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 Un cuento para olvidar

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Nicolás
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León Cerdo
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MensajeTema: Un cuento para olvidar   Dom Jun 02, 2013 11:02 pm

Maldijo la vez en que Correa lo dejó retirarse antes de la oficina. Le dijo que no lo necesitaba y que se tomara un descanso. Yo lo empecé a molestar con que su mujer lo esperaría en la cama con la cena pronta, que le abriría la puerta antes de que él llegara a tocarla, desnuda bajo el camisón de seda. Correa se rió y me siguió el juego. No faltaron la cena a la luz de las velas y el vino fino, los labios entreabiertos, húmedos, rozando el borde de la copa en medio de una sonrisa, los ojos chispeantes con la alegría del vino. Él negaba con la cabeza sin decir nada, con ese pudor cómplice de estar aceptando, en el fondo.

Ahora que lo tengo sentado frente a mí en un café, demacrado, como un hombre arruinado al que no le quedaran esperanzas, siento ganas de insultarlo y al mismo tiempo una admiración implícita en la forma de contestarle con un mínimo gesto de la cabeza y arreglándome los lentes, imaginándolo esa tarde cruzando Colonia con el viento en la cara, feliz sin poder creerlo, saludando sin por qué a un desconocido, preguntándose en serio si podría ser de esa manera que ella lo esperara, porque seguro lo esperaría colocando flores nuevas en la mesita del living, limpiando el polvo de los muebles, preparando la cena para cuando él llegara. Lo abrazaría, le daría un beso como rendido y cálido, y él la sorprendería con la docena de rosas rojas que compró por el camino.

No quiso decirme exactamente lo que vió cuando entró a la casa y tampoco quise preguntárselo, pero supongo, por lo que me dijo, que no la encontró en la sala o en la cocina, y que dijo su nombre con una sonrisa en la boca. Debió haber escuchado algo, porque dejó las flores en la mesa y se oscureció de repente, como un súbito invierno. Seguro cruzaría la sala y el pasillo hasta quedar frente al cuarto. Seguro escuchó lo que nunca hubiera querido escuchar al otro lado de la puerta, la voz de la mujer como un eco lángido tras los obstinados quejidos de la cama. Pero no tuvo el valor. Dijo que le temblaban las piernas, que quería morirse como ahora en que lo veo sosteniendo un vaso de wisky y mirando el transitar sordo de la noche, contestándome sin oír lo que le decía, hablándome del trabajo de la oficina como si fuera algo importante, como un desesperado intento de aferrarse.

No, no hubiera querido decírselo de esa manera, no delante del viejo. Pensó cuidadosamente las palabras desde que doña Élida salió a recibirlos al portón, corriendo entre los rosales por el camino empedrado que cruzaba el estrecho jardín de la casa. Venía como esquivando los pétalos y las hojas caídas bajo la sombra del follaje, ciñéndose el vestido florido. Veía la alegría indisimulada en la cara de la señora, que los esperaba desde temprano. Les dijo el viernes por teléfono que no trajeran nada para la comida, que se encargaría de todo. "Por el casamiento de la nena", dijo. Se sintió obligado a aceptar creyendo por un momento que esas palabras no eran para él, que hablaba "del otro", que yendo estaría pagando una deuda, cerrando un ciclo de su vida, convirtiendo en memoria lo que hubiera podido ser entonces si no hubiera estado allí, justo allí y en ese preciso momento.

El viejo Antonio estaba en el asador, bajo el alero del fondo. Lo vió como quien recibe un hijo de un largo viaje y lo invitó a sentarse frente a una mesita cerca de las brazas. Le hablaba, la cara colorada por el fuego y el vino, de un pasado de tranvías y fotos gastadas en las que un bigote hirsuto enmarcaba una figura adusta y orgullosa en medio del terreno pelado donde estaba construída la casa con sus propias manos, de los asados que se ofrecía hacer un domigo por un par de cervezas con los compañeros de obra. Lo escuchaba como si le importara, sonriéndole al fuego como sabiendo, sin querer traicionar la confianza, sin querer rechazar, por un respeto natural, esa confirmación del hombre que era y que sería de ahí en adelante.

