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 Convocamos a escribir un cuento policial

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MensajeTema: Convocamos a escribir un cuento policial   Jue Ago 02, 2012 3:42 pm

Un crimen, una explicación y un desenlace,
en mil palabras aproximadamente.

Puedes enviar todos los que quieras, inéditos o no,
al correo rodricur@hotmail.com
poniendo nombre, ciudad y país,
y la palabra RECETA en referencia
para que no se escape ninguno.

Todos los autores recibirán un diploma
en agradecimiento por participar
y todos los cuentos subirán a un post de nuestra página
para que los compañeros puedan disfrutarlos.

Y además, serán publicados en el Suplemento
de la Revista Digital
de Letras y Algo Más de septiembre,
ilustrados y editados, para nuestros cinco mil lectores.

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Jue Ago 02, 2012 3:55 pm

Homicidio del libro abierto



Un poeta muerto en una playa solitaria.

Extirpados los ojos con pinzas femeninas de belleza,
boca mordida con besos furiosos,
manos atadas con portaligas fragantes a algas;
en el pecho un libro de Lord Byron
atravesado con una estaca.


Una mujer corre por la orilla, un hombre nada bajo las olas.
Ella flagela el corazón que sostiene en la mano izquierda,
él bebe su caldo rojo.


Una ola, nadan. Dos olas, desaparecen.

En la playa una nota:
“A los poetas románticos los mata las sirenas”.

Ruido, patrullas. Ruido, detectives.

Cantos hipnóticos.

Silencio…




©Gilberto Palacios.
Osorno. Chile.

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Vie Ago 03, 2012 12:58 am

Bueno, mi historia trata de…


Ésa tarde de verano, me acuerdo. Yo sentada con mi hermano mayor
Exequielcomiendo naranjas. Y llegó mi madre del trabajo con su traje
azul, que nunca me gustó pero no se lo podía decir. No importa el valor
sino el significado, decía. Se sienta junto a nosotros y nos cuenta
como la pasó en el trabajo. O hablamos de viejas historias, de cuando
éramos chicos.

Bueno, me acuerdo que una de esas tardes mi madre nos contó que
cuando era chica entraron a robar a su casa y ella estaba junto a su
padre y hermanosporque su madre en ese entonces trabajaba de
noche. Disfrutaban de la televisión cuando sintieron ruidos en el techo.
¡Vayan todos al cuarto que voy a llamar a la policía!, dijo el padre.

La policía llegó cuando los ladrones estaban en el fondo tratando de
robar la garrafa. ¡Quietos!, les gritó uno. Salieron corriendo e intentó
perseguirlos. No pudo, le dispararon en una pierna. Quedó quieto en el
piso.

El padre, según sus palabras, fue corriendo a ayudarlo tratando de ver
si no estaban los ladrones. Lo agarró y lo entró. No le pudieron ofrecer
mucho porque eran pobres y no tenían lo suficiente. Todos salieron del
cuarto y vieron al policía sangrando. Se pusieron a llorar y preguntaron
qué pasaba. Angustiado, el padre dijo que se calmaran y lo ayudasen.
Trajeron agua y le empezaron a poner un pañito mojado en la frente.

El policía, agradecido, después que se curara los empezó a ayudar
yendo todas las noches a acompañar al padre para cuidar a los niños si
lo precisaban. A partir de ese día los niños empezaron a encariñarse
con el policía y lo trataban como si fuera familia.

Para mí esta historia quedó marcada porque lo que los niños y el padre
hicieron por el policía y que el policía respondiera así, estuvo bien. Uno
puede ser pobre pero con un granito de arena puede ayudar a quien
pueda, sea quien sea esa persona.



Mary Lencina
Santa Lucía, Uruguay.

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Última edición por antifaz el Sáb Ago 04, 2012 12:20 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Vie Ago 03, 2012 5:05 pm

Suceso en la playa



Aquel verano tuve unos nuevos vecinos durante mis vacaciones en un
pueblo cerca de Alicante que le dieron a mi estancia un especial interés.
Era una pareja mayor acompañados por una mujer joven que supe era su
hija cuando les dio el tratamiento de padres.


Por mi interés en la observación de cuanto acontece alrededor acompañada
de la habitual intuición de las personas de edad avanzada, adiviné que,
aquella muchacha, se sentía desgraciada. Desde mi ventana, divisaba la
suya y pude contemplar cómo, en la soledad de su habitación, lloraba
desconsoladamente, eso confirmaba mis sospechas.


Mi casa hacía esquina en la pequeña urbanización por lo que disponía de
una amplia visión tanto de la calle como de la carretera donde había un
terraplén cubierto de plantas, matojos y cactus, poco frecuentado por la
peligrosa posibilidad de una caída.


Una noche, mientras descansaba en la terraza, vi como la muchacha,
atravesaba la carretera con precaución para no ser observada, se introdujo
entre los matorrales del terraplén, algo bastante peligroso en la oscuridad
nocturna y desapareció.


Al poco rato, salió ligera, mirando a izquierda y derecha, se dirigió
rápidamente hacia su casa y todo volvió a quedar en soledad. Extrañada
ante aquel hecho fuera de lo común, me pregunté la razón de aquella visita
a la inseguridad del terraplén sin sacar ninguna conclusión pero, el suceso,
daba vueltas en mi cabeza buscando una argumentación.


Mediada la mañana del día siguiente, comprobé cierto revuelo en la casa
vecina cuando dos hombres salidos de un coche policial, se identificaron
como inspectores de policía. Para no parecer excesivamente cotilla, me
quedé en casa y esperé acontecimientos. Al poco rato, llamaron a mi
puerta y se identificaron como los inspectores, Ruiz y Ortega. El mayor,
hombre fornido y cincuentón, me preguntó si había oído o visto algo fuera
de lo común en la familia de mis vecinos.


-No. yo no he visto nada extraño…

-¿Sabe si han recibido alguna visita o ha oído alguna discusión?

-No- respondí - Son personas silenciosas y poco dadas a comunicarse.

Fue lo único que se me ocurrió decir aunque me quedé con deseos de
explicarles la extraña visita de la muchacha al desnivel de la carretera, sin
embargo, preferí callar.


-¿Puedo saber qué ha pasado, inspector?- pregunté curiosa.

-Se ha encontrado el cadáver de un hombre apuñalado a quien se relaciona
con la joven de esa vivienda. Era su jefe en la empresa donde trabajaba- me
miró expectante como si yo pudiera dar alguna aclaración al hecho y ante
mi silencio, dijo:


-Si recuerda algún suceso que haya olvidado, le ruego se ponga en contacto
con nosotros- Dicho esto, me entregó su tarjeta.


-Así lo haré- respondí y sin dar más explicaciones, se marcharon.

Sería obvio explicar mi desasosiego por aquel hecho inesperado. Desde la
ventana vi como se llevaban esposada a la joven y las lágrimas de la madre
me llenaron de compasión pero una pregunta golpeaba mi mente. ¿Qué
hizo la muchacha aquella noche cuando entró en el desmonte? Debía
averiguarlo, estaba segura de que aquel acto, implicaba la aclaración
del homicidio.


Una tarde, mientras observaba los matojos de la carretera, tomé una
decisión. Investigaría por mi cuenta. ¿Por qué a la muchacha se la
consideraba sospechosa del asesinato de su jefe? En estos casos difíciles,
siempre se sienten deseos de comunicarse con alguien para desahogar las
tensiones y, ni corta ni perezosa, me dirigí a casa de los vecinos para
ofrecerles mi consuelo.


Me recibieron con cierta reticencia pero, mi edad y el desahogo deseado,
me ayudó en mi idea. Me invitaron a un café y mientras dábamos buena
cuenta de la merienda, llevé la conversación hacia aquello que necesitaba
averiguar.


-Esto es terrible- decía la madre compungida –lo que más temo es que mi
hija se llevaba muy mal con el señor Lorenzo…- yo la miré extrañada, ante
mi perplejidad, me dio la explicación pertinente: -El señor Lorenzo era su
jefe. Trabajaba en una fábrica de zapatos en Alicante. Llevaba ya cinco
años allí y, aunque en principio estaba muy satisfecha con su trabajo, desde
laentrada en la oficina de una nueva administrativa que le había suplantado
hasta dejarla en un puesto de aprendiza, el jefe la despreciaba.


No necesité oír más. Existía una causa para el crimen pero… ¿era
suficiente? No me atreví a hacer más preguntas, podría ser ofensivo y me
marché con la decisión firme de llevar a cabo lo propuesto.


Antes del anochecer, fingiendo un paseo, me escabullí por el terraplén. La

chica tenía que haber hecho algo por allí aquella noche. Alumbrada con una
linterna, busqué entre las hierbas sin encontrar nada y cuando ya desistía, lo
vi. Entre unas matas crecidas de manzanilla silvestre, había algo envuelto
en papel de periódico. Le di con el pie, era pesado y lo cogí. Lo desenvolví
con cuidado y allí estaba. Un cuchillo no excesivamente grande pero con
suficiente hoja afilada para poder matar a alguien. Desde allí mismo llamé
con el teléfono móvil al Inspector. En un espacio de tiempo demasiado
corto que me sorprendió, se presentó en un coche policial y se llevó
el arma.


Fui a la comisaría para firmar un documento con mi declaración de cómo
había encontrado el cuchillo y, supongo que, en atención a mi
colaboración, el inspector me explicó lo sucedido. La chica tenía relaciones
amorosas con su jefe y la nueva administrativa la había desbancado en el
corazón del dueño de la fábrica aburrido de la misma amante. Esto no se lo
perdonó y conociendo los hábitos de su jefe, se acercó a la oficina una tarde
en la que sabía se encontraba sólo. Después de una discusión, lo mató
de varias puñaladas.


Fue condenada a unos años de prisión y la casa donde veraneaban, se puso
en venta. Yo volví a Madrid con el ánimo bastante contrito. Me remordía la
conciencia pero el inspector me tranquilizó al explicarme como, la chica,
derrumbada en el interrogatorio, había confesado. Ese fue el motivo de su
rápida llegada al lugar donde yo encontré el cuchillo. Venían de camino
cuando recibieron mi llamada.


