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 NOTICIAS DEL MUNDO

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MensajeTema: NOTICIAS DEL MUNDO   Jue Dic 06, 2012 5:01 pm

“… comprendí el insuperable abismo existente entre la vida y la leyenda:
aquellos que pueden, lo hacen; aquellos que no pueden
y sufren lo suficiente por ello, lo escriben”.

WILLIAM FAULKNER. Los invictos

Cuando vinieron a buscarlo, llevaba rato yaciendo boca arriba sobre el frío y húmedo piso de la celda. Desde hacía años la oscuridad era casi total, apenas existía un resplandor que lo orientaba dentro de su reducido entorno, le daba referencias de dónde estaban las paredes y evitaba chocar contra ellas cuando le daba por caminar con lentitud para no sentirse atrofiado. Sólo el débil rayo de luz que penetró y que se ensanchó paulatinamente al ser abierta la puerta le dio a entender que era de día, pero para él esas cosas ya casi no tenían sentido, tanto tiempo llevaba encerrado allí que el día y la noche, las horas y el espacio se habían vuelto conceptos incomprensibles. Hacía tiempo, ya ni sabía realmente cuánto, en el limbo en que sobrevivía como un animal desprovisto de raciocinio, que había optado por descansar sobre el piso empedrado y húmedo porque era fresco durante las horas más cálidas (seguramente el calor apretaba entre las doce y las tres de la tarde, según podía recordar), pero evocar el pasado y las vivencias de un mundo que parecía tan remoto era algo que requería un esfuerzo adicional a su cerebro. El sutil límite que separaba su mente racional de la locura le parecía cada vez más estrecho y reconocerlo lo enfurecía, haciéndolo maldecir en solitario en la penumbra del mohoso calabozo, porque no quería rendirse, no deseaba hacerles la última y vergonzosa concesión del triunfo.

La celda comenzaba a tomar el aspecto de un recinto diferente, como si fuera un sórdido entorno de pronto irreconocible, inundado por la luminosidad de las lámparas y los rayos de luz solar que se colaban desde la puerta entreabierta. Sintió la punzada del peligro, el presentimiento de lo negativo, la superioridad de los designios de otras personas distantes que tenían en sus manos la posibilidad de desaparecerlo. Su mente se puso alerta, esperando los acontecimientos; de pronto los pensamientos se atropellaban y le rondaban frenéticamente, plagados de incertidumbre. Era un pequeño grupo de carceleros uniformados, la tropa a cuya custodia había sido encomendado. Por algún motivo venían a verlo, presentía que ellos sentían a su vez una gran curiosidad por él.

Durante aquellos años llegó a pensar que de verdad lo habían olvidado, declarándolo muerto en vida, un espectro. Quizás lo consideraban el remanente de una época para ellos superada, en la cual la convivencia de los hombres era distinta; ahora los hechos sencillos y las hazañas eran cosa de un pasado casi ficticio, irreal.

El repentino cambio lo alarmó, no pudo evitar un sobresalto que lo enojó, porque podría poner en evidencia ante esta gente que ingresaba en su microcosmos infrahumano, que se rendía a su superioridad circunstancial y lo verían débil, vencido. Porque él se percibía a sí mismo como el relicto de una generación de seres humanos que caminaron sobre la tierra bajo otro sol y que se regían por leyes y normas difíciles de imaginar en la cotidianidad ahora desconocida, la de los días que corrían en los cuales todo era tan disímil y los hombres decidían con ligereza sobre el destino de los demás. Se sentó en el piso y esperó en silencio.

En medio del estupor de la novedad, de ver oficiales y soldados, más bien esbirros, como los catalogaba, rodeándolo de mala gana, con un gesto que imaginó horrorizado por su delgadez extrema, por el tufo del aire encerrado y húmedo de una mazmorra olvidada con su prisionero en lo más recóndito del mundo, pensó que ése sería su último chance entre los vivos, aunque de una forma muy real y lógica ya estaba muerto desde hacía mucho tiempo, en esa verdadera muerte que es el olvido. Y él era un olvidado.

