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 La Posada de los Brujos. Capítulo 19.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 19.   Dom Feb 12, 2012 7:16 pm

Capítulo 19

El Primo Carlo y el Gerente.
Cerca del mediodía llegó a la lujosa propiedad un llamativo automóvil deportivo, probablemente ingresó con los cómodos sistemas de seguridad que accionó el anciano mayordomo; Lucas se disponía a bajar al comedor con su amigo, cuando vio desde los ventanales entrar raudamente al magnífico Mercedes Benz descapotable que se detuvo entre la piscina y las dos gradas que ascendían a la mansión en su parte posterior.
Sergio no pudo evitar lanzar un silbido de admiración ante la belleza del carro, desde el cual saltó ágilmente por sobre la puerta del conductor un hombre joven, de unos 30 años de edad, guapo y de caminar muy garboso en su cómodo traje y zapatos blancos. Con una sonrisa y un breve golpe en el hombro saludó a Jacobo el chofer, quien acudió para hacerse cargo del vehículo y estacionarlo en la cochera. Sus pasos eran elásticos, fácilmente se adivinaba que se trataba de un deportista; con seguridad y una hermosa sonrisa le tendió la mano a José, el gigante jardinero y guardaespaldas de la familia, quien lo observaba impasible; lo vieron desaparecer debajo de ellos.
Al llegar al comedor apresuradamente, los dos investigadores vieron que el joven desconocido besaba efusivamente a las dos señoritas Carusso y bromeaba que estaban más lindas y jóvenes que la última visita que les había hecho. Incluso se permitió con su avasalladora personalidad, decirle a María, la mapuche, que estaba más delgada y buena moza, sin que ella moviera un músculo de su cara, devolviéndole una fría mirada.
Por su actitud desenvuelta, dedujeron que se trataba del sobrino Carlo, quien besó suavemente en la frente a su prima Gina; ella permanecía letárgica, como si no reconociera al gallardo joven. Éste la dejó con una evidente pena, mordiéndose los labios con un gesto de pena y dolor; sólo entonces vio a los dos amigos que estaban al pie de la soberbia y lujosa escalera, miró interrogante a sus tías.
Doña Matilda, la matriarca, se levantó de su cómodo sillón, lo tomó del brazo y lo llevó junto a ellos, quienes hicieron una ligera inclinación de cabeza.
—Carlo, querido sobrino, te presento al señor Lucas De los Ríos y a su amigo Sergio González.
Se dieron la mano en un saludo amable y ceremonioso.
—Están hospedados en esta casa para hacernos un trabajo —continuó la aristócrata— Señor de los Ríos, señor González, él es mi sobrino Carlo Carusso, hijo de mi finado primo Carlo.
Sus miradas se cruzaron con curiosidad, pero con gentileza.
Durante el almuerzo en el gran comedor, Lucas y Carlo entablaron una animada conversación, midiendo educación y cultura de ambos. Eran observados por las mujeres y por Sergio que admiró aún más a su “hermanito mayor” por la seguridad con que se desenvolvía.
Las señoritas Carusso escuchaban a los dos y también guardaban silencio, aunque de vez en cuando intervenían brevemente, pues conocían el tema de la pintura tanto o más que los jóvenes.
Estaban comenzando a comer, cuando apareció el anciano mayordomo para anunciar la llegada de “don Rufo Cañedo, amigo de la casa”, con palabras muy bien pronunciadas, demostrando que sabía su oficio. Entró un hombre con aspecto de actor de cine, alto y atlético; sus cabellos ya encanecidos podrían demostrar una avanzada edad, pero sus pasos ágiles y armoniosos desmintieron tal reflexión. Con exquisita cortesía besó en el rostro a ambas hermanas, acudió donde Carlo, quien se puso de pie con alegría, un apretón de manos y un fuerte abrazo mostraron la calidez de la amistad entre ambos.
Los investigadores se pusieron de pie y esperaron que llegara el momento de la presentación de las amas de casa.
—Don Rufo, les presento a nuestros amigos, de mucha confianza, don Lucas De los Ríos y su compañero don Sergio González. Se trata de un exitoso pintor retirado de la Policía y que nos viene a ayudar con el desagradable asunto de los atentados.
Nuevos apretones de mano.
—Señor De los Ríos —la voz profunda y agradable del hombre impresionó favorablemente a los jóvenes—, es un placer conocer a quienes han expuesto su vida por mis amigas y su casa. En la mañana me comunicaron los hechos ocurridos en la madrugada. Agradezco la valentía de ambos y seré su eterno deudor por tan señalado servicio.
