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 Mirando al Mar (Barcos contra corriente)

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samuel17993
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MensajeTema: Mirando al Mar (Barcos contra corriente)   Miér Mayo 09, 2012 3:14 pm

Mirando al Mar
Miro al mar. Abajo caen las rocas, picudas o rectangulares, algunas muy afiladas y otras muy lisas. Tengo el corazón destartalado, me duele como si se me clavase un cuchillo; pienso que puede ser un ataque al corazón, pero esas cosas son muy rápidas y jodidas. Esto es continuo y resistente. Se me clava, clava hondo, pero no para destrozar; no, para hacer desquebrajarse en mil piezas.

Siempre que vengo aquí es en momento como éste. Mirar el mar me relaja, aunque estoy relajado la mayor parte del tiempo, a veces por desgracia, pero hay una especie de relajación especial al contemplar el mar y pensar o, simplemente, dejarse llevar… Como si el mar te llevase y te abrazase a su reino de Poseidón. Allí él con su tridente pasando lista: «Pepito… Grillo,¿ es usted?»

- No, soy caperu… —Digo yo, serio.

- Caperu… ¿Qué más?

- No, no. Caperucita Roja.

- Entiendo Caperucita Roja —Dice mientras escribe en su cuaderno burocrático.

- Caperu para los amigos…

- Pero… Este nombre es… de mujer… —Dice captando algo de la broma, pero sin entrar en la punto fuerte, claro. Estos dioses…

- Pues me llamo así, señor —Digo serio, me están ofendiendo— . Y vivo en una casa pequeñita con mi abuelita, aunque muy cerca, muy cerca… hay un lobo feroz muy peligroso.

- Ah… Interesante… —Dice sin interés. Incluso si le intentan colar una como ésta ni si inmuta— Sí, muy interesante. Ya puede entrar. Gracias por con… Digo… Encantado de abrirle las puertas de la Atlantida, ciudad de vaca… Digo, ciudad submarina. Ufff… Estoy yo hoy… Desde que mandan promocionar la mierda ésa del Benidorm estoy que no doy una.

- ¿Le han contratado para los anuncios…? ¿Pero usted no se encargaría mejor del control del agua y demás?. La hidráulica y tal.

- ¡Qué cojones, estoy de telefonista! —Dice con desdén y odio.

- Vaya…

- Estamos tan mal que hasta yo me tengo que buscar un curro de media jornada…

- Ah, sus cuatro horitas y eso…

- ¡Qué cojones, modelo chino, doce horas!

- Vaya…

- Sí, sí, diga vaya, vaya… Pero yo… hasta los mismísimos, Caperucita Roja.

- Entonces esto va mal.

- Sí, mira. Mira, mira. Antes teníamos hoteles increíbles con sirenas, ¡y qué sirenas! Y ahora ni hoteles, que se caen, y la única sirena que queda es una vieja que no la contratan ni para jabón… Y es que todas se han ido al puto Disney; que si no sé qué de que las trato mal, que si derechos… Hasta los huevos… Y encima las operan, unas operaciones… Antes, oye, estaban bien; bueno, algunas, porque las primera que tuve…, porque sabes que son hijas mías, ¿no?

- Ah, pues había oído algo…

- Ya, pues encima, siendo mis hijas…; y las primeras, como te iba diciendo, mira que salieron mal… Lo más parecido, bueno es que casi lo eran, a ellas eran las arpías. Pero luego con el tiempo, la diversidad genética ya sabes, mejoraron mucho, y como digo, ¡qué sirenas! Que uno no se puede dominar, y no niego que alguna… bueno… Y qué pechos y qué piernas… Y claro que si incesto y toda la demás raleza de insultos que te echan por todas estas cosas que le dejan a uno pues, mira, de gilipollas al teléfono…

- Pues es una putada.

- Pues sí.

