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 ¿QUIÉN ES LA PRESA?

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Adanhiel
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Virgo Cabra
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MensajeTema: ¿QUIÉN ES LA PRESA?   Jue Abr 25, 2013 3:26 pm

Emboscado llevo, bajo esta tupida maleza, espesa y cada vez más condensada, aliñada por los mustios apósitos vegetales que han ido cubriendo mis aristadas a la par de mortíferas dimensiones. Sé que soy mortífero porque tengo presente la fuerza dedicada por las enérgicas manos que aquí me ubicaron; si hay algo imposible de obviar es mi único cometido, al cual me debo. Tan fiel soy a él que paréceme el tiempo un abusador agresor que gusta de cebarse especialmente con elementos de composición remarcadamente frágil y perecedera. Cansado estoy de ver como juega con ellos antes de absorberlos utilizando la insaciable pajita de la subcionadora muerte: su acólita, su querenciosa siamesa y, a la postre, su resolutoria Némesis.

No soy visible o, al menos, no me siento visible; mi sino consiste en permanecer impertérritamente asentado bajo esta alfombra elaborada por la misteriosa tejedura de la creación y dispuesta por la misma artificiosidad que me engendró, quisiera no pensar que en maldita la hora. Yo, la verdad, me encuentro muy bien aquí, a pesar de los pesares. Aprender a ver con la perspectiva aventajada del vigía emboscado me otorga una ventaja indagadora que me ha hecho sentir superior a la movediza interactividad circundante encerrada en su penoso círculo autorregenerativo irremisiblemente avocado al "unípodo" comienzo, y al conmiserativo fin de la extinción: ¡Qué magnífica trampa la extinción! No necesita esconderse, se muestra tal cual es, tan evidente como egemónicamente indiscutible, devoradora de especies y mundos, intangible e infinitamente abarcadora... Me pregunto cuál será su finalidad metafísica, la última. Igualmente me hechiza, me admira y me asusta, ¡qué podía esperarse de un simple cepo! Mi finalidad, sin embargo, no guarda más recóndita enjundia que un seco movimiento de unas metálicas mandíbulas para el que no existe una reacción posible que permita la escapatoria. Yo también podría ser infalible, a mi básica manera, pero, incomprensiblemente, no consigo enorgullecerme de ese potencial en ciernes; quizás se deba a que mi existencia esté predeterminada por la misma primordial consecuencia que engendra y consume sin previsión, desbarajustada, pero acertadamente, en un intrincado sistema que escapa a la más innovadora de las lógicas con sorprendente simplicidad; luego, aunque apartado, soy parte del juego, sentenciado a ser tragado por la Señora de las Trampas que tan extasiado me tiene. Y mientras tanto, ¿qué he de hacer? Probablemente el cumplir con mi cometido... yo lo sé, y el que me puso aquí también lo sabe, lo demás no es relevante; yo soy el que atrapa y no suelta, la despiadada e inmisericorde apresadora.

El degradable cebo, la carne muerta, se descompone a un ritmo mucho más acelerado que la animada, que tan acostumbrado estoy a sentir; es evidente, sin embargo ambos procesos empiezan a hacérseme equiparables. El tiempo es el responsable, una vez más, aunque no el único, tengo que admitirlo. De esta miopía del alma que me lleva y me trae volanderamente por las anchas avenidas de la confusión le culpo, y de, a medida que pasa, imposibilitar mi optimista cometido; lo más cierto del agraviado discurso es que a nadie puedo atraer ya, y aquí me veo, literalmente dejado, hasta del mismo olvido. Ya únicamente me queda olvidar el encontradizo olvido que me ha colocado en esta, deseo, coyuntural situación. Puede parecer que detesto tan desesperante inactividad, por momentos lo pienso, pero realmente estoy muy lejos de ese sentimiento; he aprendido a "desplazarme" a través de los movimientos de mi entorno, todos con su especialísima particularidad, unos sobradamente conocidos (no por ello rutinarios), otros novedosos, excitantes, aunque, de alguna manera, restablecedores del Sentido que, a la larga, nos serena y, serenándonos, nos concilia.

Qué raro se me hace apartarme insospechadamente de lo que soy, o de lo que creía ser y, al ir consiguiéndolo, acabando abocado abrumadoramente en un sinfín sin igual de variabilidades para las que no es posible prepararse.

