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 La Curiosa Teoría del Dr. Valderrama

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León Caballo
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MensajeTema: La Curiosa Teoría del Dr. Valderrama   Lun Nov 26, 2012 10:51 pm

No pretendo descubrir nada nuevo si asevero que el tiempo y la distancia tienden a distorsionar un poco la memoria, sin embargo, creo recordar con bastante certidumbre que escuché hablar por primera vez del Dr. Valderrama, hace ya muchos años, una destemplada tarde de otoño, en un sendero de los deshojados y descoloridos jardines de la universidad de Harvard.

Mientras iba caminando, después de mis clases, entre los magníficos edificios de ladrillos centenarios hacia la salida más próxima, Vicky se me acercó casi corriendo para invitarme a presenciar una conferencia que tendría lugar un poco más tarde. Me contó entusiasmada que todo nuestro grupo de amigos iba a asistir a escuchar la disertación del doctor en lingüística Santiago Valderrama, quien era una gran autoridad mundial en la materia.

Mi elección se hizo muy simple. Las posibles opciones eran pasar el resto de la fría tarde en el minúsculo departamento que ocupaba solo, tratando de estudiar lo más cerca posible del único radiador que calentaba mezquinamente el ambiente, o permanecer en la universidad con mis compañeros para escuchar y posiblemente luego debatir las palabras del doctor Valderrama. Di media vuelta y regresé con Vicky.

El anfiteatro no estaba tan lleno como yo suponía, lo que me recordó que una maestría en lengua anglosajona para sudamericanos no era una carrera de elección muy popular. Sin embargo, mientras esperábamos, pude enterarme por algunos de los otros asistentes que nuestro orador, colombiano de nacimiento y mentado lingüista internacional, era famoso por su erudición, su extravagancia y su singular interpretación de la función que cumplía el lenguaje en la sociedad moderna.

Mientras la charla en el auditorio se generalizaba, un hombre de barba entrecana y aspecto absolutamente común entró en la sala sin que practicamente nadie lo advirtiese. Se quitó el gabán viejo y arrugado y un amorfo sombrerito inglés a cuadros, abrió en silencio un pequeño maletín desvencijado y se dedicó, por unos instantes, a acomodar unos pocos papeles sobre el antiguo escritorio situado en el centro del recinto. Todo esto sin levantar la vista hacia los presentes. El respetuoso silencio que se hizo a continuación sirvió para indicarle que la audiencia reconocía su presencia.

Tosió discretamente y comenzó su exposición sin ningún protocolo o preámbulo con una pregunta directa a los oyentes: ¿Qué creíamos que era lo más importante para la comunicación entre personas de cualquier lugar y en cualquier idioma, las palabras o los gestos?

Esto tomó por sorpresa a todo el auditorio, que no esperaba el requerimiento de una participación tan pronta. El Dr. Valderrama, con gran parsimonia, dejó que la pregunta fuese asimilada con propiedad mientras parecía reacomodar morosamente sus notas sobre el escritorio.

- Obviamente las palabras, doctor – Se animó con seguridad uno de los concurrentes.
El profesor volvió a levantar la vista y lentamente recorrió inquisitivamente las caras de los oyentes.

- Si, naturalmente, las palabras – Se oyó concordar desde otro lugar del semicírculo.

- Por supuesto – Exclamó un tercero.

Los otros estudiantes no decían nada pero asentían en silencio su conformidad con esta respuesta.

- Pués, yo soy de otra opinión – Expresó el académico con convicción pero sin vehemencia – Las palabras... – Pareció escoger muy bien las suyas – Digamos que no siempre tienen la sinceridad de los gestos, ni su eficiencia. Somos seres racionales y nuestra misma racionalidad y formación hacen que al hablar lo hagamos en forma condicionada a muchos factores: El entorno, nuestros interlocutores, su ánimo, nuestro ánimo, la educación e historia cultural de cada uno y otras variables que, de una u otra forma, siempre afectan la franqueza de la comunicación. Pero los gestos, que en su mayoría son inconscientes, llevan consigo la genuina naturaleza de nuestra comunicación, muchas veces totalmente contraria a las palabras expresadas. Son mucho más eficaces por su brevedad y contundencia, y además, no mienten.

