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 La Posada de los Brujos. Capítulo 20.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 20.   Dom Feb 12, 2012 9:23 pm

Capítulo 20

Buscando Huellas.
Tal vez por lo cercano a la familia o por ser el hombre de mayor edad, don Rufo Cañedo se tomó la libertad de dirigirse a las señoritas Carusso.
—Les solicito permiso a mis muy queridas amigas para que nos autoricen a los cuatro varones y nos permitan ir a revisar las huellas dejadas por el criminal.
Fueron charlando acerca del antiguo trabajo de policía de Lucas y se aproximaron al pequeño bosque de árboles desde donde el francotirador cometió el atentado. Al examinar las distancias, los cuatro estuvieron de acuerdo que el desalmado tenía excelente puntería y que no había herido a nadie esta vez sólo debido a la gran distancia desde donde tiró: alrededor de 60 metros. Todo lo dedujeron por el pasto pisoteado en el sitio que Lucas vio los destellos de los disparos y que logró escapar de los poderosos canes en una motocicleta todo terreno, cuyas huellas estaban a escasos metros. También estuvieron de acuerdo que el desconocido conocía la existencia de los dóberman y que estos feroces perros no alcanzaron a ser soltados por José, de lo contrario habría tenido un triste fin.
— ¿Por qué el bandido usó un revólver, estimado señor De los Ríos? —preguntó suavemente don Rufo—. Si yo fuera el desalmado usaría un rifle.
—Mmmmm, también me pregunté lo mismo al principio, pero descarto el uso de un arma larga… —los ojos de Lucas brillaban y sonrió suavemente—, no olvidemos que anda en motocicleta. Mucha gente las usa, pero no anda con un rifle en bandolera…, es decir, sería muy indiscreta, aunque la ocultara en las cercanías. Puedo apostar que es un revólver especial, de cañón más largo que lo habitual.
El pintor y su amigo Sergio tuvieron la oportunidad de asombrarse de la enorme propiedad que desde la mansión no se alcanzaba a calcular; claro, se trataba de un predio casi dentro de la ciudad. Acudieron a los deslindes con los vecinos de indudable capacidad económica, pero no encontraron nada; sin embargo, siguieron caminando ya lejos de la hermosa vivienda del anciano Pascual Arriagada y de su esposa, doña Angélica. La huella de la motocicleta, con grandes “calugas” en sus neumáticos para adaptarse al terreno, seguía hacia el límite del fondo, fácilmente unos 200 metros más. Contrario a los hermosos huertos cercanos a las viviendas, marchaban por un terreno casi agreste, con árboles y arbustos nativos que arrojaban al aire sus agradables aromas; el pasto seco y dorado apenas mostraba senderos seguramente dejados por los pasos del gigantesco araucano y sus poderosos canes en su tarea de vigilar, escopeta en mano, la propiedad de sus cariñosas protectoras.
Su espíritu de observación le permitió comprobar que sólo esta propiedad llegaba hasta el camino rural trasero y polvoriento, muy distinto al que pasaba frente a la entrada de la mansión. Pudo corroborar que los otros propietarios habían adquirido hasta la mitad del terreno de los Carusso y que, quienes tenían casas más allá, si bien eran grandes y hermosas, no guardaban relación con las regias mansiones del camino de acceso perfectamente pavimentado; eran dueños de menor perfil económico que debían arribar a sus viviendas en medio de la polvareda.
Allí descubrieron que el moderno muro de grandes placas de hormigón de unos 3 metros de altura, con alambres de púas, impedían el escalamiento a los intrusos; la vegetación silvestre se había apoderado de la base, trepando hasta un metro y medio, pero los ladridos de los dos inteligentes perros les avisaron que había un forado tan grande como para pasar fácilmente con la motocicleta. El asesino había pensado en el escape por ese lugar que daba al camino secundario de tierra; imposible que tratara de escapar por donde los vecinos, pues el gran cerco lo había puesto la familia Carusso por ambos costados también. De vez en cuando pasaba algún vehículo levantando una nube de polvo.
El joven investigador notó que la abertura presentaba signos de cierta antigüedad. Aparentemente sus acompañantes también se dieron cuenta de ese detalle.
—Me parece sorprendente que la Policía no haya visto esta abertura en las visitas que hizo con motivo de las anteriores indagaciones.
—Perdón, don Rufo —la voz serena de Lucas los hizo mirarlo—, si bien es cierto pertenecí a la Policía, quiero que analicemos fríamente esta situación. Permítame mostrarle el lugar.
Sin hablar más, tomó ramas secas que sacó cuidadosamente de debajo de las verdes recién cortadas.
—Observe que las ramas secas están cortadas con cuchillo o algo similar… igual que las verdes que ya presentan también los efectos de un corte reciente.
—Ya entiendo —terció Carlo—, este agujero en la muralla fue tapado casi inmediatamente con ramas previamente cortadas. Mmm, esto habla de la frialdad e inteligencia del asesino; los policías no distinguieron los matorrales recién cortados que lo ocultaron… y desde el exterior.
Al buscar entre el resto de la vegetación encontraron que había sido raleada sistemáticamente para evitar que se descubriera a simple vista. En buenas cuentas, el asesino había empleado el mismo truco de tapar la rotura de la tapia en el último atentado; definitivamente a simple vista era imposible ver su vía de escape y, tanto José como los policías, no pudieron encontrar en el camino de polvorienta tierra las huellas de la motocicleta, igual que ahora, borradas con rapidez y eficiencia. No había modo de deducir hacia qué lado de la vía secundaria había escapado.
Estuvieron de acuerdo en que era necesario que gente de oficio tapara con seguridad el disimulado forado de la cerca. Don Rufo manifestó que al día siguiente enviaría a los maestros en tales menesteres.

(Continuará: “Una Interesante Conversación”)
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La Posada de los Brujos. Capítulo 20.
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