A raiz de mi poco interes por la poesia y por cierto desden hacia ese genero, debo aceptarlo, surgio en mi una pregunta: Sirve para algo la poesia en nuestra sociedad?
Y bueno, empece por hacer un boceto para presentarlo a debate y se me ocurrio revisar a los clasicos griegos y romanos y ver el papel que pudo haber jugado la poesia en su entorno social, despues la era medieval y asi sucesivamente hasta el presente pero sucedio que en esa busqueda encontre un excelente articulo que creo que da una muy buena respuesta a la pregunta que antes he planteado.
Ese articulo es un fragmento de la obra "Sobre Poesia y Poetas" de T.S. Eliot(Premio Nobel de Literatura 1948) Editorial Icaria.
Les invito pues a leer este fragmento y si os apetece podemos intercambiar puntos de vista sobre lo leido y seguramente podremos debatir sobre las diferencias de estos mismos.
Es quizas un poco extenso pero creo que enriquecera a aquellos que escriben poesia, a quienes leen poesia y a los que como yo, no creen que la poesia sirva para gran cosa en nuestra sociedad.
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LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA POESÍA
(T. S. Eliot)
En "Sobre poesía y poetas", de la editorial Icaria
El título de este ensayo tiene tantas probabilidades
de sugerir cosas diferentes a diferentes personas, que tal vez
se me excuse si antes de explicar qué es lo que quiere
decir explico qué es lo que no quiere decir. Es posible
que, cuando hablamos de la "función" de algo,
estemos pensando en lo que ese algo debería hacer, antes
que en lo que efectivamente nace o ha hecho. La distinción
es importante, porque yo no pretendo hablar de lo que en mi opinión
tendría que hacer la poesía. Quienes nos hablan
de esto, sobre todo si son poetas, por lo general tienen en mente
la clase particular de poesía que les gustaría escribir
a ellos. Siempre es posible, desde luego, que en el futuro le
quepa a la poesía una tarea distinta de la que le ha cabido
en el pasado; pero aun siendo así, vale la pena decidir
primero qué función ha tenido en ese pasado, tanto
en diferentes épocas e idiomas como universalmente. Me
sería fácil escribir sobre lo que hago con la poesía,
o lo que me gustaría hacer, y luego intentar persuadirlos
de que es exactamente lo que todos los buenos poetas del pasado
han intentado o habrían debido hacer -salvo que no lo han
conseguido del todo, aunque quizá no sea culpa de ellos.
Pero me parece probable que si la poesía - y hablo de toda
gran poesía- no ha tenido función social alguna
en el pasado, es difícil que vaya a tenerla en el futuro.
Si digo toda gran poesía es para eludir otra manera de
tratar el tema. Se podrían abordar las diversas clases
de poesía, una tras otra, y discutir la función
social de cada una de ellas sin alcanzar la cuestión general
de cuál es la función de la poesía como tal.
Yo quiero distinguir entre las funciones general y particular,
de modo que sepamos de qué no estábamos hablando.
La poesía puede tener una función social consciente,
deliberada. En las formas más primitivas este propósito
suele estar muy claro. Están, por ejemplo, las runas y
cánticos tempranos, algunos de los cuales tenían
propósitos mágicos muy prácticos: evitar
el mal de ojo, curar cierta enfermedad o propiciar cierto demonio.
La poesía se utiliza muy pronto en los rituales religiosos,
y cuando cantamos un himno aún estamos usándola
para un propósito social concreto. Acaso las formas tempranas
de la épica y las sagas hayan transmitido lo que se tenía
por historia antes de sobrevivir como pura forma de entretenimiento
comunitario; y la forma en verso tiene que haber sido extremadamente
útil para la memoria antes de la aparición del lenguaje
escrito -y la memoria de los bardos, narradores y estudiosos primitivos
tiene que haber sido prodigiosa. En sociedades avanzadas, como
la de la Grecia antigua, las funciones reconocidas de la poesía
son también muy conspicuas. El drama griego deriva de ritos
religiosos, y se mantiene como ceremonia pública formal
asociada a las celebraciones religiosas tradicionales; la oda
pindárica se desarrolla en relación a un evento
social particular. No cabe duda de que estos usos definidos dieron
a la poesía un marco que le hizo posible alcanzar la perfección
dentro de tipos específicos.