Gracias a la luminosidad de las linternas distinguió a un hombre mal encarado, “el típico lacayo embrutecido por el servilismo y la ausencia de iniciativas”, pensó; el militar se le acercó, enfocó hacia él la débil luz de una linterna, miró sus ojos brevemente, así como su barba desordenada, le palpó de mala gana el pecho y los brazos. Quizás buscaba que él no estuviese tan acabado y que los superiores pensaran que, después de todo, lo habían cuidado bien. Pero el prisionero no estaba ya seguro de nada de lo que ellos hacían, así que se resignó a no preguntar, a no pensar en la esperanza de que alguien se hubiera preocupado por su estado de salud. La vida era una broma de muy mal gusto desde hacía demasiados días, así que decidió seguirles el juego y se encerró en la abstracción y la resignación. Después de todo, el largo período de aislamiento le había enseñado que era mejor esperar el abandono, la reclusión indefinida o aun la muerte antes que abrigar algún atisbo de ilusión que no fuera sino aceptar el destino y refugiarse en los recuerdos de cuando era libre, importante y conocido entre la gente de aquel remoto país del cual el mundo parecía haberse desentendido.

― Levántenlo con cuidado ― dijo el hombre que lo había palpado. Su voz era áspera y se notaba un tono de fastidio o de desprecio ―, no vaya a ser que después de todo este tiempo este espectro decida morírsenos justo ahora. Y pónganle las esposas.

― ¿Lo ayudamos a caminar? Hasta estará entumecido, tiene mucho que no sale de este calabozo, señor. ― La voz del soldado le sonó extrañamente amigable y, en la oscuridad, su rostro dibujó una sonrisa amarga, más por la sorpresa que por la complacencia.

― Supongo que habrá que ayudarlo. Con lo viejo y acabado que está el desgraciado…

Gimió cuando lo tomaron por debajo de los brazos y lo levantaron con delicadeza, para ponerle las esposas. Sintió el contacto humano directo y relativamente afable con un asombro que a él mismo le sorprendió. No tenía certeza de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que su mente en punto muerto se hubo maravillado por algo. Este simple acto, que alguien lo estuviese tocando, ayudando a levantarse, que otras manos, otra piel, otra energía lo estuviese contactando, era una novedad a la cual en breves minutos tendría que acomodarse. En el fondo de los pensamientos seguía prendida la luz roja de la alarma y de la desconfianza. Uno no podía esperar que las cosas cambiasen tan rápidamente.

― Está flaco, pero pesado.

― Los huesos también pesan, no sólo la carne, cabo.

― ¿Lo sacamos de una vez o lo dejamos un rato en el pasillo, para que se acostumbre poco a poco a la luz?

El esbirro lo pensó un poco antes de contestar. El viejo escuchó un suspiro de desdén, pero el hombre accedió a la sugerencia. De pronto, mientras lo ayudaban a moverse en dirección a la puerta del calabozo, hacia la anhelada luz del exterior, aunque fuese sólo el pasillo que conducía a las celdas, escuchó que el hombre se dirigía a él. Casi no podía creerlo.

― ¿Puede decirme su nombre?

El soldado se permitió la ligereza de apuntar:

― Mi capitán, disculpe, pero ¿no sabe cómo se llama este hombre?

― No sea estúpido, cabo, es para saber si no se ha vuelto loco. El encierro prolongado y en aislamiento total le hace perder la razón a más de uno.

Pero él estaba todavía tratando de asimilar los acontecimientos. Su cerebro salía paulatinamente del estado atrofiado en el que había permanecido, así que vio pasar lentas, como en siglos, las baldosas familiares sobre las cuales se había acostado tantos días y noches; las paredes ahora en la penumbra, rayadas con los escritos que plasmó sobre ellas durante los primeros meses de reclusión, cuando aún no habían tapiado el ventanuco de la celda, negándole la luz del sol y el aire fresco que provenía de las montañas cercanas o que, cuando soplaba desde el mar, le traía evocaciones de salitre, días de playa, canto de gaviotas y que tenían el terrible efecto de ensombrecer sus pensamientos, lo enfrentaban con la realidad de ser un prisionero, un desecho humano a quien se le decretó la muerte lenta de los encerrados, aquellos de los que nunca más debería saberse cuál había sido su destino, anulándolos para que no continuaran estorbando los designios del poder. Si estaba loco o no, ni él mismo lo sabía.

La pregunta lo tomó desprevenido, su lengua se negó a moverse y su boca permaneció cerrada. El capitán volvió a preguntar y él no contestó.

― Está loco, ¿ves? Ni siquiera sabe cómo se llama. Es lo que les pasa a los que se vuelven contra el gobierno, a los revoltosos, no hay vuelta atrás. Está muerto en vida, no sé para qué quieren que lo saquemos de este lugar. Aquí no estorba a nadie y vive tranquilo.

