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 El último eclipse

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Baron rampante

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Tauro Caballo
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MensajeTema: El último eclipse   Mar Ene 10, 2012 11:32 pm

El último eclipse


Habían visto el eclipse fascinados. Las palabras de los espectadores flotaban en el aire como si un eco gigante envolviera la ciudad abismada por el sofocante calor. Nunca había hecho tanto calor, ni tanta presión sobre el planeta. Era un periodo difuso en el cual todos realizaban pequeños movimientos, como queriendo conservar energía, la inmensidad los había alcanzado. Tanto calor podría borrar las vergüenzas del mundo que ellos amaban.
Un momento a oscuras revitalizó las pobres almas que se amontonaban lejos del asfalto. Un sentimiento de culpa los arrancaba del sueño, una extracción de lo más cruel desataba antiguas pasiones, y los adultos encontraban a aquel fenómeno como un viejo sabor dulce en la boca. Los niños ya no tenían tanta suerte, y no eran capaces de ver más allá de la oscuridad. Con seguridad no representaba la misma intensidad para ellos, o acaso ¿había sido un niño el que describió el momento y el tiempo justo en el que ocurriría el eclipse? ¿Por qué necesitaban estar presentes, cuál era la función de reunirse? Sin duda alguna todo fue un éxito, algunos continuaron sonriendo en su vuelta al hogar mientras se quitaban las oscuras gafas.
Los vehículos se encendían y dispersaban así como también las muecas de asombro camuflaban viejas arrugas en miles de rostros.
Patricia y su hermano miraban por la ventanilla del viejo automóvil. Su padre conducía serio, continuaba con un pensamiento fijo, o tal vez un deseo imposible, pero a cada momento sus músculos se endurecían más, estaba intranquilo. Balbuceaba mirando el camino, se había olvidado completamente a donde iba y porque sus hijos yacían tan relajados, como si los hubiesen sacado a dar un paseo de rutina.
- Esto realmente tiene que ser cierto, ¿vos sentiste lo mismo que yo? -
Clavo la mirada en su esposa mientras ella estaba apantallándose con una revista de sus hijos, abrir las ventanillas era aún peor para combatir el calor. No había salvación para evitar aquellos rayos espaciales. Ella no le prestaba atención, el eclipse la había terminado de secar. Ahora estaba sentada como una estatua abriendo la boca gradualmente y moviendo un brazo para producir una leve brisa en el carro. Aunque esta era su postura cotidiana. No hubo respuesta alguna por parte de la mujer, tan solo una especie de mirada perdida, desorbitada, casi espectral. Luego de un cuarto de hora de viaje el hombre freno el auto de repente y pidió a su hija que trajera algo que estaba tirado en la carretera, una especie de cilindro brillante. Patricia obedeció rápidamente, se sentía tan segura de sí misma y tan adulta en los últimos meses, que le gustaba cumplir con las tareas que le asignaban y demostrar su cuota de eficiencia. Miro hacia atrás por la ventanilla y abrió la puerta en búsqueda del pequeño trofeo. Cuando tomo el objeto sintió el ardor del metal caliente y procuró adueñarse de el con un viejo pañuelo. Miró hacia el cielo como entendiendo de donde provenía el artefacto; no estaba segura pero la envolvía una idea extraña que afirmaba aquella suposición. Una visión fugaz de gente almorzando en una gran plataforma dorada con edificios futuristas que se imponían furiosamente rodeada de una capsula cristalina. Las personas tragaban y bebían en pleno festejo, luego una luz y una gran explosión.
- ¡Malditos cohetes y su basura espacial! – gritó el padre al ver
acercarse a la niña por el borde de la ruta. – Tiralo por allá, lejos – señalando el verde campo que los rodeaba. No había animales a la distancia y Patricia tuvo un momento de angustia, de percibir lo inverosímil de la existencia y la fatiga por las horas que aún faltaban de regreso a su casa.