Estoy capacitado para una sola labor... eso creía porque, a fuerza de revisar mi historial, me encuentro con que éste es hipotético; una ficción constituida palmo a palmo con el polvo acumulado de la desilusión. Pero no es culpa mía haber sido dejado del humano cuidado cuando (para qué engañarme) aún no me he estrenado, y de conseguirlo, ¿a quién ha de quedar la constancia? Habré de percutir agresivamente protagonizando una cruenta escena de muerte y física corrupción tremendamente improcedente de la que no podré vanagloriarme; claro que eso aún no ha sucedido. Mi obligación no ofrece pábulo al equívoco; no puedo escoger, o presumo que no sabría escoger. Puede que el trampero vuelva, y si no lo hace es muy probable que alguien me recoja algún día sin ser necesario que un desaleccionado animal atraiga con sus angustiados alaridos el singular descubrimiento que me sacará de este lugar dándome la oportunidad de ampliar mis horizontes, al menos hasta donde un meditabundo cepo alcanza a comprender. ¿Este anhelo es al que debo aspirar?

He de estar preparado para lo que venga hasta ver llegada mi oportunidad, tal como acaezca; de momento me he fijado mucho en el dolor que los animales pueden llegar a infligirse, casi siempre por una motivación puramente adaptativa. Las influencias y subconscientes instigaciones de la especie que, de hecho, me ha concebido tal como soy y para lo que soy, la del trampero que me preparó para la actividad, no corresponden a la misma. Estoy seguro de muy pocas cosas, ésta es una. Pero soy un cepo, debería ser comprensivo, corresponder ahincadamente... mas, ¿de dónde salen entonces estas insoslayables reservas?

Al respecto tuve un sueño, o una representación eminentemente significativa de la imaginación; no sabía que la tuviera hasta dar con esas manifiestas e inequívocas señas de existencia, aunque me encantaría conocer si discierno acertadamente al llamarlo sueño, y no pesadilla. Veamos si lo recuerdo: Una de las más insignificantes formas de vida, una intrépida lombriz, se arrastraba trazando círculos ininterrumpidos al rededor mío; de pronto desapareció, pero solamente de la superficie, verde, hojarascada. La sentía proseguir subterráneamente en singular porfía. Normalmente las pequeñas criaturas del suelo y del subsuelo no reparan en mí, y cuando sí no lo hacen de manera tan acusadamente obsesiva; excepcionalmente me tienen por extraño durante breve lapso, posteriormente pasan a incluirme en su "cartografía sensorial" que posiblemente pueda pasar, mismamente, por parte integrada de un sistematismo de carácter hereditario. Y, no conforme con el individual cerco (quizás asegurándose de que seguía siendo cerco, pero, antes que cerco, personal y específico), comenzó a reconocer táctilmente la totalidad de mi fría y camuflada estructura encaramándose a ella destapujadamente; no me molestaba a pesar de que diera la impresión de querer instalarse en mi atrincherada intimidad, si acaso, si estaba molesto e inquieto, era conmigo mismo.

Gusaneando y toqueteando aquí y allá, parsimoniosamente, fue colocándose, parecía que definitivamente, en los férreos intersticios de mis desafiantes y bien atrincherados dientes. A él debían parecerle gigantescos, pero no le significaron una amenaza de la que tuviera que cuidarse; por descontado no era yo quien establecía las bases del reto, y así lo dejó patente el alargado temerario con sus expeditivas palabras: "¿Tendré que quedarme aquí a vivir?"; no le respondí, no tenía interés en hacerlo, además, los comentarios indirectos inhiben el, por otra parte, incontestable derecho a la sana réplica, con más razón si son instigados desde el descarado desplante o la aun menos procedente imprudencia. No, no le contesté, ni intención tenía de darle el gusto, así supusiese una imperiosa tentación en la que concluir, para bien o para mal, desistiendo de evitarla; y su tono se incrementó en la irreverencia de un descocado monólogo. Yo seguí en mis trece. Para mi creciente desesperación la lombriz también permaneció en las suyas con el aplomo que, debido a un extraño e inefable comezón, me iba faltando por momentos, tal como suspira el aire el fumador compulsivo.

