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 Inés

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jonay

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Fecha de inscripción : 12/03/2012

MensajeTema: Inés   Lun Mar 12, 2012 10:44 pm





Con cada segundo que pasaba se veía más lejos. A través del agujero perforado en la pared vi su silueta perdiendo volumen. Su color intenso se esfumaba como el humo del fuego perdido en el cielo. Recuerdo la mirada atenta en la delgada línea en la que se convertía mi casa debido a la distancia que nos separaba. Mis párpados se encontraban abiertos intentando buscar la salida de aquella pequeña caja que crujía con cada vaivén de la marea. No sabiamos qué era lo que iba a ocurrir, ni lo qué deberíamos hacer, ni el porqué nos habían arrancado de la isla. Rodeados por agua buscaba consuelo en mis otros hermanos pero, aterrados, no mediaban ni una sóla palabra. En unos instantes desapareció todo del horizonte.

Pasamos meses de travesía por el mar, alimentandonos de los desechos, hacinados en aquel habitáculo de ambiente húmedo y olor a muerte. Algunos de mis hermanos fueron abandonando el mundo. Pocos niños aguantaron aquel infierno en el que nos encontrábamos. Deshidratados y con fuertes dolores en el abdomen, morían. Cuando esto ocurría, eran despojados de las cadenas y lanzados por la borda como si fueran sacos de piedras bajo la desesperación de sus madres.

Las noches se me antojaban largas, noches iluminadas tan sólo por la misma luna que era la única que seguía en el lugar de siempre, ajena a todo lo que allí acontecía. Quedamos pocos con vida cuando nos acercamos de nuevo a tierra. Era otra muy distinta a la que yo conocía, ya no era majestuosa, con sus enormes montañas, ni sus hermosos barrancos por el que discurrían libremente las aguas y en las que yo desaparecía.

Fuimos saliendo uno a uno de aquel monstruoso barco pero no me quedaba aliento, ni fuerza en las entrañas. Las pesadas cadenas habían formado en la piel de mis tobillos dolorosas ampollas que nunca sanaban. Desprendidas de ellas, formaron pequeños grupos con nosotros. Las mujeres fuimos separadas, y cubrieron nuestros cuerpos con túnicas blancas, de tejido áspero y grueso. La desnudez ofendía a toda aquella gente. Estaba cegada por la luz que irradiaba hacia mi cara después de una oscuridad casi absoluta. Me sentí aturdida, confusa por el lugar donde me encontraba, un mundo ruidoso, sucio, lleno de pequeñas casas, pero con altas torres como nuestros pinos.

Separada de mis hermanas, me llevaron junto a un hombre de piel oscura como la madera quemada y casi desnudo. Era corpulento, de ojos marrones, y dientes blancos perfectamente alineados. Debido a la resistencia que había ofrecido hacia aquellos hombres salvajes, tenía heridas abiertas en su espalda. Su sangre era igual de roja que la mía y se deslizaba por su torso formando un lago entre los fríos adoquines del muelle.Con el paso de las horas, comprendí el cometido de aquel macabro paisaje.

Ambos fuimos llevados hasta un lugar llamado La Lonja. Ante mí se levantaba la roca labrada más imponente del mundo. Su exterior estaba bordado de pequeños personajes petrificados, como si la lava los hubiera envuelto en una de sus temidas furias. Demonios, brujas, niños y cualquier otra criatura, eran representados en cada rincón y esquina de sus paredes. En su interior, mi cabeza no alcanzaba al techo. Estaba confeccionado de trozos de cielo sustentados por palmeras de hojas doradas también en piedra. Su azul era intenso y tenía en su poder brillantes estrellas atrapadas con alguna magia que yo aún desconocía. Sólo yo pude ver lo que aquí expreso porque los ojos del "Negro", así le decían, permanecían vendados.

Nos esperaba un hombre de finas vestimentas que combinaba perfectamente con el entorno. Su acompañante posó su mano sobre mi cara, presionó mis mejillas, abrió mi boca e introdujo sus amargos dedos deslizándolos enérgicamente por mis dientes. Con aprobación, y sobre los tejidos que me habían puesto, acarició mi joven cuerpo. Palpó mis pechos, muslos y nalgas sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Allí se negoció mi compra. Yo era una esclava de buena guerra, así fue como me catalogaron. Esclava de la más alta calidad por ser de tez blanca y cuerpo joven. Una esclava aún sin nombre, de raza guanche y pagana, por la que se pagó un puñado de monedas.

Entre telas de sedas, granos y especias, fui obligada a olvidar mi verdadero nombre, Cathaysa.[img][/img]
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Inés
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