A continuación, presentó una completa y metódica disertación sobre el estudio científico de la gesticulación corporal en los últimos treinta años. Un hecho que venía siendo perfeccionado en su uso, como los idiomas, por cientos de años, pero de forma más velada y silenciosa. En opinión de Valderrama, la evolución de la raza humana tendería a prescindir, con el tiempo, de toda comunicación oral. El relacionamiento y trato entre personas, alguna vez en el futuro, sería sólo con gestos, que a su vez mutarían hasta un entendimiento puramente mental, telepático.

El auditorio, entre incrédulo y estupefacto, guardaba completo silencio. Aún así, Valderrama no se limitó a lo meramente hipotético y especulativo, sino que ofreció corroborar sus conclusiones por medio de un experimento sencillo y directo, a realizarse en ese mismo momento. Preguntó si nos interesaba llevarlo a cabo. Todos asentimos, pués estábamos realmente ansiosos por comprender un poco más su novedosa teoría.

Entonces, después de una cuidadosa observación de las gradas, señaló a una de las estudiantes, invitándola a bajar. Una muchacha de aspecto común y corriente. Hizo lo propio con un varón, pero esta vez eligió a uno de los más atractivos y agraciados físicamente. Los hizo tomar asiento en dos sillas colocadas a cierta distancia de su escritorio y la consigna del ejercicio fue muy simple: El debería tratar de persuadirla en un máximo de cinco minutos para salir juntos en una cita.

Mientras ellos comenzaron con lógico nerviosismo su charla experimental, Valderrama se limitaba a observarlos y tomar notas. El estudiante utilizó todos los medios a su alcance para tratar de convencerla. Ella, sin llegar a la descortesía, rechazó todos sus avances, concediendo únicamente una tenue esperanza de alguna posibilidad en la incierta vaguedad de una ocasión futura.

Cumplidos los cinco minutos, el profesor los llamó su lado, de a uno por vez, para hacerles leer lo que había estado anotando. Con la previa conformidad de ambas partes que lo que allí decía se ajustaba exactamente a lo que realmente habían sentido durante el diálogo, y de una remisa autorización para compartirlo con el resto de la audiencia, Valderrama comenzó:

- El varón hizo todo lo posible de acuerdo con sus habilidades para lograr el objetivo establecido. Su comunicación verbal coincidió casi enteramente con el mensaje de sus gestos inconscientes. La mirada franca, casi permanente a los ojos de su interlocutora, transmitió sinceridad. La muestra constante de las palmas de sus manos abiertas, demostró una cabal honestidad sin engaños. La unión de esas palmas a modo de súplica final, luego de la primera mitad de la charla, fue un reconocimiento inequívoco de que su fracaso iba a ser inevitable. La repetición de un inquieto alisado de su cabello luego de captar los primeros síntomas de rechazo y la posición inamovible de ambos pies, firmemente plantados en el suelo, aún después de comprender que no podría lograr su meta, denotaron una digna resignación a lo que no estaba destinado a ser. Sin embargo..., debo agregar que las furtivas miradas a las caderas, un cierto destello codicioso en sus ojos y el leve, intermitente mordisqueo de su labio inferior, indicaron que más allá del objetivo propuesto por este ejercicio, existió un deseo natural por la posesión temporal de ese cuerpo femenino que fue real e irreprimible.

El estudiante se sonrojó visiblemente y bajó la vista perturbado por tan cruda y precisa exposición de sus sentimientos.