Algunas de estas formas subsisten en ejemplos poéticos
más modernos, tales como el himno religioso que ya he mencionado.
El significado del término didáctica ha sufrido
ciertos cambios. Didáctica puede querer decir "que
transmite información", o bien "que proporciona
instrucción moral", o bien algo que abarca los dos
significados anteriores. Las Geórgicas de Virgilio, por
ejemplo, son poesía muy bella, y contienen información
muy sensata sobre cómo trabajar bien la tierra. Pero en
nuestro tiempo se antojaría imposible escribir un libro
de agricultura actualizado que también fuera excelente
poesía: por un lado, el tema en sí se ha vuelto
mucho más complicado y científico; por otro, la
prosa permite manejarlo más fácilmente. Tampoco
deberíamos nosotros escribir, como los romanos, tratados
astronómicos y cosmológicos en verso. El poema,
cuya meta ostensible es transmitir información, ha sido
reemplazado por la prosa. Poco a poco la poesía didáctica
ha ido quedando limitada a la poesía de exhortación
moral, o a la que se propone persuadir al lector del punto de
vista del autor con respecto a algo. Por lo tanto incluye buena
cantidad de lo que podría llamarse sátira, aunque
la sátira rebosa de caricatura y parodia, el fin principal
de las cuales es causar risa. Algunos poemas de Dryden, en el
siglo diecisiete, son sátiras en el sentido de que tienden
a ridiculizar los objetos contra los cuales se dirigen, y también
didácticas en la intención de inclinar al lector
hacia determinado punto de vista político o religioso;
y para esto se valen también del método alegórico
de disfrazar la realidad de ficción. Su obra más
notable de este tipo es The Hind an the Panther, que quiere persuadir
al lector de que el bien estaba de parte de la Iglesia de Roma
contra la Iglesia de Inglaterra. En el siglo diecinueve buena
parte de la poesía de Shelley se inspira en el fervor por
las reformas sociales y políticas.
En cuanto a la poesía dramática, tiene una función
social de un tipo actualmente peculiar a ella. Pues mientras la
mayor parte de la poesía de hoy se escribe para ser leída
en soledad, o en voz alta en compañía de pocos,
sólo el verso dramático está pensado para
causar una impresión inmediata, colectiva, en un gran número
de personas reunidas para mirar un episodio imaginario representado
en un escenario. La poesía dramática es distinta
de cualquier otra, pero como sus leyes especiales son las del
drama, su función se funde con la del drama en general,
y aquí no me estoy ocupando de la función social
específica del drama.
En cuanto a la función específica de la poesía
filosófica, demandaría un análisis y un resumen
histórico de cierta amplitud. Ya he mencionado, creo, suficientes
clases de poesía como para dejar en claro que la función
específica de cada una se relaciona con alguna otra función:
la de la poesía dramática con la del drama, la de
la poesía didáctica de información con la
de su tema, la de la poesía didáctica filosófica,
religiosa, política o moral con la del asunto respectivo.
Podríamos considerar la función de cualquiera de
estas especies sin tocar siquiera la cuestión de la función
de la poesía. Pues todos estos asuntos pueden tratarse
en prosa.
Pero antes de seguir adelante quiero descartar una objeción
que acaso se suscite. A veces la gente sospecha de cualquier poesía
que tenga un propósito particular: de la poesía
en la cual el poeta abogue por enfoques sociales, morales, políticos
o religiosos. Y tanto más se inclina a decir que no es
poesía cuando esos enfoques le desagradan; del mismo modo
que otros acostumbran pensar que algo es verdadera poesía
porque expresa un punto de vista que les gusta. Yo diría
que la cuestión no tiene importancia. Puede que malos versos
se pongan en boga transitoriamente si el poeta refleja una actitud
social del momento; pero la verdadera poesía sobrevive
no sólo a los cambios de opinión popular sino a
la extinción completa del interés en los temas que
preocupaban apasionadamente al poeta. El poema de Lucrecia sigue
siendo un gran poema por más que sus nociones de física
y astronomía estén obsoletas; lo mismo el de Dryden,
aunque ya no nos importen las disputas políticas del siglo
diecisiete; del mismo modo que cualquier gran poema del pasado
puede seguir dándonos placer aunque el tema de que se ocupa
deba tratarse hoy en prosa.