― Con todo respeto, mi capitán, yo no podría permanecer mucho tiempo cuerdo metido en este agujero. Y este viejo lleva aquí ya demasiados años. Así cualquiera…

― Exacto, cabo. Es para que vea con sus propios ojos que a los alzados y apátridas sólo les espera este destino, ¿comprende? Todos, todos terminan así, no se les olvide, muchachos― dijo dirigiéndose esta vez a los cuatro soldados que los acompañaban en la inusual tarea de sacar al prisionero del calabozo.

El viejo recordó que la última vez que eso ocurrió fue a los pocos meses de haber sido encerrado, luego de la parodia de juicio sumario y arbitrario al que lo sometieron. Caído en su propia casa, rodeado de su familia en una madrugada infeliz y lluviosa, se había negado a escapar como la mayoría de los líderes adversos al régimen, a muchos de los cuales se les hizo huir al extranjero. Él sabía que si se escapaba tendría una oportunidad de seguir con vida y en libertad, pero ¿para qué? ¿Cómo y cuándo volvería a su país? ¿Viviría como un paria en tierras extrañas, mientras añoraba su patria, su familia y veía cómo se apoderaban poco a poco, pero de manera determinante de todo y de todos? No, él permanecería, enfrentaría, lucharía.

Durante años, agobiado por las privaciones, acabado por la avitaminosis, la osteoporosis originada por la ausencia de la luz del sol y una serie de dolencias nacidas de la depauperación progresiva, en ocasiones no estuvo muy seguro de si eso había valido la pena. Pero la situación actual allá fuera, después de tanto tiempo, debía ser diferente, porque un rumor extramuros apenas perceptible, un hálito extraño que traía el aire, se dejaba colar como una presencia espectral, sobrenatural y le permitía vislumbrar la novedad de que algo estaba ocurriendo donde los seres humanos podían comunicarse, convivir, sufrir juntos el destino de su tierra, de un modo tan distinto a su realidad, a su forzado alejamiento del mundo. Frases que se les escapaban a los soldados cuando suponían que no podían ser escuchados y que él a duras penas reconstruía en su mente, le dejaban entrever una agitación nerviosa en el régimen.

― Este viejo es importante todavía, a pesar de todo, ¿qué les parece? Este fantasma todavía tiene quien lo recuerde y se preocupe por él. ¿No es una vaina insólita?

Sintió la daga de la sorna, pero se hizo el desentendido. Le importaba más averiguar por qué razón esta realidad estaba ocurriendo. Estos hombres estaban sacándolo de la celda y lo llevaban a algún lugar distinto de aquél, que había terminado por aceptar como su lugar último de residencia. La iluminación del exterior se hizo más intensa y experimentó un dolor en sus ojos que le hizo cerrarlos. Emitió un quejido y manoteó, liberando una mano de entre las de sus captores y se la llevó a la cara, como para alejar el resplandor, la anhelada luz que extrañaba tanto y que en aquellos instantes lo agredió con una saña insólita e inesperada.

― La luz, mi capitán. Le lastima los ojos.

El capitán ordenó que se los cubrieran con un pañuelo. Él aceptó agradecido en silencio y continuaron avanzando. Cuando salieron por fin al aire libre, al patio del presidio, un golpe de viento lo estremeció. Al mismo tiempo sintió el calor del sol que lamía cada centímetro expuesto de su humanidad. El capitán hizo un comentario acerca de asearlo y lo hicieron girar hacia el área de duchas.

Caminaban como en una procesión, aferrándolo en su debilidad, moviéndolo con la moderación con que se trata a una imagen sacra o a un fósil valioso, dirigiéndolo casi con lástima hacia los cuartos de baño de la tropa. Alguien vociferó un comentario jocoso, tal vez un soldado aburrido y burlón que se derretía en el sopor de la tarde, pero el capitán le lanzó una mirada fulminante y el gracioso se calló en el acto.

Le quitaron las esposas y le concedieron diez minutos para asearse. Hacía mucho que no sentía el fresco del agua corriente sobre su piel. Al salir, aún tambaleante, le entregaron ropa limpia. Se sentía algo débil, pero agradecido de que le hubiesen permitido bañarse. Había añorado el olor y la sensación del jabón sobre su piel, así que disfrutó cada segundo pasado en la ducha. Pensó que si iban a fusilarlo, por lo menos moriría limpio no sólo de conciencia, sino de cuerpo. Se estremeció con la suavidad y el olor de la tela del uniforme recién lavado, pero se reprochó la debilidad que suponía la complacencia ante los gestos que estaba recibiendo y permaneció en su mutismo, colocándose otra vez parcialmente el pañuelo sobre los ojos, porque todavía la luz le lastimaba un poco. Volvieron a esposarlo.

