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 Anne in Underland I- Siguiendo al Conejo Blanco

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K. Kano



Cantidad de envíos : 5
Fecha de inscripción : 12/09/2012

MensajeTema: Anne in Underland I- Siguiendo al Conejo Blanco   Miér Sep 26, 2012 5:00 pm

Bueno, ahora el capítulo está completo y corregido, en el proceso aprendí más el uso de los signos de ortografía aunque no lo he dominado por completo. Está supuesto a ser comedia pero no soy muy buena en eso. En fín, espero que sea de su agrado y me den sus opiniones para mejorar.

「Siguiendo al Conejo Blanco」


Anne comenzaba a aburrirse de estar sentada en la grama y sin hacer nada; una hora antes, regresaban de la casa porque Tilo había olvidado las partituras de guitarra —a las que le hizo ajustes toda la noche en el estudio cuando le llegó una 'chispa' de inspiración—, al darse cuenta que casi era hora del almuerzo, hicieron una parada en un pequeño café que ella no conocía —y donde Tilo le llevaba el tiramisú de café que tanto le gustaba como pudo darse cuenta— y después llegaron al parque porque quería descansar un rato antes del ensayo, en eso tenía que darle la razón; siendo el perfeccionista que era, andaba de aquí a allá ocupándose hasta del último detalle y si era posible lo hacía él mismo. Sin embargo, no tenían mucho tiempo —de hecho, ya deberían estar en camino por lo que se tardaban en carretera—, «No te preocupes, siempre llegamos a tiempo gracias a Goethe» dijo él, aunque eso era cierto no le gustaba que fuera tan irresponsable a veces y dependiera tanto del mayordomo japonés.

Nihon no Goethe era el mayordomo de la familia, había cuidado de Tilo desde que este era niño y no aparentaba ser mayor de 30 años —cosa que lo hacía poco creíble—, era muy atractivo a pesar de usar una máscara que cubría la mitad de su cara y el cuello pero era muy serio o inexpresivo (solo decía lo que pensaba); él y Tilo eran muy cercanos, no actuaban como amo y sirviente, era algo más que como hermanos... mucho más, no podía decir que tanta pero sospechaba (más bien alucinaba) que había algo más, no podía evitar sus celos al respecto.

Miró a su esposo que estaba sentado a su lado, bajo la sombra de un árbol leyendo (ciertamente recordaba que él había metido un libro de bolsillo dentro de su chaqueta cuando guardaba las partituras en un folder) y fijó la vista en la portada del libro "Alice's Adventures in Wonderland and Through the Looking Glass", evitó reírse ante tal gesto infantil en su opinión, con curiosidad le preguntó:

—Oye, ¿No crees que ya estás un poco grande para leer cuentos para niños?

—No tiene nada de malo —respondió Tilo sin quitar la vista en el libro—, los cuentos clásicos son 'disfrutables' para los adultos también. —Interrumpió su lectura para mirar a Anne a los ojos.

—Y hablo de los cuentos originales, no las ediciones de Disney.

—Como digas —Dijo Anne con una sonrisa de medio lado antes de recostarse con los brazos en la cabeza y mirar al cielo.

—En estos días es extraño que un adulto lea cuentos para sí en lugar de leerlos a los niños. —Pensó, se puso una mano en la boca para cubrir un largo bostezo, realmente estaba aburrida pero no tenía ganas de molestar a su esposo como usualmente hacía.

—Siento mucho sueño con este calor, tal vez deba dormir un rato.

—¿Sabes, Anne? Tengo que irme.

—¿Irte? ¿A dónde?

—A encontrarme con la duquesa.

—¿Duquesa? ¿De qué es...?