Ahora bien, para descubrir cuál es la función social
esencial de la poesía hemos de observar primero sus funciones
más obvias, aquellas que debe desempeñar si es que
debe desempeñar alguna. Creo que en primer lugar podemos
estar seguros de que tiene que dar placer. Si me preguntan qué
clase de placer, sólo puedo contestar: la clase de placer
que da la poesía; por la sencilla razón de que cualquier
otra respuesta nos llevaría muy lejos en el terreno de
la estética, y en la cuestión general de la naturaleza
del arte.
Se aceptará, supongo, que todo buen poeta, sea un gran
poeta o no, tiene algo que darnos además de placer: porque
si sólo fuera placer, ese placer en sí no podría
ser de la especie más alta. Más allá de cualquier
intención específica, como las que acabo de ejemplificar
en diversos tipos de poesía, siempre está la comunicación
de una experiencia nueva, o de una comprensión renovada
de lo familiar, o la expresión de algo que hemos experimentado
y para lo cual carecemos de palabras, que nos amplía la
conciencia y nos refina la sensibilidad. Pero no es de ese beneficio
individual de la poesía, ni tampoco de la cualidad del
placer individual, que se ocupa este artículo. Todos comprendemos,
pienso, tanto la clase de placer que da la poesía como
el modo en que, más allá del placer, vuelve nuestras
vidas diferentes. Si no produce estos dos efectos sencillamente
no es poesía. Quizá lo reconozcamos, pero al mismo
tiempo pasamos por alto algo que la poesía hace por nosotros
colectivamente, como sociedad. Y digo esto en el sentido más
amplio. Porque me parece importante que todo pueblo tenga su propia
poesía, no sólo para quienes disfrutan de ella -éstos
siempre tendrán la posibilidad de aprender otras lenguas-
sino porque realmente marca una diferencia para la sociedad en
conjunto, es decir incluso para los que no disfrutan de la poesía.
Incluso para los que no conocen los nombres de sus poetas nacionales.
He aquí el verdadero tema de este artículo.
Observamos que la poesía se diferencia de todas las demás
artes en que tiene para la raza y el idioma del poeta un valor
que puede no tener para otros. Es cierto que hasta la música
y la pintura poseen carácter local y racial: pero sin duda
al extranjero le es mucho menos difícil apreciar estas
artes. También es cierto que los escritos en prosa tienen
en su propio idioma una significancia que en la traducción
se pierde; pero todos sentimos que se pierde mucho menos al leer
una novela que un poema traducidos; y que en la traducción
de ciertos tipos de trabajos científicos la pérdida
es virtualmente nula. Que la poesía es mucho más
local que la prosa es algo que se advierte en la historia de las
lenguas europeas. Durante toda la Edad Media, y hasta hace cientos
de años, el latín fue el idioma de la filosofía,
la teología y la ciencia. La tendencia al uso literario
de las lenguas de los pueblos se inició con la poesía.