― ¿Sabe cómo se llama?― La voz del soldado que lo había tratado con amabilidad lo sacó de sus abstracciones. Negó con la cabeza, teniendo la certeza de que los otros sabían que mentía.

“Uno nunca sabe a qué atenerse con esa gente”, pensó. En el pasado era una especie de símbolo, una referencia, pero eso era algo que se desdibujaba como una imagen vista a través de un cristal empañado por la niebla. Sin embargo, aunque abrigaba el anhelo de que tanta lucha no fuera olvidada, ahora ellos estaban allí, como para hacerle saber, quizás para convencerse a sí mismos, que era necesario cerrar ese capítulo de una vez por todas; entonces él desaparecería para siempre y quizás la Historia y las generaciones futuras no lo recordarían jamás.

Al cabo de unos segundos, habló y su propia voz le pareció tan extraña, ajena, que un leve sollozo lo quebró:

― Mi nombre es Juan Mayora.

El capitán se acercó y lo miró como si por primera vez lo hubiera visto en su vida, comprobando que su aspecto hubiese mejorado con el baño.

― Habrá que llevarlo a donde el barbero, para que le corte la mata de pelo y le rasure esa barba enmarañada que tiene. Y luego, arréglenlo un poco antes de llevarlo ante el coronel. Hay que guardar las apariencias.

― El barbero no está en el cuartel, señor. No ha llegado.

― ¡Qué vaina! Cierto.

Dio media vuelta, se fue y lo dejó un rato allí con los soldados. El cabo ordenó que lo trasladaran a una dependencia del presidio-cuartel y que lo esperaran allí, mientras él iba a hablar con el oficial encargado del presidio militar. El prisionero se quedó ensimismado, asombrado todavía con el sonido de su propia voz y con la circunstancia de que se había dirigido a otra persona que no fuera él mismo o al carcelero que le pasaba por la portezuela la comida o el cubo de agua con el cual malamente se medio aseaba muy de vez en cuando. No pudo evitar sentirse emocionado y esperanzado. Después de todo, quizás todavía podía tener deseos, ilusiones no estériles.

De pronto sintió la necesidad imperiosa de hablar, de saber:

― ¿Dónde está mi familia? ¿Están vivos? ¿Qué hicieron con ellos? ¿Saben que estoy vivo?

Las palabras le salían a borbotones, estaba recuperando la cordura, la trama que formaban con lentitud las ideas, la seguridad de estar vivo y no soñando. Durante su larga permanencia a la sombra el recuerdo de los seres queridos era el refugio moral y espiritual al que se había aferrado en un intento por experimentar dulzura y nostalgia por alguien valioso, por quien sentir ganas de vivir. El dolor que le inspiraban las remembranzas era algo que no se aminoraba con el paso del tiempo. Y que por lo menos le contestaran una de esas preguntas sería una ganancia, lo haría sentirse siquiera un poco reivindicado ante el mundo y posiblemente alguien se dignara responderle, tener el gesto delicado de hacerle saber que su pasado no estaba borrado del todo, que aún era algo más que un nombre y un apellido y no sólo un símbolo de lo oprimido por ellos. Pero nadie le contestó.

Se movió con lentitud cuando le instaron a caminar hacia un largo corredor que conducía desde el soleado patio hacia la oficina del director del cuartel. No recordaba este espacio; era una imagen perdida que comenzaba a tratar de recuperar, no tenía conciencia de haber visto aquel lugar, los colores de las paredes, mucho menos las fotografías enmarcadas que colgaban de ellas, mostrando rostros adustos de militares, ni el mobiliario anticuado y maltrecho. El calor cedió levemente, pues el pasillo era más fresco, aunque en aquel clima el frescor era más bien una rareza.

Abrieron una puerta y entró a una oficina amplia, con un gran escritorio de madera, tres sillas de caoba y rígida suela de cuero curtido, todo inmerso en un olor a detergente fragante con el que quizás habían lavado recientemente el piso. En el techo, un ventilador de aspas blancas se zarandeaba quejumbroso, arrojando un viento caliente que no refrescaba a nadie en realidad. Más retratos de militares en las paredes color marfil. Una persiana filtraba el sol de la tarde, moderando la luz y la temperatura. Le ordenaron sentarse en una de las sillas y le dijeron que el coronel vendría pronto. No sabía qué pensar de todo aquello, nadie le había dicho nada, tal vez lo consideraban loco de verdad, era lo que le habían hecho saber, que sospechaban que estaba loco.

