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 La Posada de los Brujos. Capítulo 9.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 9.   Dom Feb 05, 2012 10:25 pm

Capítulo 9

Una Familia de Rancia Aristocracia.
El joven reconoció la voz que respondía, ordenando que pasaran, era doña Matilda, la dulce y delgada dama que lo citó hasta allí.
—Adelante, por favor, señor De los Ríos —apareció con la prestancia adquirida durante toda su vida aristócrata.
Lucas se apresuró a tomar la mano extendida de la elegante mujer y galantemente se inclinó con el fino gesto de besar, sin siquiera tocar con sus labios la epidermis de la extremidad cuyos dedos mostraban un valioso anillo de platino que tenía engarzado un brillante. Anteriormente, en su afán de instruirlo, había explicado a Sergio que no se besa la mano, es un mero gesto de gran educación que, naturalmente, fue comprendido por ella.
—Doña Matilda, a sus pies —acto seguido se irguió y presentó a Checho—. Él es mi amigo Sergio González, a quien estimo como a un hermano menor. Quiso acompañarme en el asunto que nos trae.
El pobre Checho, poco acostumbrado a tratar a personas tan encumbradas, se sintió turbado y torpe. En su mente se imaginó regañando a su amigo, por hacerlo pasar tan mal rato; no obstante, tuvo la entereza de tomar la mano extendida de la dama e imitar el gesto de besarla, mientras musitaba: “A sus órdenes, señorita”.
Después de los saludos protocolares, pasaron a una confortable biblioteca y debieron inclinarse también ante su hermana, doña Isabella, una dama bien conservada, tan hermosa, elegante y gentil como doña Matilda. Ésta les pidió que las acompañaran a un lugar muy agradable; cruzaron una puerta lateral y aparecieron detrás de la mansión, en una galería con ventanales a lo ancho de la casona, frente a la enorme piscina había otra fuente de aguas danzarinas que surtían desde los jarrones de tres hermosas mujeres, tal vez una de las tantas versiones de Las Tres Gracias. La belleza del lugar terminaba enmarcada en una agradable vista de un bosque nativo y, de fondo, las majestuosas montañas.
Ciertamente se trataba de una morada rica y muy confortable; bajo la sombra de esa armazón interior, se sentaron en mullidos sillones alrededor de una pequeña mesa. Las paredes estaban adornadas con el fino gusto de las señoritas Carusso con pequeños cuadros y mesitas estilo arrimo, donde estaban bien distribuidas otras piezas artesanales de diferentes lugares de Chile.
Con sorpresa vio en un rincón sentada en un sillón de fino mimbre, imitando un trono con un gran respaldo, a la joven rubia que estaba estática, mirando a través de sus gruesos anteojos los lejanos cerros.
Se aproximaron a saludarla, pareció no darse cuenta de sus presencias o simplemente quería ignorarlos.
—Gina, querida, quiero presentarte a dos amigos —la voz de doña Matilda sonaba entre suplicante y amorosa—, nos vienen a visitar.
Sus azules ojos no parpadearon, su delicado y pálido rostro no se inmutó, continuó pendiente del paisaje.
—Hija, es el pintor de la Venus —musitó la señorita Carusso, sólo entonces hubo un parpadeo en su extraviada mirada.
Como saliendo de un trance hipnótico, se volvió a los jóvenes y extendió su diestra al artista que, emocionado por la pena que sentía por la enferma, la estrechó con suavidad.
—Lucas De los Ríos a sus órdenes, señorita Carusso.
Ella volvió su rostro hacia las montañas y su mente retornó a la red que aprisionaba su alma. Lucas no pudo evitar mirarla con infinita lástima, tan indefensa y embutida en un vestido que era muy grande para ella; Sergio no se atrevió ni acercarse, presintió que haría el ridículo ante la pobre muchacha.
Doña Matilda, que ya había mostrado ser la líder de la familia Carusso, llevó su dedo índice a sus labios, pidiendo silencio; se inclinó ante la jovencita y le beso su frente con delicadeza. A Lucas le llamó la atención que repentinamente Gina se puso de pie y caminó hacia el interior de la casona, con sorpresa vio allí a María, la araucana que extendía sus manos en una muda invitación.
Sentados en los sillones muy antiguos, pero de indudable calidad, ambos jóvenes se dispusieron a escuchar a las maduras mujeres.
La señorita Matilda tomó asiento al lado de Lucas, pero miró intensamente a Checho, quien no supo qué hacer. Saltaba a la vista que no quería su presencia allí. El joven artista se inclinó cerca del oído de ella y le habló con voz suave.
