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 La Posada de los Brujos. Capítulo 27.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 27.   Mar Feb 14, 2012 4:03 pm

Capítulo 27

Luna, Amor y Sangre.
Con los ojos cerrados y sus manos con los dedos cruzados sobre su vientre, parecía dormir, pero su cabeza continuaba agitada, la bella mujer desnuda aparecía insistentemente en su imaginación. Recordaba como si hubiera ocurrido hacía pocos minutos el mágico episodio en ese raro lugar llamado La Posada de los Brujos; también se entremezclaba la trágica historia de la familia Carusso, los disparos, la adrenalina que despertó en él al hombre de acción. Se calmaba algo cuando recordó también con lástima a la desvalida muchachita, sobrina de las aristócratas señoritas y de nuevo, insistentemente surgía la figura sonriente de la bella desconocida saliendo de la laguna.
Pese a que la suave luz de los focos indirectamente iluminó su rostro, se fue adormeciendo con la imagen de la Venus desnuda saliendo del agua y que volvió hacia él; recién notó el parecido con Lupita que le sonreía. En su sueño recurrente, la bella muchacha miró con alarma hacia la oscuridad, dio un gritito de alarma y salió de la laguna apresuradamente hacia la vieja casa iluminada por las llamas de la enorme fogata. El tam tam de la mujer del tambor y el barritar de un elefante, fue interrumpido por el ladrido de un perro.
Esto lo hizo despertar y se sentó en la cama; sonrió, mientras se pasaba las manos por el pelo: “¡Picarón! Te está gustando demasiado la bella Lupita”.
Quiso quitar la vista de los reflejos de las luminarias eléctricas que le molestaban, pero con sorpresa vio a través de los vidrios de su puerta y de los ventanales abiertos que, en la plenitud de su belleza, la luna llena había hecho su aparición hacía rato sobre la gran cordillera. Contempló a la reina de la noche en su ascenso y el recuerdo imborrable la mujer desconocida allá en la floresta sureña se acrecentó en su imaginación.
— ¿Lupita? ¿Será posible que ella fuera el centro del ritual de la machi? ¡María, sí, María era la chamán que tocaba el cultrún y… José era el nativo que emitía el extraño barritar con su instrumento indígena!
La emoción y excitación se apoderaron de él; de un saltó quedó de pie junto al lecho y las palmas de sus manos sobaban sus mejillas, mientras comenzó a pasearse por la habitación. ¡Supo que su corazón había quedado prisionero de la bella sirena desde el momento en que la vio salir de la poza! ¡Entonces…, entonces la Venus era Lupita!
Su pulso latía fuerte y fue sacudido con un verdadero golpe de adrenalina y todos sus sentidos estaban alertas. Nuevos ladridos le llamaron la atención y se dirigió al ventanal para ver por qué los perros estaban inquietos, fue cuando escuchó un chapoteo y sus ojos miraron la gran piscina, donde se reflejaba la luna hecha mil pedazos por las ondas del agua. Alguien, aprovechando el calor ambiente, se había zambullido en las refrescantes aguas; tal vez no reconocería al nadador, a quien vio deslizarse como un pez hacia la orilla. La luna entregaba su luz desde el fondo.
Con asombro vio que por la escalerilla subía la bella figura de una mujer desnuda: la soberbia belleza lo dejó con la boca abierta. Se estaba preguntando si todavía soñaba, pues el tam tam de su corazón cambió por el tambor mapuche que ya había oído antes, el barritar de la trutuca y un canto como lamento terminó por paralizarlo.
Emprendió veloz carrera y de paso tomó su bata sin ponérsela; en su apresuramiento olvidó tomar la pistola. Alcanzó a escuchar a su amigo Checho que también había despertado.
— ¡¿Qué diablos pasa? ¿A dónde vas, loco?!
Bajó la escalera como un relámpago y jadeante pisaba el pasto húmedo en dirección a la alberca; miraba con ojos desorbitados a la bella mujer que lo esperaba junto a la escalerilla metálica. Su corazón palpitaba con fuerza ante tan extraordinaria aparición y su carrera se transformó en lentos pasos, contemplando asombrado a la desconocida, pues… ¡Sí ! ¡Era la misma sirena que vio salir de la charca aquella inolvidable noche de magia!; la bella se sacudía el cabello mojado y levantó en un gesto triunfal sus brazos hacia el cielo, mientras su boca emitía una risa cristalina.
Cuando sonó el disparo ya se encontraba junto a la escultural mujer y oyó a la muerte como un abejorro que zumbó junto a su oreja. Su instinto policial lo hizo tomarla de un brazo y ambos se arrojaron al suelo. Un segundo disparo le quemó su costado derecho en su afán de colocarse entre ella y el asesino, pero se sobrepuso y con gran agilidad corrió zigzagueando hacia donde vio el último fogonazo a unos cincuenta metros.
Una nueva descarga de un disparo precipitado aparentemente se perdió lejos de él y con audacia, siempre evitando que el criminal hiciera puntería, logró llegar donde vio las llamaradas mortales y saltó como un tigre sobre la figura masculina. Su mano izquierda, acostumbrado a estas luchas, desvió el arma que disparó nuevamente; su puño derecho lo golpeó en el rostro cubierto con un pasamontañas; el misterioso agresor trastabilló dejando libre su guardia, Lucas, cuando vio que trataba de apuntarle a su cara con un revólver Colt Police .38, provisto de un cañón más largo que lo habitual, aprovechó para propinar un golpe desesperado en la garganta que normalmente es mortal. Sólo entonces el enmascarado dejó de oponer resistencia y cayó sobre el pasto, el arma saltó a un metro de ellos.
En la mansión se encendieron todas las luces, lo mismo que en las cercanas casas de los sirvientes. El gigantesco José corría hacia ellos con la escopeta, delante venían los dos peligrosos perros; el araucano sonrió salvajemente cuando vio que el agresor estaba derrotado y tuvo una exclamación en su idioma, levantando ambos brazos y haciendo que la luz de la luna brillara sobre el metal de su arma.
Una nueva detonación se escuchó en las proximidades del palacete y el valiente mapuche cayó herido por un cobarde balazo. ¿Otro francotirador?
Tanto el joven como también los perros estaban junto al desconocido; Lucas miraba con ansiedad a José, quien se levantó hasta quedar de rodillas y le hizo señas que se calmara.
— ¡José, cuídelo que no huya! —ordenó, mientras corría de nuevo impulsado por su deseo de seguir luchando, fue en busca del otro agresor por detrás de la piscina. Desde la sombra de los árboles otro fogonazo y un nuevo proyectil impactó dolorosamente en su brazo izquierdo; se sintió débil, detuvo su carrera hasta caer en el césped con su respiración agitada. Cuando perdía el conocimiento, una sombra que lloraba lo abrazó y ya no supo nada más, cayó en un oscuro y profundo pozo.
Tal vez fueron pocos segundos que estuvo inconsciente, una potente luz hirió sus ojos; cuando el rayo luminoso lo apartaron, vio que Lupita se aproximaba valientemente; detrás de ella, como una multitud, venían con cierta cautela los habitantes de la trágica casa señorial.
— ¿Y el otro francotirador? ¿Quién diablos es y qué pasó con él? —preguntó con la voz un poco débil.
—Parece que lo atraparon también —la musical voz lo hizo volverse a quien lo sujetaba por los hombros.

(Continuará: “Se Descorre el Velo del Misterio”)
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La Posada de los Brujos. Capítulo 27.
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