Me contó que durante la comida estuvieron bajo el techo de palos y chapones de cinc, y de la sombra húmeda del parral con su reguero de hojas mustias y uvas podridas sobre el piso del patio partido de raíces. El viejo movía las brazas del parrillero con un vaso de vino tinto en la mano y el lomo al aire, tostado por el pleno sol de mediodía y traspirando el brillo del humo y el calor.

─¡Élida! ¡No barriste el patio, carajo! Y eso que te dije...

La voz recia del hombre empuñando un tenedor encontró el silencio de una braza derrumbándose con un estruendo de tragedia, que pareció espantar a los pájaros.

─Dejála, papi, yo lo hago. Está ocupada.

─No, m´hija, déje. Usté no vino a trabajar.

Pero el viejo terminó cediendo mientras la hija barría muerta de risa y Álvaro le buscaba conversación, sobre fútbol o cualquier cosa. Porque para ese entonces estuvo pensando en lo que ya tenía determinado hacer. Era una venganza perfecta. Había acariciado la idea toda la noche, durmiendo de a ratos y mirando el techo del cuarto, desnudo bajo la sábana, oyendo la respiración de animal que yacía a su lado, sintiendo el peso tibio del cuerpo de mujer que buscaba su calor de macho, su voluntad de varón ávido, pero sintió asco y no quiso tocarla. Tampoco sintió ella el sollozo con que la lloró hundido en la sombra de sus desgracias.

Durante la comida se les vio muy juntos, aislados en una burbuja de amor intocable. En la mesa improvisada que habían traído con algarabía del comedor, con un mantel bordado que se sacaba sólo en las fiestas y las antiguas copas de cristal alemán heredadas como un tesoro familiar, ella se abrazó a él, apoyada en su hombro, hablándole a su hombre al oído y sonriendo como una adolescente. Y entonces supo que la quería y que podía perdonarla. Ella lo hacía volver de sus pensamientos con besos que lo aturdían, mirándolo a los ojos como suplicándole sin palabras que se quedara con ella, que nada era más fuerte que el amor de los dos.

Entonces se dejó llevar. Al principio anduvo entre una consciencia de culpa sin saber de dónde y un ímpetu de salvación que lo hacía recuperar de a ratos el odio que había amasado las últimas semanas. Cuando Élida se levantó en la sobremesa para retirar los platos, cuando todo estaba dicho y supuesto, hasta los planes de una vida juntos, la posibilidad de mudarse, de tener hijos, nietos, cuando la vió atravezar el patio anochecido con su manto de azahares bajo el foco pálido, hubo un vacío de silencio antes de la tormenta, sintió de lleno el olor a ceniza tibia del parrillero, los rescoldos del carbón muriendo como pobres señales de naufragio.






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Mateo
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MensajeTema: Re: Un cuento para olvidar   Dom Jun 02, 2013 11:57 pm

YO ENTENDÍ HASTA LA MITAD, DESPUÉS NO SE EL FINAL ME DEJO MEDIO COLGADO.
ME GUSTA LAS DESCRIPCIONES QUE HACES DEL PATIO, DEL HOMBRE ASANDO, ES MUY GRAFICO EL CUENTO Y TIENE UNAS FRASES MUY LINDAS,CASI POETICAS.

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MensajeTema: Re: Un cuento para olvidar   Lun Jun 03, 2013 8:16 pm

Un cuento bien narrado con descripciones acertadas que muestran un escenario al que pude ver y casi compartir con los protagonistas. El cierre es sutil, sin embargo, deja entrever esas cuestiones que se quedan irremediablemente en el alma de quien fue herido de muerte.
Me gustó tu cuento compañero.
Un abrazo, nos leemos.

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Ricardo "Cocho" Garay
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MensajeTema: Re: Un cuento para olvidar   

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