Lo cual parece perfectamente natural cuando comprendemos que la
poesía tiene que ver sobre todo con el sentimiento y la
emoción; y que el sentimiento y la emoción son particulares,
mientras que el pensamiento es general. Es mucho más fácil
pensar que sentir en un idioma extranjero. Por lo tanto, no hay
arte más porfiadamente nacional que la poesía. Es
posible despojar a un pueblo de su idioma, suprimírselo,
e imponerle otro idioma en las escuelas; pero, a menos que se
le enseñe a sentir en un idioma nuevo, el viejo no habrá
sido erradicado y reaparecerá en la poesía, que
es el vehículo del sentimiento. Cando digo "sentir
en un idioma nuevo", aludo a algo más que el mero
"expresar los sentimientos en un idioma nuevo". Un pensamiento
expresado en un idioma diferente puede ser prácticamente
el mismo, pero un sentimiento o una emoción expresados
en otro idioma no lo son. Una de las razones para aprender al
menos un idioma extranjero es que adquirimos una suerte de personalidad
suplementaria; una de las razones para no adquirir un idioma nuevo
en lugar del propio es que casi nadie quiere convertirse en otra
persona. Difícilmente se podrá exterminar un idioma
superior si no es exterminando a la gente que lo habla. Por lo
general, si un idioma reemplaza a otro es porque posee ventajas
que lo recomiendan, y que ofrecen no una mera diferencia sino
un alcance más amplio y más refinado, no sólo
a las ideas sino al sentimiento, que el del idioma más
primitivo.
Donde mejor se expresan la emoción y el sentimiento, pues,
es un la lengua común del pueblo; es decir en la lengua
común a todas las clases: la estructura, el ritmo, el sonido,
los modismos de una lengua expresan la personalidad del pueblo
que la habla. Cuando digo que la expresión de la emoción
y el sentimiento conciernen más a la poesía que
a la prosa, no quiero decir que la poesía no necesite contenido
o significado intelectual, o que la gran poesía no contenga
más de ese significado que la poesía menor. Pero
desarrollar esta investigación me apartaría de mi
cometido inmediato. Daré por sentado que un pueblo encuentra
la expresión consciente de sus sentimientos más
hondos más en la poesía de su propio idioma que
en otras artes o en la poesía de idiomas ajenos. Esto no
significa, por supuesto, que la verdadera poesía se limite
a sentimientos que todos pueden reconocer y entender; no hemos
de limitar la poesía a la poesía popular. Basta
con que, en un pueblo homogéneo, los sentimientos de las
más refinados y complejos tengan con los de los más
toscos y simples algo en común que no tienen con gentes
de su mismo nivel que hablan otro idioma. Y, cuando una civilización
es saludable, el gran poeta tendrá algo que decirles a
sus compatriotas de todos los niveles de instrucción.
Podemos decir que sólo indirectamente el deber del poeta,
como poeta, es para con su pueblo; su deber directo es para con
su lengua: consiste primero en preservarla, y segundo en extenderla
y mejorarla. Al expresar lo que sienten otros también cambia
el sentimiento, porque lo vuelve más consciente; permite
que las personas se apropien de lo que sentían, y por lo
tanto les enseña algo sobre sí mismas. Pero no es
que sólo sea más consciente que los demás;
también es individualmente distinto, de la gente y de los
otros poetas, y puede dar a sus lectores la posibilidad de compartir
sentimientos que no hayan experimentado nunca. En ello radica
la diferencia entre el escritor meramente excéntrico o
loco y el poeta genuino. Tal vez aquél tenga sentimientos
únicos, pero imposibles de compartir y por lo tanto inútiles;
éste descubre nuevas variaciones de la sensibilidad de
las que pueden apropiarse otros. Y expresándolas desarrolla
y enriquece el idioma en que habla.
He dicho bastante sobre las impalpables diferencias de sentimiento
entre diversos pueblos, diferencias que se afirman en sus diferentes
idiomas y son desarrolladas por ellos. Pero la gente no sólo
experimenta el mundo de forma diferente en diferentes lugares,
sino también en diferentes épocas. De hecho, nuestra
sensibilidad se transforma de continuo, como se transforma el
mundo que nos rodea: el nuestro no es igual al de los chinos o
los hindúes, pero tampoco es igual al de nuestros ancestros
de hace varios siglos. Esto es evidente; menos evidente, con todo,
es que aquí estribe la razón de que no podamos permitirnos
dejar de escribir poesía. La mayoría de las personas
educadas se enorgullecen en cierta medida de los grandes autores
de su lengua, aunque tal vez no los lean nunca, del mismo modo
que se enorgullecen de cualquier otra distinción de su
país: algunos autores se vuelven incluso lo bastante célebres
como para ser nombrados de vez en cuando en los discursos políticos.
