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 La Posada de los Brujos. Capítulo 25.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 25.   Mar Feb 14, 2012 3:53 pm

Capítulo 25

Más Pistas.
Mientras las dos hermanas conversaban animadamente con Rufo Cañedo, por su lado Sergio entró en un simpático intercambio de bromas con el alegre Carlo, quien le hizo una observación sobre la admiración que había en su mirada cada vez que veía a las hermosas sirvientas y el muchacho, que ya había adquirido confianza en sí mismo, le respondió que el primo también las contemplaba con disimulo y ambos lanzaron una carcajada y se guiñaron los ojos.
Gina se retiró con sus fieles guardianes. Lucas se levantó callado, esperando que los demás lo vieran para pedir excusas, pero era tanto el murmullo de los presentes, absortos en sus alegres charlas, que resolvió salir y se paseó meditabundo junto a la hermosa pileta que arrojaba agua de colores, refrescando el aire; sintió que era el único lugar fresco.
Desde allí contempló como las montañas se reflejaban en la superficie tranquila de la gran piscina con un cielo sonrosado que anunciaba el fin del día. Sus pasos lo llevaron hasta el canil donde estaban los perros que le ladraron un par de veces, pero lo reconocieron y callaron. Su hábil y experimentado sentido visual le permitió ver que todo estaba aseado, los comederos individuales también estaban limpios. Entrecerró sus ojos y su mano maquinalmente acarició su barbita en profunda reflexión; su cabeza asintió varias veces como si asintiera en una conversación consigo mismo. Aspiró con fruición el aire que las flores y árboles perfumaban con mayor intensidad a esa hora y, con el rostro mostrando decisión, regresó a la mesa; Carlo y Sergio callaron su carcajeo, en tanto que las personas mayores lo miraron con curiosidad.
—Excúsenme, distinguidas damas y caballeros, debo continuar con mi investigación.
Inclinó su cabeza y miró a su compañero, quien comprendió y pidió permiso para retirarse. Acudieron a la cocina, donde la alegre Gabriela, a quien le preguntó por José; ella indicó desde una ventana con su mano hacia el fondo “siga unos cien metros hacia esos frondosos aromos, allí cerca lo encontrará haciendo sus tareas”. Pasaron junto a las cómodas viviendas del personal de servicio hasta una bien dotada y hermosa huerta, desde lejos había distinguido al fornido hombre que estaba regando con una manguera.
José no se dio el trabajo de voltear para ver quiénes se aproximaban, tal vez vio antes a los dos investigadores, porque siguió lanzando agua a lechugas y otras hortalizas. Cuando escuchó la voz de Lucas, continuó su trabajo.
—Don José, perdone que le interrumpa —el gigante mapuche se dio vuelta con su impenetrable rostro—. Quiero preguntarle algunos detalles acerca de sus perros.
El joven no se arredró ante la indiferencia del indígena, pues conocía a un pueblo noble y aguerrido y esa costumbre que para los extranjeros podrían tomarla como insolente.
—Me puede decir si están adiestrados en forma especial…, digo para atacar, por ejemplo, los veo encerrados en su corral, supongo que estaban comiendo, pero pensé que debían andar sueltos.
El Hércules araucano, siempre con su rostro impasible, cortó el agua y dejó en el suelo la manguera.
—Órdenes de Matilda, teme que ataquen a los visitantes.
—De acuerdo, pero ¿no los suelta en la noche?
—Todas las noches vigilan y recorren la propiedad, echando a los intrusos que pretenden robar los pavos reales —con un movimiento de cabeza mostró las ramas de los árboles cercanos, donde ya se estaban acomodando algunas de las hermosas aves.
—¿Y la noche anterior cuando fuimos atacados por el francotirador?
—Huinca, durante todos los ataques del desconocido mis perros estuvieron sueltos —un brillo divertido apareció en sus oscuros ojos—. Supongo que vos detective ya sabes que ellos conocen al malo.
Se volvió a su trabajo, sin decir nada más, y continuó mojando la bien organizada huerta. Era la costumbre de la “gente de la tierra” o mapuche hablar sólo aquello que consideraban necesario y ambos jóvenes la conocían.
El artista tomó a su joven amigo de un brazo que lo miraba con ansiedad, pues no alcanzaba a comprender bien la breve conversación y volvieron al porche donde permanecía el grupo de los Carusso y el mexicano, quienes los miraron con curiosidad. Comprendían que el olfato del sabueso estaba trabajando y que aparentemente iba por buen camino, sin embargo guardaron silencio cuando ambos amigos ocuparon nuevamente sus asientos.
Doña Matilda, no soportó el interés que despertó el pequeño paseo que dieron los dos amigos.
—Estimado señor De los Ríos, me da la impresión que usted ya tiene algún resultado en sus indagaciones. ¿Tiene una pista que permita aclarar todo estos dramáticos sucesos?
Lucas, dándose cuenta que la distinguida dama no se daba cuenta que no podía cometer error alguno al hablar, se rascó suavemente su cabello.
—Señorita, tengo algunas ideas y espero juntarlas, sólo entonces le daré un informe —una inspiración lo hizo continuar—. Esta noche espero una llamada de un leal y querido colega que me dará una información vital para la investigación…, espero completar el rompecabezas. Siento no poder darles otros antecedentes, pero como se dice…, podría estropearse todo el trabajo.