— Señorita, no se preocupe por Sergio, si desea hablar algo muy privado puede hacerlo delante de él. Es mi fiel amigo y confidente… es como mi hermano menor, en quien confío todo.
Checho sintió que le embargaba un sentimiento mezcla de satisfacción y agradecimiento hacia su querido amigo.
La señorita Isabella, tan elegante, delgada y menuda como su hermana, se sentó al lado de ella, dejaba que Matilda fuera la “jefa” del clan, reconociendo implícitamente su capacidad de liderazgo.
La regia dama tomó una campanilla de cristal y al sacudirla un hermoso tintineo hizo que apareciera en la puerta otra joven mucama, de pelo oscuro y de tez muy blanca que contrastaba con su cabellera y su uniforme azul marino. Definitivamente las señoritas Carusso tenían buen gusto en todo, pues esta sirvienta también era una beldad que bien podría competir en un concurso de belleza y ganar; sus hermosos ojos azules -le hicieron pensar que todas las mujeres de esa casa, a excepción de María la mapuche, tenían ese tinte en sus iris- hacían perfecto juego con su voluptuosas curvas. Ambos jóvenes no pudieron sustraerse al espectáculo de sus pechos y piernas; observaron la delgada cintura que el delantal blanco acentuaba más sus perfectas caderas, más tarde también observarían un atractivo par de nalgas que su pequeña falda inútilmente trataba de ocultar.
—Señorita Matilda —su voz de tono bajo y suave completaron la presencia de la belleza hecha mujer; aparentemente estaba esperando la llamada, pues había aparecido casi al instante.
Parecía que era costumbre en esa casona que la empleada doméstica estuviera siempre presta al llamado de su patrona.
—Lupita, haga el favor de traer bebidas y algunos bocadillos; a Isabella y a mí nos trae té como siempre —la inflexión dulce de la gentil dama demostró su calidad humana con la servidumbre y los dos jóvenes admiraron más aún, si esto es posible, a la fina anfitriona.
La muchacha flexionó suavemente sus piernas ante doña Matilda, como saludando a una reina y se volvió a ellos.
— Los caballeros, ¿qué desean beber? —ambos quedaron aturdidos ante tanta belleza a escasos metros de ellos, en especial Lucas que sintió que la mirada de ella se posó en sus ojos con una chispa muy discreta, atraída por la apostura del artista.
— Puedo traerles whisky, coñac o algún licor preparado.
Lucas, acostumbrado al mundo social, sonrió con gentileza.
—Un té, por favor, igual que las señoritas Carussso.
Lupita miró a Sergio, quien la miraba con la boca entreabierta y se apresuró a cerrarla.
—Whisky… whisky on the rocks, please —sintió que la cara le ardía, porque tardíamente se dio cuenta que estaba “mostrando la hilacha” en su escaso trato social. La joven hizo una leve inclinación con su hermosa cabeza, pero una leve sonrisa irónica se le escapó; el muchacho se sintió aliviado y admirado cuando ella se alejó contoneándose, para satisfacción de la vista de los varones; un carraspeo suave de Lucas, que fue el primero en despertar del hechizo, hizo que Checho alzara los ojos como si estuviera muy preocupado de admirar una lámpara de lágrimas.
— Lupita y Nalda son como familiares nuestras —la despierta inteligencia de la matriarca dio una natural explicación a los muchachos que habían mostrado su pasmo ante la presencia de la mucama—. Ambas son huérfanas que trajimos desde un internado de niñas del sur para que fueran compañeras de juego con nuestra sobrina Gina… hasta que ocurrió el desgraciado accidente —calló por unos segundos—. Estas chicas son… ¿Cómo lo diría?… muy chilenas, pues son hijas de padres españoles y araucanos, incluso por sus venas corre sangre croata. ¡Salieron tan bellas mis muchachitas!

(Continuará:”Una Sorprendente Historia Familiar”)
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Marioes
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MensajeTema: Re: La Posada de los Brujos. Capítulo 9.   Lun Feb 06, 2012 11:57 am

Una novela corta impresionante,que tuve el placer de descargar el libro y tenerla en formato digital.
Un gusto volver a leerla
Un saludo

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Marioes.
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La Posada de los Brujos. Capítulo 9.
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