A partir de entonces se ha intensificado mi interés por los sucesos
policiales… El caso es que, a mi sobrino Javier, astuto abogado
criminalista, le ha dado por llamarme “Missis Marple”… (¿??) Y no sólo
eso, sino que dice, contará conmigo para resolver sus pleitos…
¡Ay Dios mío…si es que me meto en unos líos… a mi edad!!




Xanino
Magda Rodríguez Martín
Madrid, España.

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Sáb Ago 04, 2012 12:03 am

La Hiena de San Antelmo.



A la orden del juez, el fiscal asintió solemnemente a uno de los
guardias y este accionó la palanca. Dos mil quinientos voltios
recorrieron el cuerpo de aquel infeliz. La ley de Tennessee
estipulaba ocho segundos de electrocución pero al juez no pareció
importarleque pasaran más de quince. Para esto, ya el condenado
había muerto. Los ojos colgaban de sus cuencas; la boca, oídos y
nariz humeaban. El olor a sangre y carne quemadas era
insoportable en el recinto. Uno de aquellos guardias pensaba en lo
difícil que sería despegar la piel achicharrada de la silla eléctrica.

Minutos antes de la ejecución, en la cercana Iglesia de San Antelmo,
un policía se confesaba ante el cura.


-¡Me confieso, Padre; voy a pecar!


Después de persignarse y bendecir al policía, el cura pregunta:


-¿Vas a pecar, hijo? ¿Tú, una de mis más blancas ovejas?

-¡Sí, Padre! Voy a pecar, voy a matar.

-Dios guiará tus caminos y alejará de ti ese mal pensamiento...

Luego de confesarse, el policía se dirigió a la penitenciaría. Justo a
las nueve de la noche daría inicio el protocolo de la ejecución. Y,
mientras en la sala de ejecuciones un cuerpo crujía y chirriaba, en
una celda contigua aquel policía se daba un tiro en la sien. En el
bolsillo interior de su chaqueta se leía esta nota:


"No se culpe a nadie de mi muerte. Le seguiré hasta el infierno y allí
le mataré una y mil veces".

Uno de los tantos titulares de los diarios decía:

"Le siguió hasta los infiernos. Ayer, alrededor de las nueve de la
noche mientras Frankie Jackson era ejecutado, el inspector de
policía Edgar Allen se suicidó. El jefe de policía no dio más datos al
respecto pero como informamos hace unos meses, la esposa y los
dos hijos pequeños de Allen habían sido salvajemente masacrados
por la Hiena de San Antelmo, como se le conocía a Jackson, quien
confesó haber asesinado a más de una treintena de victimas. Datos
extraoficiales confirmaron que según nota póstuma del inspector, se
suicidaba para seguir a Jackson hasta el infierno.



ElAngelCaido

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Sáb Ago 04, 2012 1:47 am

Marcela



No sé cómo terminó ahí. Tal vez estaba en el lugar equivocado, en el
momento equivocado (con la persona equivocada). Pero no he perdido la
fe en é Sé que puede empezar de nuevo. Le va a costar.


Hace unos seis meses, Julián, mi compañero de trabajo, descubrió la
puerta de entrada violentada cuando llegó a su casa. Al ingresar, lo único
que estaba en su sitio era el plato del perro. El perro yacía herido en la
cocina (viviría unos días más). Su mujer, había desaparecido.


-Laura, acompañá a Julián a la seccional -sugerí en voz baja a la psicóloga
del equipo que se había hecho presente a pedido del comisario. -Nosotros
nos encargamos -agregué señalándole con gestos que se venía una
situación difícil para Julián. Luego de verlos marcharse, me acerqué a mis
compañeros. -Carlos, Pablo, tomen todas las huellas que puedan. Creo
que estamos frente a algo más.


-Pero no es el procedimiento, Marcela -protestó en tono conservador Pablo.

-¡Lo sé! Es uno de los nuestros. Y uno de los mejores. Por suerte, si algo
hay que lo caracteriza, es su profesionalidad. Y no ha tocado nada. Así
que. tendrán más de un detalle para guardar. ¡Vamos! -señalé con
firmeza. Podré haber dejado caer mis sentimientos pero no mi confianza
en la justicia. Suspiré esperando encontrar algo que nos indicara un
camino. No soy muy religiosa pero elevé una expresión de deseo por
Karla, la mujer de Julián (por él).


Dos meses duró la tortura. Dos meses la incertidumbre y la impotencia. No
sólo nos sentíamos inútiles para ofrecer seguridad y respuestas sino como
amigos. Ni una llamada. Ni una misiva. Hasta que un taxista ingresó en el
despacho dejando caer su llavero y la noticia del hallazgo de un cuerpo.
No pudo dar muchos datos. Irreconocible. Sin embargo, lo que intuimos
en la brevedad lo comprobaron los peritos: femenino, de unos treinta años,
un metro sesenta y ocho de altura. Preferimos ahorrarle los detalles
menores a Julián, pero no pudimos ahorrarle el momento de identificarla.


Veinte días estuve tratando de averiguar, te aseguro. No dormía, apenas
descansaba unas horas. Me metí de incógnito como cadete en un antro
que usaba de pantalla un negocio de productos importados de oriente. Ahí
lo vi una noche y casi quemo mi propio operativo. El la piloteó muy bien.
Mucho mejor que yo, te diría. Y tevuelvo a repetir. No pierdo la fe en él.
Fue entonces que decidí pagarle elmejor abogado.


-¡Pero, no entiendo! -me dijo acomodándose los anteojos mientras fumaba
un pucho tras otro. cuando le conté lo mismo que te acabo de mencionar.


-¿Qué es lo que no entiende?

-La relación del acusado con la víctima. Qué hacía ahí. Que vínculo tenía
con la célula criminal. Porque, y voy a hablar con crudeza, todo apunta a
un crimen pasional. Pero necesito que sea totalmente certera, clara y
completa en la información que me facilita si desea que la ayude.


-Sé que él se había enamorado de Karla. Ella, me consta, ignoró toda
insinuación de su parte. Pero no dejaba de ser la debilidad que iban a
cobrarse.


-Entonces, ¿debo entender que me dice que cree fehacientemente en
la inocencia del acusado y que el móvil no fue el despecho?


-Por eso le estoy pidiendo ayuda.

-Prosiga.

-Dos semanas más tarde de ese encuentro, me llamó ami celular a la
madrugada. Que quería que nos veamos, que se había guardado unos
días pero necesitaba aclarar las cosas conmigo. Esa misma noche,
nos reunimos en un garaje abandonado que era de un primo.


-¿Qué hiciste, pedazo de infeliz? ¿En qué andás metido?
¡Karla, gordo, era Karla!


-¡¿Qué decís, negra?! Te juro por la vieja que no le hice nada.

-¡No jures, infeliz! ¡Y menos por ella! Claro que sé que no la mataste,
pero, ¿cómo terminaste enredado en todo esto?


-Saqué un crédito para salir de la piecita, ¿viste?
Bueno, y no lo pude pagar.


-¿De qué crédito me estás hablando?
Te metiste con prestamistas pesados…


-Bueno, una cosa fue llevando a la otra y me endeudé mal.

Lo que más me costó fue enfrentarme a Julián. Explicarle lo de mi
hermano. Pero hasta en ese momento me demostró lo que es.


Si, le quisieron dar un susto dónde más le dolieray se les fue la mano.
Mi hermano quedó libre gracias al excelente trabajo de Carlos y Pablo, a la
investigación y al desempeño del abogado. Pero no he perdido la fe en él.
Sé que puede empezar de nuevo. Le va a costar. Hay dos perejiles que
están pagando en la cárcel (por la fuerza), los otros zafaron por “falta de
pruebas” (entre nosotros, alguien tiene muy buen codo para borrar algunas
cosas). Pero, ¿sabés? No por poco tiempo, espero. Porque les seguimos
el rastro y al menor descuido los agarramos. Fue durísimo, como que me
llamo Marcela, enfrentar a Julián cuando mi hermano estaba sospechado;
pero ahí nos ves.




sgrassimeli

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Última edición por antifaz el Mar Ago 07, 2012 4:12 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Dom Ago 05, 2012 3:32 pm

Una propuesta muy interesante. Me apunto.

Brillante "Homicidio del libro abierto", escueto, sanguinario, oscuro, poético, desgarrador y comestible. Me ha gustado mucho, enhorabuena.

Enhorabuena a todos. Buen trabajo.

¡Un saludo!
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Mar Ago 07, 2012 3:44 pm

Justicia por la injusticia



Caminó lentamente. Creyó haber visto algo que no podía creer.
No podía ser… Suelto en la calle como si la vida le sonriera.
Reía como si su consciencia estuviera limpia. Se ocultó detrás
de un árbol, él no la vio. Ella supo bien dónde entró. Su corazón
le latía, parecía galopar dentro de ella. La sangre le hervía a
borbotones. Su transpiración enfriaba su cuerpo aquella noche
de invierno espesa de niebla ni bien pudo confirmarlo. Era él. El
maldito asesino de su familia. Sin siquiera cumplir su condena,
reía y cantaba junto a otros al compás de cánticos políticos.
Esa macabra idea de soltarlos. La gente empujaba, ella no quería
estar ahí y justamente estaba protestando por ese tema. ¿Soltar
a presos por política? ¿En qué cabeza cabe? ¿Y la seguridad de
los ciudadanos? ¿Quién le devolvería a sus seres queridos? Les
fueron arrebatados por ese asesino sin sangre, sin corazón, sin
escrúpulos, sin arrepentimiento. Ese cálido día de verano cuando
entraron a su propia casa a robarle.

