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 Los sueños de los Miranda Rodriguez

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arfecomi
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MensajeTema: Los sueños de los Miranda Rodriguez   Mar Abr 23, 2013 12:05 pm

Mi nombre es Francisco Miranda Rodríguez, hijo de Gustavo Miranda y Ofelia Rodríguez, hermano de Esteban, Diego y Carolina. Tengo 20 años, vivo en la ciudad de Paysandú, precisamente en un pueblo cercano a Guichón. Mi padre falleció hace tres meses por un paro respiratorio. Mi madre se encarga de la familia ahora que él no está.
Soy el hijo menor y es por eso que tenía mucho apego con mi padre. Él me enseñó desde caminar hasta subirme a un caballo; me amó con un sentimiento tan intenso que quedaría corta la vida en contarlo.
En cuanto a mí, mido un metro setenta, tengo ojos cafés, pelo lacio, me dejo crecer la barba y el color de mi piel es café, también. Trabajo en una estancia, en el mismo puesto de mi padre ya que su tarea era cuidar un sector de esa propiedad y sin alguien de la familia que lo respalde, implicaría el desocupo del lugar, dejándonos en la calle. En mi tiempo libre me encanta salir de caza.
No sé describir lo que me intriga de la matanza de animales o qué es lo que me motiva en cada una de las salidas. A veces salía con papá –quien ya no está-, y otras con mis hermanos. Pienso que es algo genético que me fue contagiado por la sangre de Miranda y sus antepasados criollos, pero, en otras circunstancias el concepto que tengo sobre este deporte descarta en abundancia lo tangible, pues no tiene ningún lugar del cual ocupar en esas ocasiones, si es que no hay razón para salir de mi cabeza, si va más allá que una costumbre. Digamos que es más personal, muy privado, propio. Es por la simple manía que tenemos las personas de agarrar un pedazo de nostalgia y meternos -claro, espiritualmente-en un sinfín de momentos que incitan la excitación y activación de ese instinto asesino del que todos conocemos en un determinado instante, pero no por un hecho de desaparecer a alguien en concreto, ya que literalmente estas acciones por ser no tangibles, no tienen un agente físico para dañar. Hablo de esas ganas que nos viene de vez en cuando de ahogar partes de nuestro ser. Eso que llamamos olvido es una manera de enterrar bien en lo hondo algo que nos mantiene vivo un sector del pasado. A eso también le nombro como asesinato, pero en fin, esto no nos compete, –aún–. En mi caso en particular, mi búsqueda de satisfacción no es por el recuerdo en sí, todo lo contrario, es por lo que mencioné en primer lugar, una tradición que los hombres adultos de mi familia han introducido en mis primos y hermanos varones, al igual que en mí. Una cadena de reglamentos sin sentido pero de alto valor moral para los Miranda. No para mi.
Es por esas raras cadenas entreveradas y el no sé qué de inercias culturales, que ayer salí a cazar. No sé si fue una manera de acordarme de mi padre pero evadiendo las preguntas obvias, me apronté con el arma en la espalda, la bolsa para guardar los animales muertos, los amuletos dela suerte como la pata de liebre, los collares pulidos con esponja de aluminio para que queden lustrosos, y un par de dijes de Jesús de unos 5cm. Me compré tres porciones de pan bien grandes para frenar el hambre por si me agobia en algún momento la mala racha de no haber encontrado presa. A pesar de todo este cargamento le agregué algo más a mi equipaje, me propuse usar ropa de Gustavo que aún seguía sucia de su última caza. Ropa que Ofelia no se atrevió a lavar por sus creencias delirantes; Que el polvo de su camisa, que el aroma de sus mangas, que los fantasmas, etc.
Yo imagino que eran escusas para no olvidarle, pero bueno, de cualquier manera las medidas de Miranda y las de mi cuerpo eran similares así que tomé lo que había en el armario y me fui solo. Era la primera vez que me iba solo y la idea de ir vestido como Gustavo me daba coraje.
En tanto el reloj marcaba las seis de la mañana y los gallos cantaban, saludé a mi madre y marché al monte. En el camino me puse a pensar qué animal me pondría a buscar porque esta vez no quería uno común, quería uno que pudiese enorgullecer a mis antepasados pues, soy muy creyente y creo en las almas, en los espíritus, en Dios y en lo que le sigue, y más ahora con la muerte de mi padre. Por esta razón me ansiaba el más gordo, el más grande, el más raro para llevarlo a casa, cocinarlo y comerlo en familia como en los viejos tiempos cuando vivía Miranda.
