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 El estigma de Caín: Hoy, DESTRUCTIVOS

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Adanhiel
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MensajeTema: El estigma de Caín: Hoy, DESTRUCTIVOS   Jue Jul 11, 2013 2:42 pm

DESTRUCTIVOS

Existen tres tipos de destructivos: Los físicos, los intelectuales y los morales, entrambos se da un denominador común al que llamo principio de la minimidad; cuanto menor es la capacidad de respuesta hacia un hecho que sobrepasa los límites de la asimilación, mayor es la indefensión inadaptativa y, por tanto, la natural respuesta agresiva hacia la raíz de la agobiante problemática.

La fuerza, cuando no es utilizada por malvada iniciativa, lo es por ser impulsiva réplica, defensa ofensiva a una situación inadecuada que supera al interfecto, confuso al no encontrar recurso aliviador más efectivo. Esto ocurre en situaciones límite, pero también en sucesiones continuadas, en cuadros descontrolados donde el desequilibrio anímico es un factor determinante, caldo de cultivo idóneo para que entren, furtivamente, en escena las malas influencias promovedoras de la insatisfacción. Así es como se forman los secuaces del mal y, desde luego, donde nace y procrea el afán destructivo, tal y como se arruinan las vidas de quienes pretenden más de lo que ya tienen.

Destruyen el entorno por ser una representación simbólica de una fuerza viva mediática a la que, subconscientemente, culpan de haber inhibido unas facultades subdesarrolladas; son despechados que expresan su repulsa provocando un miedo paralelo al suyo, que haga más comprensible su desesperada situación en el ámbito de la sangrante intolerancia. Responden a una crueldad subyacente con otra contundente, aunque ciega.

Pero quienes ocupan nuestros desvelos son los que disfrutan en su tarea destructiva, por envidia personal, rencor a lo institucionalizado, por el solitario placer de corromper todo aquello que sea sinónimo de creatividad, belleza, armonía, o represente en sus retorcidas mentes un rol que les gustaría asumir y no saben cómo. Al recalar en tan esperpéntico hábito caen por una especie de inercia en una sucesión sin fin de pequeñas devastaciones que van dando salida a la rabia largamente contenida, un periodo de continencia en el cual han estado esperando el momento propicio para cometer la fechoría, creando la única cosa para la que se ven aptos y que tanto alivio les supone... el desconcierto.

Mas los hay quienes, no contentos con destruir objetos inánimes, la emprenden con los objetivos animados, comenzando por los más pequeños e indefensos, si son bellos, por su beldad, y si los consideran repulsivos, por asqueantes; siempre argumentan un estúpido motivo que sirva de pretexto, a no ser que el destructivo reconozca públicamente el placer consecuente de sus acciones, suceso que ocurre en contadas ocasiones. Una "sinceridad" que de alguna manera es digna de valorarse o puede suponer (según se mire) el colmo de la desfachatez, por ser tan sólo la mitad de la verdad; ya que el atentado contra el orden y la vida es, efectivamente, originado por el obtenimiento del solitario goce pero, primeramente, por el inconfesado llanto del alma extraviada.

El temor a la represalia coarta una peligrosa avidez que les confunde hasta el límite de hacerles sentir una falsa certeza vindicativa de donde extraen la maligna satisfacción propia de los pendientes de la tenebrosidad psíquica, axioma compartido, si bien diferencialmente, según contexto, por la totalidad de los factores característicos de la personalidad tratados en este escrito. De no ser por la restricción del miedo intimidador sostenido socialmente como escudo y espada de combate competitivo, y los diezmados principios morales benéficos que (aún acorralados por la injusticia) subsisten a duras penas, las ligaduras de los fatales demonios de toda índole (primordialmente los destructivos) serían sesgadas y nos veríamos sumidos en la espantosa cosmogonía de un caos vaticinado en cada fase transformativa de la historia que significaría, con la supresión del temor, una apoteósica conclusión de las virtudes por excelencia que nos acercan a la divina bondad. El prorrumpimiento de una identidad que, unificando los fundamentos nihilistas contra lo celestial, centraría toda su extensión dominadora en el acoso del último e inasediable bastión de la esperanza: La muerte.

Siguiendo la pista de los destructores físicos recalamos en los segadores de vidas y torturadores, asesinos natos, que comienzan balbuceantemente a experimentar su terminal habilidad con los únicos seres vivos indefensos ante esas hirientes acometidas... Los animales. Afortunadamente la gran mayoría de ellos se ven forzados, por infame cobardía, a pulir su agresividad, teniendo que conformarse con zaherir a sus semejantes de otras maneras más sutiles, apenas saciadoras de la malicia, como la artimaña y el manejo caprichoso y aconchabado de rangos fácticos; los menos avispados prefieren seguir con los primitivos procedimientos por labrarse un prestigio de rudeza acongojadora con la que viven felices al captar el miedo causado en los demás, lo que interpretan como un efecto de sumisión del que disfrutan satisfechamente; aunque éstos están en consonancia con otros aprendices del mal de menor catadura, como son los agresivos.

