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 El Tren del Cielo

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León Caballo
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MensajeTema: El Tren del Cielo   Dom Ago 25, 2013 3:16 pm

Aquel mes de Enero se estaba haciendo sentir con todo su ardiente poderío sobre el Buenos Aires de ese recién estrenado año de 1951. Las calles adoquinadas devolvían a la ciudad el calor absorbido durante la resolana diurna hasta bien entrada la noche, cuando concedía apenas un poco de respiro.
El sol moribundo de la tarde bañaba los altos de la comisaría con un resplandor cobrizo que daba la impresión, desde afuera,  de que las paredes estaban al rojo vivo.
Las aspas del viejo ventilador de techo se movían quejumbrosas e incansables en la oprimente atmósfera estival de la atestada oficina. Sus sombras giratorias se veían proyectadas por la última luz del atardecer, agigantadas contra los armarios abiertos de la pared opuesta a la ventana, repletos de expedientes de todo tamaño con papeles ajados por el infinito manoseo de la burocracia.
Tras uno de los escritorios, rodeado de un considerable aparente caos de carpetas, actas de denuncias y papeles varios por doquier, el comisario inspector Gutierrez mascaba pensativamente el extremo de su cigarro apagado mientras se frotaba vigorosamente la barbilla como si quisiera sacarle lustre. Sus ojos entrecerrados apuntaban hacia arriba, sobre el bamboleante tambor dorado del ventilador que hacía circular de forma amarreta el aire tufiento y caliente de la dependencia. Su camisa celeste, visiblemente húmeda bajo el cuello, la espalda y las axilas, lucía muy arrugada detrás de los tiradores y la pistolera que le colgaba sobre las costillas. Estaba casi recostado sobre el viejo sillón giratorio, reflexionando sobre lo que acababa de oír sólo unos minutos antes. De repente irguió la cabeza y miró con severidad a la persona que se hallaba parada frente a su escritorio, entretenida jugueteando con la punta de su corbatín. Los presentes se veían tensos y pendientes de cada palabra.

- ¿Y usted me dice que está completamente seguro, Ponce? – Le volvió a preguntar quizás por tercera vez al hombre del otro lado de la caoba.
- Si señor, estoy seguro – Dijo el aludido con estoica paciencia y gran respeto.
-¿Entonces, no hay absolutamente ninguna posibilidad de error, Ponce?
- No señor, ninguna.
- Quiero asegurarme de que usted entiende bien la gravedad de la situación, Ponce. Una vez que yo proceda, no hay vuelta atrás. Es algo irreversible y hay que bancarse las consecuencias.
- Lo sé. Créame que lo comprendo, señor.
- Muy bien – dijo Gutierrez, poniéndose de pie con un profundo suspiro – Entonces allá vamos... – dijo mirando a su alrededor al resto de los oficiales expectantes.

El reducido grupo de hombres se calzó apresuradamente el saco, pues todos vestían ropas de civil, y comenzaron a bajar apresuradamente las escaleras  en fila, con Gutierrez y Ponce a la cabeza.
Una vez abajo, se organizaron rápidamente para ocupar los dos Chevrolets negros estacionados a la entrada y partieron en seguida con un suave chirrido de las gomas, mezclándose entre el tráfico del crepúsculo con gran oficio.