Al rato entró el director. Era un coronel de piel morena relativamente joven, alto y corpulento, con un rostro neutro de gesto inexpresivo en el cual uno no podía vislumbrar emoción o sentimiento alguno. El perfecto animal de costumbre, el ave de presa, los conocía, sólo era necesario que una estampa como aquella se lo hiciera recordar, pensó él, porque la memoria, por muy moribunda que esté, por muy desgastada o degradada que se encuentre, siempre tiende a recuperar las cosas que nos han agredido o lastimado, nos asustan, que odiamos o menospreciamos. Después de todo, tal vez era muy pronto para sentir esperanzas.

― Muy bien, señor…― Miró los papeles que tenía ante sí, con indiferencia; algunos estaban amarillentos y con manchas mohosas, ―… Señor Mayora. Tiene unos cuantos años aquí. Más bien enterrado en vida, como dicen y yo, que he sido asignado hace días a este lugar, ni me acordaba de usted. Espero que no haya sido en vano su permanencia aquí.

No supo qué responder ante ese comentario. ¿A qué se refería con eso de “que no hubiese sido en vano”? ¿Era una broma de mal gusto o en verdad este hombre tenía el coraje de decirle aquello, como si su prisión fuese un asunto de mera disciplina, un correctivo temporal en el cual le habían robado los mejores años de su existencia, embruteciéndolo, o al menos pretendiendo embrutecerlo entre las paredes de la mazmorra en la cual lo habían encerrado? Miró hacia la persiana, para que su mirada no delatara sus sentimientos.

― No sé si le dijeron que las circunstancias políticas han cambiado un poco y ahora se hará una revisión de su situación judicial…― El oficial esperó una reacción específica que nunca llegó.

El prisionero se volvió hacia él, su cabeza se demoró largos segundos en girar y sólo atinó a decir:

― El capitán ordenó que me llevasen con el barbero.

El oficial lo miró de hito en hito, no se esperaba ese comentario tan simple, lo observó midiendo la posibilidad de que aquel muerto en vida lo estuviese chanceando o burlándose de la autoridad que representaba.

― ¿Qué?

― El barbero. Afeitarme. Lo ordenó el capitán.

― Ah, claro, eso se hará cuando terminemos de conversar. Tenga paciencia.

Siguió revisando los papeles, abrió una gaveta, sacó un bolígrafo y lanzó un largo suspiro de hastío. Parecía estar allí contra su voluntad. Cuando le dirigió la mirada, ésta era de fastidio.

― A ver, Mayora, así que usted era el líder de la oposición radical, ¿verdad? Porque en esos tiempos en que ustedes andaban por ahí, alzados y saboteando, la cogían por alborotar las cosas sólo para fastidiar al gobierno o para llamar la atención, como si en este país ya no hubiese suficientes problemas para tener que bregar también con terroristas. Y mire que los políticos estaban alborotados, ya era un problemón enfrentarlos, siempre diciendo barbaridades del Presidente. Y encima, una partida de manganzones alzados que ni eran una vaina ni la otra.

La charla sarcástica del oficial le llegaba desde otra dimensión, en grupos de palabras y de sonidos que en algunos momentos le parecían incoherentes. No era un juez, ni un fiscal, no le competía pisar ese terreno. Entonces cayó en cuenta que tenía hambre. Trató de distraerse de la andanada de acusaciones concentrándose en el hecho básico de tener hambre.

― Responda, hombre, ya no tiene nada qué perder y sí mucho qué ganar.

― Me gustaría saber de mi familia.

― Su familia… Ellos deben estar bien, pero eso no puedo contestarlo con seguridad. Habrá que averiguar.

― Tengo hambre.

El coronel lo midió otra vez con la mirada y luego se levantó de su asiento. Se sentó en el borde del escritorio, cerca de él. El viejo percibió por primera vez un vaho a colonia barata, un olor que ahora, en aquellas circunstancias tan repentinas e inesperadas, le pareció tan fuera de lugar, tan ridícula.

