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 La Posada de los Brujos. Capítulo 29.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 29.   Mar Feb 14, 2012 9:36 pm

Capítulo 29

Confesiones que Aclaran Incógnitas.
Vestidos con batas de levantarse, apoyado en Gina y Sergio, Lucas tomó las riendas del terrible acontecimiento y pidió que se reunieran en la biblioteca para aclarar totalmente los crímenes de Carlo y su cómplice Jacobo. Este último, que había perdido mucha sangre por la herida causada por el cuchillo, debió ser atendido por María y al quitarle la filosa arma terminó con la hemorragia y un buen vendaje. Fue muy bien amarrado por el joven amigo del investigador, pues sabía mucho de atar animales en el campo del sur y fue dejado cerca del cadáver de Carlo, bajo el cuidado del anciano don Pascual quien se sentó pacientemente en el pasto con la escopeta en sus manos y una mirada que decía claramente que dispararía al chofer si intentaba escapar.
Antes de retirarse, todos escucharon la confesión del conductor. Según él, excepto esta noche en su desesperación, nunca disparó a matar, pues la única vez que lo hizo fue por orden de Carlo, quien confiaba en su puntería y que tiraría por donde estaba en las ventanas del segundo piso para alejar toda sospecha de él, apareciendo como otro Carusso bajo la mira del desconocido asesino. Claro, no contaban con que el balazo dio mucho más cerca de la cabeza del sobrino fallecido; cuando se juntaron en la ciudad, fue recriminado fuertemente por su cómplice, pues casi lo mata por casualidad.
A la pregunta de por qué obedecía a Carlo, Jacobo debió confesar también que el sobrino de las señoritas Carusso a través de sus contactos con el hampa, supo que había matado casi accidentalmente a Manriquez el fiel servidor de la casa que también se había expuesto para salvar a las mujeres. Sucedió cuando éste inició sus indagaciones y lo confundieron con policía; la riña ocurrió en un burdel y terminó trágicamente en la calle de un mal barrio y en su ebriedad Jacobo le disparó, creyendo que él lo había matado. Estaba tan borracho que sólo se enteró al día siguiente por el mismo Carlo y sus propios amigos confirmaron esta falsa aseveración.
Lucas lo miró compasivamente y ante la cara de interrogación del chofer, le contó las indagaciones que hicieron los detectives amigos. Este hombre, el chofer Jacobo, no fue detenido, pues nunca mató a nadie; en esa oportunidad no pudieron probar quién fue el autor del balazo criminal que mató al sirviente y que acertó en su cabeza. Ahora quedaba claro que había sido el descastado sobrino de las señoritas Carusso quien asesinó al fiel Manriquez con un tiro fuera del radio de acción de la reyerta, gracias su extraordinaria puntería; aparentemente el leal servidor de la casa Carusso llevaba bien encaminadas sus averiguaciones y Carlo debió asesinarlo, pues iba a ser descubierto. Fingió que lo ayudaba a escapar de la justicia, contratando los servicios de un abogado que fácilmente lo sacó de su detención, logró emplearlo como chofer de la familia Carusso y lo hizo su cómplice en los atentados a las únicas tres herederas de la fabulosa fortuna de Marcelo Carusso. Ahora el conductor sería detenido por haber herido al buen amigo de la casa, José el araucano, y por complicidad en los atentados.
Los antecedentes recopilados por su excolegas decían claramente que Carlo Carusso había dilapidado parte de la fortuna de su padre y hasta entraron en la sospecha que su propio hijo, un frío asesino, lo desbarrancó en su automóvil para heredar sus posesiones. Tiempo después hizo lo mismo con su tío Marcelo, salvándose en aquella ocasión en forma milagrosa su hija Gina, quien vio a su querido primo, varios años mayor que ella, como mataba fríamente al progenitor de la muchachita. Ella quedó tan choqueada que su mente se negó a aceptar que aquel primo, a quien consideraba como su hermano mayor, había sido el homicida y sólo recordaba a un feroz demonio que provocó la tragedia . Sin embargo, hasta entonces sólo eran conjeturas.
—Al no lograr su objetivo, asesinar a su prima Gina también —continuó el sabueso—, en su desesperación ideó matar a las tres sobrevivientes y dejó caer la idea que el despechado hijo de don Pascual, el mayordomo, pudo haber buscado venganza. Jacobo era el caballo de Troya metido en la mansión y por teléfono éste le indicaba al criminal primo las ocasiones cuando podía ir a disparar. Los perros lo conocían y hasta jugaban con él, de modo que entraba a la propiedad cuando quería, sin ser detectada su funesta presencia porque conocía la ubicación de todos los aparatos electrónicos de vigilancia que le impedían aproximarse mucho.
Quedó claro como la luz del día que, al asesinar a sus dos tías y a su prima Gina, él sería el único heredero de la gran fortuna de las Carusso. Su ardid de aparecer como atacado por el desconocido homicida, que casi le cuesta la vida en el balazo que le disparó su inexperto cómplice Jacobo, lo dejó fuera de las sospechas de los investigadores.
Una vez que estuvieron cómodamente sentados en la gran sala de la biblioteca, Lucas llamó a la Brigada de Homicidios.
—Brigada de Homicidios, buenas noches, habla Inspector Vallejos, Oficial de Guardia —la voz impersonal del funcionario contestó la llamada.
—Hola Vallejos, mi querido amigo, soy Lucas De los Ríos. Te ruego envíes personal a la casa de las señoritas Carusso; tú sabes que estoy trabajando un caso en forma particular. Tenemos un individuo muerto violentamente. ¡Ah! avisa al Fiscal que investigará la muerte violenta de uno de los Carusso. Gracias.
Luego llamó a don Rufo Cañedo, le hizo un brevísimo resumen de los hechos y le rogó que viniera a la mansión.
Mientras esperaban a la Policía de Investigaciones, la médica nativa, María, curaba la herida que tenía su marido José en la espalda. Casualmente la bala había golpeado la escápula derecha, produciendo una dolorosa herida pero el proyectil no pudo entrar en el duro hueso del araucano; el plomo quedó limpio de sangre sobre una mesita a la vista de los presentes. También hizo curaciones a Lucas, a quien miró con respeto y él creyó ver en sus pupilas un brillo de admiración y le dijo en voz baja:” Huinca, vos sos valiente como un mapuche”, cuyo significado era un gran honor para el joven. A continuación la bella Gina, ya sin sus gruesos lentes y estrafalaria vestimenta, radiante de felicidad, le tomó su brazo sano y no quiso soltarlo y se sentaron en un cómodo sofá.
—Aparentemente en lo que concierne al crimen de don Marcelo y los atentados está todo claro —la voz tranquila de Lucas se dirigió a todos los presentes que aún estaban sobreexcitados por la aventura recién terminada—. Sin embargo, estoy anonadado con Gina y los hechos casi sobrenaturales para mí. La increíble metamorfosis de una débil y enfermiza muchachita que se transformó en una bella mariposa, de la cual, sin darme cuenta, he estado enamorado todo este tiempo desde que la vi en el lugar llamado La Posada de los Brujos.

(Concluirá: “ Cuando el Dolor Produce Locura”)
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