***

La desaparición de tres estudiantes adolescentes del Colegio Nacional de Buenos Aires el año anterior, en apenas siete semanas, había conmocionado profundamente a la opinión pública porteña. A tal punto, que la presión de la prensa primero, y luego del gobernador sobre la jefatura de la Policía Federal era tremenda. Su máximo responsable, el Comisario General Fortunato Arredondo no tardó mucho en comprender que su larga e impecable trayectoria profesional se hallaba de repente en jaque, arrinconada entre la espada y la pared. Por eso decidió acudir sin demora a Virgilio Gutierrez, sin duda alguna uno de sus mejores investigadores y por lejos, el que mejores resultados había logrado a lo largo de su carrera en los asuntos que le fueron asignados. Muchos, como éste, de gran repercusión y álgida trascendencia.
El Comisario Inspector Gutierrez recibió la delegación de este caso particular como solía hacerlo siempre, con profesional acatamiento y gran responsabilidad. Pero íntimamente resentía la elección de su superior. Lo que menos necesitaba a esta altura de su carrera era semejante presión y la ávida atención de terceros focalizada en su desempeño y resultados, que algunos, con gran imprudencia, ya anticipaban satisfactorios.
Gutierrez, tras un superficial análisis preliminar, estaba convencido de que estos hechos no habían sido perpetrados al boleo y que estaban obviamente conectados entre sí. Por eso, y luego de la desaparición de una cuarta alumna del mismo colegio unos días antes, él también decidió no andarse con vueltas y jugar de inmediato su as de espadas. Le asignó al brillante joven oficial Alcides Ponce la difícil tarea de infiltrarse en el intrincado submundo de la delincuencia capitalina para investigar a fondo estos hechos.
Sabía que su discípulo estaba dotado de un indiscutible talento innato para resolver enigmas criminales y de una enorme inteligencia práctica, pero también reconocía que su elección no sólo estaba basada en las dotes intelectuales del oficial, sino también en su desafortunado perfil físico. Para ser brutalmente franco, Ponce, de ascendencia pura cepa indígena, era un fibroso tape flacucho de indomable pelo renegrido y chuso, con ojos amarillentos y penetrantes como los de un gato barcino, que, se mirase por donde se mirase, parecía cualquier cosa menos un efectivo de la policía. Y con esa dudosa mezcla de cualidades propicias que le daban al hombre la posibilidad de mezclarse fácilmente entre los malandras habitués de los bajos fondos, había decidido Gutierrez jugarse todo su crédito.
Caminando la noche y frecuentando los peores tugurios imaginables, la credibilidad de la imagen de Ponce como un ratero más era irrefutable. En un lapso relativamente breve, gracias a sus nuevas malas juntas y a su natural habilidad para relacionarse y extraer fragmentos de información de aparentes conversaciones casuales, Ponce empezó de a poco, con gran pericia, a desenredar la enmarañada galleta del misterio, internándose peligrosamente cada vez más en la madeja, hasta que paciente, laboriosa e inteligentemente logró llegar hasta la misma punta del piolín.

***

A pesar de ser potencialmente una operación de tremenda repercusión, Gutierrez no se sentía demasiado entusiasmado durante el trayecto. Le quedaban apenas más de dos años para jubilarse con la pensión completa y ya no quería sobresaltos. Solo deseaba que el tiempo pasara rápido para poder disfrutar plenamente de lo que había estado anhelando por mucho tiempo: La pesca, el ocio y sus nietos.
Pero él ya sabía que la vida era así. Unas pocas veces le concedía a uno lo que realmente deseaba, y la mayoría de las otras era simplemente cuestión de tomar o dejar lo que tenía para ofrecer en ese momento.
Los autos frenaron bruscamente, uno detrás del otro, frente a la entrada del Parque Retiro.
Gutierrez exhaló un profundo suspiro de resignación y se persignó entregándose de lleno a los insondables designios de una voluntad superior. Los oficiales bajaron rápidamente de los vehículos, dejando tras de sí el eco de sendos portazos. Atravesaron a paso vivo el arco de entrada al parque mostrando sus credenciales, dejando sin palabras al sorprendido portero que estaba a punto de objetar el lugar impropio elegido para el estacionamiento de los vehículos.
Con Gutierrez y Ponce a la cabeza, siempre caminando con rapidez, el grupo se fue abriendo paso con cierta dificultad entre los juegos, la multitud de parejas sonrientes y chicos alborotados, kioskos de helados, bebidas, golosinas y esos pegajosos dulces coloreados, semejantes a enormes copos de algodón sobre un palito. Se hacía difícil la comunicación oral entre tanto bullicio, por lo que los oficiales siguieron su trayecto con un mínimo intercambio de palabras.
Unos instantes después se detenían ante la entrada del tren fantasma. Mientras Gutierrez y Ponce permanecían junto al asombrado empleado a cargo, el resto de los oficiales comenzó a dispersar la larga fila que se hallaba esperando para ingresar al juego. Hubo muchas protestas entre el público sorprendido y decepcionado, pero fue mayor la conmoción causada por la breve explicación de que se trataba de un operativo policial.

