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 HÉROE TEMPORARIO

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MensajeTema: HÉROE TEMPORARIO   Mar Nov 27, 2012 2:43 pm

A MEDIDA QUE ASCENDEMOS la cuesta se torna más empinada y ardua. La ladera es inclinada, pero eso se hace más evidente a mayor altura en la serranía. Más allá de los árboles altos y antiguos que pueblan el barranco, cubiertos los troncos de musgo y liquen, la mayoría de ellos en el declive que delimita el camino, se ve la continuidad del bosque que se extiende durante kilómetros. Estamos sudados, exhaustos, pero es necesario, imperioso, subir hasta la cresta. Incluso las acémilas también jadean, no es un camino fácil, al contrario, las piedras y el barro se oponen a todo avance seguro y firme, uno pisa guijarros de pizarra y pedruscos lisos, es un pavimento precario y traicionero, especialmente si ha llovido, como ha sucedido anoche. Hay que seguir, el sudor y el cansancio deben ser ignorados o sobrellevados. Casi no escuchamos el canto de los pájaros en la mañana. Afortunadamente, es temprano aún y el sol no impone su sofocante calor todavía.

El guía va delante, aunque todos conocemos el camino, no era necesario un baquiano, pero así ha sucedido esto, el capitán ha ordenado que nos guíe este hombre que también conoce el terreno. Hemos pasado antes por aquí, no nos es extraño el territorio, pero él es quien manda y ni modo, hay que obedecer. No sé a qué viene eso de ponernos un baquiano, pero no es asunto mío inmiscuirme. Quizás es porque hay una revuelta por allí abajo en ese bosque oscuro y frío que se pierde de vista. De vez en cuando hemos escuchado tiros en la lejanía, no están tan cerca como para que nos alarmemos, eso sucederá cuando bajemos al valle del río y perdamos la ventaja de los puntos altos, las atalayas desde las cuales podríamos descubrir todos los movimientos que hacen los otros allá abajo.

Dicen que la tropa de los generales alzados cabalga por toda la comarca, desde la serranía hasta los llanos infinitos. Andan arrasando lo que se encuentran a su paso, queman las cosechas de los campesinos sospechosos de estar con el Gobierno, creo que es más un impulso animal que una convicción política, esa gente lleva la barbarie en la sangre, bueno al menos es lo que nos han pregonado, enseñado durante todos estos años de servicio, que aquéllos son verdaderos salvajes, atentan contra la patria y esas ideas que se supone que un ciudadano de buenos principios debería defender.

A mí pocas de esas ideas me convencen, cada quien jala pa’ su lado, cada quien arrima la brasa pa’ su sardina, uno es el que se embroma en el combate y luego otros se llevan los honores y las condecoraciones, gane quien gane, que si los federalistas, que si los centralistas, los amarillos, los azules, uno es el que derrama la sangre y la pasa mal en la guerra, eso siempre ha sido así, por eso no me afano más allá de lo necesario, no quiero destacar en el combate, ni me interesa exponer el pellejo ante la bayoneta del enemigo, ése que, bien visto, es mi paisano, mi hermano, sólo que él cree en otras cosas o a lo mejor no, como me sucede a mí, que no estoy seguro de lo que creo o no creo.

Y sin embargo, a uno lo creen héroe en esos pueblitos miserables por los cuales pasa de vez en cuando, esos pobres diablos medio harapientos que componen la mayor parte del populacho de este país arruinado y arrasado por tantos años de revueltas.