- Entonces soy el único visitante…

- El único en… Veamos —Y miro el registro— sin contar a unos tipos, como los llaman ahora, y que antes les llamábamos sabios, “freaks”, nada, macho; ni Dios, es decir, si no fuera por mí, ni los Dioses…

- Y por lo que veo…

- Pero te trataremos bien, eh… —Dice angustiado por ser sincero, aunque, en verdad, se lo agradezco, los falsos me caen fatal.

- Ya, pero…

- Tú no te preocupes, que porque esos hideputas de Disney me crearon un clon y me jodieron el puto negocio con esa imagen de gilipollas, encima, no voy a dejar de ser ese dios poderoso, hercúleo; y es que soy un dios…

- Ya, no me preocupo.

Entonces me lleva a una suite de las menos desfavorecidas. Y me trae a una sirena. Es muy joven. Este Poseidón es un proxeneta de cojones, y mira que está arruinado… ¡Qué hijo de puta!

- ¿Cuántos años tienes? —La pregunto

- Catorce, pero aquí los años son especiales, y catorce son como dieciocho…

- Ya, ya, claro —La digo, aunque no me lo creo; el tiempo es igual en todas partes; el cabrón de Cronos se las juega bien, y encima con la manía que le tiene al Poseidón, líos de poder y familia, lo típico, están como para hacer fuerzas.

- Te concederé cualquier cosa que pueda ofrecer… ¿Qué quieres?

- ¿Sabrás, perdón, sabes quién es Ulises… Odiseo?

- Ehmm…

- No…

- Mi padre no suele hablar del Pasado, le hace llorar.

- Vaya…

- No pasa nada —Dice casi a punto de llorar.

- ¿Y cantar? No tengo el Kleos ni tengo grandes hazañas, pero… el canto de las sirenas es…

- No sé cantar. Como he dicho le recuerda a mi padre el pasado. Lo siento.

- ¿Y qué puedes hacer?

- No sé… Se me da bien jugar al escondite inglés y bueno… Dar buenos arrumacos —Dice con una risa angelical.

- Ahhhh… ¿Y una mamada?

- ¡¿Perdón?! —Salta sorprendida, como una niña pura que ve el sexo de un niño.

- Ay, perdóname, eso es indecoroso —Me disculpo nervioso y sudando.

- No, no; bueno no lo sé —Contesta nerviosa, ante esa nueva palabra desconocida, que se cae en su cabeza como una alarmante incógnita de qué será eso, o si descubrirá otro mundo tras esto, que se eleva como una sombra que siempre se oculta, y se le está ocultando, y que la desconcierta todavía en su cuerpo.

- No lo sabes… —Y pensé, pero… Esto ya no es lo que era, oye… O eso o es que las sirenas se han vuelto idiotas de pronto; y mira que perras, con perdón, son para Odiseo y compañía, que te pueden quitar los ojos, coño…

- No… —Dice mordiéndose los labios. Intuyendo, al igual que la niña, la sombra; ese cuerno atronador que hace poner en carrera a todas sus neuronas, y excitando sus nervios,— Pero sé dar arrumacos— Y me da un abrazo que casi me ahoga; no consigo respirar…

- Por favor…

- Ay, perdón… Es que soy muy pasional —Y baja la presión. La sombra puede ser fuerte, pero si hay alguna sombra en su mundo infantil, simplemente debe de ser buena, llena de luz, como piensa del mundo; igual que su padre, que no es un déspota y tirano, sino un ilustrado y magnánimo hombre. Entonces me dejo llevar. Sí, da buenos abrazos; me voy a quedar mamado si…

Despierto abrazado a ella. Está en estado fetal pegada a mí. La quita un brazo, el otro. Me desperezo y salgo de la habitación. La sirena vieja me acompaña a la salida.

