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 La Muerte del Silencio

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Françesc
USUARIO BANEADO POR INCUMPLIMIENTO DE LAS NORMAS BÁSICAS DE CONVIVENCIA


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Localización : España,Madrid
Fecha de inscripción : 17/12/2012

MensajeTema: La Muerte del Silencio   Miér Dic 19, 2012 6:40 pm



Por la gracia de un dios
y la ignorancia del mundo...

La Muerte del Silencio

Vienen los hombres con palos; observo sus ojos de vejez prematura que ocultan futuros que nunca verán. Son sabios que ofrecen a Talos la sierpe cintura de capa cristal, el cáliz bebido de hartura, que moja los labios goteando su mal. Fue violencia justa, que poner la otra mejilla, es dejar alguna ronda; así, llamar defensa propia, es librar de tonta la otra parte de la orilla. Que yo no emprendo guerra ni quiero guerra percibir; y no hay mayor ceguera que no dar y recibir. Son los hombres “degolla” que juegan a la gallina ciega; algunos sólo los tocan y otros les dan buena leña.

Quitaros la máscara y veréis el gran falo; romped esa cáscara de un juego pasado; que aquí no hay más magia que ver lo velado, y saber de su gracia con dejar un recado, y mandar a la aristocracia a que mande sin su pecado. Los mejores que no son los buenos… ¿son mejores por ser los más guapos? Los malos, señores, quizá son gazapos, erratas reflejos de sus dolores, que aprietan y sólo dejan guiñapos.

El menos mal de los males si es democracia real, ¿a qué llenarla de males? Será democracia fatal; y si es mejor que mejores, serían aquellos tan buena unidad, que aun los dictadores que se creen de humanidad, serían santos varones y el pueblo diría: “¡mejores no hay!”

Que nadie se engañe si la demo nos falla, que aunque se excusen con la burocracia, es síntoma de querer que no falle, e impedir en el voto recuse exigiéndole al pueblo no dude, y sumiso niegue su acracia. Por eso yo quiero un gobierno del pueblo; por eso yo pienso que el pueblo aún duerme y sigue dormido en su desacuerdo; porque hay quienes saben que llueve y sólo riegan su suelo.

Si yo mandara todos tendrían pan, todos cobijo, todos gabán; sabrían del agua corriente, del monte sagrado, del pájaro amar, del hombre cercano y hermano, de aquel que manda y nos miente, del rey que sólo es un charlatán; del dios cuyo amparo moliente, es falso poder por ser capital.

Cientos de millones, quizá me quede corto; eso es lo que ha costado en vidas lo que llamamos civilización. ¿Estaban todas esas vidas predestinadas a morir de forma violenta? Yo lo dudo mucho. No sólo lo dudo sino que lo niego. Lo niego por razón, razón que la da la historia. ¿Por qué entonces el hombre no ha podido vivir a lo largo de toda esa historia en paz y armonía? La respuesta que puede ser tan evidente para muchos no lo es si profundizamos en sus propios motivos: la preservación de los genes, de las raíces, de la cultura y de la tradición.

No hemos cambiado nada en absoluto. Seguimos con el ojo avizor y nos dejamos llevar por los instintos cuando nuestra integridad, sea cual sea su forma, está en peligro. Y, ¿a qué se debe todo ello? Sé que me van a tildar poco menos que de ignorante, si así lo hacen les estaré muy agradecido, ya que me habrán quitado un gran peso de encima. Como lo debido es deuda, y resulta que el conocimiento adquirido por el hombre es la causa y el empuje, de la diversidad de pareceres en cuanto al saber sobre lo que es bueno o malo para él, éste es el momento, donde arranca, y tiene su razón de ser la tan famosa frase: “el hombre es un lobo para el hombre”. Y mi deuda, sólo está satisfecha a medias.