Ayer estuvo fregado, hubo tiroteo en la noche, había llovido y estábamos cansados, molestos, hambrientos y cuando nos adormecíamos llegó esa gente y empezó el jaleo, que si corran pa’llá, que si tomen el arma, que si vigilen que no se roben las mulas, que si cuiden la pólvora. Lo peor que puede pasar es que a uno lo sorprendan en la oscuridad de la noche, después del miserable caldo de la hora del rancho, calados por la lluvia hasta los huesos, tratando de conciliar el sueño y entonces se presentan esos bárbaros con su asalto cuando uno menos lo espera, porque ocurre que hasta el centinela se adormece de tan cansado que está. Yo no lo culpo, de verdad que no, el pobre es uno más de nosotros, un muchacho campesino ignorante de muchas cosas importantes de la vida, sólo somos hombres tristes y desarraigados del pueblo, como dice el capitán, tal vez para convencernos, manipularnos y seducirnos para que sigamos en esta campaña larga y tediosa, que a mí me parece improductiva, porque uno dispara y dispara, anda por esos montes, todavía los otros siguen vivitos y coleando como si nada hubiese pasado, entonces no se sabe, no se tiene certeza de cuándo y dónde volverán a aparecer a fastidiarnos la vida, matarnos poco a poco, espantándonos la tranquilidad. Lo sostengo, lo peor es la sorpresa, lo inesperado, la incertidumbre que causa el desconocimiento.

Ha corrido el rumor de que el mismísimo Presidente va a venir con tropas para ayudarnos, pero eso sí que sería una sorpresa, yo no me imagino a ese general famoso y respetable, un verdadero paladín con su uniforme siempre limpio y radiante, que ya no combate como antes, como cuando se lució en Carabobo, no lo veo metido en esto de perseguir alzados y rebeldes por estos montes. Eso me suena a discurso barato, algo tramado para terminar de convencernos de que debemos seguir siempre hacia delante y no decaer, que en nuestros hombros está la salvación de la República, así se lo he escuchado hasta el hastío al capitán, pero qué va a saber él, es tan ignorante de lo que pasa más allá de estos montes, siempre está con nosotros y no veo que le lleguen novedades con frecuencia.

Claro, yo sólo soy un soldado, un cabo pata en el suelo, así suelen decirme los oficiales, carne de cañón, pues, y no alguien que deba o pueda estar enterado de los detallitos y los pormenores.

No se crean, no es precisamente así, algún estudio tengo, fui a la escuela y aprendí a leer y a escribir y he leído algunos libros, yo no soy como muchos de mis compañeros con los que recorro estas soledades, que parecen nacidos para venir a morir aquí luchando por una perorata que nunca comprenderán. A veces la rabia me domina y me provoca decirles a los oficiales lo que siento acerca de esta guerra en la que nos han metido, mas supongo que hasta ahí llegaría, me convocarían a corte marcial, me harían un juicio rápido, de esos que llaman sumarísimos y me dictarían sentencia por traidor o desertor o qué sé yo qué cargo y se acabaría todo para mí. Y quién quita que esa sería una salida más tranquila, menos abrumadora, porque es terrible pensar que podrían matarme en combate, en una escaramuza o podría caer prisionero y hasta me torturarían para sacarme información. No, definitivamente no sería tan malo dejar que saliera todo lo que pienso y listo, se acabó la farsa. Por supuesto, eso implica morir sin honor, ser despreciable, pronto me olvidarían, como si nunca hubiera existido o me recordarían como mal ejemplo, lo que no debe hacer un soldado, dirían, el escarmiento para los demás. No hay escapatoria, en la guerra la vida vale muy poco.

Hemos llegado a la cresta de la serranía. Desde aquí veo los poblados que salpican el valle, interrumpiendo la selva que crece a orillas del río. Veo caminos de recuas, campos cultivados, hatos de ganado y el humo de las fogatas y los campamentos de los que debemos combatir, seguramente son ellos los imprudentes que prenden los fuegos dentro del monte y se levantan las columnas de humo, así es más fácil descubrirlos, sólo que ellos pueden darse ese lujo, supongo, porque son muchos más que nosotros, nos superan en proporción de tres a uno, según le escuché que le decía discretamente el capitán a uno de sus oficiales. Asuntos como ése son los que uno nunca sabe a ciencia cierta cómo son en realidad.