Anne giró su cabeza al lado donde Tilo estaba pero solo ve un par de enormes patas blancas envueltas en polainas negras, viendo en medio de esas patas, no había nadie cerca del árbol; entonces, alzó la vista despacio con un vago recelo, su mente tardó cinco segundos en reaccionar ante lo que veía, del susto se puso de pie y retrocedió un par de pasos; de donde estaba, comenzó a verlo de patas a cabeza: era un conejo blanco del tamaño de una persona con las orejas largas hasta la cintura, vestido con un chaleco victoriano del mismo color de las polainas —no usaba camisa pero su pelaje hacía un buen contraste—, llevaba un libro en la mano derecha pero estaba más interesada en los guantes que usaba: largos hasta debajo de los hombros color negros, un bolsillo debajo de la orilla y en el reverso de la mano derecha, con garras y tenía incrustado un objeto en el reverso del guante izquierdo que parecía ser un reloj de bolsillo plateado algo pequeño con la cadena del mismo color enganchada en una orilla del bolsillo del guante; una corbata rojo sangre hecha en nudo Mail Couch, usaba quevedos sin montura con sistema de pinza para sujetarse en la nariz color plateado con una cadenita del mismo color sujetada al primer botón del chaleco; su cabello era negro, al parecer largo por el moño rojo que se veía a los lados del cuello y sus ojos eran de unos familiares café oscuros. Ya había visto esos ojos antes, muchas veces podría asegurar pero... ¿dónde?

—Correcto, tengo enfrente mío un enorme conejo blanco vestido al estilo steampunk, su complexión me es extrañamente familiar y tiene el libro de Tilo en su mano ¿o es en su pata?

Parece si había puesto atención después de todo.

El conejo empezó a sentirse un poco incómodo por como Anne lo miraba fijamente, tenía una expresión de concentración como si tratara se recordar algo, tenía una idea de lo podría ser; así que, se cubrió la boca con el reverso de su mano y se aclaró la garganta para llamar su atención, Anne seguía quieta escudriñándolo, volvió a aclararse la garganta, esta vez un poco más fuerte pero ella seguía sin reaccionar.

—¿Anne?

Nada.

—¡Anne!

Aún nada.

El conejo suspiró resignado.

—Bueno, será por las malas.

Sin más, lanzó el libro gentilmente en el aire, se elevó un poco y cayó de lleno sobre la cabeza de Anne, el libro después cayó al suelo abriéndose al impacto.

—¡Auch! —Gritó Anne e inmediatamente se llevó las manos a la cabeza—. ¡Oye! ¡Eso duele!

—Lo siento pero no prestabas atención cuando te llamaba —dijo el conejo—. ¿No te han dicho que es de mala educación mirar fijamente a las personas?

—Tú no eres una persona.

—¿No? ¿Y qué soy? —preguntó el conejo un poco indignado.

—Eres un conejo —respondió Anne como si fuese lo más obvio.

—¿Oh? ¿Y qué te hace ser una persona?

—Pues... Soy humana.

—¿Los humanos son personas y los conejos no?

—Bueno, los conejos son animales.

—¿Animales? ¡Los humanos son animales también! —dijo el conejo bastante irritado—. ¿O te refieres a la otra clase de animales?

—¿Eh? Bueno...

—¿Qué es una persona según tú?

—... Bueno, es...

—¿Qué es una persona?

—...

El conejo suspiró resignado nuevamente como si estuviera razonando con un niño.

—Anne ¿quieres hacerme el favor de recoger y entregarme el libro?

—¿Eh? ¡Ah!

Al recoger el libro, no pudo evitar su curiosidad de ver el contenido ya que estaba abierto; pasó las páginas, todas estaban en blanco a excepción de las primeras; estas relataban su llegada al parque, su corta conversación con su esposo, la aparición del conejo, hasta tenía ilustraciones. Cerró el libro para ver la portada, también había cambiado, decía “Anne in Underland”. ¿Qué estaba pasando?

—¿Qué está pasando? —dijo en voz alta al mismo tiempo.

El conejo tomó el libro de sus manos.

—Se está escribiendo una nueva historia.

—¿Nueva historia? —repitió como un loro de la impresión pero aún no lo creía.

Al conejo le causó gracia su expresión de incredulidad, abrió el objeto que tenía incrustado en el reverso de su mano, Anne pudo ver que efectivamente se trataba de un reloj de bolsillo.