- Perdónenos estas condiciones. Si Poseidón no estuviera… Ejem… ejerciendo de soberano de los mares… —Me disculpa como si yo no supiera lo suyo, o si fuera un gilipollas integral, pero no me lo tomo mal; simplemente, me hace gracia, y hago de las mías…:

- Sí, trabajado de telefonista en Benidorm.

- Ahhhh… Ya… Hubiera venido a despedirlo como merece, pero ya se sabe de éstas cosas…

- Sí…

- Ay…, los tiempos cambian—Dice resignada, como melancólica; visitando mentalmente, en un estado de éxtasis de paz al igual que si estuviera echada en un diván y con el incienso en el aíre (incienso, u opio…) ; con los ojos cerrados y viendo en su mente las imágenes del pasado, llenas de heroicidad: una época de Oro. Y yo la contesto:

- Y que lo diga, buena señora. —La contesto con sinceridad que hasta a mí mismo me ha sorprendido. Hasta a mí me parece añorarlos, sin saberlo yo.

- Oiga, no diga eso de buena señora. Tengo treinta y dos años… —Me regaña despertada de su melancolía por mi insulto.

- Ah, perdón… —Digo disculpándome. Si ella tiene treinta y dos, yo soy mister universo, rey de Roma y Portugal y Portugalete-Cerro de San Cristóbal (reino pucelano que se compone de ambas zonas).

Me voy, el mar me echa, y vuelvo a mi sitio, donde estoy mirando todavía la mar… Aunque ahora está como furiosa; sus brazos braman y golpean a la arena de las playas del este y a las rocas que están debajo de este desfiladero. El sol parece fenecer con su carruaje equino del Señor de la Lira. Me tengo que ir a casa, ya se hace tarde… Miro por última vez el paisaje y encamino mis pasos a mi hogar, el de siempre. Mi casita cántabra, al estilo viejo castellano y en donde yazgo todo el año, sobre todo en Invierno cuando llegan las grandes nevadas.

Aún recuerdo la última nevada, como no daba clases, me tenía que quedar en mi choza, aburrido y en un ambiente tedioso e insoportable. Si el calor te quema, o te parece eso, la piel, el frío te quema, no por frío, sino de aburrimiento. Uno te altera si te da de lleno, y si se refleja en los cristales y así su efecto calorífico baja, te pone en sopor; el otro, lo contrario, si te da de pleno el frío, te adormece aunque debes, para calentarte, moverte, pero no puedes, y si el frío queda contenido te obliga a quedarte en casa. Así era ese día; no podía salir porque nevaba y el frío era insoportable, y aunque en casa no hacía frío, todo estaba como congelado y aburrido, como estaba yo mismo, como si ese ambiente aburridor pasara a ti por alguna relación extraña, o si fuera por culpa de los ojos, una especie de enfermedad que se contagiase visualmente, a como decían algunos que se contagiaba la Peste Negra; así me encontraba yo, con la Peste Negra del tedio más pesado de la vida. Aunque hay que decirlo, ver nevar y cómo se forman en los cielos la ventisca, con ese extraño color que parece que te atrapa, es muy hermoso. A veces es tan atrapante que por efecto de la gravitación, ésta te atrapa y te absorbe.

Esa vez me echó en una isla solitaria en donde estaba solo. Y claro, tenía que hacerme una casa, un buzón (¡que uno no sabe cuándo puede recibir una carta), su casa del perro imaginaria, la habitación de invitados donde se aloja el coco, que interpreta a una persona querida, y por último y no menos importante: el lavabo, ya que yo soy muy “inglés”, saben, muy cuco. Prefiero tener muy buen retrete donde jiñar bien. Como un señor. Además de verdad. La isla —bueno no os imaginéis milagros— era la típica con cocoteros gigantes, una selva grandísima, playas inmensas e increíbles y demás; hasta tenía una antigua guarida pirata, pero por desgracia a los piratas se los cargaron todos —Y no por la Ley Sinde, esto fueron británicos, norteamericanos y en sí todos los Imperios de época Victoriana. Así que jodiendo al pirata desde el S.XVIII. Pobrecitos, oye, si tenían hasta código… Y princesas lesbianas, ¡cullons! Nada como esos de ahora, vamos como yo o cualquiera, que nos bajamos una peli que queremos ver del Internet, vía Ares, antiguo dios de la guerra, actual dios de las bajadas, y encima porno… ¡Y encima porno! (no interpretéis mal, viciosos…)—. Y tal… Una
puta isla aburrida, igual de aburrida que mi habitación…