Por supuesto, si la tropa lo supiera, se armaría el gran alboroto y ocurriría una desbandada, me he enterado que ha ocurrido en otros ejércitos aliados e incluso entre el bando contrario, que cuando los soldados se enteran de las dificultades verdaderas que implica luchar esta guerra que ya lleva años sin resolverse, pues se arma el zafarrancho y las deserciones son inevitables. Es que este combate ya toma mucho tiempo y la sangre ha corrido a torrentes, hay viudas, huérfanos, familias destrozadas por todas partes. No conozco los detalles, pero presiento que a fin de cuentas lo que predomina es la arrogancia y las ganas de mandar, de tener poder de mando sobre los demás mortales. Eso debe ser algo muy sabroso, tanto que los jefes, los gobernantes, presidentes y reyes nos envían al matadero de la guerra para que nos aniquilemos tontamente en nombre de ellos y de sus ambiciones.

Estoy cansado. No sólo de la subida hasta aquí que me ha dejado sin fuerzas, la cuesta del diablo que me ha dejado agotado, sino de las miserias de esta campaña. Ya llevo cuatro años enrolado y no hay esperanza de que se acabe pronto este constante combatir. No se resuelve nada, de verdad que no. Tengo suerte, a lo sumo me han rozado las balas de esos desgraciados, nada importante, nada grave, sigo aquí, pendiendo de un hilo. El capitán ordena descansar por unos diez minutos, lo suficiente para que recobremos fuerzas, pero sin el riesgo de que se nos enfríe el cuerpo y nos pongamos flojos. Unos se tiran en el suelo fangoso, de tan cansados que están; otros beben agua con desesperación. Creo que todos maldecimos en voz baja, en nuestros pensamientos.

Yo no tengo familia a quien responderle, por eso me quedé en el ejército, pero confieso que quisiera darme de baja, los enfrentamientos ya no me atraen como antes, uno se va poniendo viejo o le va perdiendo el gusto a tanta batalla sin verle solución a la matazón. Recuerdo que cuando esto comenzó, se nos dijo que si no nos alistábamos el país “se perdería para siempre” en manos de los alzados. Los que escuchábamos al sargento que pasó por el pueblo con el bando de convocatoria para reclutar a los varones aptos nos sentimos atraídos. Varios de los casados se sintieron obligados por una especie de fuerza superior a dejar a sus familias y en seguida sus mujeres armaron tremendo alboroto, aquello se convirtió en un valle de lágrimas, con esposas mesándose los cabellos, los niños gritando y las madres rogándoles a los soldados que no se llevaran a sus muchachos. Yo estaba soltero, vivía con una hermana a la que no le importó gran cosa que me enrolara, sospecho que más bien respiró tranquila, porque en ese entonces yo era medio disoluto, como me decía ella con frecuencia; me gustaba mucho el guarapo, el aguardiente y los amores fugaces.

Bueno, el caso es que me alisté, casi ni me di cuenta de lo que hacía, así fue, me vine con esta gente del Gobierno, porque yo no sé mucho de política y prefiero andar con malo conocido que con bueno por conocer. Además, me sedujo el uniforme bonito, las medallas, charreteras y cintos de los oficiales y pensé que algún día yo podría llegar a ser un general con muchas condecoraciones. Después descubriría que no es fácil, hay que partirse el pecho luchando sin temor, hay que convertirse en todo un guerrero y demostrarles a los oficiales al mando que uno sí vale, que es un valiente y no un simple campesino ignorante.

