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 Gauna, el Previsible II

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León Caballo
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MensajeTema: Gauna, el Previsible II   Lun Abr 16, 2012 10:06 pm

De lunes a viernes, después del trabajo, la siesta y el club, tenía distintas asignaciones fijas para sus actividades, que no podían ni debían ser alteradas por ningún motivo. Por ejemplo, los lunes estaban dedicados a mirar televisión cómodamente instalado en el sillón del living, mientras esperaba que su esposa preparara la cena. Porque era el comienzo de la semana y debía iniciarla evitando estresarse de entrada con cualquier forma de preocupación.

Los martes y jueves, iba permitiendo subir un poco el nivel de adrenalina en su sistema y dividía su tiempo libre en mitades iguales, jugando en la computadora a la granjita de Facebook y al solitario virtual. Aunque es justo reconocer que muchas veces ignoraba la implacable sentencia del reloj, para dedicar un generoso veinte por ciento extra del tiempo en favor de la granjita, que cada vez parecía producir más y más.

Los miércoles visitaba a su solterona tía Vicenta, único familiar que le quedaba en la ciudad y futura causa segura de una modesta herencia, repitiendo con religiosa dedicación, cada semana, siempre los mismos temas de conversación sobre la familia, el trabajo y el eternamente paupérrimo estado general del país y sus jubilados. Mientras tanto consumían lentamente una botellita de Chardonay que él llevaba, con sandwiches de miga que ella proveía.

Los viernes eran los días para ir al cine con su mujer. No importaba que película se exhibiera en la sala; si era buena, regular o un bodrio de aquellos. El viernes era el prólogo del fin de semana, día asignado para la concurrencia al cine y eso era inalterable en el carácter intransigente de Gauna.

Sólo una vez su esposa, melosamente, le sugirió la idea de ir a cenar al centro después de la película, pero su marido, indignadísimo, la aleccionó duramente sobre el despilfarro sin sentido que eso significaba, cuando, por una pequeña fracción del exagerado costo de un restaurante, ellos en su casa comerían sin apuro, antes de salir, más y mejor.

Los sábados, la asistencia al club consumía casi todo su tiempo diurno. Y era el único día que por la noche gozaba de una agenda más o menos abierta, que podía incluir distintas celebraciones con personas conocidas, reuniones con allegados o festejos de cumpleaños, a los que de otra forma no asistía, sin excepciones, de no llevarse a cabo en esa particular noche de la semana.

En noche de sábado, y no otra, una vez al mes, dependiendo un poco de la regularidad del ciclo femenino de su señora, consumaban un encuentro amoroso, con o sin ganas, que jamás excedía los quince minutos de duración. Eran relaciones por decreto, absolutamente desprovistas de cualquier sentimiento amoroso, y sólo ejercidas porque así lo dictaban las constituidas normas del matrimonio. Gauna, secretamente, esperaba con impaciencia que su mujer llegara al climaterio, para poder de una buena vez por todas, dejar establecido un sábado fijo al mes acotado para tales prácticas.

Las actividades designadas para el domingo estaban bastante supeditadas al tiempo meteorológico. Con buen tiempo, se iban por la mañana a una casita de fin de semana, heredada por Gauna de sus padres, que no se hallaba muy lejos, en la zona rural a las afueras de la ciudad. Allí, él preparaba sin apuro un asado que luego comían casi en silencio, dormía una buena siesta alentada por el vino y finalmente tomaba unos mates con facturas, confortablemente sentado en una reposera bajo la sombra del enorme nogal, estirando lo más posible el momento de la partida. Pero a la hora del crepúsculo, debía iniciarse la vuelta a casa. Uno debía prepararse, siempre decía, aunque nunca fue muy claro en qué sentido, para enfrentar el inicio de un nuevo ciclo de rutina semanal.

En caso de mal tiempo, el plan de contingencia era permanecer en la casa, alternando períodos de sueño con muchas películas de acción. Las de amor, a Gauna realmente no le gustaban, salvo que le tocara alguna en suerte un viernes por la noche, inevitable día de cine.

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