Pero la mayoría de las personas no comprenden que con eso
no alcanza; que, a menos que sigan produciendo grandes autores,
su lengua se deteriorará, se deteriora su cultura y acaso
acabe absorbida por otra más fuerte.
Una cuestión, por supuesto, es que si carecemos de literatura
viva nos volveremos cada vez más ajenos a la literatura
del pasado; a menos que mantengamos la continuidad, nuestra literatura
pasada si nos volverá más y más remota hasta
que nos resulte tan extraña como la de un pueblo extranjero.
Porque nuestro idioma no cesa de cambiar; cambia nuestro modo
de vida, bajo presión de toda suerte de cambios materiales
en el entorno; y, salvo que contemos con esos pocos hombres que
combinan una sensibilidad excepcional con un excepcional poder
sobre las palabras, degenerará nuestra capacidad, no ya
para expresar, sino incluso para sentir algo más que las
emociones más toscas.
Importa poco si un poeta tiene o no un público vasto en
su época. Lo que importa es que siempre tenga al menos
un público reducido en cada generación. No obstante,
lo que acabo de decir sugiere que importancia de un poeta cuenta
para su propia época, o bien que los poetas muertos dejan
de servir de algo a menos que también haya poetas vivos.
Llevaré aún más lejos mi primera afirmación,
diciendo que la circunstancia de que un poeta adquiera un público
vasto muy rápidamente es bastante sospechosa: pues nos
lleva a temer que no esté haciendo algo realmente nuevo,
que sólo le esté dando a la gente algo a lo que
ya está habituada, y que por lo tanto ya había recibido
de los poetas de la generación precedente. Pero que un
poeta tenga el público adecuado, pequeño, en su
propio tiempo es importante. Siempre debería haber una
reducida vanguardia, capaz de apreciar la poesía, que sea
independiente y se adelante un poco a su época y esté
dispuesta a asimilar con mayor rapidez las novedades. Que la cultura
se desarrolle no significa que todo el mundo deba estar en primera
línea, lo cual se reduce a conseguir que todos mantengan
el paso; significa que se mantenga una élite tal, con el
cuerpo principal y más pasivo de lectores a no más
de una generación de distancia. Los cambios y desarrollos
de la sensibilidad que se manifiestan primero en algunos se abrirán
paulatino paso en el lenguaje, mediante la influencia de ellos
en otros, más prontamente populares; y cuando también
ellos hayan llegado a establecerse, se hará preciso un
nuevo avance. Es a través de los autores vivos, por lo
demás, que perduran los muertos. Un poeta como Shakespeare
ha influido muy profundamente en el idioma inglés, no sólo
por el efecto en sus sucesores inmediatos. Porque en los grandes
poetas hay aspectos que no surgen a la luz en seguida; y, al ejercer
influencia directa en poetas de varios siglos después,
continúan repercutiendo en el idioma vivo. Sin duda, si
un poeta inglés quiere aprender a usar las palabras en
nuestra época, deberá estudiar rigurosamente a aquellos
que las usaron mejor en la suya; a aquellos que, en su día,
renovaron el idioma.
Hasta aquí no he hecho más que sugerir el punto
último al cual, en mi opinión, puede decirse que
alcanza la influencia de la poesía; y acaso esto se exprese
mejor con el aserto de que, a la larga, el hecho de que se lea
y disfrute o no la poesía tiene repercusiones en el habla,
en la sensibilidad, en las vidas de todos los miembros de una
sociedad, en todos los miembros de la comunidad, en el pueblo
entero; y hasta las tiene, de hecho, que conozcan o no los nombres
de sus grandes poetas. En la periferia más lejana la influencia
de la poesía es, por supuesto, muy difusa, muy indirecta
y muy difícil de demostrar. Es como seguir el curso de
un pájaro o un avión en un cielo transparente: si
uno lo ha visto cuando estaba muy cerca, y no le quita el ojo
a medida que se aleja cada vez más, lo seguirá viendo
aún a gran distancia, una distancia a la cual otra persona
no podrá divisarlo por más que uno procure señalárselo.