Su mirada se fijó, se vació, se enfrió. Se secaron sus ojos y las
lágrimas se fugaron hacia otros ojos. Parecía poseída. Caminaba
dura, como manejada por un control remoto. Nada la detenía.
No veía obstáculos, no sentía frío ni calor. Su mente obedecía
sólo a un estímulo fijo. Ese maldito asesino estaba ahí sonriendo,
saltando. Ella tenía que pararlo. En medio del tumulto había
gente por todos lados. Pancartas, policías, balas de goma…
policía. Parecía como si hubiera trazado un camino de ella hacia
él en medio de la muchedumbre. Parecía que sabía adonde iba,
pero no lo sabía. Su mente había quedado en blanco, sus manos
obedecían otras órdenes. La persona buena que había sido toda
su vida había salido momentáneamente a tomar unas pequeñas
vacaciones. Su paso era lento, seguro. De pronto llegó a él, lo
miró fijamente. Él la vio, no la conocía. La miró y no entendió mucho.
Luego, por milésimas de segundos, pensó y automáticamente
comenzó a sonreír de manera burlona. Ya sus manos estaban vacías,
¿qué podía hacer? Ella lo miró y también rió. Sus carcajadas se
confundieron por un instante, hasta que un sonido ensordeció a la
muchedumbre. Él cayó lentamente mirándola. Ella seguía riendo.
A su lado había un policía que él no había visto y al cual, de manera
veloz, le había arrebatado la nueve milímetros. Y levantósu pancarta.
En ella decía: “Justicia por los abuelos de la inseguridad”. Él ya
no decidiría sobre la vida de nadie más.



Stella Maris Sanhueza
Buenos Aires, Argentina.

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Miér Ago 08, 2012 12:15 am

En la morgue



¿Qué estás haciendo? Casi es media noche.

Pensando.

¡Diablos, qué frío hace aquí!

Es por el cuerpo.

Sí, este. Parece más joven, ¿no? Un angelito.

La muerte tiene eso.

Pues yo espero verme horrible cuando me toque. De puro viejo. ¿Firmaste?

Todavía no.

¿Qué te falta?

Nada. Terminé a las seis.

¿Entonces? Quedamos en sobredosis. Accidente o suicidio, no importa.
Nosotros pondremos accidente.


Claro.

Te recuerdo que Su Señoría está esperando para cremarlo.

Ése es el problema.

¿Qué estás insinuando?

Hay otra probabilidad.

¡Ah, no! Descartado. En el dormitorio, de madrugada, casa segura. El único
que tocó el cuerpo fue el padre. Por la mañana, tratando de despertarlo.
Ningún indicio de intromisión. Él en su habitación y Su Señoría durmiendo
en la suya. Del perro no sospechamos. Se revisaron todas las posibilidades,
por el trabajo del padre y por lo del accidente. Su Señoría quedó satisfecho.


La niña tenía nueve años.

Exacto, hace un par de meses. Cruzó con imprudencia y no pudo evitar
atropellarla. Hubo varios testigos.


Eso, después de los abogados.

Para eso son, la Ley y la Justicia. Sé que minimizaron
al máximo la responsabilidad del conductor. Talvez hablaba por cel o una
chica lo distrajo, pero fue una desgracia. En cuanto a imprudencia…
tratándose del único hijo de Su Señoría…


¿Y los padres?

Personas normales, todavía de duelo. Quizás hagan una demanda civil y
saquen sus buenos pesos, no lo sé. Pero otra cosa, no. Hubiera entendido
que el padre lo acribillara a balazos o que la madre le echara el auto encima,
pero no los imagino contratando a un profesional. Ni el mejor haría un trabajo
tan limpio.


Revisé todo el cuerpo varias veces. Este es el único pinchazo.

El primero y el último. De acuerdo, talvez se suicidó. Tenía veinte años, a esa
edad son muy emocionales y debe ser difícil cargar con la muerte de una niña.


Pero el fin de semana estuvo en una disco.

Sí. Habrá intentado seguir con su vida y no pudo. Su círculo íntimo es buena
gente. Candidatas a novia, parejas amigas, un primo… nada extraño. Yo diría
que para su edad era bastante tranquilo.


¿De dónde salieron las drogas?

No se sabe, siempre quedan preguntas. Dije tranquilo, no estúpido. El que
busca encuentra. Yo también creo que se suicidó. ¡Pero que quede acá,
¿eh?! Un paso en falso y la quedamos nosotros.


¿Pero por qué eligió las drogas?

En realidad, no era tan santo. En la disco había ingerido pastillas.

Hay una buena diferencia.

Sí, bueno. Pudo ser para castigar al padre. Su Señoría es uno de los jueces
más rígidos del sistema y esto, de alguna manera, es una mancha en su
impecable historial. Talvez era muy estricto también en casa. No debió ser
muy comprensible con el hijo, la reprimenda habrá sido durísima aunque
nunca nos enteremos.


¿Y por qué no dejó que el sistema se encargara, como con cualquiera?

¿El hijo de Su Señoría detenido? Aunque rechazara los favores para ayudarlo
no evitaría el escarnio. En su esfera hay tantos lobos como en cualquiera y
los chismosos son plaga en todas partes.


Antepone su carrera.

Pero no porque sea suya sino de la Nación. Es un verdadero servidor público.

Las drogas son la clave.

Vas a precisar mucho más que eso. No tenemos tiempo y sólo Su Señoría
podría invitarnos a continuar. En cuanto al muchacho, entregás el cuerpo,
lo creman y adiós. Nunca sabremos qué pasó.


Saberlo es fácil, lo difícil es probarlo.

¿Estás loco?

Te apuesto a que habrá otro accidente.

¿Más sobredosis?

No, algo acorde a su reputación.

¡Sería terrible!

Vos lo dijiste. La Nación está por encima de todo.

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Miér Ago 08, 2012 12:54 am

Excelente,sigo con atención estas entregas.
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Jue Ago 09, 2012 5:29 pm

El extraño asesinato


Ramona llegó puntualmente a las ocho de la mañana, como hacía desde
casi veinte años. Había entrado a trabajar con doña Raquel cuando aún era
una adolescente. Aquella señora de rostro serio, delgada, esbelta, le había
tomado un especial cariño y depositaba en ella toda su confianza al punto
de darle un juego de llaves de la casa.


Ramona había pasado por la panadería como de rutina. Sabía que a la
señora le gustaba desayunar té acompañado con pan y mermelada. Todo
se desarrollaba con normalidad, jamás imaginó lo que hallaría al cruzar la
puerta. Se sonrió al percatarse que la ventana que daba al jardín lateral
estaba abierta. Sabía que la señora muchas noches disfrutaba sentarse
cerca de la ventana y dejar que el aire fresco acariciara su ya anciano
rostro mientras imaginaba un mundo fantástico en la sombra de los árboles
del jardín. Más de una vez había amanecido allí y otras tantas había dejado
abierta la ventana, por lo cual Ramona no se sorprendió.


Abrió la puerta y fue derecho a la cocina a dejar las cosas y a poner el
agua para el té. Y de allí, casi como por inercia, se dirigió al dormitorio de
doña Raquel. Ésta no protestó cuando Ramona abrió las cortinas y el sol
le dio en su cara. La falta de ese cotidiano monólogo le llamó la atención.
Se dio media vuelta y la vio tendida sobre la cama, la boca entre abierta y
sus ojos azules sin brillo mirando al techo.


Ocho y treinta y cinco llegaba el Jefe de Policía González acompañado de
un grupo de peritos que pronto cercaron la casa. Ramona lloraba
desconsolada en un sillón cuando el Jefe González se le acercó y
comenzó a preguntarle:


-¿No notó nada raro está mañana al llegar?


Un “no” entrecortado salió más por un ademán de la cabeza que de las
cuerdas vocales de Ramona, que sonaba su nariz en ese momento.


-¿Qué me dice de la ventana?


-A veces queda abierta, no estaba forzada ni nada.


-¿Cuándo fue la última vez que vio a la señora?


-Ayer a las siete de la tarde, me despedí de ella como todos los días. Le
expliqué qué había para cenar y ella me dio la lista de las compras de hoy.
Todo normal, como siempre.


-¿La notó nerviosa, ansiosa, recibía visitas?


-No, estaba calmada como siempre. No era de recibir visitas, es más, creo
que yo soy la única persona que ha entrado en esta casa por años. A no
ser por el jardinero, que de todos modos, no entra más que a la cocina.


Los peritos técnicos revisaban el lugar mientras el forense el cuerpo sin
vida de la señora. Le sorprendió el gesto de espanto de su rostro, además
de las manchas de color morado sobre él. Pudo determinar que murió por
asfixia aunque no había marcas en su cuello.


No se encontraron huellas ni señales de lucha, obviamente el atacante la
sorprendió durmiendo y no le dio tiempo a reaccionar. Pero lo que más le
llamaba la atención y desconcertaba a González, era el móvil. No faltaba
nada en la casa. Las joyas, dinero y artículos de valor, estaban en su lugar.


No tenía familia que pudiera buscar su muerte para cobrar la herencia.
Sencillamente, no tenían móvil del crimen y hasta el momento, la única
sospechosa era Ramona.


El cuerpo de doña Raquel fue llevado a la morgue mientras los
investigadores revisaban la cama en busca de más pistas.


-¿Tenía alguna enfermedad la señora? -volvió a interrumpir González el
llanto de Ramona.


-No señor, sólo años. Muchos años, fuerte como un roble. La única vez
que se descompuso fue por una alergia, después nada.


González se rascaba la cabeza en señal de desconcierto mientras
caminaba por el cuarto de la víctima. No había móvil, no tenían
sospechosos, no había signos de lucha. Pero la señora Raquel había sido
asesinada.


Sólo bastó un imprevisto para que González, reconocido porque jamás
había dejado un caso sin resolver, encontrara al asesino. Y fue
precisamente cuando al intentar encender un cigarrillo se le cayó el
encendedor. Allí, bajo la cama, estaba la asesina. En silencio, agazapada,
sin mover ni una de sus ocho patas, estaba la araña negra que había
matado a la Señora Raquel de un shock anafiláctico que inflamó su laringe
hasta asfixiarla.




Mateo
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Vie Ago 10, 2012 4:31 pm

Púrpura.



