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 Sobre guacamayos y amperios

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jonamedias



Cantidad de envíos : 9
Fecha de inscripción : 17/01/2013

MensajeTema: Sobre guacamayos y amperios   Jue Ene 17, 2013 9:09 am

Julián Mendoza, avanzaba cabizbajo, portando una gran jaula con un guacamayo azul y amarillo. La gente le confundía con un artista callejero y no le miraba, sólo los niños detenían el paso para observar a Lorenza, pero todos recibían un tirón del brazo por parte de sus madres o niñeras.
El nombre se lo había puesto el hermano de Julián, Isidoro, un buscador de esmeraldas en la cuenca del Amazonas. Isidoro en un inicio, tenía que haberle traído un monito como el anterior, pero en vez de eso le trajo a esa estúpida lora que no paraba de repetir su nombre en todo momento. Julián no pudo ocultar su disgusto. No era por él, era por su hijo Micael, le ayudaba tener un animal con el que comunicarse, le resultaba más fácil que con las personas y le resultaba muy beneficioso. Desde que murió el mono Charly, el pequeño Micael se había vuelto más introvertido, los profesores le hacían ver que su hijo no avanzaba, luego vinieron las reuniones con la psicóloga para volver siempre al mismo tema, los problemas que tenían los profesores para comunicarse con su pequeño.
En cuanto llegó a casa, Lorenza se calló, se mantenía inquieta en su jaula observando todo mientras Micael la miraba ensimismado. Un ligero cambio se apreció en el pequeño y Mendoza se durmió pensando que quizás ese guacamayo sería mejor opción de lo que pensaba. Al día siguiente, después de su trabajo como electricista por cuenta propia, empezó a enseñarle trucos, como ya hizo anteriormente con el mono Charly .Tenía tres horas, hasta que regresará el pequeño Micael del colegio especial. Se quedó sorprendido, de lo rápido que aprendía la lora Lorenza. Dos horas fueron tiempo suficiente para que repitiera unas pocas palabras .Más tarde cuando llegó Micael y le enseñó qué había logrado el pequeño Micael se puso él también a repetir lo que decía Lorenza, le tuvo que avisar a su mujer Érica para que lo viera y le asegurara que era cierto. Micael había pasado todo este tiempo, desde que el perro del vecino de la primera planta atacara al monito Charly sin decir una sola palabra. Ese mismo día Mendoza arrojó la jaula a la basura.
Mendoza pasaba las tardes enseñando palabras a Lorenza que luego ésta enseñaba al pequeño Micael. Le enseñó infinidad de palabras que luego Micael repetía. Incluso los profesores le comentaron los sorprendentes avances de su hijo. Mendoza empezó a llevarse a la lora al trabajo. Algo que los clientes adoraban, allí fue donde le enseñó la electricidad. A Mendoza le encantaba agarrar un cable con muy poca corriente y tocar a Lorenza, ésta levantaba un ala sin desplegarla mientras que Mendoza repetía “calambre, calambre”, seguido de su inconfundible risotada. Al tiempo la lora Lorenza le sorprendió cuando dijo “calambre” mientras miraba un cable. Esa noche la pasó en vela, pensando cómo habría logrado identificar esa causa (el cable) con la consecuencia (calambre), y como algún día el propio Micael podría hacer lo mismo.
Así pasaron los años. Lorenza aprendió infinidad de palabras y trucos, cosas que luego enseñaría al joven Micael, aprendió a imitar decenas de sonidos así como la risa de Mendoza, incluso aprendió que la electricidad se transmitía por el agua y el peligro de la puerta cuando estaba activado el sistema de seguridad que inventó Mendoza. En realidad el dispositivo, no era sino un largo cable que enganchaba con unas pinzas al pomo de la puerta electrificándola.
Fue necesario instalarlo, aunque a Érica no le hacía ninguna gracia, por el incremento de asaltos a hogares que había sufrido el barrio.
Un día mientras le enseñaba uno trucos nuevos a Lorenza, resbaló del alfeizar de la cocina y cayó al patio interior. Mendoza bajó todo lo rápido que su edad le permitía, pero cuando llegó el perro ya estaba atacando a Lorenza. Tuvo que cogerla como pudo, mientras su vecino le gritaba que ya sabía qué le pasaba a los ladrones de higos, que le contara como acabó sus días el mono Charly. Mendoza tuvo que contenerse para no utilizar el duro palo que había en el suelo y no se atrevió a usar con el perro. Ya de camino al veterinario, la pobre Lorenza con todas las plumas arrancadas o despeinadas, con chorretones de sangre, levantó la cabeza y dijo con una voz quejumbrosa “perro comer, perro comer, perro comer”. Mendoza no podía creerse lo que había presenciado. Una frase, Lorenza jamás lo había hecho. Quizás los avances de Micael pudieran ser mucho mayores de lo que jamás se atrevió a soñar.
El veterinario le tranquilizó, le hizo ver que Lorenza pronto se recuperaría. Un par de días después Lorenza regreso a casa, pero se encontraba muy cambiada, no decía nada, ni siquiera prestaba atención cuando Mendoza le intentaba enseñar algo nuevo, lo único que hacía era mirar por la ventana de la cocina de donde se cayó. Esa actitud pronto se la contagiaría a Micael, volviéndose este muy retraído.
Una noche lluviosa, mientras Mendoza veía la televisión y meditaba sobre la posibilidad de pedirle a su hermano que le consiguiese otro guacamayo, saltó el automático. Mendoza anduvo por el pasillo a tientas, subió el diferencial pero éste volvió saltarse. Buscó por la casa para descubrir qué era lo que le hacía saltar y encontró que el largo cable para electrificar la puerta estaba conectado, lo desenchufó y éste corrió hacia la cocina como si fuera un pequeño ratón a que le han sorprendido las primeras luces de la mañana. Antes de llegar a la cocina, oyó un terrible alboroto que no lograba identificar, y cuando abrió la puerta encontró al joven Micael junto a Lorenza, bailando de alegría mientras ambos gritaban como un coro: “perro calambre, perro calambre, perro calambre” y la lora Lorenza terminaba la frase con esa risa que tan bien aprendió a imitar.
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