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 La Posada de los Brujos. Capítulo 14.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 14.   Jue Feb 09, 2012 11:00 pm

Capítulo 14
Amargos Recuerdos.
Se fue a su cuarto y le costó quedarse dormido. La interrogante sin respuesta era ¿Por qué el asesino trató de matarlo a él? ¿A quién quería asesinar realmente? Era un misterio en el que llegó a la conclusión que mataría a todo el que se interpusiera en su tortuoso fin: asesinar a quien le habían ordenado, si es que alguien contrató a un sicario para no dar la cara.
Sus ojos fueron iluminados por la luna casi llena que asomaba por detrás de las montañas; la luz entraba por las ventanas abiertas. La miró pensativo y la bella figura de la Venus nocturna apareció nítidamente en su mente agitada; imposible no a evocar su figura desnuda cuando salía de las aguas aquella noche que cambió su vida y que ya nunca podría olvidar.
Sin poderlo evitar, nuevamente rememoró la época en que fue detective y que efectuaba su trabajo con entusiasmo por sus ideales; que al poco tiempo sintió el hedor de la corrupción de un pequeño grupo que se jactaba por ser tan “vivos” y que duraban muy poco, pues la alta jefatura los descubría por llevar una vida de opulencia. Recordó también a los “giles”, es decir a los policías honrados que vivían a pocas cuadras del Cuartel con su familia hacinados en una sola habitación; sus trajes llegaban a estar brillantes por el uso, debido a que no tenían otros. Sin embargo, con su labor evidentemente decente, con el tiempo eran distinguidos y llegaban a ocupar altos cargos.
Con dolor recordó cuando fue perseguido por los “ladrones con chapa” y debió retirarse de las filas de su querida institución, siendo considerado uno de los mejores policías y que era bien recibido en los cuarteles. La justicia divina le permitió ver cuando fueron echados de las filas, con deshonor y tal vergüenza que tuvieron que cambiar de ciudad para no ser reconocidos, transformados en boyantes empresarios con el dinero mal habido, ahora amigos de delincuentes.
Le consolaba el hecho que tales malos elementos no podían dormir tranquilos, a diferencia de los que se retiraron y que vivían dedicados a honorables trabajos, como él mismo que era ya un conocido pintor y que el destino lo estaba impulsando hacia la fama.
Con el recuerdo de la pintura “La Venus Nocturna”, se durmió con una sonrisa en los labios.
Cuando despertó, tuvo la sensación de que todo lo ocurrido había sido un sueño. Mientras escuchaba música orquestada de la radio de la habitación, se metió a la ducha y se arregló cuidadosamente su barba.
Una vez aseado acudió al cuarto de su joven amigo, quien se había tapado la cara con las sábanas para evitar que sus ojos fueran heridos por el resplandor de los rayos del sol, en tanto farfullaba “¡No dejan dormir, por la flauta!”.
—Ya Checho…, ya amigo, es hora de levantarse, ducharse y continuar la investigación…
Para el muchacho estas fueron palabras mágicas, pues refunfuñando aún, miró a su gran amigo.
—Oiga, compadre, tuve un sueño muy “encachao”; fíjate que… —y le contó los hechos ya relatados. Lucas lanzó una estruendosa carcajada, ante la mirada asombrada de Checho.
—Fíjate, amigo, que yo soñé exactamente lo mismo—repitió la palabra “fíjate”, palabra muy latinoamericana, con un tonillo burlesco.
El muchacho se levantó de un salto, su rostro comenzó a dibujar una sonrisa y con picardía contempló al artista.
—Quiere decir, compadre, que… ¡Andabas corriendo en calzoncillos delante de las distinguidas damas! —cayó de espaldas sobre la cama en una exagerada risa que al pintor no le hizo gracia.
—Chechitoooo, así ocurrió y tú “inteligentemente” quisiste tirar cuchillos o piedras tal vez, al bandido que nos disparaba.
— ¡Ya te picaste, viejo gruñón!… Recuerdo que me felicitaste por mi valiente actuación.
Lucas se sentó en la cama junto a él y le palmoteó suavemente su cabeza; sonriendo y con el dedo pulgar hacia arriba dejó de burlarse.
—Y te vuelvo a felicitar por tu valor… Claro que me diste el tremendo susto.