"Desearía que alguien, literalmente, de peso, al que tuvieras en considerable estima, te convenciese para cerrar tus mandíbulas; pero si tal elemento existiera no se hace muy factible que realmente tengas poder decisorio, no obstante aquí permanezco y aquí seguiré hasta que ocurra lo que deba de ocurrir". Seguí sin tenerme por aludido, o eso esperaba transmitir a la impertinente lombriz. "Seguro que estarás preguntándote a qué se debe tan descarada provocación; pues sí que puedes tener claro el ir asumiendo mi presencia. Si no haces de mí dos, estableciendo mi morada en ti rotularé el mismo número a tu costa... ¡serás mi compañero! Ya lo he decidido. Agradécemelo , te estoy dando la oportunidad de hacerte algo más sociable sin dejar de faltar a tu labor, sea la que sea. ¿No te molesta la soledad? Pues te holgaré de ella, te agrade la idea o no. ¡Vamos, hazme este grandísimo favor! ¡Párteme en dos! Te prometo que las lombrices somos fieles a nuestra palabra, yo te la doy en este instante; si consientes y posteriormente deseas no volver a saber nada de nosotras lo comprenderíamos, también condescenderíamos si nos cogieras apego. Pero eso depende de ti".

No daba crédito, aquel diminuto ser hacía algo más que en reparar en mí como el objeto extraño que, en efecto, soy; en cierta manera me trataba como su igual ya que desequilibrar esa paridad es cuanto pretende el retador en el trasfondo de sus fobias y cavilaciones menormente recalcitrantes.

Me sentí, ofendido, abrumado, consternado, impresionado, furioso, agradecido... no sé decir en qué orden, pero definitivamente adelantado, superado por una encabritada susceptibilidad animal. A pesar de la transitoriedad me bastó para comprender sus atractivos, y sus límites que, como aquella desparpajada lombriz, exceden en poco de la tierra en la cual proyectan sus pequeños pero orgullosos surcos. Finalmente quedó mi reconocimiento hacia el que insistía en ser dividido en dos para poder sumar el mismo número; así desperté, sin poder satisfacer el atrevido y, bien observado, hasta hilarante ultimátum de ese reflejo onírico. Sé lo que haría en estos momentos, pero ya nunca conoceré cuál hubiera sido mi decisión en aquella precisa ensoñación. Pueda ser que su auténtico sino fuera el despertar en mí tan inusitadas reflexiones que no cambio por el solo y desasistido instinto al que (el mismo sueño me lo ha dicho) no pertenezco.

En lo que llevo aquí, digamos que plantado, y en incrementada espera, pequeños roedores, insectos y algún despistado pajarillo han puesto a prueba mi sensibilidad; me parecía que ninguno de ellos podría accionar mi simple y funcional mecanismo a pesar de la certidumbre, deseé que entre todos coincidieran para aplicar el peso necesario, aun a costa de no cobrar captura.

Hace no mucho pasó cerca un zorro husmeador, y si él no olió nada que le atrajese hacia mi posición ningún otro animal considerable lo haría... otra oportunidad perdida; aunque, dicho sea igual de oportunamente, también me pareció liviano, demasiado liviano para justificar la decepción... De pronto detecté unas plúmbeas pisadas: ¿un ser humano? Nada disparatada esa posibilidad, se hacen daño hasta cuando no lo pretenden. Deseé fervientemente que fuera el trampero, ¡pero no! Era más grande que un hombre y venía directo hacia mí, me pregunté si... Salía desde la fronda; sus soberbias garras plantígradas tienen poder, podían hacer que mis mandíbulas se disparasen cerrando con un lacrado de sangre la misión que me encomendaba. No podía elegir, ¿o sí? Era la gran pata, descendiendo al mismo centro de mí, de la trampa, la que decidiría. ¡¡Ya!! No... no pasó nada, el oso no se desgañitaba de dolor, ni se angustiaba intentando aliviar la presión de las fauces surgidas del pérfido suelo que hasta el momento siempre le había sido propicio, feraz, firme y fiable sustentador.

El segundo en el que toda la masa del enorme omnívoro descansó sobre mi disimulada estructura no quería pasar, en él tuve que decidir ser dueño del albedrío que se supone no tengo ni necesito, y no cerrarme atrapando una vida inútilmente, ni siquiera para excitar las apenas refinadas ansias de crueldad del que, para justificar su mortal y mal reprimida propensión caótica, se dice y se hace llamar cazador.

Ya no hay más trampa, ya no hay más cepo, no más pensar en los componentes de mi entorno como "posibles" (posibles víctimas, posibles y cotizados trofeos... probada efectividad). Cómo se ha operado este cambio y desde cuándo ha venido gestándose es una respuesta que clama meditación; es de suponer que aunque me arrancasen de donde ahora estoy no podría evitarse, como el reconocimiento de las intrínsecas procedencias que, para mi consuelo, han venido a dar conmigo.

Y un cepo, rotundamente deteriorado por añosas humedades, esperó, inservible, sufrido, pero sensiblemente gozoso.





Adanhiel.





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