- ¿Se puede saber que está pasando? – Dijo indignado el encargado de la popular atracción.

Ponce amagó hablar, pero su jefe lo cortó con un súbito ademán.

- Andábamos medio aburridos de pasar todo el día en la dependencia y quisimos venir a divertirnos un rato - Explicó Gutierrez -  ¿No se va a oponer a eso, verdad?
- Bueno, no…, no sé. Pero la verdad es que todo esto me parece muy irregular…
- Hagamos una cosa - Le respondió el comisario - Uno de mis hombres viene conmigo a dar una vuelta en uno de los vagones, y después de completar el recorrido yo soy quien le dice si acá hay algo irregular. ¿Estamos?

El operador no sabía que decir, pero entendió que tampoco podía negarse así porque sí al pedido, por ridículo que éste le pareciera. Un leve empujón de Ponce, que permanecía siempre a su lado, lo instó a acercarse a la consola de control, mientras Gutierrez y uno de sus oficiales se aprestaban a subir a uno de los estrechos carros.

- No señor, ese no - Le indicó Ponce atento a todo – Súbanse al amarillo y blanco.

Cuando así lo hicieron y estuvieron listos, a una señal del jefe, Ponce le indicó al operario que pusiese en marcha al tren. El hombre estiró renuente su mano derecha hacia la palanquita con el mango verde, pero Ponce abriéndose una mitad del saco para dejar ver la enorme pistola que llevaba en su sobaquera, le dijo tajante:

- ¡No! Esa no. Usá la que tenés escondida debajo del tablero.
- No sé de qué me está hablando oficial… - dijo el encargado con voz temblorosa.
- Sí que sabés, pero igual te voy a refrescar la memoria. Abrí despacio la caja de los fusibles. Dale.  Ahí…, en el medio, entre los dos tapones. Mové esa palanca.
- Pero ésta es para otra cosa, le juro… - Dijo el empleado con voz lastimera apenas audible, tratando de ganar algo de tiempo como si eso fuese a cambiar algo en su suerte que ya estaba echada. El chango a su lado parecía saberlo todo.
- Vos hacé lo que yo te digo si no querés agregarte más problemas a los que ya tenés.

El hombre cerró los ojos suspirando, tragó saliva y con un estremecimiento empujó la palanca hacia adelante.
La formación dio un sacudón y empezó a avanzar, ganando velocidad a medida que desaparecía dentro del gran recinto oscuro.