Dale que te vaga, una mujer en la playa, dale que te vaga… «Coño, una mujer, pienso», me digo cuando iba a pirarme. Me acerqué a ella y, ostias, buena como un queso… Bueno, esa comparación popular… A mí que sólo me gusta el de lonchas, porque el queso, encima huele fatal, me parece fatal: ¡un queso! ¡Qué cojones, un rubí dorado! —Bueno, vale, no era rubia… Era morena— La levanté y me la llevé. Una madeja de pelo sedoso recubría su rostro. Aunque podía notar que era delgaducha como un fideo, no más alta que yo, que soy un enano, y la melena, tan larga que vamos…

Se despertó pronto, cuando ya estábamos en mi hogar, esa mansión: cuatro tablones y una puerta; y sin techo, que uno con las tormentas se cala enterito. Sus ojos anguileños me miraron. La había dejado sentada en una piedra y yo, en cuclillas, la miraba. Se quitó la maraña de lianas pelosas y dejo ver su rostro. Una cara ancha y redondeada por los laterales, una barbilla pequeña y no muy grande, con una nariz muy delgada y algo picuda. ¡Vaya, pues no es una sirena! ¿Qué se le va a hacer? De esas cosas no se puede uno exigir nada más; si cae una mujer, bueno caer… (Del cielo, como se suele decir) Sería mejor ser escupida por el mar.

Me dijo que no recordaba nada, típico: ¿por qué todas dicen lo mismo? Yo creo que toda mujer, por regla (esa que además, por obligación, pasan cada 28 días por lo general) tienen que tener amnesia, ¿y por qué cojones pasa eso? No me preguntéis, es como si algo siempre lo dictase. Si existe un Dios debe de haberlo exigido de tal manera. «Si caen mujeres de un barco, avión que sobrevuela un mar, u otro vehículo, transporte o animal acuático, como un delfín que se lleva a un músico dionisiaco (recuerde la historia de Heródoto), deberá olvidarlo todo, incluido si se la olvidado el fuego encendido; y ésta es mi palabra. Bueno a no ser que me apetezca y una vez, o unas cuantas —Diría, con una sonrisa—, pa` putear a algún marido cornudo o cabrón que ha puteado a la susodicha, esto no sucederá; y ésta, también, es mi palabra, y a quien se le ocurra no cumplir bajo y le pego de ostias, a manotazo limpio; o eso, o envío a Chuk Norris, y si éste está de vacaciones o pegando a otro gilipollas que no cumples mis normas (absurdas o contradictorias; o de complejo manejo o entendimiento) será azotado con una patada voladora de Van Damme . Que así sea» Y ya se sabe… se cumple, ¡cómo Dios manda; y si no, manda a Chuk o te encajan una patada voladora que, como su nombre indica, te manda a la China! Menos mal que no soy el Recuerdo humano que debe de ser él el que se encarga de tal mandato, que si no… Ufff, ostión terrible. Y a lo que iba… Que si no, porque se van las tías por ponerse uno a filosofar…

Ella me miraba con esos ojos. Me daba algo de miedo.

- Hola —Dijo con una vocecita débil y dulce. Oh… ¡qué voz!

- Hola. ¿Cómo te llamas? ¿No te llamarás Venus? —Dije con tono cómico: mi forma de
ligar.

