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 Inés 2

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jonay

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MensajeTema: Inés 2   Mar Mar 13, 2012 11:10 pm

Acerina

Acerina era la más bella de la mujeres de Anaga. Su cabellos eran finos y sedosos como las crines del mejor caballo de Córdoba. Sus ojos azules reflejaban el brillo del mar cuando recolectaba las lapas con la bajada de la marea. Sus manos eran capaz de fabricar una rica artesanía inimitable. Con el barro amasado realizaba largos churros, que unidos entre sí y a ritmo de espiral, formaba su complejo arte. En cada vasija modelada, aún húmeda, grababa los símbolos de la diosa madre Asmayech. Una vez finalizada la tarea de embellecimiento, ponía a secar al sol cada pieza para luego ser expuestas ante el fuego, que con su calor, adquiría la dureza de una roca.
Acerina vivía en un mundo en el que las estaciones no existían, podía beber agua durante todo el año, las flores brotaban del suelo continuamente tapizandolo con diferentes formas, olores y colores. Una gran bahía se encontraba a los pies de numerosas montañas, en cuyas entrañas se gestaba un monte único en el mundo que destilaba lenguas de aguas traídas de las lejanas cumbres. Cuando tenía alguna oportunidad, ella se adentraba y se perdía entre los númerosos senderos del monte para visitar a su antigua Harimaguada, a pesar de su anterior destierro.
Las maguadas eran desde niñas instruidas para el sacrificio espiritúal, sólo ellas eran capaz de comunicarse con el padre cielo. Vertían leche de cabra para alimentar al Dios, y mediante cánticos y bailes específicos prolongaban la armonía de nuestro pueblo, alejando las sequías y las guerras entre aldeas vecinas. Acerina fue, desde que contaba con ocho años, criada entre ellas. Parmaneció en un aislamiento que debió haber durado veinticinco años, a una edad en que la joven maguada estaría preparada para conocer hombre y casarse. Amaba a sus hermanas, disfrutaba de la plena libertad de correr entre los helechos y brezos. Se deleitaba con los manjares que su pueblo les regalaba a modo de ofrenda, un privilegio que ellas mantenían con la condición de que se mantuvieran siempre puras y vírgenes.
Ella era feliz allí arriba, aunque no entendía el motivo del encierro entre los límites marcados por la Harimaguada. Soñaba con bajar de las montañas y acceder al poblado. Quería saber cómo vivía la gente del pueblo, ver a las otras mujeres que, cada semana, subían las vasijas llenas de alimentos. Conocer la costa en toda su extensión, ver el mar y la arena de cerca, pues aún era demasiado joven para sus baños marinos.
Con el paso de unos pocos años Acerina cambió su envoltorio de niña por un cuerpo de mujer. Sus senos crecieron y su cadera se ensanchó dibujando una sutíl figura en la base de su cintura. Se convirtió en una hermosa criatura de cabello largo y ojos claros como el agua que se abrían alimentados por la curiosidad, cada vez más obsesiva, de conocer lo que había al otro lado de los límites. Una noche con luna llena, sus largas y morenas piernas descendieron con agilidad la abrupta montaña y decidió romper las reglas. Su pecho quedó desbordado pues había desobedecido a su maestra. Había infringido la norma básica de la confianza en la que fue instruida. Le atrapó el miedo, la culpa y la vergüenza pero Acerina no se detuvo porque las ansias de conocer lo no visto fue más grande que cualquier regla.
Cuando ya empezó a invadirle el agotamiento llegó a la prohibida costa del norte. Estaba agitada por el miedo a ser descubierta pero quedó extasiada cuando sintió, por vez primera, la arena negra bajo sus pies. Una tierra fina, y oscura . Las olas clamaban a Acerina su entrada hacia el océano que con cada gesto de fuerza lograban cautivarla aún más. Sin pensarlo, se lanzó al agua, comprobó su frío y espeso tacto, disfrutó con sus ondas bajo la vigilia de la luna. Olvidando todos sus temores.
En ese mismo lugar, cerca del mar y del cielo. Acerina, mi madre, me trajo al mundo.
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Inés 2
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