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 La Posada de los Brujos. Capítulo 21.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 21.   Dom Feb 12, 2012 9:33 pm

Capítulo 21

Una Interesante Conversación.
En el entusiasmo que tenían los cuatro hombres, no se habían dado cuenta que el estío los tenía sudorosos, pese a vestir ropas livianas.
Se sentaron sin ningún protocolo bajo la sombra de un hermoso y gran boldo, donde se escuchaban a los pájaros que también huían de los quemantes rayos solares.
— ¡Aaah, qué agradable! —el largo suspiro de Carlo, que tuvo como eco una exclamación parecida de Checho, hizo reír a todos— Sólo falta una fría cerveza para gozar de este hermoso paisaje.
Una suave brisa los refrescó pronto.
Como es costumbre entre los humanos, nuevamente el hombre de más edad tomó la palabra.
—Hay tantas cosas que examinar en este extraño caso, mi estimado don Lucas, que se hace necesario intercambiar ideas y antecedentes; no deseo que el o los delincuentes continúen atentando contra mis amigas y su familia.
Miró a Carlo Carusso.
—Hijo, creo que tú también casi mueres por un balazo en uno de los atentados —asintiendo con la cabeza, Carlo lo observó con curiosidad.— Pues bien, sabemos que usted señor De los Ríos es el investigador oficial y se hace imprescindible que tenga todos los datos que puedan servirle para aclarar pronto este puzle.
—Don Rufo, le agradezco sus buenos deseos y tiene razón. He investigado a todos los sirvientes de la casa Carusso y no hay nada que los acuse definitivamente que sean autores, coautores o cómplices del merodeador. De modo que todo aquello que sirva para la investigación es bienvenido.
—Perdón por diferir de usted —don Ruffo se acomodó en el mullido piso de hojas secas y se apoyó en el grueso tronco del árbol, improvisado y bello quitasol que los cobijaba—, pero hay pequeños secretos entre los empleados. En la práctica todas las mujeres que trabajan para mis amigas tienen un pasado claro, muy conocido; no puedo decir lo mismo de Jacobo el chofer que fue recomendado por Carlo, ante la necesidad de tener un hombre de confianza, fuera de José el fiel y bravo jardinero y cuidador. Tengo entendido que fue contratado después del desgraciado accidente de Marcelo, mi patrón y amigo, para aumentar la seguridad hacia la familia.
El maduro mexicano acarició su rostro con la mirada perdida en la lejanía.
—Por otra parte —continuó con la voz baja, casi en un murmullo—, debemos revisar la historia del anciano mayordomo Pascual Arriagada… Hace tanto tiempo que trabaja para la familia Carusso, no recuerdo cuántos años, tiene una dramática historia.
“Con su esposa Angélica tuvieron dos hijos que prácticamente se criaron aquí; el mayor, Fernando, falleció en un accidente. Pero el menor, Reinaldo Arriagada, por desgracia se dedicó a la “buena vida”, juntándose con vagos alcohólicos y drogadictos, hasta que se dedicaron a robar y fue encarcelado con una severa condena cuando aún no cumplía los 20 años de edad. Pascual y su esposa no quieren hablar de tan triste tema y tengo entendido que nunca más ha vuelto a esta casa; lo malo de todo esto, cuando quedó libre de la cárcel, fue que se iba de juerga con sus amigos y se le terminaba el dinero, comenzó a robar especies de valor de la señoritas quienes no quisieron denunciarlo, pero lo echaron de este paraíso. Su madre, Angélica, con dolor lo denunció a la Policía que no pudo detenerlo y siguió su carrera delictiva ya en los bajos fondos.
El administrador suspiró y sus ojos estaban fijos en un punto lejano.
“Lo alcancé a conocer cuando mi patrón y amigo Marcelo ya me había ascendido en mi modesto trabajo de empleado de oficina. Recuerdo que llamó al muchacho, en ese entonces, le habló con suavidad tratando de que evitara una vida disipada y que sólo tendría un mal fin”.
—Gracias, don Rufo, entre los antecedentes que me enviaron mis ex colegas me contaron acerca de Reinaldo Arriagada y sus andanzas; en las frías estadísticas aparece cumpliendo otra condena, esta vez cinco años. Cuando salió por segunda vez de la cárcel nunca más se supo de él, presumiéndose que se habría ido al extranjero.