- No, eso es muy halagador…, no; me llama María Sandra Remedios de Todos los Santos Posibles Laura Teresa Beatriz Coral Sara Claudia Herminia Silvia. Aunque todos me llaman María, Sandra o Silvia… —Dijo otra vez con esa hermosa vocecita.

- Normal… Cómo pa`no…

- ¿Qué dices, mi salvador? —«Oh, mi salvador, me dice; qué increíble… Oye, es algo… Sí, pero que la carne, es carne; y todas las mujeres tienen… Y la carne es mucha carne… Mucha carne…» pensé agitadamente.

- Nada, María Sandra…

- … Remedios de Todos los Santos Posibles Laura Teresa Beatriz Coral Sara Claudia
Herminia Silvia. —Me continuó la lista —Pero, como te digo, llámame María o Silvia o Sandra, o elige uno de los nombres… —Dijo permitiéndome decir su nomen.

- Elegiría todos… —La contesté a lo empanado mental; eso ya no es mi estrategia…

- ¿Ah… y te acordarías…? —Me preguntó con los ojos abiertos, inmensos; esos ojos enormes y como manzanas, que parecían que te comían con sólo verlos— ¿De verdad?

- Bueno, es verdad… Te llamaré María. Es típico, pero no pasa de moda.

- Ah, vale. Pues María… —Me dijo algo consternada.

- ¿No te gusta?

- Bueno…

- ¿Y Silvia?

- Es un poco de… —Apostilló con asco

- ¿Sandra?

- Es muy usado…

- ¿Coral?

- Muy cursi… ¿Además, quién pondría ese nombre a una chica?

- Oye, pues tus padres…

- ¿Qué dices, mi salvador?

- Nada…

- ¿Laurita?

- Ah… Muy infantil. —«¿Y qué puto nombre?», me decía a punto de decirla que se llamará como se diera la gana, que a mí un bledo de cojones me importaba.

- ¿Teresa?

- Muy… Religioso, ¿no crees?

- ¿Beatriz?

- Me parece raro… —«Ostias, para rara tú, que tienes un tropel de nombres y no te gusta ni uno»

- ¿Herminia?

- Bueno… —«Y coge el de Herminia, tócate los… »

- Ah… Sí, muy… Sexy.

- Ah… pues, mejor… María. —«Su puta madre…Esta chica me va a poner… Y no de lo que a uno le gustaría…»

La princesita ya a las pocas palabras tenidas era de una cursi y una mandona que ni las mayores reinas de la Monarquía medieval y moderna —Bueno, y contemporánea… —. Que si hay que hacer una casa en condiciones, que si un baño decente: me criticaba cómo hacía y organizaba la casa ¡sin mover un jodido dedo! (tócate los cojones)… Bueno, y encima decía, ante mis indirectas —«¿Oye, te apetece que echemos un buen polvo; amor del bueno con tu salvador»—, que es que quería ser casta y pura. Una maldita idealista de los cojones. Bueno… Que al final acabe hasta el gorro; me cogí y me fui a la otra punta de la isla, traje madera y me hice una mierdusca de barca y… ¡hala, a la ventura! Al final, a los pocos metros de distancia, ¡toma, tormentón de los cojonudos! Que, ¿a imaginarse dónde caí?, pues bien… a donde el principio, donde estaba la salvada… Y oye, que si quejas, que no sé qué…

- Es que estoy sola… Me siento muy sola… Mira que soy una chica muy hermosa que necesita cuidados y que la mimen, que yo te doy de todo… —«Sí, el puto ideal de novia de isla olvidada de Dios (aunque el hijo de puta no se olvido de dar la regla esa de la amnesia, que seguro que la ricura tiene novio… ¡El marrón pa`él…!)».