― Ya le daremos de comer, señor Mayora. Pero ahora tiene que contestar ciertas preguntas para que yo pueda decir, como primera opinión, que usted está en disposición de acceder al beneficio, que ha comprendido y superado los errores que cometió. Que ha asimilado el correctivo que se le aplicó, con el fin de emitir un veredicto lo más ajustado a la realidad de su actual estado físico y mental, ¿comprende? No vaya a ser que, si es el caso, dejemos salir a una persona con aviesas intenciones de reincidir y entonces lo veamos de nuevo por aquí. Usted no quiere eso, ¿verdad? Es decir, comprenderá que si se va y luego lo descubrimos haciendo de las suyas, alborotando el avispero otra vez, liderando otra vez a esa partida de extremistas, si es que queda alguno con ganas de seguir con la rochelita, ya no podré hacer nada y entonces ahí sí que se va a joder, perderá la oportunidad de llevar una vida tranquila y sin problemas, ¿ve? Así que le conviene ser condescendiente y cumplir con este requisito, que no es gran cosa, verdaderamente. Sólo conteste las preguntas y ya veremos si usted está en condiciones de acceder al beneficio de la revisión de su caso.

El prisionero volvió a pensar que el hombre se estaba arrogando facultades que no tenía. ¿Acaso era un psiquiatra?

― Yo sólo deseo salir de esta mierda y morir tranquilo entre mi gente.

― Ajá… Salir y morir tranquilo. Pero con eso no me contesta lo que yo deseo saber. ¿Sabe? Si me dice las cosas que yo necesito que me diga, puedo ayudarlo a conseguir eso que quiere. Si no, si se empeña en parecer obstinado y testarudo, pues me temo que podría seguir guardado aquí por mucho tiempo, hasta que muera tranquilo, pero no entre su gente.

El otro suspiró y el coronel creyó por unos instantes que se rendiría ante la evidente superioridad de las circunstancias. Pero no fue así. Cuando escuchó la respuesta, lo sorprendió la repentina fuerza que contenían las palabras del prisionero. No esperaba esa reacción.

― Váyase al carajo…

― ¡¿Cómo?!

― A mí todavía me queda dignidad, ¿sabe? Tal vez yo sea una ruina de hombre… No sé si estoy muerto en vida, o loco, como dicen sus hombres. No sé si sigo siendo un estorbo para el gobierno, pero usted me está interrogando como si esto fuese un tribunal y hasta donde sé esto no lo es y a usted no le compete hacerme esas preguntas.

― ¿Se da cuenta que con esa actitud no logrará nada?

― Tal vez, pero si me van a sacar de mi celda creyendo que después de tantos años metido allí me voy retractar de todo lo que pienso y que he hecho, se equivocan.

El oficial comprendió que estaba en presencia de un idealista. No sería fácil negociar con aquel hombre. Los idealistas siempre eran un fastidio.

Durante cuatro largas horas el coronel continuó sondeando y tratando de minar la obstinada resistencia del viejo. Por instantes se tornaba complaciente o al menos asumía un tono conciliador, negociador, tratando de ganar tiempo y de liquidar la testarudez del viejo. En otros momentos, el coronel era francamente hostil y amenazaba con suspender todo el trámite para lograr la liberación, aduciendo que la actitud del reo no era para nada constructiva o transigente. El sol se movió en el cielo, el calor amainó, pero Juan Mayora no cedía un centímetro en sus convicciones. La paciencia del oficial estaba cediendo y la reemplazaba el fastidio y la ira.

― Por última vez, Mayora, este gobierno, y como dice aquí en el comunicado que viene con la orden de iniciar este proceso, “lleno de la más pura y sincera buena voluntad de acabar con los conflictos internos que tanto han perjudicado a este país”, lo que le está ofreciendo es una simple declaración de que usted, o cualquier otra persona que comparta sus ideales y que haya participado en acciones desestabilizadoras o de terrorismo, renuncia a su militancia y se acoge al beneficio de la amnistía. Eso significa…

― Sé muy bien qué significa esa vaina y le pido que ya no siga perdiendo el tiempo. Ustedes lo que quieren es aparecer como los triunfadores en esta lucha que mantengo y seguiré manteniendo contra el gobierno, su partido y todo lo que representan. Pero jamás, óigame bien, jamás me sacarán una declaración de rendición. Si hiciera eso, estaría menospreciando todos estos años de humillaciones en sus apestosas mazmorras y yo no puedo hacer eso. Antes me pudriré en esa celda ― la voz del prisionero era áspera y altisonante, el despectivo graznido de un cuervo.

El coronel se levantó de su sillón. Estaba perplejo. Tenía que reconocer que el viejo era un valiente. Suponía que en caso de que le tocase vivir una situación como la de Mayora, quizás él cedería. No pudo evitar sentir respeto, la admiración sincera que experimenta un hombre ante un rival digno de él, o que incluso lo supera y desnuda las debilidades propias. El viejo estaba hecho de una madera distinta.