Despertó a la mañana siguiente. Sin ropa, una bolsa de viaje completamente
llena de dinero, unas botellas de ginebra por el suelo y un grito hecho añicos
en la garganta que se le escapó sin querer. Por el ojo de la cerradura, justo
antes de que la llave de sus secretos se deshiciera con el alcohol. La
llamaban Ípila (*) de la Muerte. Su piel había tomado un tono café tostado
que hacía tiempo había dejado de combinar con su talento asesino.
¿Cuántas muertes podía llevar a cuestas ya? Tal vez cuarenta y tres o
puede que mil ciento dos. Había perdido la cuenta desde el último trabajo.
Pero esta vez, la conciencia se le había pegado en el posavasos de la
mesita de noche, en un hotel de carretera mugriento y enmohecido. No le
preocupaban las huellas que había dejado por toda la habitación. Ni el olor a
sangre seca ni el dinero, ni siquiera el hecho de que el dueño del motel
llevara un rato aporreando la puerta y gritando medio descompuesto: “¿Qué
ha pasado ahí? ¡Abra la puerta o llamo a la policía!”. No. Lo que realmente le
inquieta es que, desde hace aproximadamente tres segundos y medio, ha
perdido la vista. Lo más raro aún es, que únicamente cree divisar los objetos
cuando el señor grita a través de la puerta. Entonces todo lo percibe de color
rojo. Es la primera vez en toda su vida que experimenta eso que algunos
denominan pánico. Pero no sabe si es por el hecho de verlo todo en un tono
encarnado o si es porque la visión se le activa con los gritos del propietario,
que hace un momento se han escabullido con sus pisadas de gigante,
probablemente en busca de un teléfono para notificar que algo raro está
pasando en la habitación treinta y dos.


No puede ver nada y desde hace apenas un segundo, tampoco puede
articular palabra. Está perdiendo el olfato y sus extremidades no dan señales
de querer moverse. ¿Qué diablos le está pasando?


Ocho horas antes…

-¡No te saldrás con la tuya, zorra miserable!

-¿Cris? ¿Qué haces a…?

-¿Qué hago aquí? ¡Quiero lo que me pertenece! ¡Devuélvemelo!

-Pero si estás… si yo… ¿Qué quieres?

-¡Quiero mi vida! ¡Mi vida, maldita puta! ¡Me la jugaste! ¡Yo confiaba en ti!

-Yo no pude… No dependía de mí, tan sólo cumplía ór… -Antes de que
pudiera terminar la palabra sintió un leve pinchazo en el estómago, que poco
a poco se hizo más y más agudo, como la traición, como el veneno.


-Duele, ¿verdad? Nunca tuviste escrúpulos. Eras capaz de vender a tu propia
madre con tal de ganar pasta. ¿Qué pasa, a mí no me esperabas?


-¡Ramírez! Tú… también estás…

-¿Muerto? Claro, maldita furcia, Después del polvo tan achicharrante que
echamos me la clavaste doblada. Y no me refiero a la polla precisamente,
sino a tu aguijón venenoso. ¡Creo que no te gustó mucho el hecho de que te
diera por culo! -Y en ese momento sintió otra estocada, esta vez en el pecho.


-Y de mí, ¿te acuerdas?

-Y yo, ¿qué?

-¡Y yo!

-¡Ja, ja, já! ¿Asustada? Eso no te pega a ti. Tan soberbia, tan jodidamente
arrogante y tan sumamente zorra. ¿Ahora temes?


-¡Y yo!

-[…]

De pronto, toda la habitación estaba completamente llena de insultos y
cuentas pendientes. Tal vez eran cuarenta y tres o puede que mil ciento dos
personas, perdió la suma. Al igual que no se atrevió a contar las puñaladas
y golpes que recibió. La sourire poison que sus víctimas veían resplandecer
antes de embarcarse en el buque de la muerte. Se invirtió en el espejo de su
alma, o de lo que quedaba de ella. De nada sirvieron los lamentos y los
rezos de último momento, el daño ya estaba hecho.


Doce horas después, cuando la policía consiguió echar la puerta abajo y se
encontró con la escena del crimen, los agentes pusieron cara de sorpresa
cuando el dueño del hotel aseguraba que había oído mucho jaleo y que no se
explicaba, después de ver el panorama, cómo podría haber pasado. Los
inquilinos de las habitaciones vecinas también aseguraban haber oído mucho
ruido y voces. Nadie podía explicarse entonces, que sólo hubiera un cuerpo
en la habitación.


Sabía que le iba a caer un puro cuando confesara, pero el morbo le había
saqueado hace rato el temor de las entrañas y no le quedó otra opción que
señalar dónde había instalado una cámara secreta para grabar las escenas
de cama de sus ocupantes y celebrarlo consigo mismo en la trastienda de la
recepción, por supuesto, con una buena botella de vino; ¿qué menos? “Todo
sea por descubrir la verdad en casos de emergencia, señor agente; por eso
la instalé”. Recitó nervioso, pero convencido, el propietario del motel.


Cuando pulsaron el play y vieron la imagen, más que terror, todos sintieron
lástima. Nadie se explicaba cómo la sicaria más buscada en todo el país se
había atizado un sinfín de puñaladas y golpes por todo el cuerpo con toda
clase de utensilios que había encontrado en la habitación mientras gritaba
colérica mirándose al espejo.


Cuando uno de los agentes se disponía a cerrar la bolsa, sintió un leve
desmayo justo en el momento en que la cremallera se atascó en la barbilla,
y su mirada se posó en esa sonrisa, ahora púrpura, que otrora atizó las
llamas del túnel que ahora la conduce directamente al infierno.




(*) Ípila: o infusión de ípila, es un veneno de tipo digestivo
compuesto de unas hojas marrones, como el té común.

Efectos: atonta los sentidos y la capacidad de reacción y
concentración, dejando a la víctima con una débil actividad
física o mental.




Encoma ilusoria.

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Sáb Ago 11, 2012 4:45 pm

Y nunca más volvió



Detuve el coche a escasos doscientos metros del mar, la casa era ésa.
Solís 181. De un vistazo noté raídas de blanco las paredes y las puertas,
los herrajes coloniales con incrustaciones de óxido, el barniz enmohecido
escapándose de las maderas del tejado y variados yuyos asomándose
airosos desde las juntas de los zócalos. Las construcciones linderas
ucían en mejor estado.


Entré el auto por el camino de lajas y lo estacioné bajo un pino de larga
data. Al abrir la puerta trasera un fuerte vaho húmedo invadió mis fosas
nasales. La señora Francisca quería ponerla en condiciones, tenía la
firme idea de alquilarla en la próxima temporada.


Para el verano no faltaba mucho tiempo. El clima costero es implacable y
la casa estuvo cerrada desde unos meses antes que desapareciera su
esposo. Si mal no recuerdo, ya más de cuatro años. Era notorio el
deterioro.


Estando el señor Augusto hacían viajes periódicos para ventilarla,
solucionar cualquier deficiencia… en fin, el mantenimiento necesario.
Solían usarla en vacaciones o en fines de semana largos, casi siempre
con matrimonios amigos.


La señora estuvo unos meses internada, producto de la
depresión sufrida cuando ocurrió lo de su marido. No era para menos.
Un buen día el señor salió a hacer unos trámites y nunca más volvió.


Los investigadores sólo contaban con dos pistas, su auto era una de ellas.
Apareció un tiempo después correctamente estacionado en un pequeño
pueblo serrano de la provincia de Córdoba. Y la otra, era la extracción
bancaria. Augusto había retirado cierto dinero de su cuenta el mismo día
que se volvió fantasma. Sin embargo, no fue eso lo que la condujo a su
estado depresivo.


Se tejían conjeturas innumerables y la esperanza de recuperar a su
esposo no declinaba. El identikit de los diarios sólo sirvió para atraer
oportunistas. Después de seis meses ocurrió algo inesperado, eso fue lo
que provocó su profunda tristeza.


Una nueva mucama de origen paraguayo, fuerte, robusta y muy
trabajadora, fue la hacedora del hallazgo. Dando vuelta la biblioteca
encontró un lugar secreto, quedando al descubierto que el señor Augusto
llevaba una doble vida. Recuerdos y cartas de amor con destino a una
casilla de correo, demostraron que esa relación arrastraba más de veinte
años.


La tercera en cuestión era de nombre Beatriz y los sellos de sus envíos
pertenecían a una sucursal de correo de Mercedes.
La policía pudo saber
que en esa ciudad y en aquél entonces, una tal Beatriz Solano había
abandonado al marido y sus dos hijos sin dejar rastros.


Los posteriores trámites y peritajes corroboraron la presunción. Habían
escapado juntos.
La señora Francisca nunca más quiso ir a la casa de la
costa, decía que ahí reflotarían recuerdos y ya no tenía
sentido.


Abundaban los candados y las cerraduras. El evaporado Augusto era
maniático de ese tipo de cosas, le ponía cerrojos hasta a los cerrojos.
Cuando la señora me dio el pesado llavero, también me hizo saber la
clave de la alarma. pero no estaba conectada o se había deteriorado.


Revisé toda la casa; descubrí filtraciones, distintas roturas, bombas de
agua descompuestas. No vale la pena detallar más, ponerla en
condiciones iba a resultar una ardua y costosa tarea. Hice mis cuentas
y le comuniqué una cifra estimativa. La aprobó, ahí quedaría hacinado por
lo menos dos meses.


Esa noche me arreglé como pude y a la mañana siguiente fui presuroso
al centro buscando un ayudante y un bombista. El agua era imprescindible.
Los ayudantes brillaban por su ausencia, no pude encontrar uno. Al
mediodía vino el bombista. Él mandaría a uno de sus hijos para cubrir mi
necesidad.


El hombre era campechano y trabajó duro, no quería irse sin darme agua.
Sólo lo logró parcialmente, para bañarme tendría que calentarla ya que
había que reponer la cañería de subida al tanque. Alguien intentó arrancarla
con el fin de llevársela, estaba en mal estado. Seguramente la dejaron por
eso y tampoco convenía arreglarla. El buen hombre juntó sus herramientas
cayendo la tarde.


Eran las nueve de la mañana cuando paró la camioneta frente a la casa.
Pedro, el bombista, venía con alguien más. Traía caños y una alta escalera
que usaría para subir al tejado. La de la casa no servía más, la encontré
tirada en el pasto cerca de la galería. Lo que quedaba de ella ayudaría
para el fuego de la parrilla. Con lo puntilloso que era el desaparecido amante,
bien pudo haberla protegido. El muchacho que venía con Pedro era su hijo.
Colaboraría con el padre y en lo sucesivo sería mi ayudante.

Juancito ayudaba al padre con la terraja y entre medidas y roscas pasaron
gran parte del día al tiempo que me dediqué a desincrustar una ventana,
reparar revoques caídos, ventilar, barrer… En definitiva, clarificar la escena
para encarar un montón de tareas que llevarían su tiempo.