—Veo que ya es tarde. —Dijo al cerrar la tapa—. Hasta luego, Anne. —Se despidió el conejo haciendo una reverencia —poniendo su brazo derecho en el pecho y el otro con el libro en su espalda mientras se inclinaba— con una sonrisa enigmática antes de marcharse.

—Es tan irresponsable como Tilo —dijo Anne en voz baja cruzando los brazos.

Entonces, se dio cuenta; pero... ¿debería creerlo?

—¡¿Tilo?!

Sus ojos, su voz y su irresponsabilidad por la puntualidad (es decir, su despreocupación por llegar tarde) eran los mismos de su esposo.

¿Eso fue real o estaba alucinando? ¿Todo esto era un sueño en realidad?

Seguía anonadada mientras veía al conejo perderse de vista entre los arbustos hasta que por fin reaccionó.

—¡Oye! ¡Espera!

Fue tras él hasta llegar a un viejo roble que estaba en una parte desconocida del parque, entre las raíces del roble, había una madriguera de conejo lo suficientemente grande para que ella pasara. Se acercó a la madriguera, parecía haber luz del otro lado, levantó la cabeza y miró a su alrededor, no había nadie; sin más, se adentró sin detenerse.

—Seguramente, —se dijo a sí misma—, llegaré al otro lado del paaaaaaaaa...

En un abrir y cerrar de ojos estaba cayendo de espaldas en un pozo oscuro, no se veía absolutamente nada arriba.

—¡AAAAAAAAAAH!

—Voy a morir. —Pensaba—. Voy a morir.

¿Caería sobre rocas puntiagudas? ¿Diamantes en bruto afilados? ¿Magma? ¿Un río de petróleo? ¿O de agua? ¿Roca lisa que igual la matará al impacto? ¿Qué? Las posibilidades solo se reducían a eso.

Media hora aproximadamente, ya se había cansado de gritar, se limitó a cruzarse de brazos mientras seguía viendo hacia arriba.

—O este pozo es profundo o yo estoy cayendo lento. —Soltó un cansado suspiro—. Maldición, estoy cayendo desde hace media hora o más... —miró hacia abajo— y aún no veo el fondo.

A su alrededor comienzan a aparecer estantes llenos de libros de todos los tamaños, colores en tonos oscuros y variado grosor; Anne se acercó a los estantes, tomó un libro mediano y lo abrió; estaba en blanco, pasó las páginas; todas en blanco, confundida, regresó el libro a los estantes.

¿Qué estaba pasado? No estaba segura, un momento estaba sentada en la grama hablando con su esposo, después tras un conejo blanco y ahora estaba cayendo en un pozo con estantes alrededor. Entonces un recuerdo en particular llegó a su mente.

«—Oye, ¿No crees que ya estás un poco grande para leer cuentos para niños?

—No tiene nada de malo —respondió Tilo sin quitar la vista en el libro—, los cuentos clásicos son 'disfrutables' para los adultos también. —Interrumpió su lectura para mirar a Anne a los ojos.

—Y hablo de los cuentos originales, no las ediciones de Disney.

—Como digas.»

¿Qué libro estaba leyendo? Conocía la historia, la había leído cuando era niña; sin embargo, fue hace mucho y no recordaba gran cosa excepto que era una niña que iba tras un conejo blanco y cayó por la madriguera de conejo... igual que ella. ¡Wonderland! El país de las maravillas, es el lugar donde llega esta niña... Alice. ¡Alicia!

—¡Eso es! ¡Yo soy Alicia y voy cayendo hacia el país de las maravillas! —Dijo emocionada por su descubrimiento—. ¡Voy al país de la maravillas! —rió—. Definitivamente estoy soñando.

Rato más tarde, Anne seguía cayendo, por el aburrimiento volvió a pensar en voz alta.

—¿Por cuánto tiempo seguiré cayendo? ¿Es tan largo el camino? —Bosteza—. Supongo que dormiré un rato y despertaré antes de llegar.