- Sí, sí, ya va… Espera que… —Y me las piré… Con dos bien puestos. Hice otra barca y… ¡Tormentón, con dos cojones también! Y otra vez ella…

- Pero es que… Que… Que… —Bla, bla,bla…

- Sí, sí, cariñito, ahora mismo —Y otra balsa y:

- ¡Cariño, ¿dónde vas? —Y otra balsa, y remar, y otra vez— ¡Pero, amor mío, salvador, que no está la casa nada hecha, ponte a hacerla, nuestro nido… ¿amor?!
Y otra balsa… Reme tanto que casi sangro. Me ahogaba de una manera que ni que estuviera haciendo el Tour de Francia to`de golpe; y tormenta otra vez, pero ésta vez no naufrague donde siempre, menos mal… Fue en una isla con unas mujeres hermosas —Y yo que tengo instinto… Después de unos masajes (¡Que qué masajes) y unos… (¡y eran de flexibles…!)— donde pronto tuve que huir. Porque las titis me querían para un sacrificio a un Dios de éstos que son unos sádicos de cojones, y uno… Se tiene que andar con cuidado, que, a lo mejor, son de ésas que les dan por cortar penes como esa loca que se lo cortó a su marido, un anormal que la zurraba, y mira que eso es sagrado… Imagínate una horda de locas que adoran a una diosa corta miembros viriles, yo me piro… Vamos que me piro…
Entonces recale otra vez en mi pueblecito del norte y con la nieve cayendo por la ventana tranquilamente, mientras yo escribía algunas cuartillas. Otra vez a la tranquilidad, y no esas locuras con mujeres pijas y mandonas o locas cerebrales; mejor en casita, aun más aburrido que yo qué sé. Pero vivo y sin martirio, escuchando música.


Paseo por el bosque, una inmensa bruma de árboles que parece que esconden algo, aunque lo único que esconden… Son más árboles. Los pájaros trinan sus últimos cantos, ya casi somnolientos. Los corzos se esconden entre los laberintos de los bosques o las montañas, que despuntan por el este, por el oeste y el sur, como una muralla que sólo se abriera por algunos márgenes entre el suroeste y noroeste. Todavía el pueblo no se ve. Pero al dar unos pasos puedo ver mi escuela y, después, algo más lejos, la Iglesia que despunta y está tronando con su campana, cantando que ya ha pasado otra hora, como buena madre que cuida de sus hijos diciendo lo que tienen (o menos amenazador, con ese toque maternal, de avisar, simplemente…) que hacer.

Es en esa escuela donde educo y paso las mañanas de lunes a viernes, dando la chapa a algún criajo; allí donde los niños ya no hacen caso al profesor, porque la tele lo dice todo, y donde toda esperanza de enseñar algo, a pesar de padres que se enfadan por decirles tanta cosa que luego les preguntan y del Gobierno que cambia el sistema cada vez a peor y baja los presupuestos y nuestros sueldos…; pues allí paso las horas. Yo voy hablando de los tipos de animales, de sus reinos, de sus… Y ellos a los móviles. Grito a uno de ellos; un guaje de cresta, que tiene más gomina que yo, que me ponga para que mis pelos parezcan el de un universitario de veinte años aunque tenga treinta y cinco. Al principio ni me mira, ni caso. Luego me mira como extrañado, como si hablase chino mandarín, y no es que éstos nos hayan ya conquistado —No, no… Todavía estamos salvados y lo único, amén del castellano, que hablamos es un inglés macarrónico—.

Le quito el móvil. Él se levanta y se me pone chulo. Le digo que se ponga en su sitio, los demás se ponen descontrolados; se tiran proyectiles tierra-aire de corto alcance basados en la papiroflexia de unos buenos críos que pasan más horas aburridos que pensando o leyendo; las niñas van echándose chismes de unas a otras, como si se tratasen de adolecentes americanas de quince, con sus tacones que pesan casi más que ellas… Y gritó, normal… Pero ellos se me quedan mirando como: «¿Oye, este tipo está normal, o qué?»