Tomar café me pareció una buena idea. Eran las cinco de la tarde y sólo
restaba el último parante para llegar a la entrada del tanque. Admito que la
impronta de mis palabras pudieron parecerse más a una orden que a una
invitación, quizás lo hice para no escuchar el reiterativo “¡No, gracias!” tan
habitual en ellos. Dije, “Juancito, avisale a tu papá que baje y vengan a
tomar una taza de café. Ya está servido”.

Era gente de cuantiosa valía, poseían humildad y educación. Desde la
cocina escuchaba claramente al hijo repitiendo el estribillo, “¡Papá, papá,
dice el señor que bajes a tomar café!”.Luego de insistir varias veces, se
acercó y preocupado, dijo, “Señor, mi padre no contesta. ¿No sé porqué no
me escucha?

Abandoné lo que esta haciendo y trepé por la escalera. Al asomarme al
tejado lo vi, estaba sentado sobre las resbalosas tejas sosteniendo la tapa
del tanque y con los ojos exorbitados. “¡Pedro, Pedro, que le pasa!”,
exclamé. No me contestó, parecía petrificado.

Pasadas las once de la noche, Pedro, Juancito y yo luego de declarar,
salíamos de la comisaría. Dentro del tanque había dos cadáveres en estado
irreconocible y una bolsa con una nota.




Reinaldo Chetto
Buenos Aires, Argentina.

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Última edición por antifaz el Dom Ago 12, 2012 2:56 am, editado 2 veces
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Dom Ago 12, 2012 12:46 pm

Ya vendré a leerlos con atención para ver si aprendo a escribir sobre este género.

Me llama la atención que Jaime Olate no está participando....

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Te invitamos a que dejes comentarios en los post de tus compañeros. Al igual que tú, también ellos merecen ser comentados. Gracias[/b][/center]
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Mar Ago 21, 2012 9:08 am

Silente complicidad


La mujer estaba fuera del hogar rodeada de animales, que además la orinaban.
Parecía un retrete de pájaros, gatos, perros. Un borracho que trataba de
desocupar su vientre tropezó en la oscuridad y se durmió en aquella suciedad.
Despertó con los primeros rayos del sol y el agudo canto del gallo en la lejanía.
Se desorientó más al ver el radio patrulla que se lo llevó detenido sin preguntar
y sin dar una sola explicación.


Maryluz llevaba treinta y cuatro años trabajando en el hogar de ancianos.
El velatorio estaba lleno de gente murmurando sobre lo que habría pasado.


Algunas de las auxiliares, las más antiguas que eran dos o tres, trataban de
justificar sus últimos actos haciendo mención a sus primeros años de trabajo.
Que en 1985, para el terremoto, ella embarazada de seis meses logró sacar
a todos los abuelos antes del derrumbe del antiguo recinto. Apenas tenía
quince años. Pues sí, eso fue algo muy loable.


No obstante, las nuevas trabajadoras decían que no tenía vocación ya que
para trabajar en un hogar de ancianos se necesita mucho más que experiencia.
Maryluz ya estaba cansada, el tiempo se llevó el cariño y la abnegación que
mostraba en sus primeros años; su actuar dejaba mucho que desear. Lo peor
que le vieron hacer fue cuando entró al dormitorio del único matrimonio del lugar,
que al parecer la abuela se cayó y no tuvo fuerzas para levantarse, y ésta,
en vez de ayudarla le dijo:


-¡Ah!, ¿no te gusta andar haciendo cochinadas? Bueno, pues a ver como te
paras porque yo ni muerta te ayudo.


Y mientras mudaban a otra anciana, a su compañera se le resbaló y cayó a los
pies de Maryluz. Tanto se enojó que le dio un palmazo en la cabeza. Sofía se
quedó muda, hizo su trabajo del día y no volvió más. No quiso sentirse cómplice
de maltrato a un adulto mayor. Además se dijo, “Si hablo no me van a creer, es
mi palabra contra la de ella que es la más antigua y siempre tiene el favor de la
jefa; prefiero salir de este lugar”.


-Bueno, ¿y se supo de qué había muerto? -se preguntaban unas a otras. Las
respuestas eran variadas: un asalto, un atropellamiento, un envenenamiento,
un ataque al corazón. “No, creo que fue un desmayo; y al no ser atendido,
con el frío de la noche sufrió una hipotermia.” Muchas hipótesis;
lo único seguro, ya no maltrataría a los residentes del hogar.


La directora se reunió con su personal después de los funerales, diciendo,
“Bueno, chiquillas, lamentamos mucho la pérdida que hemos tenido. Maryluz
era una señora que llevaba muchos años en Belén, prácticamente desde que
se fundó la casa de acogida al adulto mayor, por lo cual, su deceso ha
provocado mucho revuelo. Primero porque la autopsia dio como resultado
envenenamiento, lo que significa que hay una investigación en curso. Por lo
tanto, se llamará a todo el personal a testificar. Chicas, cualquier información
que ustedes manejen para dar con los responsables se agradece, este fue un
crimen y no debe quedar impune”.


Al paso de los días todo había cambiado en el asilo. Los residentes se
mostraban más amables, ya no se sentían abrumados, no existía la tensión
de otros días. Es más, la paz reinante denotaba algo especial, todos sonreían,
se abrazaban, algunos salían al patio a tomar el sol sin que los gritonearan.
Tenían la libertad de pasar a la sala de literatura para ver revistas y leer el
diario sin temor a ensuciar o poner de mal humor a alguien que ya no estaba
para llamarles la atención de forma tan brusca y ensordecedora.
Parecía un verdadero jardín del edén.


Nancy llevaba su cámara de fotos y se dio cuenta del cambio en los rostros.
Sin embargo, no dijo nada, siguió en su trabajo del lavado con una
satisfacción muy grande. A sus espaldas estaban los pajaritos cantando,
esperando su comida como cada mañana. Ella les regaba el patio de pan
remojado y Janito, el perro, los correteaba. De pronto, siete pajarillos volaron
sobre su trasero y le dieron un buen susto. Nancy reía a carcajadas,
seguía sus típicos juegos, todo era como había soñado.


Sólo cargaba en sus hombros una gran preocupación, Manuel, el borracho.
Sí, ella lo conocía; más de alguna vez lo vio rondando las afueras del recinto.
Antes creía que era un ladrón pero Rosaura, una de sus compañeras, le dijo
que era el amante de Maryluz. Lo traía cuando tenía turno de noche y cuando
Nancy llegaba temprano lo escondía en los casilleros del personal. Pues ese
era el único lugar en que no entraría ya que la lavandería quedaba al final del
recinto independiente del resto de las salas. Debió callar ante el gran secreto,
presa para siempre, como voto de confianza a su compañera.


Tantos secretos que ocultar por personas que no tienen ni un pequeño
sentimiento de benevolencia o cariño por lo que hacen. Es verdad que
cualquiera no trabaja en un hogar de ancianos, pero, Nancy pensaba, si ya
no están a gusto aquí porqué no se van y buscan algo que les llene y que se
sientan felices de realizar.


Una mañana apareció en la puerta un señor de investigaciones, explicó que
al hombre ebrio lo dejaron en libertad por falta de pruebas. Sólo darían una
vuelta por las habitaciones como último recurso,
pues estaban a punto de cerrar el caso.


Roberto y Alicia, los abuelos enamorados, tomaron un frasco antes de que
registraran su cuarto que era el del fondo. Vaciaron el resto en una de las
cubetas con las que limpian los pisos y luego lo enterraron en el jardín
sin que nadie los viera.


Janito, escarbando la tierra húmeda, lo encontró y se lo dio a Nancy para jugar.
Ella lo quebró y lo dejó en el basurero justo cuando venía el camión recolector.
Maryluz pasó al olvido sin pena ni gloria.



RosanaVera
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Jaime Olate
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MensajeTema: Cuento Policial.   Dom Sep 02, 2012 9:02 pm

Ante la falta de inspiración, tengo el agrado de enviarles El Inspector Carrados. No pude enviar la historia por el correo.

El Inspector Carrados en el Sitio del Suceso.

—Don Pedro, desde ese ángulo, por favor —la voz del Inspector Carrados impersonal sonó cortés, pero autoritaria. El flash iluminó brevemente el cadáver del individuo ya maduro, sentado y echado hacia atrás con los brazos abiertos; sangraba del lado derecho, manchando el sillón en que murió. El fotógrafo forense se preparó para otra toma.

Todos los movimientos y actuaciones parecían un bien ensayado concierto, donde el director de orquesta era el Inspector.

—Señor Mondaca, puede pasar —un joven Detective entró acompañado de otro; con una huincha tomó medidas desde la puerta al muerto y así sucesivamente, dictándole a su camarada.

—Otra al revólver, por favor —nuevo destello al arma caída al lado derecho del finado.

—Doctor, por favor, el Sitio del Suceso es suyo.

El médico examinó la herida en la cabeza. Ahora el ayudante seguía anotando no las medidas, sino la voz del forense.

—Herida parece de bala, parietal derecho a tres centímetros del pabellón de la oreja … —su voz continuó lata, monótona, indiferente. Los ayudantes desnudaron completamente el cuerpo, facilitando el examen. Terminó, diciendo “Aparentemente …suicidio”.

Carrados hizo una seña a los dos estudiantes de la Escuela de Investigaciones que, expectantes, estaban fuera del quicio de la puerta y perentoriamente les señaló un lugar, entendieron que desde ahí podían observar, sin moverse ni tocar nada.

—Sitio de Suceso cerrado, se trata de una oficina …

La voz de Carrados tomó la misma monotonía del médico, quien había terminado su labor, mientras describía parte por parte, en forma ordenada hasta el último detalle. Todo era anotado en la tablilla por el ayudante, que lo seguía a un par de metros para oír mejor.

Se rozó el mentón, repasó mentalmente todos los pasos obligados del protocolo y acto seguido preguntó hacia fuera:

—¿Dónde está quien lo encontró?

Entró pálido un hombre de unos 50 años, algo grueso.

—Su nombre y relación con el fallecido.

—Carlos Gajardo Muñoz, conductor y jardinero de don Juan Estrada desde hace seis años.

—Esa arma ¿la reconoce?

—Se parece a su revólver que acostumbraba a portar.