De repente, aterrizó sobre varios arbustos plantados en macetones, así la caída llegó a su fin. Anne salió de entre los arbustos algo adolorida puesto que cayó sentada.

—Para ser un sueño, duele.

Comenzó a quitar las ramitas y hojas que tenía en el cabello, notó que su ropa había cambiado al retirar las hojas de los hombros, de hecho se sentía un poco diferente; mientras veía sus zapatos, pasó su vista al piso de cerámica, eran azulejos blancos y negros puestos alternadamente como un enorme tablero de ajedrez, veía su reflejo en el azulejo blanco, se arrodilló para verse mejor: ¡Había rejuvenecido! Tenía veinte años de nuevo, hasta el mismo corte de pelo y estilo de maquillaje que usaba en ese entonces.

Escuchó un suave chirrido —el que se produce cuando alguien se desliza en un piso encerado—, alzó la mirada hacia el frente, el conejo aún estaba a la vista; inmediatamente se puso de pie y corrió a alcanzarlo. El piso estaba resbaloso pero corría sin problemas gracias a sus zapatos nuevos —tacones de 4 cm—, corría como el viento, se sentía bien, sentía que sus trotes mañaneros por el parque central para mantenerse en forma habían dado frutos; se acercaba rápidamente al conejo, se acercó para oírlo decir «El gato me espera en la entrada del bosque, me llevará rápido con la duquesa.» antes de doblar la esquina.

—Definitivamente este conejo y Tilo se parecen —pensó ella.

Anne estaba cerca, unos cuantos pasos atrás de él cuando dobló la esquina, el conejo ya no estaba: se encontraba en la entrada de un largo, (algo amplio) y alto vestíbulo —dos pisos y medio—, delante de ella estaban escalones que la llevaban al primer piso, bajó los escalones y se acercó al centro mientras veía alrededor; tres curiosas lámparas colgaban del techo, una grande en el centro y dos medianas a los lados, tenían forma de araña, parecían hechas de algún tipo de cristal brillante ya que no tenían candelas o focos, alumbraban por si solas; habían puertas en todo el vestíbulo, algunas puertas estaban cerradas y en las que se podía pasar llevaban a las puertas cerradas, al parecer, esas puertas solo se abrían por 'dentro'. Ya había intentado salir por todas las puertas pero ninguna servía, técnicamente, todas la llevaban al mismo lugar —el vestíbulo—.

Cansada, regresó al centro y ahí se sentó. ¿Cómo se suponía que saldría de ahí? ¿Cómo fue que Alicia lo hizo? No lo recordaba, comenzaba a reconsiderar lo de leer cuentos de nuevo (como si todos los días fuera atrapada viviendo un cuento que leyó hace tiempo y no recordaba cómo iba o terminaba); con un gemido se recostó en el —muy frío—piso, inclinando la cabeza hacia atrás vio una mesita de cristal macizo a medio metro de distancia de ella que no estaba ahí antes, sobre la mesita no había nada más que una diminuta llave dorada.

—¡Claro! ¡La llave de la puerta de ratón!

Se puso de pie y se acercó a la mesita a tomar la llave.

—Ahora... ¿dónde está la puerta de la ratonera? —pensó en voz baja con la llave en a mano y viendo en la esquinas hasta que su mirada se detuvo en la puerta del centro del vestíbulo, a un lado estaba la pequeña puerta. —Ajá, ahora solo necesito encogerme. —Volvió su vista a la mesita donde apareció una botella pequeña de tres o cuatro centímetros con un raro líquido rojo y tenía una etiqueta en el corto cuello que decía en letras al estilo Burton 'BEBEME'. Tomó la botellita y trató de quitar el corcho pero no salía, aplicó un poco más de fuerza —nació con una fuerza de veinte hombres en los brazos y tuvo que aprender a medirla para no romper todo lo que tocaba aunque nunca supo medirla propiamente—, siguió jalando hasta que lo logró pero en el proceso lanzó el corcho que fue a dar con la lámpara del centro rompiéndole una 'pata' a la araña, esta cayó en el piso haciéndose pedazos.