- Callaros, narices —Bueno, a lo mejor digo coño… Pero bueno… No me miren mal madres súper protectoras, la tele lo dice mucho, no oirán nada anormal, al igual que oía a mi abuelo siempre santiguándose con un coño a lo buen ateo (y español, siempre el sexo en la boca; el cunnilingus verbal es algo hispano); es como eso de que los niños parecen, entre dientes de buenas cristianas, unos malditos salidos malnacidos, pero eso… También es que dejan la televisión con el Sálvame, aunque aquí a lo mejor no verán demasiado de estas cosas “de mayores”, sino que les dan el mando para no aguantarles, que mira qué peñazo son… Eh… Sí, podría ser… Pero continúo con mi relato.

Entonces me amenaza con decírselo a su madre. Pero a mí me importa un colín. Que se lo diga, y a llorar al rinconcito, o a las bragas de tu madre, que desde que no come porque a su hijo le maltratan en el cole no folla y desfoga con el marido, y éste, claro, se pone mala ostia (porque miren que carácter tienen algunos curas, de los que se ponen rojos y dan collejas con la apariencia de que disfrutan con ellas…). Por tanto, al final, los dos, la una estresada y en barbecho, viene cabreada ya no sólo por el hijo, sino con el marido que la tiene hasta los mismísimos que no tiene; claro… Entonces me dan ganas de cogerme de los pelos, tirar tan fuerte hasta que se me caigan y mandar al cuerno a todos los niños, pero tengo… ¿Cómo se llamaba eso? Ideales. Pues eso, simplemente suena la campana salvadora, que cada día es la religión de tantos… Y, de verdad, así, también la mía.

Al día siguiente, como adivinaba y adivinarán ustedes, vino la mujer. Que si no sé qué, que si está harta de mí; y yo la cuento el pastel… Y ella calla y se pone a llorar… ¡Hala, a consolar! Que si está harta, que si se iría a África (uff… Yo no erigiría ese paraíso…), que está sola. Y me mira con esos ojitos de corderín degollado, y yo sudo, como un pollo. Esto se calienta. Abro la ventana, aire… Lo necesito. Miro al cielo.

Ojalá pudiera huir por las nubes, como esos ángeles medievales en busca de luchas entre ángeles, santos y señores celestiales… O a una gran batalla como las que representan los niños… Pero estoy aquí con esta mujer que ahora va buscando consuelo y amante “secreto” (si se puede llamar así en una relación entre profesor y madre de alumno) en un profesor fracasado y que dejo hace tiempo los sueños, y las historias que ya sólo quedan en su cabeza, y que en el papel no pueden ser mostradas porque sus energías flaquean.


Llego a casa. Fuera me espera la madre de Carlos afuera con su bolsito colgadito; me da un beso cortés; entramos dentro y ella se quita todo su parapeto. Me echó en la cama, y me desnuda; dejo que haga lo que quiera con mi cuerpo y su cuerpo caliente acaricia mi piel hermética y fría que fricciona con la suya y se funden. Al final grita, se agitan lubricadas sus piernas y nos echamos cada uno a un lado de la cama. No consigo dormir, oigo sus pasos y se cierra la puerta; yo quedo sonámbulo en mi cama, echado lateralmente en mi cama, y con los ojos abiertos, sin poder dormir.
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MensajeTema: Re: Mirando al Mar (Barcos contra corriente)   Miér Mayo 09, 2012 5:21 pm

ME GUSTO,PERO NO PUEDO COMENTAR BIEN,TENGO QUE DEDICARLE MAS TIEMPO,ESCRIBES MUY EXTENSO Y BUENO A VECES EN INTERNET LOS HARAGANES COMO YO NO ENTRAN PEREZA,PROMETO VOLVER

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El amistad mejora la felicidad y disminuye la tristeza, porque a través del amistad, se duplican las alegrías y se dividen los problemas.

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MensajeTema: Re: Mirando al Mar (Barcos contra corriente)   Jue Mayo 10, 2012 6:25 pm

Vamos por partes, si te parece. Si no, lo dejamos acá.

