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 La Posada de los Brujos. Capítulo 11.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 11.   Lun Feb 06, 2012 11:39 pm

Capítulo 11

Un asesino anda suelto.
Lucas y Sergio escuchaban atentamente a la menuda señorita Matilda, hermosa y excelente narradora de la historia familiar.
— Se preguntará usted, señor De los Ríos qué tiene que ver con esta historia… — la pausa que hizo interesó más aún a los jóvenes—. El asunto es que meses después del infausto acontecimiento, fuimos víctimas de un atentado con armas de fuego en esta misma casa. Sólo Dios y nuestros fieles sirvientes impidieron que nos mataran; el jardinero José y su esposa María, ambos de origen mapuche, estaban presentes cuando esa noche nos atacaron con una serie de balazos y él se interpuso frente a nuestra muchachita, recibiendo una de las balas destinada a ella, sólo su fuerte contextura le evitó la muerte.
“Al poco tiempo hubo otro atentado que casi termina con la vida de mi sobrino Carlo, el proyectil impactó a pocos centímetros de su cabeza. Ambos ataques vinieron desde el fondo de nuestra propiedad.
“La Policía de Investigaciones examinó el lugar e indagaron infructuosamente, pues no tuvieron pista alguna que les permitiera identificar a los asesinos; sólo estableció que los proyectiles eran de una misma arma. Durante mucho tiempo dejaron un policía que resguardara nuestra integridad, pero finalmente lo retiraron; se pensó en la acción de algunos desquiciados que vienen a este sector a apedrear los vidrios de los vecinos e incluso a dispararles.
“Sin embargo, hemos vivido con el constante temor a otro atentado a nuestras vidas. Manríquez, otro de nuestros fieles servidores, manifestó tener una sospecha que no quiso compartir y se dedicó a investigar por su cuenta; mientras andaba por Santiago apareció muerto en una riña callejera, le dieron un balazo en la cabeza. Lo recordamos con cariño porque, además de ser un buen sirviente, era un gran amigo también, al igual que José, con su cuerpo nos cubrió, sin resultar herido en ese primer ataque nocturno.
“Así como están los hechos, en este hogar vivimos rodeados de leales y valientes sirvientes que andan armados de escopetas y perros de presa que rondan día y noche, además de un sistema de vigilancia y alarma electrónico de última generación. Por favor, no insista con que pidamos guardia policial; en Italia tenemos la costumbre de solucionar nosotros mismos este tipo de problemas… Isabella y yo no tememos morir, pero sí tenemos miedo por nuestros sobrinos Carlo y Gina. Hemos llegado a creer que una vendetta nos sigue desde la bella Italia, de ahí que desde hace un tiempo llegamos a la convicción que necesitamos un investigador privado hábil, de nuestra entera confianza y que viva en este casa”.
Doña Matilda y doña Isabella miraron ansiosamente al joven pintor y a su amigo, quienes se echaron un vistazo entre ellos y guardaron silencio, con la mirada perdida, seguramente pensando cuánto tiempo y qué posibilidades tenían en dar una solución a tan enorme problema.
Lucas no tenía deseos de involucrarse en cuestiones policíacas, pese a sentirse seguro de su capacidad. Debía continuar su carrera de pintor que iba en ascenso y tampoco quería exponer la vida de su amigo Sergio. Pero, por otro lado su corazón noble le impedía dejar a merced de desconocidos rufianes desalmados a las pobres señoritas y a toda esa gente buena; el policía que yacía inconsciente en su mente, despertó y le hizo latir con más fuerza su corazón y la adrenalina lo impulsaba a la aventura. Sentía una enorme lástima por esas mujeres rodeadas de riquezas y poder, pero desamparadas ante criminales locos.
Decidido, no pensó más, como era su naturaleza, miró a Sergio y luego a las damas.
— Señoritas, estoy dispuesto a ayudarlas, pero mi amigo tiene que irse…
— ¡No, puh, “Luquitas”! —Protestó el muchacho—. ¡A mí no me dejai afuera, no soy ningún cobarde! Tanto que me hablaste de tu historia de investigador científico que me llenaste la cabeza con conocimientos y ahora… me querís dar la cortada.
De los Ríos no pudo evitar una sonrisa por las expresiones tan chilenas y fuera de protocolo, en la exaltación de Checho. Realmente su amigo se sentía traicionado y amargado ante la posibilidad de quedar fuera de la aventura.
Conmovido, Lucas tomó por los hombros al muchacho y con la dulzura de un hermano lo miró a los ojos.