- La mujer, por otro lado – Prosiguió el profesor luego de una breve pausa, pero sin alterar el tono de su académica conclusión – Cumplió con el previsible rol sugerido por su educación y el mandato socio-cultural. En su caso, su discurso fue poco menos que totalmente opuesto a lo que indicó su gesticulación corporal. El jugueteo reiterado con sus manos y la rotación compulsiva del anillo sobre su dedo medio, pusieron de manifiesto la incomodidad que le producía su contínuo rechazo hacia las insistentes propuestas de la otra parte, que de buena gana hubiese preferido aceptar. Los hombros echados hacia atrás para resaltar los atributos de su busto, fueron una clara muestra de genuino interés ante la propuesta de una cita. Las piernas, con las puntas de los pies apoyadas en el suelo y las rodillas generosamente separadas, revelaron una hospitalidad receptiva y alentaron, sin lugar a dudas, las probabilidades de materializar un posible encuentro íntimo. Asimismo..., el volteo coqueto, rápido y esporádico de su cabeza para quitarse el cabello que ocasionalmente le cubría parte de la cara, y la mirada que en esos instantes le dirigió al varón por el rabillo del ojo, expresaron claramente que siempre tuvo el propósito de aceptar la invitación, aunque el significado de sus palabras lo contradijera rotundamente. En resumen, interiormente se sentía verdaderamente entusiasmada por el interés que su persona podía suscitar en el otro.

La muchacha se quedó mirándolo a Valderrama boquiabierta, también completamente ruborizada y atónita.

El resto de la audiencia trataba de digerir racionalmente esta minuciosa explicación. Algunos murmullos de asombro se escucharon entre los oyentes.

A esta demostración le siguieron otras, cada vez más complejas, pero con los mismos resultados de exactitud interpretativa por parte del excéntrico profesor. Sus admiradores se multiplicaron y ya se consideraba seriamente en muchos círculos intelectuales, que la teoría del doctor Valderrama no era, como al principio parecía, una improvisada sarta de estupideces.

Un solo año había bastado para esparcir su fama. Se lo había comenzado a tomar muy seriamente, cuando el inoportuno e infortunado avance de su diabetes desatendida comenzó a hacer estragos. El desenlace de un shock séptico, que entre otros síntomas le impedía respirar, apenas lo dejó llegar con vida a la sala de emergencias del hospital general de Boston, donde una traqueotomía de urgencia le dañó en forma permanente las cuerdas vocales.

El hecho de haber quedado mudo, en realidad no preocupó demasiado al profesor Valderrama, quien siempre había desdeñado de alguna manera el lenguaje hablado. Pero el avance incontenible de su enfermedad en un breve lapso de tiempo y la pérdida sucesiva de su visión y por consecuencia su empleo en la universidad, lo sumieron en una profunda depresión.

Poco antes de morir, utilizó todos sus ahorros para costear la publicación de un libro que sería su primero y único. La noticia de la presentación de este volumen se propagó arrolladoramente por todos los ámbitos académicos. En la fecha anunciada, el salón mayor de la editorial se hallaba repleto de un público expectante. Valderrama, muy delicado en su salud, no había podido concurrir, pero había dejado precisas instrucciones para que la tirada completa de los tres mil ejemplares de su texto fuese distribuída gratuitamente entre todos aquellos que lo solicitaran.

El asombro general fue mayúsculo. Pero aún mayor fue la sorpresa reflejada en las caras de los primeros receptores del libro. En su tapa dura y brillosa había un cuadriculado con pequeñas fotos de Valderrama posando en una gran variedad de gestos, que luego se dijo, sustituían al título inexistente cuando se los interpretaba en el orden establecido. En su interior, trescientas sesenta y cinco páginas se destacaban igualmente por su blancura inmaculada. Ni una sola letra impresa contaminaba la travesura de su mensaje.

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MensajeTema: Re: La Curiosa Teoría del Dr. Valderrama   Vie Nov 30, 2012 3:18 pm

Fobio, siempre es un placer la lectura de tus textos de enorme cercanía y bello e igualmente preciso dominio de nuestra lengua.
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MensajeTema: Re: La Curiosa Teoría del Dr. Valderrama   Sáb Dic 01, 2012 12:32 am

Muchas gracias por tus palabras Guerrero. Aprecio sinceramente el tiempo de tu lectura y comentario. Saludos,
José
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MensajeTema: Re: La Curiosa Teoría del Dr. Valderrama   

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