Los textos necesitan mucha precisión en su escritura para que el lector avance en la idea sin desviarse ni fatigarse tratando de desenmarañarlo.


“ Miro al mar. Abajo caen las rocas, picudas o rectangulares, algunas muy afiladas y otras muy lisas. Tengo el corazón destartalado, me duele como si se me clavase un cuchillo; pienso que puede ser un ataque al corazón, pero esas cosas son muy rápidas y jodidas. Esto es continuo y resistente. Se me clava, clava hondo, pero no para destrozar; no, para hacer desquebrajarse en mil piezas.

Siempre que vengo aquí es en momento como éste. Mirar el mar me relaja, aunque estoy relajado la mayor parte del tiempo, a veces por desgracia, pero hay una especie de relajación especial al contemplar el mar y pensar o, simplemente,
dejarse llevar… Como si el mar te llevase y te abrazase a su reino de Poseidón.
Allí él con su tridente pasando lista: «Pepito… Grillo, ¿es usted?» ”


Aunque falta precisión para ubicar al lector, la introducción es muy buena. Un hombre al borde del precipicio. Tiene que avanzar pero es peligroso. El mar es el camino que sigue, las rocas el obstáculo que pueden interrumpirlo.

Se trata de: describir de lo real lo que nos conviene sin apartarnos de la idea que queremos significar.


“ Miro al mar… (falta el porqué lo miro). Abajo caen las rocas (no caen, eso es otra cosa; están), picudas o rectangulares, algunas muy afiladas y otras muy lisas (se redunda en el concepto sin que aporte: están abajo, están lejos y son peligrosas, eso es lo que importa). Tengo el corazón destartalado, me duele como si se me clavase un cuchillo; pienso que puede ser un ataque al corazón, pero esas cosas son muy rápidas y jodidas. Esto es continuo y resistente. Se me clava, clava hondo, pero no para destrozar; no, para hacer desquebrajarse en mil piezas. (Es un acierto poner aquí el estado del personaje y lo del ataque cardíaco le aporta veracidad. Lo que falla es la mala adjetivación y la pobreza de imágenes. Destartalado no va y la imagen del cuchillo remite a un dolor punzante y breve que no es lo que le pasa al protagonista; o sea, está mal descripto).

Siempre que vengo aquí es en (un) momento como éste. Mirar el mar me relaja,
aunque estoy relajado la mayor parte del tiempo, a veces por desgracia, pero
hay (…por desgracia. Pero hay …) una especie de relajación especial al
contemplar el mar y pensar o, simplemente, dejarse llevar… Como si el mar te
llevase y te abrazase a su reino de Poseidón. Allí él con su tridente pasando
lista: «Pepito… Grillo, ¿ es usted?»

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http://www.letrasyalgomas.com/t26420-bolazos-para-gente-seria-y-viceversa#204930



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MensajeTema: Re: Mirando al Mar (Barcos contra corriente)   Vie Mayo 11, 2012 4:35 pm

Gracias a los dos. Sobre todo por el esfuerzo que es leer, yo estoy ahora con la Universidad hasta el gorro... Antifaz,(bueno, antes gracias por analizar mi escrito, que es trabajo a parte y a mayores) a tu primera resolución, no sé bien el cambio. Lo de los motivos de mirar el mar, bueno, creo que lo explico después, pero no me parece tampoco algo tan importante. Lo de caer, es una manera de hablar, quería profundizar en eso de lo duro que es "caerse", algo que tiene que ver con el devenir del escrito. Pero te doy toda la razón con lo del cuchillo... Lo miraré para corregir eso, a mí también me pareció malo, pero no sabía qué hacer.

Un saludo de Samuel
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MensajeTema: Re: Mirando al Mar (Barcos contra corriente)   

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Mirando al Mar (Barcos contra corriente)
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