—¿A qué entró al despacho de don Juan?

—Me pareció que me llamaba, la puerta estaba sin cerrojo. Yo sabía que iba haber un pequeño torneo de tenis entre amigos en la cancha del fondo de la propiedad. Creí que me iba a ordenar algo al respecto; cuando entré lo vi con el arma en su sien y no pude evitar que se matara. Francamente aún no entiendo por qué lo hizo, era un triunfador en la vida, después de ser tan conocido como uno de los mejores jugadores a nivel mundial…

—Por favor, sólo responda las preguntas. Sabemos quien fue él.

La oficina estaba llena de trofeos y fotografías con otros famosos del tenis. Hizo una seña a los aspirantes a Detectives, pero siempre advirtiendo que no quería sus huellas en ningún mueble. Con curiosidad observaron fotografías dando su famoso saque derecho, un siniestro imparable al decir de los entendidos.

Entró un funcionario hasta la puerta y anunció la llegada del Fiscal, quien debe dirigir la investigación. Mientras tanto los sagaces y entrenados ojos del Inspector se posaron en las fotos, ya la autoridad judicial entraba lentamente observando todo, Carrados habló a los muchachos aspirantes.

—Señores, sabemos que no debemos adelantar juicios precipitados. En forma extra oficial ¿Qué creen que pasó aquí?

—Un suicidio, por supuesto, señor —casi al unísono contestaron.

El impenetrable rostro del Inspector se quebró en un rictus que semejaba una sonrisa.

—No, estimados caballeros, no.

Acto seguido habló al Fiscal y, casi murmurando, le hizo una sinopsis de lo visto hasta entonces, entregándole la batuta en forma tácita.

Los dos estudiantes, se miraban burlonamente: “Se cayó el Jefe”.

—De acuerdo, Inspector —la voz del Fiscal sonó como otra detonación. — ¡Que pase don Carlos Muñoz! Queda usted detenido, por ser autor del homicidio de don Juan Estrada. Señor Carrados, léale sus derechos. Ah, y que busquen pólvora en sus manos. Pueden pasar los expertos en huellas, sólo para completar la visita al Sitio del Suceso.

Los futuros detectives colocaron tal cara de sorpresa, que los policías experimentados sonrieron burlonamente.

Se llevaron esposado al jardinero y chofer, quien entre sollozos decía:

—Era un desgraciado, …dejó embarazada a mi hija y …no quiso reconocer al bebé.

El signo de interrogación en los dos jóvenes era patente y cómico.

El Inspector se acercó a los aspirantes a Detectives, siempre con su voz impersonal.

—Caballeros, tuvieron bajo sus narices la respuesta a este puzle. Su verdadero aprendizaje en el Sitio de Suceso … ya comenzó.

Y los llevó hasta las fotografías.

—¿Por qué era famoso este tenista? —puso su dedo en una magnífica pose del tenista lanzando su golpe maestro con la mano izquierda.

Ambos se llevaron una mano a la frente, en una mezcla de confusión, vergüenza y desazón.

—Comprendido y … aprendido, señor.

Jaime Olate de Chile.
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Lun Sep 03, 2012 2:58 pm

El trofeo de la muerte


La garganta se abrió como canal en un mudo canto de sangre, el líquido
elemento humano borboteó en un frenesí macabro. Los desorbitados
ojos de la víctima, del dueño de la sangre derramada, miraban con yerto
pavor a su agresor a través del espejo del armarito del baño; a su
cazador. Todo fue muy rápido, demasiado para él. No vio nada, sólo
sintió cómo su garganta se rasgaba como un trapo bajo el oscuro
mandato de una navaja de afeitar. El cuerpo se desplomó con un sonido
seco entre las convulsiones de una inesperada muerte.

El asesino, con una frialdad sólo existente en la oscura alma del hombre,
se quedó unos instantes como espectador que disfruta de su dantesca
obra. Después se dirigió al salón, cogió el teléfono con sus manos
enguantadas y desvió las llamadas hacía su móvil de reciente
adquisición.

La llamada sonó impertinente en la Comisaría de Policía.

-¿Es la Comisaría? ¿Está la inspectora Vera? Espero, gracias…

-¡Inspectora Vera!, quiero denunciar un crimen en la calle Serrano sin
número… Mi nombre no importa, demasiado hago con llamaros por
teléfono.

Las sirenas de los coches patrullas de la Insp. Vera rompieron la noche
con sus alarmantes llamadas sonoras, puro mal augurio de los
desatinos del hombre.

-¿Puedo preguntarle, mi Capitán, porqué está tan afectada? -La Insp.
Vera, todos la llamaba en la forma masculina, no le respondió al
momento. Por el contrario, apretó más el acelerador dejando atrás a los
demás patrulleros.

-La dirección a donde nos dirigimos es el domicilio de mi compañero
sentimental.

-No sabía que tuviese un amante, mi Capitán. Me sorprende.

-¿Qué te sorprende? No sea estúpido, Martínez. Desde que el cabrón de
mi ex me dejó de amargar la vida, soy libre de acostarme con quien
quiera y de gozar de la vida como tú bien haces, picaflor de leches.

El mencionado Martínez disimuló un esbozo de sonrisa. Tenía fama de
putañero y se enorgullecía de ello. Le gustaban las mujeres en términos
generales, fuera de las particularidades que te obligan a gozar de una
mujer determinada. Había nacido macho, ¿qué culpa tenia él de aquello?
Obedecía a su instinto natural… Sólo había una hembra que se le
escapaba de sus manos, un trofeo por conquistar y gozar, el cuerpo de
la esquiva e inaccesible Insp. Vera.

Llegando al lugar indicado, pararon el coche sin apagar las impetuosas
luces, se enguantaron las manos y armados con sus revólveres
reglamentarios, marcharon despacio hacia la verja de entrada. Se
trataba de un chalet adosado en las afueras de Granada, en una
"urbanización dormitorio", a tan sólo quince minutos del centro urbano.

Caminaban casi espalda con espalda en máxima alerta, con todos sus
sentidos cargados en detectar y aniquilar cualquier punto peligroso.
Cruzaron la entrada y subieron los cinco escalones que precedían a la
puerta que se encontraba forzada y semiabierta. Ambos pusieron en
práctica lo aprendido en la Academia y que en varias ocasiones les salvó
la vida. De este modo registraron el piso de abajo siendo las bocas de
las pistolas las primeras en asomar por las habitaciones. Con un gesto
de cabeza de la inspectora, se dirigieron al piso de arriba. Y todo el
mundo de la Insp. Vera se hizo añicos en un sólo instante. Sus más
funestos presagios se clavaron en sus sienes en la cruda realidad de
ver a su amante desangrado en el suelo con una mirada de terror en
sus ojos.

La vida la hizo dura en un trabajo en donde si no eres implacable te
podría costar la existencia. Se consideraba y se sentía curada de todo
espanto: cadáveres desmembrados, rituales macabros, un matrimonio
de pesadilla y todo tipo de aberración humana. Todo, lo había
contemplado todo, excepto ver cómo se le escapaba la felicidad en un
segundo. Los vómitos vinieron azotando su garganta con violencia, su
compañero la ayudo a agacharse en el sanitario y después se encaminó
solo hacia la última habitación de la casa.

-¡Capitán, venga rápido al dormitorio!

A trompicones, ella no recuperada de su amarga sorpresa, se dirigió al
dormitorio donde le esperaba otra nauseabunda escena. Colgado de la
lámpara se balanceaba el cuerpo sin vida de su ex marido. A sus pies,
en el suelo, descansaba la supuesta arma homicida ensangrentada, la
navaja de afeitar.

-¿Tú? ¡Tenías que ser tú! ¡Hijo de puta, bastardo!

La rabia incontenible de la inspectora apretó el gatillo para salir
transformada en ráfagas de balas que destronaron el sepulcral silencio.

-¡Cálmate, Capitán! Está muerto. ¡Muerto!

La Insp. Vera, apoyada contra la pared, se dejó derrumbar poco a poco
en un angustiado sollozo y dejó caer la pistola de entre sus manos.
Finalmente, acabó abrazada a un oportuno compañero quien se
percató que su ansiado trofeo estaba más cerca de sus manos.

La Insp. Vera era una compañera muy admirada y respetada en el
Cuerpo de Policía de Granada. Se omitió en el informe los disparos
realizados en uno de los occisos, se agilizaron los trámites y el caso fue
sobreseído con prontitud. De todas formas, las evidencias estaban muy
claras: el ex marido, en un acto de enajenación mental, mató al amante
de su ex pareja, y consciente de su acto, se suicidó después de llamar a
quien fuera su mujer a la Comisaría de Policía, en donde trabajaba como
inspectora.

-Ha sido sublime, Capitán.

-¡Y aún será más delicioso, créeme!

-¿Más? -dijo sonriendo.

-Soy tu trofeo, ¿no?

-No digas eso, tú has sido diferente.

-Sí, porque yo seré tu trofeo de la muerte.

-¿Qué?, ¿qué dices? ¿Te volviste loca?

Ella ahora era la sonriente. Se removió desnuda entre las sábanas y
prosiguió.

-Hace tres meses cometiste un fallo, ¡cabrón!

Él no pudo decir nada, el punzón se hundió en la carne reventando su
corazón.

-Yo tenía el teléfono pinchado porque estaba amenazada de muerte.
Supe de tu móvil, ¡bastardo!

Miguel Ángel Muñoz
Granada, España.


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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Lun Sep 03, 2012 9:55 pm

Ethel ya esta aquí Jaime con su cuento, ja valla nivel y eso que solo leí tres, de momento, sigo leyendo de a poco.
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Mar Sep 04, 2012 10:12 am

Trece excelentes relatos.
El nivel es muy bueno.
Felicitaciones!

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Mar Sep 04, 2012 2:34 pm

UFF,VIENE LINDO ESTO,NO CIERREN AUN LA RECEPCION QUE CIUDADANO QUIERE MANDAR UNO (SI NO LO MANDO YA JA, HACE UN MES ESTA ESCRIBIENDO JAJAJA)

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Miér Sep 05, 2012 5:38 am

Apurate, Pato. Te espero hasta el 25 del corriente.