Un día, en medio del entrenamiento, llegó un general al cual los oficiales parecían rendirle sumo respeto y pleitesía. Alguien me susurró al oído el apellido de aquel hombre, diciéndome además que era un personaje muy importante, un héroe nacional curtido en mil batallas, que había luchado junto a Bolívar y al Presidente en varias contiendas y que ahora estaba allí para comprobar que todo aquello por lo que habían luchado a lo largo de sus brillantes carreras militares no se iba a perder a manos de unos cuantos revoltosos. El prócer, que así le decían, nos dio una larga y emocionada arenga y más de uno se sintió conmovido, no lo niego. Cuando terminó, yo estaba convencido de que lo mejor que podía hacer para darle sentido a mi vida era morir combatiendo por ese hombre, el Presidente y la República. De eso hace cuatro años. Han ocurrido muchas cosas desde entonces y yo ya no estoy tan seguro de sentir el mismo entusiasmo.

Los muchachos más jóvenes que nos acompañan son unos perfectos novatos. En ellos hay una mezcla de sentimientos, porque los posee el entusiasmo por participar en la contienda, pero no quieren morir o ser heridos, de manera que también tienen miedo, son muy jóvenes para morir, pero quizás es tarde, pues ya están aquí, en medio de este infierno. Me dan lástima, porque me recuerdan a tantos compañeros que he visto morir en combate. Ojalá a ellos no les ocurriera; sin embargo, hay que estar claros, cualquiera podría ser el próximo en caer.

Por eso no tengo amigos ahora entre la tropa, porque he visto caer a varios con los cuales hice buenas migas, uno se encariña con los camaradas, se siente apoyado y los apoya, nos defendemos y cuidamos nuestras espaldas, hay un sentimiento de hermandad sólido como una argamasa, como un mortero que une las piedras de una tapia y un día o una noche los ve caer abatidos por el fuego contrario, la impresión se queda grabada en la mente durante días, semanas, meses, casi se siente culpa de haber sobrevivido a las emboscadas y refriegas, ve como los demás se van de este mundo en un abrir y cerrar de ojos, la vida es tan frágil e insignificante en esos instantes. La sorpresa, el horror y la desesperación torturan, van quitándome la cordura, es como si nunca se agotase la barbarie, su capacidad para mantenernos a la expectativa, tensos, temerosos de ser los próximos en despedirnos de este mundo.

Definitivamente, es mejor lo que he optado por hacer, no tomarle afecto a nadie más, no vaya a ser que también lo despachen y se vaya pa’l otro mundo y la tristeza se vuelva a apoderar de mí y me haga sentir más solo de lo que me siento. Y no es que no sea solidario o me haya convertido en un mal compañero, sino que me mantengo reacio a las compenetraciones, muchas veces tengo que fingir que me intereso en cultivar alguna amistad entre ellos, pero en realidad he caído en un escepticismo y una frialdad que me mantiene renuente a vincularme como anteriormente lo hacía. Yo acabo por protegerme, es un precio muy alto ver partir a los soldados con los cuales se comparten tantas tribulaciones.

Cuando a uno lo están entrenando, si es que se puede llamar así a las prácticas apresuradas e improvisadas que nos impartieron antes de entrar en acción, nunca le dicen cómo se debe reaccionar ante la muerte. Sólo se espera que seas un macho, que no te quiebres, no decaigas, las consideraciones y sentimentalismos no te salvan la vida en medio del fragor de la batalla, tienes que levantarte pase lo que pase, tienes que reponerte. La guerra no se gana con esas debilidades.

He llegado al extremo de no seguir aspirando a ser reconocido como héroe. Los héroes están en el cementerio, dicen. Bueno, al final casi todos terminamos allí, seamos paladines o no. Pareciera que este país lo movieran las ambiciones de los poderosos, de los líderes y no otro pretexto, otra justificación. Estoy seguro que cuando estas tribulaciones pasen y se empiece a escribir acerca de ello, se descubrirán verdades que por ahora nosotros, sumidos en este infierno, colgando de un hilo, dependiendo de la suerte, la astucia, la capacidad de esquivar las balas y las bayonetas, somos los que las conocemos, al menos a medias, pero en todo caso más que la mayoría que desconoce lo que es estar enfrascado en una disputa ajena.