La botella de perfume yacía quieta en la cómoda de su madre, mientras ella sonreía excitada por ver tantos objetos nuevos. Las compras aumentaban día a día exigiendo continuos reordenamientos de los muebles, lámparas, cuadros, se modificaban los colores de las paredes y otras disposiciones para no entrar en un caos organizacional y no perder un estilo envidiado. En el último año se habían cambiado las alfombras del comedor y de las habitaciones dos veces, guardarropas completamente vaciados y vueltos a llenar, telas finas para las camas y las cortinas, como un ejercicio práctico que no tenía una finalidad concreta.
La niña caminaba por los pasillos de su casa sin reconocer a sus padres, solo tenía la posibilidad de acercarse a su hermano menor y salir al patio en búsqueda de alguna distracción espontanea. Era un jardín grande con dos árboles que estaban perdiendo sus hojas y tomando un color grisáceo desde hacía varios meses. Patricia encontraba al pequeño sentado frente a su cama y lo llevaba consigo para no tener que ir sola y aburrirse aún más; al menos de esta forma podría colocarle insectos en el cuerpo y escucharlo protestar. Sus quejas, de todos modos, no generaban ninguna reacción, no había retos ni castigos. Estaba ante el riesgo de que el silencio devorara hasta el llanto de su hermano y ya no pudiera reconocer si seguía oyendo o no. Todo era crudo y seco, una leve ventisca levantaba el polvo de los pisos y lo arrastraba a otra habitación, muy pronto cambiarían esa alfombra.
La vida en el patio era una alternativa, sobre todo cuando sus juguetes les resultaban ajenos e incapaces de relatarles una historia. De vez en cuando sus padres los miraban por la ventana mientras ella fingía jugar alegremente. No era sencillo lograr que los mirasen a los ojos, pero cuando ello ocurría, ella podía comprender que sus padres aún los amaban. Su padre siempre parecía estar ocupado, trabajando en algún rincón de la casa con muchas herramientas por todos sus bolsillos. Vivía pendiente de su insaciable sed, y a cada momento llenaba una botella con agua y se la llevaba consigo, preguntando a los demás si también tenían sed, y antes de marcharse a sus asuntos les recomendaba cuidarse de los intensos rayos solares. Por el contrario su madre solo se sentaba a leer revistas que consumía de a montones, de vez en cuando sugería a su esposo de que color pintar la cocina, o donde podían ir a comprar nueva ropa, dejando las tareas domesticas a una joven empleada que trabajaba con turnos aleatorios.
No obstante, luego del gran eclipse, Patricia empezó a percibir algo distinto en sus padres, una convicción en sus rostros que les devolvía cierta belleza perdida, parecía que aquel estado autómata se destruía en palabras y miradas enérgicas. Los días transcurrían y los cambios eran evidentes. Hasta el calor parecía haber dejado de importarles. Patricia salía a jugar con sus amigos por la calle sin las exigencias de los adultos, sin las cremas que dejaban pegajosa su piel y sin las fastidiosas advertencias constantes. Se sorprendió de poder festejar su cumpleaños como ella los recordaba, con muchos chicos corriendo por el patio de su casa con antifaces y sus familiares comiéndose su torta de chocolate. Aquella tarde, con ocho años cumplidos, imaginaba que todo volvería a ser como antes, mientras escuchaba el débil sonido de insectos zumbando a su alrededor. La noche asomaba y su hermano le pidió salir al patio para mirar las estrellas con un gesto único que ella sola comprendía, ya que todavía no aprendía a hablar. Los niños apuntaban con los dedos hacia el cielo y miraban de tanto en tanto hacia atrás y encontraban a sus padres abrazados que les sonreían. Ahora si que algo incomodaba a la niña, pero se sentía feliz y relajada por primera vez en mucho tiempo y no hizo caso a sus pensamientos. Seguramente se acabarían las miradas esquivas y los movimientos mecánicos pensó. A la mañana siguiente, al bajar a la cocina no encontró a nadie de su familia y supuso que habían salido a comprar nuevamente. Se sirvió leche fría en un vaso con figuras de animales y escuchó que su madre la llamaba desde afuera de la casa. Al abrir la puerta, Patricia sintió un rayo de luz dorada que golpeaba suavemente sobre su rostro; una larga mesa sobre la calle estaba dispuesta con una inmensa variedad de carnes y ensaladas, sus padres y su hermano ya estaban sentados al igual que muchos de sus vecinos en un verdadero clima festivo. La niña se acercó lentamente sintiendo el frio del suelo y mirando la oscura nube que rodeaba la inmensa plataforma.
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MensajeTema: Re: El último eclipse   Miér Ene 11, 2012 9:51 am

El cuento esta bueno,me gusto la trama,pero abundan detalles y adjetivación que lo alargan y no le aporta mucho al texto.
Reitero me gusto,pero podría haber sido más corto e igual de intenso.
Bienvenido al foro
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MensajeTema: Re: El último eclipse   Miér Ene 11, 2012 8:13 pm

Está presentado como una novela sin serlo. El autor debe responder las preguntas que su mismo texto hace.
Un eclipse en pleno siglo XXI no asusta, es un fenómeno de minutos. ¿Qué tiene este de particular?
El lector pone el corazón en el protagonista. ¿Quién protagoniza esta historia?
El género "catástrofe" es friamente descriptivo, las acotaciones del autor no le interesan al lector porque puede no compartirlas. Más, cuando estas son "herméticas" ("Un sentimiento de culpa los arrancaba del sueño, una extracción de lo más cruel desataba antiguas pasiones..."). Estas conclusiones pertenecen al lector, las sacará según le cuenta el autor.
Queda en pie una buena idea que merece la claridad que le de fuerza.
En Aula Virtual están los Taller de Escritura donde ofrecemos la teoría y la analizamos entre todos. En marzo se reanudan.

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