Y ahí marque rumbo, no es algo con mucha ciencia. Caminé por horas hasta llegar a donde mis pies pudieran, bichando por cada hueco,pastizal, pasto seco, arbusto. El sol se movía, la luna se asomaba, el frío pesaba, el viento estaba turbio. Agarré unas maderas secas para el fuego y una vez prendido puse uno de los panes a tostarse. Las lechuzas sonaban a unos metros sobre mí con el rechinido de los murciélagos que, poco a poco salían volando en bandadas. “Las palomas de la noche” decía yo mientras me las imaginaba en un plato de guiso, mezcladas con aderezo, fideos y galletas de campaña; riquísima la carne crocante de estas criaturas.
Más aún me preguntaba qué animal cazaría, ya que la lechuza y los murciélagos eran fáciles de atrapar y habíamos comido en exceso, semanas atrás.
Miré al otro lado y me susurré:- “el estómago de Ofelia no aguanta víboras, arañas, bichos, ratas ni ñandúes. Esteban es exquisito al tratarse de aves así que están descartadas para no gastar tiempo del que no dispongo porque pasado mañana hay que volver a trabajar, entonces mañana tendría que estar en casa. Carolina es intolerante a las mulitas – maldita sea la vez que le dimos aquella mulita como mascota. Ahora que está tan encariñada con ese tipo de animales no creo que me reciba con los brazos abiertos si le llevo un tatú, una mulita o algo parecido—. Diego come de todo, él no tendrá problema.”
Saqué el pan crocante del fuego y mientras esperaba a que enfriase me armé un sitio cómodo para pasar la noche, con la cobija gruesa que envolvía el arma y unos pedazos de pasto por debajo para que quedara medio ‘acolchonado’.Luego empecé a comer hasta terminar la escasa cena; recé unos cinco minutos como lo hago siempre y me dormí.
Recuerdo que ni bien cerré los párpados – no sé si por el cansancio o el exceso de preguntas que me acribillaban la cabeza – y caí en un sueño agradable del que hacía unos diez días traía a mi mente, quizás por la conversación que tuvo mi segunda hermana Elisa con mi abuelo Don Miranda, el padre de Gustavo semanas atrás. Él tiene problemas por una extraña enfermedad de la memoria, una de esas que tienen nombres larguísimos para los científicos.El abuelo no confía en la medicina pero mi hermana, la mayor que vive en la capital, de quien no considero importante sus preferencias gastronómicas para mi cacería – pues porque en este instante está en Montevideo estudiando post-grado de Neurología en la Universidad de la República –, nos ha dicho que tiene amigos en la rama de psicología, lo cuales no lo conocen a Don Miranda pero han investigado las referencias que les ha dado ella de los síntomas que presenta.Lo que nos aconsejaron es que se haga ver.
Ellos dicen que los sueños duran aproximadamente ocho segundos antes de que uno se despierte, por un tema de las neuronas, la electricidad que tienen y el cerebro. Algo de eso me han dicho los profesionales. Como Católico Apostólico Romano no creo en estos fundamentos porque hay cosas de las que nadie puede tener el control ni conocimiento absoluto, ya que sería intentar querer ser Dios, acto que es imposible a mí entender. De todas formas, lo que sí sé, es que varias veces nos pasa que al despertar de ese lapso de tiempo nos acordamos de lo que sucedió mientras,precisamente, fantaseábamos inconscientemente, y después vamos olvidando minuto a minuto. Los psicólogos le recomendaron anotar lo que sueña para que ellos puedan analizar su inconsciente – creo que se dice así – para luego examinarle.Eso es lo que le solicitaron y posteriormente eso debería enviárselo, lo que,claramente no hará.
Mi caso creo que es particular porque he tenido tantas veces este sueño que podría hablar de cada detalle que revivo cuando cierro los ojos.La historia es así: estoy acostado, desnudo mirando hacia arriba en oscuridad absoluta.La vista se me nubla y las extremidades se endurecen. Quedo quieto unos segundos y luego siento que mi cuerpo empieza a girar como si formase una esfera, dejando mi cabeza rodando en el centro. Es parecido a un compás, mi cabeza es la punta que está firme en un punto específico, en el interior de lo que sería el circulo estaría ubicado mí cuerpo y el lápiz que dibuja la circunferencia serían mis pies. Dicho esto, al cabo de hallarme es esa posición empiezo a dar vuelta sobre mí mismo, una y otra vez, una vuelta más veloz que la suma de las velocidades anteriores. En cinco vueltas siento que me estoy desintegrando pero llegada la sexta, freno la velocidad y se enciende una luz que me alumbra desde arriba, como un foco. Veo mi estado físico y estoy como podrido, abierto por distintas partes, quemado. En este momento se asoma una criatura parecida a un ángel desde el mismo punto ciego del que salió esta luz, y me toca la mejilla. Él es de color blanco, tenue, cálido. Volteo la vista y estoy sano, sin ningún rasguño.Es ahí que abro los ojos.