—Arruiné una bonita pieza, —dijo gimiendo antes de ver su desastre.

Entre los pedazos brillantes había una llave de diamante, diminuta como la que estaba en la mesita, Anne dejó la botella y se acercó a recoger la llave. Tomó un pedazo del cristal brillante que tenía forma de tapón de botella, a pesar de su tamaño alumbraba como un foco ahorrador de luz, decidió guardarlo (nunca se sabe lo que puede suceder) en un bolsillo de su delantal, se puso de pie nuevamente con la llave de diamante y regresó a la mesita.

—¿Para qué es esta llave? —se preguntó—. Lo averiguaré luego, ahora lo que importa es salir aquí.

Dejó la llave de diamante en la mesita, tomó la llave dorada y la botellita, estaba a punto de beberse el contenido cuando una duda llegó a su cabeza como un golpe y se detuvo en el instante.

—¿Y si esta no es la llave de la ratonera?

Sabía que solo tenía una oportunidad, si se equivocaba de llave no podría salir de ahí, aunque pudiera agrandarse de nuevo, no habría forma de volverse a encoger o al menos eso creía.

Viendo entre la llave en su mano (o en su dedo para ser específico) y la que estaba en esta mesita, pensaba en una forma de saber cuál era la llave de la puerta.

—¡Ah, claro! ¿Cómo pude olvidarlo?

Dejó la botella de nuevo en la mesita y tomó la llave de diamante, se dirigió a la pequeña puerta, probó abrir con la llave de diamante, no abría, probó con la dorada y sí, era la correcta desde el principio. La puerta daba a un estrecho pasadizo, no más ancho que una ratonera, se agachó y al otro lado podía ver un magnífico jardín. Satisfecha, se sentó y observó dos las llaves en cada mano (o cada dedo).

—¿Qué abrirá esta llave entonces? —dijo murmurando mientras miraba la llave de diamante un momento.

Se guardó la llave de diamante en el otro bolsillo de su delantal y se puso de pie para ir por la botellita.

Cuando tenía la botellita nuevamente en su mano se le ocurrió una pequeña idea que probar. Bebió la mitad de la botella y como esperaba, por su garganta habían pasado una extraña mezcla de sabores pero no los que esperaba: kalakkuko, ramen, hongos de campo, tarta de manzana y cereza, pastel de chocolate y licuado de fresa.

—Qué curiosa sensación—, en efecto, había encogido pero solo la mitad de su tamaño original.

—La mitad del líquido, la mitad de los efectos. ¡Qué cosa!

Entonces se bebió el resto y al instante volvió a encoger, ahora medía 25 centímetros.

Iba a acercarse a la puerta cuando sintió que faltaba algo, —tenía una idea de lo que era pero no quería aceptarlo—, buscó en el suelo, en sus bolsillos pero era inútil si sabía en donde estaba la llave, en algún momento debió colocarla en la mesita cuando bebía de la botellita. Miró hacia arriba, la llave estaba en la orilla de la mesita, se pegó la frente con la palma de la mano.

—¡Torpe! —Se dijo a sí misma —Se suponía que eso no debía pasar.

Vio una vez más la puerta antes de llevarse las manos a la cara en frustración.

—¿Y ahora qué hago?

Quiso caminar para calmarse pero se tropezó con algo al primer paso y cayó de bruces en el piso, se giró media vuelta para sentarse y vio que tropezó con una pequeña cesta llena ciruelas verdes con tonos amarillentos y anaranjados que casi parecían duraznos, tenía una nota en el centro de la asa que decía 'CÓMELAS'.

—¿Se supone que creceré con esto? —dijo al tomar una ciruela, no pudo evitar ser sarcástica—. Bueno, ya puedo pensar que sigue en esta historia.

Sin pensarlo, le dio la primera mordida, sabía como a naranja, limón, toronja, lima y mandarina, por dentro era roja. ¿Debía comerlo todo? ¿Pues, porque no?

—¿Qué más podía suceder?

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