Nos ponemos en marcha de nuevo, la orden es flanquear la zona donde se estima que está el contrario, caminamos calladamente alertas, porque en unos minutos tenemos que descender. Lo haremos como casi siempre, buscando las crestas de las estribaciones, evitando las vaguadas donde podrían emboscarnos, ya antes hemos pasado por eso. El capitán va en medio de la columna en su mula atento a los sonidos y silencios de la montaña, es un veterano de muchos combates, aunque he llegado a perder la confianza inicial que le tenía. Somos unos treinta y cinco hombres medio harapientos y cansados, mojados, aburridos; sin embargo, estamos nerviosos, pendientes de no encontrarnos con un rival más poderoso, ensañado, que con anterioridad nos ha mostrado lo peligroso que puede ser.

Las quebradas cargan agua, recuerdo en estos instantes que las lluvias han sido copiosas, por lo que los arroyos llevan un agua amarillenta y rápida que remueve la tierra y las rocas de los cauces. En ocasiones se nos hace muy difícil cruzarlos, las piedras son lisas, babosas, cubiertas por un limo viscoso y musgos que nos hacen resbalar las alpargatas o las botas desgastadas.

Entonces nos sentimos todos frágiles y expuestos, fáciles de atacar y abatir. Porque cuando tenemos que descender las laderas hasta las cañadas boscosas podemos ser atacados desde arriba, el opuesto tiene la ventaja para tendernos una emboscada. No es sencilla esta campaña, dependemos mucho, demasiado, de la posición de un contendiente invisible y peligroso. Llego a sentir temor como nunca antes y la cercanía, la posibilidad de la muerte es palpable. Por más que lo intento, no importa cuánto valor quiera infundirme a mí mismo, el temor es una sensación real y pone en evidencia que no soy más que un simple soldado atrapado como una hoja seca y suelta que el viento borrascoso de la guerra lleva hacia parajes desconocidos.

Con demasiada frecuencia estoy sintiendo la nostalgia por la vida que dejé atrás. Quiero decir, no era tan malo vivir en mi pueblo, se llevaba una existencia tranquila, con las carencias que sobrellevamos los pobres, claro, pero nada de eso es comparable al horror que experimento, cuando despierto en la mañana, de no saber si llegaré con vida hasta el anochecer. Ignoro si los demás pasan por esto, supongo que sí, pero deciden callarlo o no me lo dicen a mí, que me he tornado tan huraño y antipático, amargado dirán ellos. Sí, definitivamente, estoy pensando que lo mejor es que este conflicto se termine de una vez por todas.

El capitán no cree en eso, él es de los que se sienten a gusto guerreando, atacando al enemigo, no se concibe viviendo en paz, para él la vida sólo tiene sentido si hay alguien a quien combatir, es de esas personas que llevan la pólvora en la sangre, se siente a sus anchas impartiendo órdenes en medio del tronar de las armas, los gritos, las maldiciones, los quejidos, a través del humo, la sangre y el espanto que implica la violencia entre los hombres enfrentados por ideas encontradas, contrapuestas.

Yo no soy así, al menos ya no, como dije, estoy agotado y no es sólo por la marcha forzada en la que parece que estamos todo el tiempo. Estoy sumido en esos pensamientos de guerra, viendo al capitán gritar órdenes, más bien improperios y pullas que suelen molestarnos pero que comprendemos que son necesarios, nadie, ningún comandante te va tratar con modales de caballero inglés cuando estás enfrentándote a un adversario que puede destruirte, abatirte en cuestión de segundos, antes de que te des cuenta. Es la vida del soldado, entiendo eso. Sigo viendo o imaginando al capitán cumpliendo su función, arengándonos, ordenándonos movimientos, maniobras, gritando, dando alaridos, aupando a su escuálido y desarrapado piquete, evitando que se disperse y desordene y se pierda la pelea. Es algo muy real, es palpable como el miedo que me invade, miedo que no es cobardía, no señor, es miedo a morir, no a combatir.