La cuestión es lo que pasó ayer a la noche cuando dormía en la cama de pasto seco, en ese momento en que estaba a punto de ver a este ángel tocándome la mejilla. El sueño se cortó por un ruido que golpeó mi cuerpo, un curioso roedor o pequeño animal que me rozó por los pies.
Despabilado lo busqué. Esta criatura iba tan rápido en la oscuridad de la noche que no lograba atraparla, se metía entre las ramas, se escondía en huecos, subía a los árboles, deambulaba por los túneles de las liebres.
Las estrellas ni la luna daban la suficiente luz para perseguirla,entonces sujeté una rama con restos de brasa que duraba de la fogata y alumbré a donde se encontraba. Ella continuaba corriendo por todos lados a una inmensa ligereza.Lo único que conseguí ver fue un color blanco, tenue, cálido, como el del sueño, lo que me hizo ansiar más atraparle. Imagínate tú, ¿cómo no iba a ensuciarme de entusiasmo comparando las conclusiones obtenidas? No soy Doctor pero tampoco un idiota.
Es por ello que me las ingenié para encajonarla contra un árbol,le puse tres palos de madera livianos que funcionaran como paredes conjunto al tronco, y clavé los dos dijes de Jesucristo en el suelo; cada uno sosteniendo desde el lado de afuera como clavos a un palo correspondiente para que soportaran por si este mamífero empujaba los palos. En el tercer palo le puse una piedra para que fijara mejor la trampa. Ya empaquetado el animal, éste quedó quieto, lo que me dio tiempo para verle detalladamente; tenía ojos celestes,pelo suave, caminaba sobre sus dos patitas. Tenía cuerpo semejante a la de una persona pero por el brillo descomunal de su pelaje que parecía absorber la luz de la luna y las estrellas al estar inmóvil y se intensificaba con ellas, ahora más todavía que estaba mirándole de cerca. No alcancé a ver con claridad.
Entonces intenté tapar el roedor-homo-sapiens para opacar su color tan llamativo y ahí fue ni bien le tapé la luz, mi mirada se me oscureció, los sentidos se me agudizaron con ese reflejo primitivo que nos caracteriza al perder uno de ellos, y en medio del apabullante silencio me invadió un sentimiento de culpa, no del que uno se imagina al ver películas dramáticas: era intensa, fuerte, irritante, tanto así que la piel que estaba cubierta por la vestimenta de mi padre me la dejó de un color marrón, lo que, visiblemente mostraba que mi tonalidad café se había achicharrado. La fuerza de ese remordimiento me pesaba los hombros. De no ser por creer en Miranda, me habría caído por el sobrepeso ocasionado en no sé qué de mi yo que sé, en la negrura de la noche.
No encontrando una respuesta lógica a lo que me sucedía, opté por el más rápido e instintivo recurso, me alejé lagrimeando a unos metros y ya en un lugar seguro –detrás de unos árboles – me puse a pensar por qué esas sensaciones horrendas me estaban entumeciendo físicamente, no era común ni científicamente comprobable, además si moría de esa manera, ¿qué me habría quedado de enseñanza?, ¿un animal luminoso que me envolvió con sus extraños poderes hasta matarme? Fue entonces que las lágrimas me invadieron en llanto.
Pasado unos minutos de terminada esa conmoción extrema de un característico susto de un típico joven, de esos que se encarnan profundamente hasta las tripas, mis nervios volvieron a su buen funcionamiento y mi temperatura corporal se estabilizó en sus niveles normales. Y fue ahí que tomé las riendas del asunto y me acerqué un tanto más que pude para ver la cara de la criatura, pues mira tú, para liberarla y dejarle tranquila, para que de esta forma me vea y se fije a través de mi mirada que estábamos a mano, por si después algo más sobrenatural me perseguía hasta mi casa por no haberle soltado.
Me llené de coraje y mientras me iba acercando, las plegarias de mis rezos aumentaban en mi mente mintiéndome quizás de que todo saldría bien, o tal vez era la última táctica que me quedaba utilizar en ese momento. No sé. Lo que recuerdo con suma claridad es lo que me marcó segundos más tarde; es que al verle los ojos celestes quedé con la boca abierta, con el pantalón orinado, con un sentimiento más fuerte que los anteriores. Era terror pero del bueno, ese que te deja inmóvil. Al fin había logrado ver detalladamente su cuerpo, su cara, su mirada, tus patitas y sinceramente no me atrevería a contar lo que me provocó en el pensamiento ni en la piel porque es inimaginable proceder con palabras. Tú, yo y a quien se lo cuentes lo tomaría de maneras completamente diferentes. Lo que está más acorde a la lectura es decir que me aterroricé.
Me levanté lentamente no sacándole los ojos de encima e inmediatamente me desnudé para quemar la ropa que vestía de mi padre. Quemarla hasta que la brasa la desintegrase.
Lo que me resta, lo único, lo concreto es dejar al final de mi relato que no volveré a cazar jamás.
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