***

Al principio del recorrido, todo fue lo grotescamente normal que cualquiera podía esperar de ese particular tipo de entretenimiento. Fantasmas rozándolos con sus túnicas, calaveras emergiendo de sus sepulcros, esqueletos tratando de escapar de sus ataúdes, telas de araña enredándoseles en la cabeza, el chillido agudo de murciélagos de trapo revoloteando. Hasta que luego de una curva muy cerrada, el vagón impactó de lleno a un par de pesadas puertas vaivén, abriéndolas violentamente, y empezó un brusco descenso por un túnel completamente oscuro y frío.
Los ocupantes del coche instintivamente llevaron las manos hacia sus armas, expectantes por lo que pudiese pasar a continuación. El coche seguía descendiendo a gran velocidad hasta que gradualmente comenzó a nivelar su marcha e ingresó a paso moderado a un enorme salón, iluminado enteramente con una infinita cantidad de velas de todo tamaño.
Gutierrez achinó los ojos en un esfuerzo para acostumbrar rápidamente el foco de su visión al repentino cambio de iluminación.
Cuando finalmente se detuvieron por completo, notó con sorpresa que sólo su vagón había ingresado en esa extraña sala. El resto de la formación había seguido por otro camino. Mientras se apeaba cautelosamente con su acompañante, mirando incrédulo a su alrededor, escuchó por primera vez los quejidos apenas audibles en la tétrica quietud reinante.
Gutierrez sacó su pistola, le quitó el seguro y movió hacia atrás el percutor, dejándola lista para disparar. Su compañero hizo lo propio y los dos avanzaron lentamente. Los quejidos se hicieron más evidentes. Con gran sorpresa los oficiales pudieron ver que los lamentos provenían de estrechas jaulas empotradas en la pared terrosa del recinto. Dos, tres, cuatro jaulas con gruesos barrotes de hierro macizo y enormes candados en las puertas. En cada una de ellas, había una joven mujer desfalleciente pero aún viva, espantosamente delgada y sucia, vistiendo lo que parecía ser un traje de novia amarillento por el continuo uso y la humedad. Todas yacían exhaustas sobre el piso regado por sus propios desperdicios, excepto una, que parecía estar en apenas mejor condición que las demás, y que estaba arrodillada, abrazada a los barrotes, musitando repetidamente, como un disco rayado, su débil súplica de auxilio. Un poco más allá, otro nicho cavado en la pared oscura estaba aparentemente listo para albergar una nueva jaula.
Gutierrez realizó un tremendo esfuerzo para suprimir su natural impulso de prestar ayuda inmediata a las prisioneras. En cambio, espantado pero resuelto, siguió recorriendo el lugar hasta llegar casi al final de la estancia, donde un corto pasillo desembocaba en la entrada de una amplia alcoba, cuyo mobiliario y lujo eran completamente ajenos a ese lúgubre entorno subterráneo. Sobre las cobijas y almohadones de terciopelo rojo de una inmensa cama matrimonial en el centro de la habitación, había un cuerpo tendido grotescamente boca abajo con largas vestiduras purpúreas, salpicadas aquí y allá por manchones de sebo derretido, que goteaba constantemente de una impresionante araña circular de madera que colgada del techo de la caverna, abarrotada de velas. Estrujado en una de sus manos cuidadas y pálidas se podía ver un ejemplar de la revista “Novias”. Un par de botellas de whisky vacías volcadas a su lado y el potente hedor etílico que emanaba de todos sus poros y su respiración, delataban que la persona estaba completamente borracha.
El comisario, sin dejar un instante de apuntar con su arma a la figura tendida y sabiendo que su espalda estaba cubierta por su subalterno, puso su mano libre por debajo del hombro del individuo inerte y de un tirón lo dio vuelta. Aunque Ponce lo había puesto al tanto de los pormenores, igual no supo si dar o no crédito a lo que registraban sus ojos. Creía haber visto de todo en su dilatada carrera, sin embargo esta vez, no pudo suprimir una mueca de repulsión y un intenso escalofrío.

***

La conferencia de prensa terminó en forma plenamente satisfactoria para todos. El gobernador no podía dejar de pensar en la cantidad de votos que la expeditiva resolución de este caso le iba a sumar para sus pretensiones de reelección a mitad de año. El gran alivio del Jefe Arredondo se veía reflejado en la sonrisa permanente que tenía instalada en su rostro. No paraba de palmear afectuosamente el hombro de Gutierrez, quien aprovechando su inmejorable posición de favor, había obtenido el visto bueno para jubilarse anticipadamente en tres meses con todos los beneficios de su nuevo rango: Comisario Mayor. Ponce, atrás y sobre un costado, prefiriendo siempre el anonimato de un segundo plano, había roto todo protocolo de ascenso existente hasta entonces en la institución al ser promovido dos rangos a Subcomisario, con el augurio general de un brillante futuro por delante. Los periodistas, contentos pero abrumados por la importancia de la noticia, se desbandaban  apresurados en un feroz intento por anticiparse a la competencia en la publicación de la insólita primicia bomba.
Gutierrez, en un breve instante de privacidad, congratuló íntimamente a su instinto. El condenado Ponce... Con su modesta lógica avasalladora, su aguzado razonamiento, su inagotable persistencia y su natural bajo perfil, al final siempre tenía razón. Él dijo estar seguro de lo que decía y allí estaba la prueba irrefutable de su destructiva certeza.
La curia quizás no le perdonase nunca su contundente eficacia. En particular su eminencia, el Cardenal Bigliotti, acusado principal de todo aquel entuerto con una tonelada de evidencia en su contra, quien iba a tener que dar buen uso a su fértil imaginación para poder explicar tantas cosas raras, aparte de su enfermiza singular afición por los parques de diversiones.

