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 Mito y realidad a pie de playa

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AutorMensaje
Françesc
USUARIO BANEADO POR INCUMPLIMIENTO DE LAS NORMAS BÁSICAS DE CONVIVENCIA


Masculino
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Fecha de inscripción : 17/12/2012

MensajeTema: Mito y realidad a pie de playa   Jue Dic 20, 2012 11:33 am



Una pequeñísima
parte de mi vida


Mito y Realidad
a pie de playa


Voy a ceñirme por una vez a la ortodoxia, y decir, que la democracia es la menos mala de las formas políticas, que el humano necesita creer en algo más allá de lo que la ciencia pueda descubrir, -pues el hecho de dios lo refleja toda la naturaleza-; que el BB da cuenta de los orígenes de nuestro universo, y que la moral y la cultura se distinguen perfectamente en cualquier sociedad. Pero todo esto, que acabo de decir, es mentira, y si alguien quiere saber el porqué, lo explicaré paso a paso desde el principio.

Escondí el violín cuando me di cuenta que no había desaparecido. Aproveché que mis suegros entraban al salón para meter el instrumento en el primer cajón del zapatero… No cerraba muy bien, pero una vez conseguí meter los alambres, pensé que ya no habría problemas de que lo descubrieran. El caso es que denuncié la desaparición, y después de haber insistido en papeles y formas legales explicados por los abuelos, que requerían los sellos de determinados departamentos municipales, no pude hacer otra cosa que esconder la pieza encontrada.

También me sentí apurado cuando después del alarde con el vehículo en la zona del río, lo subí por la rampa, no sin dificultades, y me atreví todavía a ascender por la escalera hasta una especie de pajar, o granero, que estaba en lo alto. Una vez arriba comprendí que los escalones, (entre uno y otro) tenían mucha separación y, al bajar, era posible que la rueda se metiera demasiado entre el hueco, el vehículo diera una vuelta de campana y yo saliera de ésta más mal parado que en otras ocasiones. Además, mi mujer se puso borde e impertinente, diciendo: “a ver ahora, chulo, a ver ahora cómo bajas”. Me acordé de cuando manejaba los toros de diversas casas y motores, y en diversos trabajos… De la linde aquella, cuyo puente elevaba a una altura que daba vértigo, y cargada con un palet, en que se sostenían mil kilos de arroz dentro de una ramona. Cuando estaba cerca del pasillo, elevaba el puente y las palas de la máquina iban subiendo a las alturas. Una vez creía que la altura era la adecuada iniciaba el avance de la máquina que en un primer momento cabeceaba; al instante frenaba despacio pero aún así la inercia, sobre todo por el peso, hacía que todo el puente, y yo con él y la propia máquina, cedieran hacia delante.

Todo salió bien gracias a mi precepción cuando subí y paré el elevador del puente, ya que lo dejé ajustado para el caso de lo que precisamente había ocurrido. Las palas entraron directamente sobre los raíles o guías de la última estantería. Así, se estabilizó la mercancía y la propia máquina, teniendo sólo que empujar acelerando un poco hasta que llegara al final del pasillo y a un palmo de la caída posterior. La única solución que veía para bajar el vehículo sin que se produjera una caída, era no bajar despacio, ya que lo dicho anteriormente, -el hueco entre los escalones-, me lo impedía. Lo único que debía hacer era dejar caer el vehículo, frenar justo, con cuidado, y una vez hubiera llegado al final de la misma, sin que llegara a tocar la primera rueda el suelo, dejar que la máquina hiciera el resto. Fue todo un éxito. Frené en último momento y me deslicé sin dificultad por la planta baja…

Nunca he estado tan cerca de una tormenta como aquel día en aquella especia de barcaza. La fuerza del viento hacía moverse toda la estructura de crucetas y lonas. Tuve que subirme a dos perfiles para romper del todo la tela y atarla, como pude, a los arquillos inmediatos. Temía que un golpe de viento me lanzara sobre el agua o cayera sobre la comida para la dorada. Bajé entre los troncos apilados unos sobre otros por medio de un taco de madera en cada fila, lo que hacía aún más peligroso su derrumbe, dadas las sacudidas a las que estaban sometidos… Cuando todo terminó salimos velozmente, con las llantas tocando suelo, hacia el puerto donde se procedió al laborioso trabajo de la trinca. A la una de la madrugada salía el barco con dirección a las islas.

El toro pirenaico pasó muy cerca de mi estómago. Aún recuerdo la carrera por aquellas calles de tierra y piedra, en que gracias al dintel de la puerta de un establo, salvé el pellejo junto con otras dos personas. Aunque si he de decir la verdad, no sé si era un toro, o una vaca con unos cuernos enormes. Lo que sí tuve es un toro de cerca de ochocientos kilos a pocos centímetros de mi pierna… Al día siguiente, el absceso estaba por reventar, y me enfrenté al cirujano y a la enfermera, al dolor y al sexo. Sostuve también las riendas de un caballo elegante, en Sanlúcar; monté un caballo musculoso cerca del lugar del torovaca, y contemplé el Aneto desde el valle Vallibierna.

Al final, y como no podía ser de otro forma, les dije la verdad… Tanto el violín, como el vehículo, habían aparecido. Yo estaba equivocado, aunque el juez dictó sentencia a mi favor porque la parejita iba a lo que iba, y en realidad quien conducía, estando parado y a punto de hacer un giro, no miró por si venía algún vehículo que pudiera entorpecer su maniobra… Otro día les cuento lo de aquella bicicleta, que era la máquina total… Como cuando tuve a la monja, bajo la luna y a pie de playa.

La locura se apoderó de la fuerza y mató a sus propios hijos. Para redimir su culpa tuvo que realizar doce trabajos, comenzando por el león y terminando por sacar a Cerbero del Tártaro. Después hizo una pira quemando en sacrificio su propio cuerpo, y descansó eternamente junto a su padre Zeus, como un dios más… Ese fue el premio, dejar de sufrir por ser hombre y dios al mismo tiempo… ¡Cuántos miles de millones de personas, vivieron, y viven engañadas!

De todo esto, lo sorprendente es, que nunca he estado, oficialmente, con una puta. Soy Heracles, pese a ello, mi verdadera madre es Alcmena, y no Hera.

Sin los fenicios, la nada, hubiera sido posible.
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