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 La Posada de los Brujos. Capítulo 16.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 16.   Sáb Feb 11, 2012 12:34 am

Capítulo 16

Un chofer enojado.
Entrevistó al chofer Jacobo en la biblioteca; detrás de éste, por indicación del expolicía, se sentó Sergio muy serio y ufano con el rol de detective que le tocaba vivir.
Los tres estaban sentados, el conductor de los vehículos de la casa señorial frente al gran escritorio, donde se acomodó Lucas, recordando su época de interrogador.
— ¿Desde cuándo trabaja para la familia Carusso?
—Desde hace tres años aproximadamente —respondió con aplomo, mirando a los ojos del inquisidor—. Recuerdo que llegué a esta casa cuando la señorita Gina tuvo ese desgraciado accidente; presencié el dolor de toda la familia y como la joven señorita cayó en tan horrible depresión.
— ¿Cómo llegó a ocupar el puesto? Quiero decir si fue a través de un aviso en la prensa, por ejemplo.
—No, no, no, fue por medio de un pariente de las señoritas, don Carlo Carusso, quien con mucha frecuencia contrataba mi taxi; yo era taxista. Usted sabe, mucha gente prefiere pagar para que lo conduzcan y no manejar su propio automóvil… en fin, comodidad.
—A don Carlo ¿a dónde lo llevaba? Tipo de reuniones, cerca, lejos. Por favor, acláreme todo esto y otras situaciones que usted recuerde o pueda agregar.
Jacobo Gonzáles se llevó un dedo al mentón y sus ojos quedaron mirando pensativamente un punto indefinido en la pared.
—Bien, veamos. Don Carlo es aficionado a la hípica los fines de semana, yo lo acompañaba durante todas esas reuniones. Creo saber cuál es la próxima pregunta: sí, bebía con sus amigos y a mí me prohibía ingerir alcohol; es un señor inteligente, cuidaba mucho su buena fama como comerciante y hombre de negocios. Es muy joven y alegre, se junta con la gente joven de la alta sociedad de Santiago; muchas veces lo llevé en automóviles de lujo, es un verdadero placer conducirlos.
Nuevamente se tomó el mentón con una expresión de quien trata de recordar detalles de hace tiempo.
—Sí, ahora recuerdo claramente que don Carlo me pidió, casi como un favor, que sirviera como chofer a sus queridas tías. Me tiene confianza como conductor y me considera una buena ayuda en los problemas que se sucedieron después de la muerte de su tío Marcelo.
— ¿Dónde estaba usted anoche, durante el ataque a balas que sufriéramos por parte de un desconocido?
—Usted estaba demasiado ocupado con el bandido, por lo tanto no se dio cuenta que yo estaba con la señora Estela, una de las cocineras y su hija Ernestina. No olvide que nuestros dormitorios y casas del personal que trabaja aquí están en las proximidades de los árboles desde donde disparó el individuo. Dentro de la mansión viven las señoritas Nalda y Lupita, que son como hermanas de la joven Gina; el resto tenemos habitaciones como José y su esposa, el anciano don Pascual y su esposa. De hecho soy vecino de las cocineras en la casa más grande, donde ocupo un dormitorio totalmente independiente del resto de la vivienda.
— ¿Vio al bandido?
—No, por desgracia apenas le eché un vistazo, todos atinamos a evitar ser heridos y acudimos algo dispersos fuera de la línea de fuego que mantenían usted y el agresor.
—Sí, sí, recuerdo que sólo tuve oportunidad de contar la totalidad del personal y estaban todos.
—Por desgracia, señor, sólo vi una sombra y el resplandor de cada disparo. Creo que todos lo vimos con una máscara de esas llamadas pasamontañas, por lo tanto… fue imposible verle su rostro.
Cuando le preguntó acerca de su detención que figuraba en la Policía, el joven conductor se sintió evidentemente incómodo, había tenido un pequeño sobresalto cuando le formuló la pregunta.
—Oiga, no sé si usted tiene derecho a meterse en mi vida privada, eso lo veré más tarde —su voz había cambiado su tono en forma imperceptible y, con aire de resignación—. Yo estaba con otros amigos en ese prostíbulo y me vi involuntariamente metido en el lío, pues los desconocidos llegaron a nuestra mesa dándose de golpes. Recuerdo que fui sacado a la calle y golpeado reiteradamente y apenas podía defenderme, de pronto alguien disparó; fuimos detenidos por la policía, pero todos quedamos libres porque se estableció que el desconocido que usó el arma de fuego se dio a la fuga después de matar a uno de mis agresores.
— ¿Alguna idea quién fue el que disparó y por qué lo defendió?
—No sé quién fue y pienso que si mató a uno de los que me golpeaba, fue porque eran enemigos.
Miró a Lucas con una cara de molestia y un movimiento intranquilo en su silla.
—Señor, me he dado cuenta que sólo a mí me ha interrogado hasta ahora y… esto no me gusta nada.
—Ya sabrá usted cuáles fueron las razones, por ahora puede irse tranquilo.
—Sospecho que esas razones no me van a gustar para nada —su rostro mostraba enojo—. Como sé que no es un policía, no tengo ninguna obligación de seguir contestando sus preguntas preñadas de sospechas.
—Como quiera usted, Jacobo, pero sabe tan bien como yo que las señoritas Carusso nos trajeron para investigar los atentados de que han sido víctimas; ya ve como anoche nos dispararon, supongo que no sería para jugar al blanco. No cometa el error de abandonar esta propiedad, soy un policía retirado y tengo muchos amigos detectives que lo pueden ubicar fácilmente.
Murmurando un cortante “Con su permiso”, el chofer se retiró a grandes zancadas, demostrando el desagrado que le produjeron las palabras del investigador.
— ¿Qué se habrá creído este tonto? —estalló Checho— En lo personal yo no le aceptaría una insolencia así.
—Cálmate, pequeño, cálmate. Los interrogatorios y las detenciones siempre dejan nerviosas a las personas. Cualquier policía sabe eso, no tiene significado alguno.

(Continuará: “Ventajas de la Riqueza”)

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