Si a Lucas le quedaba alguna duda sobre la edad del apuesto hombre adulto, la desestimó ante la fuerza del apretón de manos y de la voz de barítono muy bien pronunciadas, aunque con un ligero acento que creyó reconocer como mexicano. La elegancia para vestir un liviano traje de temporada de color claro y sus brillantes zapatos negros no pasó desapercibido para los sagaces y experimentados ojos del expolicía. Afuera, a través de los vidrios de las ventanas alcanzó a ver al chofer Jacobo que se hacía cargo de un automóvil italiano de gran valor, pero de colores y aspecto muy circunspectos.
Cuando el atlético y maduro galán de cine, así lo calificó en su mente, fue a tomar asiento al lado de las dueñas de casa, comprobó las grandes espaldas de un hombre dedicado a las pesas y acostumbrado a una vida deportiva y sana, aunque, apreció, no tenía el rostro quemado por el sol y unas escasas arrugas de expresión; se rindió, no podía calcular los años que pudiera tener Cañedo, pudieron ser 50 o 60.
Con las señoritas Carusso siempre fue alegre y amable, pese a nombrarlas sólo por sus nombres, sin agregar el consabido señoritas, siempre las trató de usted.
Su mirada quedó prendada en la joven Gina, quien vivía en otra dimensión aparentemente; acudió donde ella tratando de ocultar su pesar, pues evidentemente la amaba como a una hija y con mucha delicadeza la besó en la frente, acto que conmovió a ambos amigos. Su caballerosidad lo llevó a hacerle una breve inclinación a María, quien esta vez contestó con otro movimiento de cabeza, pero sin hacer otra demostración de afecto al administrador de los bienes de la familia Carusso.
Terminado el almuerzo fueron a la hermosa pérgola frente a la piscina, que era alcanzada por la sombra de un par de enormes pinos araucarias, siendo muy agradable la estadía en tan regios asientos y la hermosa mesa de vidrio. Al fondo, detrás de las viviendas del personal de servicio, siempre presente el imponente cordón montañoso.
Había tanto de que hablar sobre el último atentado, que las damas invitaron a los cuatros varones a hacer la sobremesa en aquella fresca sombra. Ellas y su sobrina pidieron a las dos hermosas muchachas que les llevaran sus acostumbrados tés; los varones fueron parecidos en sus gustos. Don Rufo Cañedo pidió un vaso de agua mineral, Carlo Carusso con una sonrisa solicitó una soda con menta, Lucas y Sergio se limitaron a una soda.
—Perdone, señor De los Ríos, pero no soporto más la preocupación por saber qué ocurrió anoche —la ansiedad en el rostro de Cañedo era patente.
Lucas miró a las señoritas Carusso en espera de su anuencia y ellas con deliciosa coquetería y una sonrisa movieron aprobadoras la cabeza.
—Don Rufo, de acuerdo con los datos que han proporcionado estas finas damas, usted ya conoce los detalles de las desgracias y de los atentados que ha sufrido la familia. De modo que me limitaré a relatarle que un desconocido nos hizo varios disparos desde la sombra de los árboles que están allá —señaló la arboleda detrás de las casas del personal de servicio y con detalles les contó la balacera que se produjo al enfrentar al maleante.
Sus palabras eran sencillas, hasta latosas, como si fuera dictando un informe para el Tribunal.
—Por favor, señor De los Ríos, no sea tan modesto —la voz suave de doña Isabella sonó más fuerte que de costumbre—. Su valentía y la de su joven amigo, con peligro para sus vidas, salvaron las nuestras.
Lucas sorprendido por la salida apasionada de la dulce señorita Carusso, no halló qué decir. Ante su turbación, intervino doña Matilda.
— ¡Ah, mi querido sobrino Carlo y muy apreciado Rufo, este joven investigador es una caja de agradable sorpresas! Además de ser un talentoso pintor que está dando que hablar entre los que entendemos el arte, es un conocido exdetective de la Policía de Investigaciones, por lo tanto acostumbrado a estos percances.
No muy tranquilo, pese a las últimas palabras de la educada dama, Lucas guardó la compostura y no se atrevió a protestar por la apasionada manifestación de doña Isabella.

(Continuará: “Buscando Huellas”)
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