Mientras charlaban las amas de casa con don Rufo, quien les daba cuenta a grandes rasgos la marcha de los negocios de la familia Carusso, Carlo gozaba jugando con los peligrosos dóberman que José ya había soltado.
Lucas y Sergio paseaban por el perímetro cercano a la residencia. Llegaron a los cobertizos que cobijaban a los lujosos automóviles, que fueron admirados por el muchacho que hablaba sobre tan maravillosas máquinas y sus características, sin importarle que su amigo no le prestara atención; era una situación a la que estaban acostumbrados, sin que ninguno se sintiera ofendido por ello.
En el último de una fila de cinco vehículos, en el interior de un Mercedes-Benz muy serio y elegante, pero a la vez con todos los adelantos que la tecnología permite, se encontraba el chofer Jacobo, quien estaba aseando acuciosamente hasta los más pequeños detalles con una aspiradora y un paño. Ya se había percatado de la presencia de los dos jóvenes, no les hizo caso y en medio del ruido producido por la máquina aseadora, oyó su nombre pronunciado a gritos al tiempo que una palmada sobre uno de los guardafangos; dejó de laborar y con mirada expectante se puso al frente de ambos.
Sus movimientos, al parecer del investigador, eran cautelosos y trató de mantenerse lo más erguido posible para alcanzar la estatura superior de Lucas.
Las preguntas que hizo al chofer fueron tan superficiales e incluso fuera del caso, como cuando le preguntó por su familia, hermanos y parientes, que Checho miró a su amigo con extrañeza. Sin embargo, el diablillo inquieto, aburrido por la charla insulsa se dedicó a admirar los carísimos automóviles que sumaban siete. Con el rabillo del ojo distinguió entre los coches una figura varonil que espiaba a hurtadillas, era Carlo Carusso; el joven halló razón al sobrino de las distinguidas señoritas, pues él en su lugar también habría querido investigar o ver qué diablos se estaba haciendo por descubrir al asesino.
Cuando ambos se retiraron de las cocheras y caminaban por los crujientes senderos de hermosa gravilla amarillenta, el sol ya se había ocultado detrás de las montañas de la costa. Vieron como los pavos reales que aún estaban despiertos tras un breve vuelo se juntaron con sus congéneres que estaban prestos para dormir.
El joven ayudante le contó a su “jefe” que había visto a Carlo en una actitud de curiosidad; Lucas se limitó a sonreír, enojando a Checho.
— ¡Chist, te doy un dato importante y sólo te burlas de mí!
—Cálmate, Chechito —respondió riendo su amigo del alma—, no sonreí porque tú vieras a Carlo, más bien esperaba que al pasearte entre los autos lo vieras.
—Oye, córtala con lo de “Chechito el Tontito”… Creo que me “estás vendiendo la pomada” para mantenerme callado —guardó silencio unos instantes, mientras continuaban caminando hacia el palacete—. Bueno…, creo comprenderte en cuanto a que “todo lo tenías fríamente calculado”; es mejor que me avises la próxima vez y podré ayudarte mejor.
—Tienes razón, Sergio, debí darte a conocer mis planes y comprendo tu enojo. Pero, para qué son los amigos si no es para hacerles bromas.
Riendo entraron a la mansión y, ante la indicación de la doncella Lupita, se dirigieron a la biblioteca, donde todos estaban reunidos, incluso Carlo.
Durante la reunión hubo jolgorio por las ocurrencias de los excelentes humoristas Sergio y Carlo. Apareció Pascual, el anciano mayordomo, quien con voz solemne anunció que “ La cena está servida”.
Lucas decidió jugar una pieza en el tablero de ajedrez.
—Don Carlo, hemos notado que usted nos sigue a todas partes… como si desconfiara de nosotros.
Carlo quedó sorprendido por la interpelación tan directa y de pronto lanzó una carcajada que hizo que todos lo miraran.
—Estimado señor De los Ríos, perdone usted…, le debo una explicación —el ataque de risa apenas lo dejaba hablar—. ¡Ah, usted es tan directo que me sentí culpable de cualquier cosa!
—Simplemente ocurre —continuó, aún estremecido por la risa— que la actuación de sus excolegas cuando casi nos matan, y… nuevamente le ruego disculpas, me dejaron tan escéptico de la capacidad de nuestra Policía, que decidí ver cómo lo hacía usted. Quiero recordarle que una bala casi me deja frío para siempre.
El joven investigador comprendió que la desconfianza se había apoderado de uno de los que estuvo a punto de morir bajo los tiros del malhechor. Se puso de pie y estrechó la mano de Carlo.
—Don Carlo, le ruego encarecidamente perdone mi desagradable comportamiento… y le encuentro toda la razón al no haber resultados positivos en esta diligencia.
—Eso sí —agregó con una sonrisa— que debemos tener en cuenta que la Policía de Investigaciones no ha tenido ninguna pista a la cual asirse…, de modo que hay que tener paciencia.
—De acuerdo, estimado amigo, acepto las excusas…, debo ser un pésimo sabueso —nueva risa— ¡Y yo que pensaba que ustedes no habían notado que los espiaba!

(Continuará: “La Venus Nocturna”)
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La Posada de los Brujos. Capítulo 25.
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