Así, si siguen ustedes la influencia de la poesía,
de los lectores más afectados por ella a esa gente que
no la lee nunca, la encontraran presente por doquier. Al menos
la encontrarán si la cultura nacional está viva
y sana, porque en una sociedad sana existen una influencia recíproca
y una interacción continuas entre cada parte y las demás.
Y es esto lo que quiero decir cuando hablo de la función
social de la poesía en su sentido más amplio: que,
en proporción a su excelencia y vigor, afecta al lenguaje
y la sensibilidad de la nación entera.
No imaginen ustedes que digo que el idioma que hablamos está
exclusivamente determinado por nuestros poetas. La conformación
de la cultura es mucho más compleja. En igual medida será
verdad, por cierto, que la calidad de nuestra poesía depende
de cómo la gente use su idioma: pues el material de un
poeta debe ser el idioma propio tal como se habla realmente a
su alrededor. Si el idioma está mejorando, el poeta se
beneficiará; si se está deteriorando, tendrá
que extraerle lo mejor que pueda. Hasta cierto punto la poesía
puede preservar, e incluso restituir, la belleza de una lengua;
también puede ayudarle a desarrollarse, a ser tan sutil
y precisa, en las condiciones más complicadas y para los
cambiantes propósitos de la vida moderna, como lo fuera
en y para una época más simple. Pero la poesía,
como cualquier otro elemento de esa misteriosa personalidad social
que denominamos nuestra "cultura", ha de depender de
muchísimas circunstancias que escapan a su control.
Lo cual me conduce a algunas reflexiones de naturaleza más
general. Hasta aquí he hecho hincapié en la función
nacional y local de la poesía; y habrá que modificar
esto. No quiero dejar la impresión de que el contenido
de la poesía sea separar a unos pueblos de otros, porque
no creo que las culturas de los varios pueblos de Europa puedan
florecer aisladas entre sí. Altas civilizaciones del pasado,
sin duda, produjeron gran arte, pensamiento y literatura pese
a haberse desarrollado en el aislamiento. No puedo hablar de esto
con seguridad, porque acaso algunas no hayan estado tan aisladas
como parece en principio. Pero en la historia de Europa no ha
sido así. Hasta la Grecia antigua le debió mucho
a Egipto, y algo a las fronteras asiáticas; y en las relaciones
entre estados griegos, con sus diferentes dialectos y sus hábitos
diferentes, encontramos influencias y estímulos recíprocos
que son análogos a las que existen entre los países
de Europa. Pero la historia de la literatura Europea no manifiesta
que alguno de estos países haya sido independiente de los
demás; sino, más bien, que ha habido un intercambio
constante, y que cada uno se ha visto periódicamente revitalizado
por estímulos exteriores. En la cultura, la autarquía
general simplemente no da resultado: la esperanza de perpetuar
la cultura de un país reside en la comunicación
con los demás. Pero si la separación de culturas
dentro de la unidad de Europa es un peligro, también lo
sería una unificación que deviniera uniformidad.
La diversidad es tan esencial como la fusión. Por ejemplo,
hay mucho que decir sobre el uso, para fines limitados, de una
lingua franca universal como el esperanto o el inglés básico.
¡Pues qué imperfecta sería la comunicación
entre naciones si se realizara totalmente a través de una
lengua tan artificial! O bien la adecuación sería
completa en algunos aspectos, y en otros habría una incomunicación
total. La poesía nos recuerda cuántas cosas hay
que sólo pueden decirse en un idioma y son intraducibles.
La comunicación espiritual entre pueblo y pueblo no se
cumple sin individuos que se tomen el trabajo de aprender al menos
un idioma aparte del suyo, y que por lo tanto sean capaces, en
mayor o menos grado, de sentir en otra lengua. Y, de este modo,
la comprensión que tenemos de otro pueblo necesita suplirse
con la de los individuos de ese pueblo que se han tomado la molestia
de aprender nuestro idioma.