—Mmmm, creo que tenemos un sospechoso en ese tal Reinaldo —la voz enronquecida de Carlo, los hizo mirarle —. Por supuesto es sólo una conjetura.
Callaron, no era un tema muy agradable. La brisa continuaba más fuerte y, en silencio, se levantaron de tan cómoda posición; caminaron bajo el tórrido sol de las cuatro de la tarde hasta que llegaron a la arboleda cercana a las casas del personal de servicio, donde respiraron el perfumado aire de las sombras de los pinos y una variedad de árboles nativos.
Mientras caminaban hacia la mansión, don Rufo Cañedo contó su historia con la familia Carusso.
“Don Marcelo, todo un hombre de bien, era demasiado confiado con sus trabajadores en una empresa ya floreciente; cuando conoció a un hombre de una edad parecida a la suya, mi modesta persona, que estaba casi en la miseria con su familia, me contrató inmediatamente como junior. Fue tanto el agradecimiento de este mexicano, que me transformé en un hombre de confianza de mi Jefe; fue así como descubrí a un traidor entre los altos empleados, dedicado a robarle a gran escala y la industria iba en picada a la quiebra.
Esta vez el agradecido fue don Marcelo, quien me dio el puesto del malvado, pues había visto que no sólo era un cartón de Contador Auditor que tenía yo, sino que me encontró muy despierto. En menos de un año la empresa subió con milagrosa rapidez hasta convertirse en el monstruoso negocio que es hoy”.
Con palabras sencillas hizo este relato y, con una sonrisa sarcástica, se refirió a la prensa que lo consideraba el hombre más rico del país, en circunstancias que las dueñas son las señoritas Carusso que preferían vivir anónimamente y, claro, disfrutar de la vida sin ser molestadas.
Al poco tiempo murió don Marcelo en el accidente, entonces las hermanas Carusso nombraron Gerente General a su amigo y salvador del gran negocio familiar, don Rufo Cañedo; desde entonces fue la cara visible de las empresas ante los medios de comunicación y del mundo. El sueldo que recibía era tan grande que también vivía en una mansión del barrio alto con su fiel esposa y sus hijos que actualmente eran profesionales; sus apariciones en la televisión eran seguidas con interés, sin que la gente se diera cuenta que detrás de él se ocultaban las aristócratas y encantadoras señoritas que vivían tranquilamente, haciendo obras de caridad y gozando de la vida en su privado paraíso terrenal.
—Así es este Chile querido: yo, un simple empleado de última categoría, fui ascendiendo hasta ocupar el puesto más alto con un fabuloso sueldo, teniendo como misión ser “el misterioso dueño de las empresas”. Debo reconocer que me hice rodear de un grupo de funcionarios honrados, muy laboriosos y, sobre todo, capaces que están bien remunerados, sin los cuales yo…
Don Rufo fue interrumpido por el chasquido del puño de Lucas que golpeó su otra mano abierta, al tiempo que lanzaba una exclamación.
— ¡Eso es! ¡No puede haber otra solución! —sintió las miradas intrigadas de sus acompañantes, un tanto turbado musitó una excusa y jugueteaba con una pajuela que de vez en cuando masticaba con la mirada perdida, sumergido en sus pensamientos. No quiso contar sus conclusiones de ese momento.
Checho quiso hacerse el gracioso.
—Perdonen a mi amigo, sufre de repentinos ataques de locura… —calló bruscamente cuando vio la mirada profunda de Carlo y de don Rufo al joven investigador como si quisieran adivinar sus pensamientos.
Como se habían detenido momentáneamente, don Rufo sugirió continuar la marcha para no preocupar a las “Jefas”. Sergio se las ingenió para quedar junto a De los Ríos, aduciendo que se había torcido un tobillo y siguió la marcha, apoyado en un hombro del exdetective se quedaron un poco atrasados. Cuando se aseguraron que ya los otros no los escucharían, musitó al oído del investigador la actitud extraña de Carlo y de Cañedo; su gran amigo le dijo que guardara silencio al respecto.

(Continuará: “Una Médica en la Casona”)
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La Posada de los Brujos. Capítulo 21.
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