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Vie Sep 07, 2012 10:33 pm





Hablando con un tipo en Ángel Gallardo


El paisaje de un día a otro variaba muy poco, parecía un pedazo de vida dibujada con carbónico. El verdulero escribiendo en una pizarra las ofertas del día; la otra vereda ampliada por la risa de los obreros que manducaban en el grasoso bar de la esquina; un poco más allá, como siempre, el moreno uruguayo enchufando el compresor de su bicicletería mientras saludaba al vecindario con acentuada educación; algún que otro camión de reparto; y en cuclillas, al mejor estilo de un centro delantero posando para la foto, el chino del súper con ojotas y uña larga, fumando como un escuerzo.

Cuando volvía de pasear a mi perrita un bocinazo me alertó sobre la presencia de Luis. Él es el taxista más puntilloso y trabajador que he conocido. Recuerdo que desde chico soñaba con manejar un taxi y despuntó en la profesión allá por los sesenta estrenando su registro profesional, libretita con foto en blanco y negro de tapas grises que mostraba con orgullo. Sus autos siempre lucieron inmaculados y quienes lo conocen, saben de su dedicación por el oficio.

Bajó del vehículo y nos dimos un abrazo, estaba más contento que un purrete el seis de enero. No era para menos, su Chevrolet cero kilómetro brillaba como un lucero de ébano con galera y moño de oro. Charlábamos de algunas cosas, cuando de pronto me dijo:

-¡Che, flaco, el otro día te vi! Fue por la mañana muy temprano, yo iba con pasajeros y vos estabas hablando con un tipo en Ángel Gallardo. Con seguridad que eras vos porque estaban parados al lado del Taunus. Siguió hablando:

¿Sabes, Rei?, desde ese día quedé preocupado. Resulta que al coso ese lo conozco. Tuve temor que te dé trabajo y te estafe. No lo dejé hablar más, le dije:

- Esperame que llevo la perra a casa y vamos a tomar un café.

Ni bien subí al taxi le pregunté de dónde conocía a Amadeo. Dijo:

-Es una larga historia. Ese tuerto es un ave de rapiña, vos ni te imaginás quién es ese tipo. Es un delincuente capaz de cualquier cosa. -Y agregó: -Lo conozco a él y a su familia porque hasta hace tres años vivía con sus hijos frente a la casa de mi hermana, allá en San Martín.

-Contame, Luisito, ¿qué más sabés?

-Bueno, entre otras cosas, que por diferentes razones estuvo varias veces detenido y que los hijos son iguales a él; otros delincuentes. Allá quedaron esas basuras, ahora se dedican a fisurarle la croqueta a los pibes con el Paco, la casa a toda hora es un desfile de pendejos buscando droga. Antes se dedicaron a escruchar, levantar autos, hacer salideras, piratear camiones… Mirá, han hecho de todo. Te digo más, por plata, hasta son capaces de limpiar a un punto.

Luis prosiguió con el relato. -El tuerto tenía un hermano, se llamaba Fernando Pintos y desapareció hace décadas. Parece que lo acostaron los milicos, lo llamaban el sordo manotazo. Según dicen, se hacía el sordo y como punga era un artista. Nunca de caño ni con violencia; eso sí, de poder meter las manos, con los dedos de alambre que tenía era capaz de robarse un pozo de petróleo sin derramar ni una sola gota. En San Martín, los Pintos son conocidos como la banda de los chacales. Resulta que Amadeo se cebó y se quedó con parte de la guita de un cargamento de merca, algo así como veinticinco mil dólares, y aunque huyó a la Capital, no tardaron en encontrarlo. Yo, a pesar de haberlo buscado por cielo y tierra, no tuve la misma suerte.

-¿Por qué motivo querías encontrarlo? -le pregunté. Me contó que el más grande de sus sobrinos buscaba un taxi para comprar y que al enterarse el tuerto, le mandó un tipo que lo dejó sin plata ni auto.

-Después me enteré que por el chiste de la droga perdió un ojo y casi lo matan. Así mismo, los hijos tuvieron que hacerle frente a la deuda y para pagar volvieron a piratear. Esta vez le tocó a un camión con electrodomésticos que venía del sur. Las mujeres de los hijos, antes de casarse con ellos fueron coperas y hacían la calle. En esa familia, aunque descerebrada y todo, la única que sirve para algo es la mujer del tuerto. Él se cansó de decir que jamás se hubiera casado con ella, lo hizo obligado porque el padre de Isabel era un calabrés jodido y de haberse negado al casorio, el viejo lo hubiera matado por dejarla embarazada. Últimamente se corrió la bola que los chacales andan en la mafia de los medicamentos, o algo así.

-Me dejás asombrado, Luisito. No me podía imaginar una cosa semejante, ¡es increíble! Si vos supieras que el tuerto la va de hombre decente a carta cabal, cuando habla parece integrante de una Junta de Moral. Al tipo lo conozco de un café en Parque Centenario, hace un tiempo que anda detrás de mí para que le pinte un departamento. Justamente, la mañana que me viste con él nos citamos en su casa y vi el trabajo, pero con lo que me contás, no pienso pasarle el presupuesto. Además, siempre me habla de un Prefecto amigo que tiene varias casas para pintar. ¿Vos sabés algo de él?

-Por supuesto. Rei. Ese prefecto que no era tal murió hace tiempo,
fue el primer socio que tuvo el tuerto. Lo llamaban así porque el campo de sus operaciones delictivas era la zona costera. Su verdadero nombre era Hidalgo, un tipo de gran pinta y labia, pero sin escrúpulos. Lo inició al tuerto en la trata de jovencitas a Paraguay mientras que él se movía con verdadera habilidad en su fuerte, el contrabando. Para Hidalgo, este mundo no tenía fronteras y sus componendas con autoridades corruptas y políticos, lo convertían en intocable. Su único vicio eran las mujeres y el fin le llegó una noche en la triple frontera, cuando un bagayero al que Hidalgo le había birlado una mina lo delató. Terminó cocinado a balazos por la Prefectura, después de años de no poder echarle el guante.
-Hidalgo era chileno, su familia en Santiago quedó parada, tienen estaciones de servicio y otras propiedades que fueron adquiriendo con las suculentas ganancias que les enviaba. En cambio, el tuerto y sus hijos, a pesar de haber ganado mucho dinero, jamás guardaron un peso. En el ámbito de la prostitución y el juego, al tuerto lo llamaban el Rey de la noche. No quedó piringundín, prostíbulo o garito donde los tres no hayan despilfarrado la plata.

-Después de morir Hidalgo, que era el cerebro, los chacales se fueron desdibujando a pasos agigantados. Terminaron cometiendo delitos de baja cuantía y también estafaron a cuantos pudieron dejando un tendal de gente en la ruina. Hoy en día, sólo por unos pocos contactos que les quedan, no están en gayola. Aun así, andan boqueando que les encargaron un trabajo que es para llenarse de guita.

-Los guachos de los hijos, si no van a trabajar como dicen ellos, andan desarmados. Pero el viejo, tuerto y todo, creía ser Al Capone; siempre estaba calzado con una seis-treinta y cinco y se envalentonaba haciendo alarde de su infalible puntería. La gente en el barrio les teme y da asco la impunidad con que se manejan.

Terminamos la charla tomando café en una pizzería de Boedo y Garay. No había pasado una semana cuando al llegar al café me atajó Julián diciéndome que el tuerto había muerto. Lo encontraron la noche anterior a metros de la casa con el cráneo destrozado, lo golpearon sin piedad con una cuarta de automóvil que ensangrentada quedó a su lado.


Reinaldo Chetto
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Sáb Sep 08, 2012 11:19 am

Que entrete esta esto sigo leyendo...
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Dom Sep 09, 2012 7:30 pm

Misterios





Palabras extraoficiales explicaban que el caso
de celos de Nicasia Albornoz había concluido a las tres veinte de la madrugada
de ese primero de abril con un cuchillo bien clavado en la espalda de su infiel
conviviente. Don Celso ni siquiera habría alcanzado a explicarle a su agresora
que la mujer a la que había acompañado hasta la micro era su hija Marta, recién
regresada a la ciudad después de vivir años en la zona norte del país.



Nicasia y Celso llevaban seis años bajo el mismo
techo, no hablaban mucho, trabajaban recolectando cartones en el centro de la
ciudad y, si no felices, la pasaban tranquilos en su rancha, bebiendo sus
cervezas de vez en cuando y esperando, como tanta gente, que las cosas
mejoraran.



La versión oficial sólo agregaba que Celso había
muerto desangrado sobre la cama común, que Nicasia había sido detenida dos
horas más tardes vagando en una plaza cercana con el cuchillo en la mano y que
la tal Marta nunca más supo de su padre, pues habían quedado de que él la
visitara en el departamento que arrendaba en el centro, cosa que el hombre
jamás hizo.



Nadie supo que esa hija era la tímida muchacha
que varias veces visitó la casa de Nicasia y Celso sin encontrar señas de
moradores y sin atreverse a inquirir entre los vecinos. Marta había vuelto sola
a Santiago, logró traerse algunos ahorros de su trabajo en tierras pampinas y,
junto con reconectarse con su padre, pretendía instalarse en la gran urbe y
comenzar una etapa de vida tranquila entre los adelantos de la gran ciudad.



Nadie supo tampoco que don Celso varias veces
visitó a su hija, pues recordaba la emoción de aquel reencuentro y la alegría
de poder otra vez seguir de cerca los pasos de su fiel Martuca, que era como
siempre llamó a su única heredera. Él era alto y enjuto, y se veía extraño con
la camisa ensangrentada y reseca, con su palidez de acuchillado y con su mirada
perdida entre el recuerdo filial y la inesperada muerte de su cuerpo. Era un
fantasma, claro, un espectro consecuente con la palabra empeñada, que no faltó
ni a la primera cita ni a las restantes en el mismo día, lugar y hora, semana
por semana, sin que las fuerzas le flaquearan.



Un día Nicasia lo encontró sobre la vieja cama
compartida lagrimeando en su soledad de espectro ausente, le tomó la mano, le
acarició los cabellos y le pidió perdón por el arrebato aquel que había
terminado con su paso en esta tierra. Él la miró, se dio cuenta de que ella lo
entendía todo, de que él no guardaba ni rencor ni un mal recuerdo, y se dejó
abrazar por esa otra alma vagabunda, la de Nicasia, muerta de pena en la cárcel
unas semanas antes.