Incidentalmente, el estudio de la poesía de otro pueblo
es particularmente instructiva. He dicho que hay cualidades de
la poesía de cada lengua que sólo los nativos de
esa lengua pueden entender. Pero esto tiene otro costado. A veces,
intentando leer en un idioma que no conozco muy bien, he descubierto
que no comprendía bien un fragmento en prosa hasta que
aplicaba los patrones del maestro de escuela: es decir, tenía
que estar seguro del significado de cada palabra, aprehender la
gramática y la sintaxis y entonces podía pensar
el pasaje en inglés. Pero también ha descubierto
a veces que una pieza poética que era incapaz de traducir,
que contenía muchas palabras para mí desconocidas
y oraciones que no podía construir, transmitía algo
vívido e inmediato que era único, diferente de cualquier
cosa que exista en inglés: algo que yo sentía que
estaba comprendiendo aunque no pudiera ponerlo en palabras. Y
al aprender mejor ese idioma me daba cuanta de que la impresión
no era ilusoria, algo, no imaginado, sino que realmente estaba
allí. De modo que en la poesía uno puede entrar
de vez en cuando en otro país, por así decir, antes
de tener el pasaporte y el billete.
De modo que la pregunta sobre la función social de la poesía
nos lleva, quizá inesperadamente, a la cuestión
toda de la relación entre países de distinto lenguaje,
pero cultura vinculada, dentro del ámbito de Europa. Sin
duda no pretendo pasar de este punto a cuestiones puramente políticas;
pero desearía que quienes se ocupan de cuestiones políticas
frecuentasen más las que yo acabo de considerar. Pues éstas
son la cara espiritual de unos problemas cuya cara material concierne
a los políticos. En mi lado de la frontera uno se ocupa
de cosas vivas que tienen leyes propias de crecimiento, que no
siempre son razonables, pero que la razón debe aceptar
de todos modos: cosas que no pueden planificarse claramente y
que no aceptan la disciplina más que los vientos y las
lluvias y las estaciones.
Si, finalmente, acierto creyendo que la poesía desempeña
una "función social" para todo el pueblo del
idioma de un poeta, sea o no consciente de la existencia de éste,
puede deducirse que a cada pueblo de Europa le importa que los
otros sigan teniendo poesía. Yo no puedo leer poesía
noruega, pero si me dijesen que ya no se escribe poesía
en lengua noruega sentiría una alarma que sería
algo más que comprensión generosa. Lo consideraría
un brote de enfermedad capaz de extenderse por todo el continente;
el comienzo de una decadencia cuyo significado sería que
gentes de todas partes ya no podrían expresar, y por lo
tanto sentir, las emociones de los seres civilizados. Es algo,
por supuesto, que podría suceder. Por todas partes se ha
hablado mucho de la decadencia de la sensibilidad religiosa. El
problema de la época moderna no es la mera incapacidad
de creer ciertas cosas sobre Dios y el hombre que creían
nuestros padres, sino la incapacidad de sentir como ellos respecto
a Dios y al hombre. Una creencia en la que ya no se cree es, hasta
cierto punto, algo todavía comprensible; pero cuando desaparece
el sentimiento religioso, las palabras en las que los hombres
se han esforzado por expresarlo pierden sentido. Es cierto, lo
mismo que el poético, el sentimiento religioso varía
naturalmente de un país a otro y de una época a
otra; el sentimiento varía, aun cuando la creencia, la
doctrina, sigue siendo la misma. Pero esta es una condición
de la vida humana, y lo que a mí me causa aprensión
es la muerte. Es bien posible que el sentimiento de la poesía,
y los sentimientos que son la materia de la poesía, desaparezcan
en todas partes: lo que acaso ayude a facilitar la unificación
que algunos consideran deseable en bien del mundo.
http://www.elosuquematoafavila.com/poesiaencangas.com/eliot.fun.soc.poes.htm
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