—Eres muy joven y esto es realmente peligroso, por el relato que acabamos de escuchar.
—Por favor señoritas, díganle a este testarudo que yo les puedo servir de mucho…
Doña Matilda, ante el ruego de Sergio, sonrió indulgentemente y su voz sonó conciliadora.
— Mi joven amigo, por nosotras usted puede quedarse en esta casa todo el tiempo que quiera; es al señor De los Ríos a quien contrataremos.
Lucas, sorprendido, su cara era de interrogación.
—Señorita Carusso, por favor… nunca he hablado de contrato ni de remuneración para ayudarlas. Lo quiero hacer voluntariamente porque me atrae el asunto, sólo quiero cuidar de personas tan encantadoras como lo son ustedes; aunque le suene a pedantería, no necesito más dinero, tengo suficiente con la venta de mis pinturas cuyos precios son muy altos.
—Pero, señor De los Ríos, nunca hemos pensado en no pagarle. Usted nos dice cuanto es el valor como investigador privado y no hablemos más del asunto.
La hermosa y adulta señorita había subido un poco el tono de su voz.
Lucas presintió que la dama no iba a ceder y con suavidad habló.
—Acepto el trabajo, pero sólo con la condición que nos permita disfrutar de esta bella mansión y que el pago sea tenernos como huésped y… por favor, no hablemos de dinero.
Las adultas mujeres comprendieron que debajo de la suavidad que aparentaba Lucas, se escondía una tremenda personalidad; que no claudicaría en su noble decisión.
—Bien —dijo doña Matilda—, toda esta casa está a su disposición…
Él se levantó y le tomó la mano, se iba inclinando cuando sus ojos tropezaron con la figura de “Fresia” la mapuche, cuyo rostro inescrutable lo miraba desde la puerta; había llegado suave como un fantasma.
—Vos, huinca, es posible que hayas sido policía, pero necesitamos hombres fuertes como mi esposo José.
— ¡María, amiga, debemos confiar en la habilidad de este joven! —La voz de la distinguida dama sonó algo trémula, no había enojo, más bien pena—. Recuerda que tú misma nos ayudaste a investigarlo para esta tarea.
El pintor no dijo palabra alguna; sentía un enorme respeto y admiración por la araucana, quien, con altivo gesto, levantó el mentón y continuó de pie en su lugar.
Doña Matilda se dirigió hacia la aborigen, la tomó de sus hombros y la besó en el rostro con mucha dulzura.
—María, nunca podremos pagarte por lo que haces por nosotras…, pero entiende, necesitamos toda la ayuda que podamos tener.
María miró fijamente al joven, quien tuvo la sensación de ser atravesado por sus pupilas y con un leve movimiento de cabeza dio su asentimiento; ambos jóvenes quedaron asombrados que unas aristócratas pidieran autorización a una sirvienta. Se fue como llegó, es decir, deslizándose como una silenciosa sombra.
Lucas miró interrogante a las nobles mujeres y éstas comprendieron que debían una explicación.
La jefa de la familia carraspeó con esa distinción que sólo se da en las gentes nacidas en buena cuna; tomó asiento muy junto al joven y miró a sus ojos.
—María con su marido son como familiares nuestros, desde que José casi muere por defendernos. Los conocimos cuando estábamos en el sur y los invitamos a nuestra casa para recibir sus consejos de excelentes jardineros, en especial tratándose de flora nativa que es muy hermosa. Cuando ocurrió el accidente donde murió nuestro hermano y se enfermó nuestra sobrinita Gina, comenzó a servirle de dama de compañía, en especial por sus conocimientos de medicina natural. Conocida es la costumbre de los mapuches de tutear a todo el mundo, pero a nosotros no nos incomoda, pues es su cultura y la respetamos.
—Mis queridas y respetables señoritas, sólo quiero pedirles un favor: me permitan llamar un taxi, pues mi amigo Sergio irá inmediatamente a nuestro apartamento a buscar más ropa para cambiarnos y algunas otras cosas, pues no sabemos cuánto tiempo estaremos aquí.
— No se preocupe, tenemos varios vehículos en casa y un buen chofer, Jacobo, que es un joven de confianza.
El muchacho se puso de pie y con una inclinación solicitó permiso para salir con Jacobo y cumplir con el encargo de su amigo artista e investigador.
Lucas se sintió algo incómodo, pues había logrado ver varios automóviles de lujo en la propiedad, por lo que su admiración por aquellas sencillas mujeres aumentó; hablaban con toda naturalidad de la fortuna que las rodeaban.

(Continuará: “Dolor en un Paraíso”)

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