— ¡Flautas, igualito que en las películas! Y así querías dejarme fuera de la aventura…Mmm, y las chicas se dieron cuenta de lo valiente que soy ¿Eh?
—O quizá de lo tonto para arriesgar la vida… ¡Ya, ya, a la ducha, rasurarse, vestirse y a continuar el trabajo en que nos hemos comprometidos.
Dando “¡Yujus!” de alegría el mozalbete corrió a su baño, ante la sonrisa de comprensión de su querido compañero.
Éste, salió al gran pasillo del piso de sus dormitorios, observó el lugar donde ocurrieron los hechos la noche anterior y su rostro denotaba estar en una profunda cavilación. Su cerebro estaba jugando ajedrez con una serie de posibilidades, había un personaje que no calzaba muy bien con la gente de la mansión; decidido sus pasos se dirigieron a la escalera, pero en el camino se encontró con la pizpireta Nalda que les iba a avisar que el desayuno ya estaba preparado. Agradeció con una sonrisa, mientras la muchacha con picardía en su rostro continuó su camino para ir a tocar la puerta de Checho; total, ya habría tiempo para continuar la investigación.
La voz de la empleada doméstica, con una coqueta entonación, llamó al joven Sergio, quien acudió a abrirle la puerta; se venía secando el cabello, envuelto en su bata de levantarse.
— ¿El señor desea tomar desayuno en cama? —el muchacho tuvo una serie de sensaciones. La colorina de ojos azules lo turbó, la miró sin contestar y, al ver que la chica era la personificación de la coquetería, tuvo la audacia de mirarle el pecho que dejaba ver la belleza de sus senos; al sentir una erección se sonrojó, pero sabía que la bata protegía su intimidad. Finalmente optó por lo peor.
— ¿Cómo se le puede ocurrir, lindura? —protestó el diablillo, aproximándose a la criada, mientras aseguraba el cinturón de su vestimenta—. Nosotros los investigadores estamos acostumbrados a madrugar para enfrentar diariamente el peligro.
El desparpajo de su amigo hizo reír a Lucas, que se había quedado en la escalera para saber qué travesura se le iba a ocurrir; asomó justo para ver las incendiarias miradas de la bella mestiza, mientras Checho entraba a terminar de vestirse, pavoneándose al saber que era observado por ella, quien dio media vuelta con una sonrisa. Se encontró con los ojos burlones del investigador y, sonrojándose, inclinó su cabeza y pasó por su lado. Él no pudo evitar admirar la perfecta hermosura de una muchacha descendiente de europeos y mapuches; debía observarla muy bien para encontrar rastros de abuelos indígenas, pues era blanca, con discretas pecas que, junto a su flamígera cabellera, hacían pensar en alguien recién llegada al país.
Sus cavilaciones lo llevaron a Lupita, ¿otro fenómeno de la naturaleza? Ambas eran más altas que las mujeres araucanas, de piel blanca, pero aquella tenía el cabello oscuro como la noche y con esa tonalidad azul de muchos chilenos. En fin a simple vista eran blancas, de bellísima y atrayente figura; era un agrado para los varones admirarlas desde sus rostros, sus prominentes y erguidos bustos, cinturas de avispa. Un poco avergonzado por su examen, debió reconocer el trasero de ambas mujeres eran la perfección misma.
Sólo entonces reparó que las piernas eran algo más gruesas que el resto de las chilenas. Las mapuches de por sí tienen sus extremidades llamativas y su espíritu de observación lo llevó a los ojos, más bien a sus pestañas espesas y a sus graciosas narices. Sí, había descubierto rasgos del pueblo originario, los pabellones nasales eran ligeramente más anchos que las anglosajonas, una característica que fue traspasada a los habitantes del largo y angosto país, lo mismo que el óvalo facial que termina en un mentón más bien chico y una tendencia a formar un triángulo equilátero, pero con la base en uno de sus vértices.
Sonrió cuando pensó que perfectamente podían ser modelos de pasarela, aunque más bajas que una maniquí araucana muy conocida en la esfera de la moda. Sin duda la mezcla de sangre había obtenido lo más bello de las razas, predominando la blanca.
Sacudió suavemente su cabeza como para sacar de ella a las hermosas mucamas, decidido a profundizar en la investigación de tan extraño caso.
(Continuará: “ Una Fortuna Imposible de Medir”)
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La Posada de los Brujos. Capítulo 14.
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