Pienso que hemos pasado mucho rato aquí en esta cañada boscosa y que el adversario puede estar viéndonos, preparando la celada que podría aniquilarnos al fin, a lo mejor nos ha escuchado, es posible que los alzados estuviesen más cerca de lo que imaginábamos y entonces nos estuviesen espiando. Será por eso que sigo escuchando en mi mente las órdenes y maldiciones del capitán, sólo que las oigo tan reales, tan cerca de mí que, cuando me doy cuenta y salgo del arrobamiento, del momentáneo ensimismamiento que me ha sacado por unos instantes de este mundo absurdo conmocionado por la conflagración de la que formo parte, el humo, la metralla, la sangre y los cuerpos inanimados de los compañeros caídos a mi lado me rodean y verlos abatidos me golpea con su crudeza, la perceptible crudeza de la barbarie que siempre me ha inspirado temor, inquietado mi sueño y malogrado mi menguado reposo, sacudiendo mi humanidad con la confirmación de que el momento decisivo ha llegado, no hay vuelta atrás, no hay modo de evadir el combate y ahora es cuando tendré que demostrarme a mí y a los demás de qué madera estoy hecho.
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León Caballo
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MensajeTema: Re: HÉROE TEMPORARIO   Miér Nov 28, 2012 10:28 pm

La guerra, como lo deja muy bien entender tu relato, nunca tuvo ni tendrá ningún sentido, bajo cualquier circunstancia que trate de justificarla. La narración es impecable y la historia interesante. Lo único que veo en detrimento de que sea leída masivamente en este foro (pero quizás me equivoque) es que es demasiado larga.
Pero, repito, la encontré excelente. Saludos,
José
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Jaime Olate
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MensajeTema: Re: HÉROE TEMPORARIO   Jue Nov 29, 2012 9:36 pm

1.- " a fin de cuentas lo que predomina es la arrogancia y las ganas de mandar, de tener poder de mando sobre los demás mortales."
2.-"Además, me sedujo el uniforme bonito, las medallas, charreteras y cintos de los oficiales y pensé que algún día yo podría llegar a ser un general con muchas condecoraciones."
3.-"Es algo muy real, es palpable como el miedo que me invade, miedo que no es cobardía, no señor, es miedo a morir, no a combatir. ".
Compadre, has hecho una descripción de los sentimientos de alguien que tiene que enfrentarse a otros seres humanos; escogí estas frases porque, cuando las balas zumban junto a tus orejas 1.-al principio deseas tener mando; 2.- Te dan la placa y después de cierto tiempo una estrella y comienzas a soñar con ser uno de los mandamás;y 3.- En siguientes enfrentamientos comienza el temor a la muerte.
No obstante esto último, llega el momento en que te importa un pucho si te matan; total tu familia va a tener de por vida el orgullo de un mártir enterrado en el cementerio local.
Pero, pensándolo un poco más, aunque sean bandidos a los que hay que matar en un enfrentamiento, con la adrenalina al tope y tratando de volarle la cabeza a enemigo que se descuida, aparecen en tu mente la esposa, hijos y padres de los delincuentes y de nosotros... te limitas sólo a tratar de herir o simplemente disparar cerca de ellos, instándolos a rendirse, de lo contrario esos recuerdos te perseguirían de por vida.
Sí, despuésde haber leído tan magnífico texto, no pude evitar comparar dicho relato con los enfrentamientos de policías y delincuentes.
Tal como dice el Gran Fobius, la guerra no tiene sentido para nosotros la gran mayoría. Sólo la disponen los mandamás y los políticos descerebrados, AL FIN Y AL CABO NO SON ELLOS QUIENES DEBEN ENFRENTARSE AL ENEMIGO ... O SUPUESTO ENEMIGO.
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