exactamente a noventa grados sobre la faja de su esmoquin, con una servilleta de un blanco inmaculado simétricamente colgando sobre él, únicamente sus ojos se movieron por un segundo para observar al señor Culver. Éste, con una mueca bien intencionada que pretendió ser una sonrisa, sólo atinó a encoger sus hombros en un claro mensaje corporal que decía: “¿Y qué quiere que le haga…?”.

Cuando por fin la rubia se quedó sin combustible, el maître inclinó la cabeza obedientemente y balbuceando una disculpa se dirigió sin dilación hacia la cocina.

***

Cloe, a todo esto, ya había vuelto a su puesto de trabajo con los ojos enrojecidos por el llanto, pero sintiéndose un poco más aliviada. Su pareja le había prometido una vez más, pero ahora decía que definitiva, segura y positivamente, alejarse para siempre del alcohol, las drogas y las prostitutas; lo que ella inocentemente esperaba con gran ilusión que se hiciese realidad de una vez por todas.

Estaba mirando detenidamente las boletas con los nuevos pedidos que tenía enfrente, habiéndose olvidado por completo del plato con centollas chilenas que había dejado unos minutos antes sobre la mesada.

Vio pasar como a un rayo al maître, recorriendo frenéticamente toda la cocina, sin asociarlo para nada con su previa salida clandestina. Sólo comprendió su falta, cuando escuchó el grito del hombre de negro, quien olvidando por un instante fatal la perpetua discreción y el recato de su cargo, afianzados con tantos años de experiencia, lívido, completamente fuera de sí, explotó: ¿¿¡¡ Adónde carajo está la centolla…!!??

***

Mientras saboreaba el último bocado de ese manjar exquisito con que la providencia lo había favorecido, y mientras presentía la llegada de un poderoso eructo trepando por sus entrañas, Bingo Jay creyó escuchar un tremendo grito a la distancia. Con su nueva filosofía adoptada de vida, mucho más holgada, práctica y de gran simplicidad callejera, reflexionó por un instante sacudiendo levemente la cabeza: “¡Qué loca que está la gente…!”. Su aire interior irrumpió de pronto, gutural y sonoro, rompiendo la quietud de esa noche fría y con el eco de la erupción rebotando infinitamente sobre las paredes de los hoteles cinco estrellas de Miami Beach.

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MensajeTema: Re: ¿Adónde Está la Centolla?   Miér Jun 11, 2014 8:27 pm

 

José leí todo y creí que era algo de suspenso ,ya que me atrapo ...
pero cuando llego al fin ,plaff casi me muero ahí te lo dejo de
regalo, pobre hombre ..a mi me pasaría lo mismo.
Me encanto pero como esos bichos no me gustan ...
Dios te guie siempre.
saludos de Any
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MensajeTema: Re: ¿Adónde Está la Centolla?   Jue Jun 12, 2014 12:59 am

Muchas gracias por el tiempo de tu lectura y comentario, amiga Any. Una pena que no te gusten esos bichitos. Son exquisitos! Un abrazo grandote,
José
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MensajeTema: Re: ¿Adónde Está la Centolla?   Dom Jun 15, 2014 1:25 am

Es un relato muy completo, linda la secuencia que nos va llevando cada vez con más curiosidad hasta el final.
Nilda Sena
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MensajeTema: Re: ¿Adónde Está la Centolla?   Dom Jun 15, 2014 11:53 am

Muchas gracias, amiga Nilda. Aprecio mucho tu tiempo invertido en la lectura y comentario de mi texto. Te envío un saludo cordial,
José
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