Ambos visitaron varias veces a Martuca, que
nunca entendió por qué la puerta crujía sin que hubiera nadie, por qué las
velas que encendía se apagaban como si alguien soplara y por qué una sensación
de alivio y compañía la invadía cuando, al mismo tiempo que los fantasmas la
visitaban, ella recordaba la alta figura de su padre, la infancia feliz a su
cuidado, la nostalgia de los años de ausencia y la alegría de, al menos una
última vez, haber podido verle y abrazarle. Celso y Nicasia lloraban, leían en
el aire los pensamientos de la joven, veían en sus gestos la paz de lo vivido,
y se marchaban contentos y sin ruido, tomados de la mano por las viejas calles;
ella con su pelo suelto y su cabeza gacha, él con los ojos en el cielo y una
gran mancha rojiza en el torso de su masa de fantasma.



Cuando muchos años después Marta murió, rodeada
de hijos, nietos y de un hombre feliz que la había hecho también feliz y plena,
los encontró a su lado, mirándola, esperándola en un regocijo de cosas ya
hechas y de sueños ya cumplidos. Ella los miró, se abrazó a su padre con
lágrimas en el pecho, se abrazó a Nicasia comprendiendo cada gesto, y prometió
con ellos no volver a abandonarlos, no dejar de preguntar a cada pájaro y a
cada día y a cada transeúnte por ese padre que al fin recuperaba, por esa paz
que guardó siempre, pero que al fin se hacía semilla, y por aquellos rostros
que pasaban sin verlos por las calles y las plazas, apurados en sus planes,
abstraídos en sus ideas y que, ni oficial ni extraoficialmente, jamás supieron
que hay misterios en la vida y en el tiempo que no podemos comprender a menos
que no oigamos más rumores y que pongamos los oídos no en las voces, sino en
los latidos eternos de nuestro propio corazón.



Óscar Antonio Pérez Garviso


Santiago
de Chile, Chile.










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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Lun Sep 10, 2012 1:22 am

Oscar, un gusto conocerte. Si comentara desde lo técnico sería un farsante.
Desde mi sentir, tu forma de escribir contiene un condimento muy atractivo. Hay algo diferente. Realmente me gustaría seguir leyéndote.
Un abrazo trasandino.
reche.
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Mar Sep 11, 2012 9:30 pm

Incendio en la fábrica de muebles



Esa noche no dejaba de sonar la sirena en el cuartel. Parecía que todas las
catástrofes iban a pasar en ese momento. Mario y Enrique, estaban juntos
desde hacia por lo menos diez años. Los dos eran bomberos y además muy
buenos amigos.

Mario era el de menor experiencia y rango, estaba casado con María, una
hermosa mujer de curvas redondeadas, pelo largo hasta la cintura y un
caminar atractivo y sensual. María llamaba la atención de todos en el barrio
y sobre todo de Enrique, que la amaba en silencio desde que se la presentó
Mario el día de su cumpleaños.

Enrique sufría el no tener el amor de Maria, pero además se sentía culpable
de traicionar a su amigo, aunque sólo hiciera con el pensamiento. Imaginaba
abrazarla y besarla con locura. Muchas veces había soñado la muerte de su
amigo para poder tenerla. La idea de que su amigo muriera lo atormentaba,
pero era la única forma posible para que María fuese suya.

Un incendio en la fábrica de muebles del pueblo, motivó que los dos amigos
fueran a extinguirlo junto con un grupo del cuartel que estaba bajo las órdenes
de Enrique. Cuando llegaron provistos del equipo usual para estos casos, se
dieron cuenta que era mucho más importante de lo que imaginaron.

Había que actuar de inmediato, personal del turno noche del establecimiento
estaba acorralado por las llamas y morirían a menos que se los rescatara.
Enrique dispuso un grupo de hombres, tres líneas de mangueras para atacar
el fuego por la parte de la fábrica que daba al norte. Éstos iban a construir un
corredor por donde ingresarían los dos amigos a rescatar a las victimas.
Enrique y Mario sabían lo peligroso de la misión, pero eran los únicos que por
su experiencia podrían lograrlo. Sin dudarlo un segundo y provistos de
máscaras para poder respirar se lanzaron al rescate. El humo era espeso y la
visibilidad escasa, casi había que adivinar el camino hacia las victimas.

Cuando salieron del corredor Enrique hizo una seña a Mario para que fuese a
la derecha. Íntimamente sabía que para aquella dirección Mario no saldría con
vida. Pero no pudo evitar la tentación de deshacerse de su amigo.

Al amanecer todo había concluido. Nadie sobrevivió al siniestro. Por supuesto,
Mario tampoco. Los cadáveres, fueron llevados a la morgue para su
identificación. Allí se encontraban Don Juan y Beto Lorenzo, los encargados de
clasificar los cuerpos.


-Oiga, don Juan, ¿este no es Mario el bombero?

-Claro –le contestó con seguridad, -y esa es su mujer, Maria.

Viste que destino éste, los dos murieron en el mismo lugar y por distintos
motivos.


-Acláreme eso, por favor, don Pedro –dijo Beto con gran curiosidad.

Don Pedro tardó unos segundos en ordenar el relato y dijo:

-Bueno, tú sabrás que María tenía un amante, el sereno de la fábrica de
muebles; lo tienes que haber visto en el gimnasio. Ellos se veían en la
fábrica las noches cuando Mario estaba de guardia en el cuartel de
bomberos, porque sabían que él esa noche, no regresaría a su casa.



Ricardo “Cocho” Garay
Buenos Aires, Argentina.

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Vie Sep 14, 2012 5:52 pm

hola!!
quiero saber si la convocatoria a un esta vigente o no??
lo que pasa es que estoy escribiendo una historia cortita... y es referente a esto..
y como soy nueva, y por lo regulor yo escribo en los fanfiction. pero esta histoira va totalmente fuera de algunz anime son personajes exclusivos mios.
y queria saber
bueno espero respuesta
gracias.

antifaz escribió:
Un crimen, una explicación y un desenlace,
en mil palabras aproximadamente.

Puedes enviar todos los que quieras, inéditos o no,
al correo rodricur@hotmail.com
poniendo nombre, ciudad y país,
y la palabra RECETA en referencia
para que no se escape ninguno.

Todos los autores recibirán un diploma
en agradecimiento por participar
y todos los cuentos subirán a un post de nuestra página
para que los compañeros puedan disfrutarlos.

Y además, serán publicados en el Suplemento
de la Revista Digital
de Letras y Algo Más de septiembre,
ilustrados y editados, para nuestros cinco mil lectores.
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Virgo Gallo
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Sáb Sep 15, 2012 12:33 am


LA VECINA


Era mi tío Ramón un hombre silencioso, buen lector, inteligente, preparado, con un extenso vocabulario que me obligaba anotar disimuladamente, los vocablos que para mi, eran desconocidos. De agradable fisonomía, poeta y enamoradizo, a pesar de ser un solterón empedernido, razón por la cual le echaba ojillos a una vecina de mirada misteriosa y pronunciadas curvas y senos. Generalmente, salía con su esposo agarrados de manos a emprender la rutina diaria y era en esos momentos que se podía intercambiar saludos o una corta conversación, porque todo se afianza en el tiempo que corre velozmente y no perdona.
Por varios días, en el discurrir matinal, mi tio, comentó en la casa, que no vió al esposo, que la vecina salía sola.
Un día cualquiera, para matar el tedio, mi tio dispone ir al cine y en efecto, lo hace, caminaba pensativo, apurado para llegar antes de que empezara la función. Una vez terminada la misma, se dirigió a la parada de bus, ese tránsito que una conoce de memoria y la sorpresa mas grande es que allí estaba la vecina. Cuando vió a mi tío Ramón, comenzó una conversación, montaron en el transporte, quedaron en el mismo asiento, y ella le contó que no sabía de su esposo desde hace mas de una semana, que ya había avisado a la policía y que estaba en espera de noticias....
Al bajar, mi tio siguió la conversación inquietante, ella llegó a la gran puerta de su casa, metió la llave e hizo como que se le trancaba en el candado, a lo que él acudió a ayudarla, al ceder la misma, ella le dió tremendo empujón y cerró rápidamente la puerta. Mi tio percibió un olor muy desagradable, como todo estaba a oscuras, empezó a tantear por las paredes para conseguir un encendedor de luz.
De pronto, chocó con algo en el suelo y volvió a caer, tocando a su alrededor, sintió que su manos se impregnaban de un líquido espeso: olió y se convenció que era sangre!, lo que estaba ahí era un cuerpo!, así que empezó angustiarse mas de lo que estaba.... desesperado, siguió buscando la luz, ahora por las partes bajas de las paredes, hasta que la consiguió!, pero al mismo tiempo, oyó que se abría la puerta, la vecina había ido a buscar a la policía y seguramente, le inventó un cuento asegurando que mi tio era el asesino de su esposo, que al voltear a mirarlo en la claridad, estaba tapado de cal.... ante el asombro y la perplejidad, la mujer decía: el es el asesino, lléveselo!.El policía se le acercó y le puso las esposas... en eso se despertó!, menos mal! tremendo susto! sólo era una pesadilla!......

TRINA LEÉ DE HIDALGO
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Sáb Sep 15, 2012 2:42 pm

Está vigente hasta el 25 del corriente.
Apúrense los que faltan.

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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Dom Sep 30, 2012 10:12 am


Muy bueno, eh?
Los he leído a todos, muy buen nivel!

Son 18 en total?

Un abrazo a todos los participantes!
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Jaime Olate
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   Dom Sep 30, 2012 12:06 pm

Esto es una agradable sorpresa ¿Dónde se habían metido tan buenos escritores de historias policiales? Pienso que antes no se atrevían; claro, en mi caso no tiene mucha gracia, pues fui detective y extraigo los cuentos de hechos reales los que arreglo un poco.
Naturalmente leer estas obras de arte me sirven mucho, pues hay situaciones nuevas para mí. Creo que nos sirven a todos para superarnos mutuamente.
Un abrazo y felicitaciones a todos.
Jaime
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MensajeTema: Re: Convocamos a escribir un cuento policial   

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Convocamos a escribir un cuento policial
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