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 TE VAS A MORIR

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AutorMensaje
Francisco de Sales
Escritor Muy Activo
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Cantidad de envíos : 212
Fecha de inscripción : 12/12/2012

MensajeTema: TE VAS A MORIR   Miér Dic 12, 2012 12:29 pm

ADVERTENCIA:
Este artículo trata sobre la muerte.
Sobre tu muerte.
Te lo advierto porque hay personas que prefieren engañarse y evitan pensar en ello creyendo que si no piensan o no hablan sobre ese asunto evitarán morirse.
Y como ya somos mayorcitos, será conveniente una profunda reflexión, en un enfrentamiento directo y sin miedo, sobre algo que va a acontecer aun a nuestro pesar.



Te vas a morir.

Yo escribo “te vas a morir”, pero tú debes leer “me voy a morir”.

Y conviene que hagas una pausa de largo tiempo oyendo cómo se repite dentro de ti la frase.

Me voy a morir.

Repitiéndola nuevamente, con convencimiento, sintiéndola con rotundidad innegable en alguna parte del interior.

Preferiblemente en la parte que puede reaccionar de un modo positivo. En la parte que puede tomar conciencia de esa realidad y puede evolucionar asumiéndola sin pesar, sin sentirlo como una desgracia, y puede tomar la determinación -¡por fin!- de aprovechar de otro modo el tiempo hasta que llegue ese indeseado, pero inevitable, momento.

Te vas a morir.

Espero no estropearte el día con esta realidad.

Espero, por el contrario, que te alegres de leerla porque eso indica que, aún, sigues con vida.

Sigues a tiempo de darte cuenta de eso, y puedes apreciar la vida de otro modo porque eres consciente de su finitud.

Cuando uno está comiendo una comida o un postre que le gusta mucho y ve que se está terminando, que sólo quedan unas cucharadas, las come más despacio y las degusta de otro modo distinto. Con más intensidad.

Ese es mi propósito.

Es inútil revelarse contra ello.

La lista de predecesores que se han opuesto a morir, que no querían morir, que pretendían dar toda su fortuna por seguir viviendo, que imploraban más vida, que se creían con méritos y derechos a ser la excepción que la evitaran, es enorme.

Yo no quiero morir. Me gustaría seguir mucho tiempo en la vida disfrutando todo lo que me está ofreciendo, pero soy consciente, absolutamente consciente, de que la muerte no va a tener en cuenta mi opinión ni mis deseos. Como ha hecho en todos los casos.

Muchas veces pienso que me gustaría ir por las escuelas y las universidades alertando a los jóvenes de esta realidad. Advirtiéndoles a tiempo, en esa edad en que uno casi cree en lo infinito, en que el futuro es enorme, en que la muerte no entra en los planes a corto plazo.

Me gustaría decirles que va en serio, que les va a suceder, que no es tan lejano como parece a esa edad, y que llegarán a “El tiempo de los Arrepentimientos” y que será mejor que cuando lleguen tengan muy poco de lo que arrepentirse.

Algún día tendrán cincuenta años y se darán cuenta de que ya han asistido a un montón de entierros de gente cercana. Más adelante tendrán sesenta y harán recuento de cuántos amigos con los que hacía poco tiempo correteaban jugando ya han desaparecido. Con las amigas que hablaban de muñecas ahora hablan de nietos y achaques en la salud, de torpezas físicas, o de dolores en órganos que ni siquiera sabían que existían.

Algún día un pensamiento más profundo que los cotidianos, o una conversación que surge tal vez sin querer, girarán en torno a lo que no se hizo. A lo que YA NO SE PODRÁ HACER. A cosas de las que uno se arrepiente porque entonces no se atrevió o no se dio cuenta y no supo apreciarlas.

¡Cómo me hubiera gustado haber hecho aquel viaje que tanto quería!
¡Y cuánto pedirle a aquella chica que bailara conmigo!
Si me hubiera atrevido a…
Nunca le dije a mi madre cuánto la quería…
Se me pasó la infancia de mis hijos casi sin darme cuenta.
Me arrepiento de…

Y, en muchos casos, ya es tarde. Demasiado tarde. Imposible.

Uno se queda mirando al pasado, que es algo muy lejano, y piensa que le hubiera gustado llenarlo de otras cosas: tal vez más alegría o menos rencores; quizás más intensidad en las vivencias; más palabras y más hechos relacionados con el amor; o tal vez más fiestas, más familia, más amigos, más música, más verdades…

O menos silencios –y uno, por dentro, deseando decir pero sin atreverse…-, menos represiones –y más ser uno mismo y anteponer los propios deseos-, menos negativas a disfrutar –y haber dicho sí a cosas placenteras-, menos obligaciones -¡Ay, si se pudieran borrar tantos “tengo que…!”-, menos momentos de malas caras, de corazón aquietado o sufriente, de abrazos retenidos, de sonrisas frustradas…

Pero poco más, aparte de arrepentirse, se puede hacer ahora.

El pasado se marchó hace tiempo y no hay forma de convencerle del deseo de que sea otra vez presente para ser modificado ahora que uno se da cuenta de todo lo que pudo haber sido de otro modo y no fue.

Si pudiera volver a nacer de nuevo, pero sabiendo lo que sé ahora…

¡Cuántas cosas serían de otro modo!

¡Qué distinta sería, en muchos aspectos, mi vida!



La buena noticia es que aún estás en el mundo. Y con vida. Y tienes eso que llamamos futuro.

O sea, con los ingredientes necesarios para poder hacer del tiempo que está por venir un continuo presente satisfactorio, de modo que, cuando se convierta en pasado, no sea un pasado que haya que archivar en la abultada carpeta de “Arrepentimientos”.



Tal vez ahora que le has dedicado unos minutos a la muerte seas más consciente de que aún estás en la vida. De que aún te pertenece. De que aún puedes, en gran medida, hacerla a tu gusto. De que es tu responsabilidad hacer de ella un motivo de orgullo. De que una vida sin vida es una vida vacía, inútil.

Aún estás a tiempo de reorientarla, de reciclarte, de tomar decisiones, de escuchar a los deseos, de convertir sueños en realidades, de llamar por teléfono o de ir a visitar a ese alguien, de abrir el corazón para que se airee, de quitarle las telarañas a la rutina, de reconciliarte contigo y abrazarte sinceramente, de ver el mundo con otros ojos, de madrugar para ver cómo amanece, de tomarte un café caliente en tu comprensiva compañía, de abrazar de otro modo y dar besos de verdad, de romper esa careta que usas a veces, de llevarte bien con la soledad, de liberar las sonrisas presas, de ser plenamente consciente de dónde estás y quién eres, y de empezar a ser tú.



(Francisco de Sales)




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