En esta roca donde vivimos, la roca no piensa, no duda, no razona, no distingue ni el bien ni el mal; sin embargo está obligada a seguir el proceso físico de las interacciones cósmicas; leyes que gobiernan todo el universo. ¿Qué es la inocencia? De nuevo voy a ser transgresor, porque la inocencia no es sino la ignorancia. ¿Acaso puedo ser inocente si tengo todo el conocimiento del mundo? ¿Cómo va a ser eso posible? No me refiero con la pregunta a tener todo el conocimiento, cosa improbable, sino a la inocencia después de su improbable adquisición. Si tengo todo el conocimiento del mundo comprenderé a todos mis semejantes, y eso me hace culpable porque el conocimiento implica ser juez de lo bueno por contraste con lo malo; lo que me está diciendo que lo bueno por sí sólo no tiene posibilidad, porque… ¿cómo sabré si es bueno, si no hay ningún mal con qué compararlo? De igual manera sucede en cuanto al mal. Así pues, cuando el hombre adquiere conocimiento se adjudica el poder diferenciar el bien del mal.

Sucede que no todos los humanos piensan de igual manera; lo que para unos pueden ser errores para otros serán aciertos. No quiero llevar el tema procurando la demagogia, y es por eso adecuado puntualizar, que de la misma forma que se excusan actuaciones y comportamientos de personajes de la antigüedad, aduciendo en su descargo el clímax, el desarrollo cultural, la tradición o el momento religioso, se podría también excusar hoy día comportamientos propios de esas épocas a sociedades contemporáneas. Dejando pues este punto aclarado… Habíamos quedado que el bien y el mal dependen en muchas ocasiones no sólo de las leyes de cada sociedad, sino de la moral reinante en ella.

No podemos decir que no sea un tema complejo, ni tampoco intentar explicarlo de igual manera. En este caso, la sencillez, que al fin y a la postre es siempre lo deseado, no deja lugar a dudas que todas esas víctimas referidas, son consecuencia, no de la ignorancia, sino del saber. En la ignorancia está el secreto, y no es un juego de palabras. La piedra ignora, y no hace daño por sí misma; puede hacer el bien en manos humanas, y también el mal en las mismas manos. Si hace el bien es con conocimiento respecto del mal por quien la maneja, y sin embargo puede que a otros los esté descalabrando.¿Debemos pues ser piedras? Buena pregunta. No. Contestación inmediata; o sí, duda razonable, porque la piedra ni siente ni padece, pero existe, es real y no imaginada. La piedra ignora, no sabe, nunca puede hacer daño. La ignorancia no distingue, su esencia es ignorar; no valora ni administra, se limita a ser piedra. La inocencia, de igual forma, ni es buena ni es mala; y ella no se distingue por ser pura, pues sería contradictorio que el conocimiento de sí misma diera lugar a la impureza. La inocencia no puede ser sin la culpa, ya que si no hay culpa… ¿cómo vamos a distinguirla de su contraria? Nadie es inocente, porque todos somos culpables de conocimiento.

Tan sólo nos queda la ignorancia. Y cuidado, no pensar en ignorancia respecto a sapiencia, porque esa clase de ignorancia no se aleja mucho de la inocencia. Me estoy refiriendo a la ignorancia de la piedra. Cuando aquel místico dijo: “si yo callara hablarían las piedras”, sabía muy bien lo que decía, porque las piedras aunque nunca hubieran hablado, con sola su presencia, el silencio hubiera sido suficiente para identificar la boca callada con la existencia de la propia piedra; y si a alguna de ellas se le hubiera ocurrido hablar, el fracaso habría sido fantástico, ya que si no hay más de uno no ha lugar para la discusión. Si están todos de acuerdo es que estamos todos muertos, pero existimos.

Por eso ¡contemplad!, pero callad y dejad a las piedras en revolución, y no creáis que el que calla otorga porque muda sea la humanidad, que hay quien habla más por lo que calla en un saber que es cierto y… ¿qué es sino la paz?, ¿lo contrario del ruido? No, lo contrario de la vida, que como la piedra, permanece en la ignorancia y desvela su secreto con la muerte del silencio; y no hay mayor paz que el silencio de la muerte.
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