El oficial le dijo cosas que en las horas transcurridas no mencionó y que se había reservado como arma definitiva, como último recurso. Le explicó que por varios meses la situación política se había deteriorado hasta el punto que el Presidente perdía cada vez más apoyo y recursos de manera dramática; las deserciones políticas y el distanciamiento de antiguos y valiosos aliados eran cosa frecuente. Las circunstancias actuales eran de tal magnitud de deterioro, que la intervención internacional ante las denuncias de violaciones a las libertades civiles y a los derechos humanos hacía insostenible continuar sin hacer concesiones a los oposicionistas. El gobierno nunca había podido liquidar efectivamente la solidez y estabilidad de los partidos y las manifestaciones populares, emprendidas por una nueva generación de líderes carismáticos que lo habían tomado a él, Juan Mayora, como símbolo viviente de la resistencia y la dignidad, estaban minando el precario soporte del que aún disfrutaba el régimen.

“Todo un cuadro de debilidades, fragilidades y decadencia”, pensó el viejo, haciendo un esfuerzo por reencontrarse con las ideas, las palabras, las expresiones adquiridas de lecturas que habían enriquecido su mente y su alma. Un monumento a la ruindad venido a menos era lo que le estaba describiendo el coronel. Pero permaneció callado después que el otro terminó el relato con una voz en la que captó el temor mal disimulado.

― Como ve, la cosa no está fácil para nadie ahora. Ni para el gobierno, ni para la oposición. Porque sin la buena voluntad del Presidente por pacificar en definitiva este país, no podrá hacerse nada. Y no es que tengamos miedo, sino que creemos que ya está bueno de tanto conflicto. Estamos tendiendo una mano a los otros, a los que piensan distinto. Y en eso usted es clave. Se me ha ordenado que debo dejarle bien clara esa idea: usted es un factor a considerar.

― ¿Así que de pronto soy importante? No soy más que un prisionero a quien decidieron olvidar y enterrar en vida ― Mayora sentía una creciente y nueva vitalidad reconfortante, pero prefería asumir una discreta actitud digna y humilde.

El coronel se volvió a sentar, sudoroso y agotado tras horas de sostener aquel ajedrez mental que era la pugna, el pulso entre dos voluntades enfrentadas en medio de aquella atmósfera sofocante que las aspas del ventilador no lograban paliar. Juan Mayora notó eso y adelantó:

― Caliente, ¿verdad? Ahora imagine estar encerrado por años en una celda sin ventilación, sintiendo que el infierno está sobre la tierra, no bajo ella.

El militar se pasó un pañuelo por el rostro y se hizo el desentendido. Deseaba largarse cuanto antes de allí y no seguir soportando la turbadora realidad de estar ante aquel hombre afianzado con firmeza en convicciones inamovibles que él, en contraste, simple subordinado de un poder superior, nunca comprendería.

― Mire, no tengo nada personal contra usted, créame. Al contrario, ya que su figura tiene una estatura respetable ganada por sus propios méritos, para decirlo de alguna manera, aunque no los comparta, el Presidente ha decidido que, en vista de que el movimiento de oposición lo invoca a usted como una especie de adalid, de héroe, qué sé yo, pues se ha decidido darle el peso, el rol que exigen sus simpatizantes, en un gesto de buena voluntad. Pero, como le he dicho hasta el cansancio, sólo se le pide que responda ciertas inquietudes y que asuma también un compromiso…

El prisionero permaneció en silencio. Su mente no estaba allí, había trascendido aquellos muros, la mediocridad opresiva que lo rodeaba y que trataba de humillarlo ulteriormente antes de dejarlo en libertad. Una libertad condicionada que él no podía asimilar, imaginar y mucho menos aceptar.

La voz del coronel retornó como desde otra dimensión, sacándolo de sus cavilaciones:

― Vamos a hacer una cosa, Mayora. Le propongo que continuemos mañana esta entrevista. Tendrá más tiempo para pensar con toda tranquilidad lo que hemos conversado. Estoy seguro que descubrirá muchas ventajas en esto.

Ante el silencio del otro, el militar se aproximó y le dijo, con tono de confidente:

― Estoy dispuesto a interceder por usted; está en mis posibilidades ayudarlo de una manera que no puede ni imaginar. Puedo conseguirle ciertas prerrogativas para que salga lo más rápido posible de aquí y se le haga más fácil instalarse una vez que sea liberado. Así que piénselo. Deme la declaración que se le pide y todos felices. Piénselo bien y mañana hablamos.