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MensajeTema: Re: El Tren del Cielo   Dom Ago 25, 2013 6:28 pm

Un excelente relato,que aunque extenso,se lee bien,no cansa al  lector que queda inmerso en la historia.
Muy bueno,un regreso a las letras con bombos y platillos.
Felicitaciones,en verdad me gusto ,y me queda la duda,si esta basado en algun hecho real o todo es producto de tu gran imaginación,pues es muy bueno.

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Marioes.
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Fobio
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MensajeTema: Re: El Tren del Cielo   Dom Ago 25, 2013 9:40 pm

Gracias Mario. Me alegra que te haya gustado, y para contestar a tu pregunta te cuento que no, no está basado en ningún hecho real, es sólo producto de mi imaginación ayudada, eso sí, por todas las metidas de pata que se han mandado los curas en estos últimos años. Recibe mi saludo cordial,
José
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MensajeTema: Re: El Tren del Cielo   Miér Ago 28, 2013 6:01 pm

QUERIDO FOBIO. ME ALEGRA MUCHO SABER QUE TU POESIA ES FRUTO DE TU IMAGINACION. CUALQUIER SIMILITUD CON LA REALIDAD ES MERA CONICIDENCIA. LA VERDAD QUE NO ENTIENDO POR QUE DECIS QUE LOS CURAS METEN LA PATA,JE.JE.JE:roll: Rolling Eyes 
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MensajeTema: Re: El Tren del Cielo   Miér Ago 28, 2013 8:59 pm

Gracias por el tiempo de tu lectura Verushka. La verdad, la verdad..., es que los curas desde hace un tiempo no vienen metiendo exactamente la pata, pero mejor digámoslo así porque queda más elegante. Un saludo cordial,
José
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MensajeTema: Re: El Tren del Cielo   Jue Ago 29, 2013 9:36 pm

Ja ja ja já,  este Gran Fobio me entretiene y me divierte ... en especial con su último comentario.
No sé cuál fue la génesis de esta historia, quizá fuiste al parque de diversiones y con tu familia entraste al siniestro tren ( que es infeliz, no le encontré ninguna gracia la primera y última vez que entré con uno de mis hijos cuando éste tenía 8 años y que me obligó a sujetarme con una sola mano y otra al pequeño ... que si no salía volando en las bruscas curvas).
Tienes harta imaginación, me entretuviste con descripciones del medio ambiente y de los aspectos psicológicos  de los personajes.
¡Flautas, no soy católico, pero ... sin pretender defender a los curas, me hiciste pensar que hasta el Papa armó ese juguete para "meter" las patas! Bueno ..., digo yo debe ser muy aburrido ser sacerdote y arman su propio "cagüín" para divertirse.
Esto, mi estimado Fobio, lo siento como un reto para meter a un cura o una monja en mis historias policiales. ¡Ay, compadre, tuve la mala suerte de conocer a uno de estos curas bien loquito con las niñas y jovencitos descarriados, armaban su propio quilombo y, aparentemente, se divertían mucho!
¡¡¡¡ APÁRTATE SATANÁS, quieres tentarme para que escriba aquello que en mi larga vida y como detective me tocó ver! ¡¡¡NO LO VOY A HACER!!!
Y ... te aconsejo que comiences a aprender a rezar o alguien te guíe porque ... TE VEO EMBARCADO EN UN CARRO DERECHITO AL INFIERNO. jA JA JA JA JÁ.
Excelente relato. cumpa, detrás de la seriedad con relatas, ha
y un fino humor escondido.
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Fobio
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MensajeTema: Re: El Tren del Cielo   Jue Ago 29, 2013 11:00 pm

Gracias amigo Jaime. Y de verdad que este relato no está basado en ningún hecho real. Es sólo producto de mi imaginación. Cualquier parecido con alguna realidad es mera coincidencia.
Y por ese asunto del infierno, no me preocupo. Creo en Dios, pero casi nada en lo referente a los curas. Los pobres desdichados no son más que hombres comunes, con todas sus virtudes y todos sus defectos. El único cura que realmente me despierta simpatía y confianza es el nuevo Papa, y te juro que no es el hecho que sea argentino. Pero lo veo con los pies bien plantados sobre la tierra y sus realidades y con las agallas suficientes para lograr muchas cosas.
Espero no equivocarme, pero creo que no. Un abrazo fraterno,
José
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