El destructivo físico es el primero de los aniquiladores de quien brotan los intelectuales y morales, que son los máximos exponentes de su especie. No se contenta con herir, su "preclaro" propósito es el que le denomina como aberración de la naturaleza que es, y permítaseme la expresión.

Unos suelen llamar a su ansia instinto cazador (cosa que no he comprendido nunca pues el verdadero cazador abate a su presa por una cuestión de subsistencia y no por el mero placer de matar, así sin más), los más intelectivos lo mientan como selección natural, por no mencionar otros variopintos calificativos que no citaré por considerarlos una burdeza, una ofensa a la sensibilidad y el intelecto; lo cierto es que pueden adornarlo con el designativo preferido que les de, incluso, algún aspecto humanitario, aunque sea sesgadamente, pues lo único cierto es que su secreto afán es el de tajar la vida. Los "piadosos" tienen la "delicadeza" de matar rápidamente; los torturadores, no contentos con el papel de verdugos, añaden a su faceta ejecutora la crueldad, extrayendo un goce sensual, incluso sexual, de cada estertor de vida.

Pero vayamos con los destructores selectivos, comenzando por los morales; esos que se dedican a destrozar las conceptuaciones, consignas denotadoras de paz, unión desinteresada y armonía, tan contrarias a sus especiales postulados, modificándolas, desvirtuándolas con mezquinos anexos que conduzcan a quien los tomase sin establecer un propio criterio, a una postura más cercana al daño ajeno que no a la comprensión, y mucho menos a la conmiseración. Son censores arrogantes, despectivos y engreídos, les gusta marcar las normas a seguir; tienen bastante similitud con los inquisidores a quienes ya trataré en otra ocasión.

Otra variedad, los intelectuales, son ases de la provocación, incitan a la acción irreflexiva que aleja del sereno raciocinio, promueven la bestialidad y la anarquía donde poder campar a su libre antojo, dedicando cada uno de sus actos y pensamientos al coartamiento de la libertad individual, inherente al ser humano, para argüir y contrastar reflexiones privadas que puedan alentar un estado de esclavitud total (supeditación intelectual) al que pretenden someter a la mayoría. La acracia (anarquía) es su argumento preferido porque sólo en ella la confusión del hombre se vuelve desesperada, desaliento muy similar al que origina su rabia, en la que están dispuestos a adoctrinarnos.


CÓMO RECONOCERLOS

El destructivo físico es, evidentemente, muy fácil de distinguir por lo estrambótico del proceder y por su peculiar vehemencia que juega en los límites del comportamiento violento; pero no siempre su precaria conducta es lineal o continuada, la mayor parte del tiempo puede pasárselo en un estado de apacibilidad, como célula durmiente, sólo cuando surge el descontrol anárquico que le confiera provisionalmente de cierta imaginaria inmunidad, por determinados sucesos y sustancias que le lleven a la inhibición transitoria de su artificiosa personalidad pública, o por pura complicidad del micro-entorno, destapará el tarro de sus fétidas esencias, arramblando con cuanto encuentre a su paso, o bien seleccionando con personal afección determinados objetivos de su ira.

Los morales e intelectuales destacan por su intransigencia y se consideran poseedores de la verdad absoluta, niegan o afirman con terminante rotundidad, eluden las terminologías eclécticas como: Es posible, relativamente, presuntamente, quizás, tal vez, parece ser, etc, por resultarles antagónicas a su carácter absolutista y categórico, razón por la cual no admiten ni siquiera el debate de no existir una tensa disensión de por medio en la que poner en práctica la ofensividad. Ambos comparten un acusado complejo de superioridad, hacen cuanto esté en sus manos por sobresalir de cualquier manera, son extremadamente belicosos y su principal cualidad es la de mantenerse en un estado de máxima alerta contra todo lo que oscile en una frecuencia de onda diferente a la suya.

Si encuentran un cauce inocuo con el que dar salida al afán destructivo (situación nada frecuente) se comportan de forma bastante considerada, e incluso respetuosa... insisto, es infrecuente, pero se da.

La vehemencia es un signo de fuerza y este mundo es un mundo de y para los fuertes, el resto queda en el camino trazado por los primeros, a expensas de ellos; sólo podemos rezar y aportar nuestro pequeño pero brillante granito de arena para que la mal dirigida fuerza, como ocurre en el caso que nos trata, sea aprovechada en el futuro para el bien de los que hoy en día la sufren inmerecidamente.







Adanhiel.
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