Pero Mayora ya había tomado la decisión. Había escuchado de boca de uno de sus carceleros, de un esbirro del régimen despiadado que lo desdibujó en una solitaria y olvidada hacía ya tanto tiempo que se sentía una reliquia viviente, lo que necesitaba saber: que había valido la pena. La cosecha tanto tiempo anhelada, desde los lejanos días en que se realizó la siembra, estaba dando sus frutos. Aunque él estaba forzosamente desentendido del devenir de la Historia; aunque el prisionero despreciado que era no sabía nada del mundo exterior, lo que suponía el peor de los castigos para él, ese mundo seguía girando y soplaban vientos de liberación. Podía morir en paz.

Estaba decidido. No firmaría nada, no transigiría. No se rendiría ahora, cuando otros más jóvenes y llenos de vitalidad estaban levantando la voz, tomando el testigo, socavando los cimientos putrefactos del sistema, pero si finalmente sucumbía allí, lo haría con la conciencia tranquila del que ha cumplido. Cuando habló, su voz tenía una fuerza desconocida para él mismo. Se sentía tan reconfortado, que las palabras salieron solas, casi de manera instintiva. No miraba al uniformado, sólo fijaba la vista en algún punto inexistente o invisible para el coronel, pero él estaba viendo muchas cosas. Estaba viendo el futuro. Y en ese futuro, gente como aquel esbirro lamentable y despreciable no tenía lugar.

― Coronel, quiero agradecerle a su oficial que haya intercedido por mí en el día de hoy para que me permitieran asearme. Hacía años que no sabía lo que era una ducha y de verdad que eso me sentó muy bien. No tiene idea de cuán diferente es asearse a oscuras en una celda, con un cubo de agua y una cacerola. No es lo mismo. Supongo que no volveré a disfrutar de otra, así que me permito darle las gracias por ese privilegio…

― ¿De qué carajos está hablando…?

―… Gracias también por permitirme ver la luz del sol otra vez. No se imagina cuánto lo anhelaba, sentir ese calor, el viento, la luz, todo eso… Por supuesto, para alguien como usted, que los disfruta cada día sin restricciones, eso no tiene mayor importancia, porque los da por sentado. Pero me ha sido muy agradable sentirme vivo, al menos por unas horas. Gracias, de verdad.

― Está loco, Mayora. Piense bien, hombre, deje la obstinación.

― Evítese la molestia de enviar por mí otra vez. No accederé a su pedido. El gobierno, el régimen, su presidente, todos ustedes pueden irse muy largos al carajo. Lo que sí le quiero pedir es un único favor, si es que usted accede: dígale a los que quedan de mi familia que cada día de mi vida en esa celda no dejo de pensar en ellos, en los que recuerdo, los que vivían antes de mi detención. Yo sé que no los han dejado venir a visitarme, porque para ustedes esta cárcel es el fin del camino y los que entramos aquí dejamos de existir para el resto del mundo. Gracias a Dios no tenía hijos, ¿sabe? Hubiese sido más intolerable estar metido en ese hueco sabiendo que ustedes, hijos de perra, podrían ir tras ellos y matármelos…

― Mayora, se está propasando. Esa actitud lo va a hundir. Coño, entienda...

―…Pero usted me hizo un gran favor y eso también se lo quiero agradecer: el haberme dado novedades de lo que está ocurriendo allá fuera y que a ustedes los tiene tan preocupados. Le diré, contrariamente a lo que me está pidiendo que haga ahora, siento que valió la pena lo que hicimos en aquellos días. Todo lo que me ha dicho y sugerido es puro bodrio; usted y su podrido gobierno pueden tragárselo como más le plazca.

El prisionero calló, bajó la mirada y ya no quiso seguir hablando ni respondiendo las preguntas o las conminaciones del militar.

El coronel quedó de pie ante él, con los ojos muy abiertos, traspasado por la rabia, pero a la vez experimentando un incómodo y súbito sentimiento de incómoda vergüenza. Llamó a los guardias que esperaban fuera en el pasillo y, mientras se llevaban al viejo a su celda, supuso que nunca más volvería a verlo con vida.

Ofuscado, sintiendo aún más calor, tomó la planilla que había dispuesto para escribir la declaración del detenido y con un lapicero de tinta roja que extrajo de la gaveta, trazó una gran X sobre el papel.


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