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 La Soledad de los muertos que aún viven (Historias para no contar)

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samuel17993
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MensajeTema: La Soledad de los muertos que aún viven (Historias para no contar)   Vie Nov 04, 2011 6:54 pm

La Soledad de los muertos que aún viven

Estaba sentado en el sillón. Pensó, sin más, en todo. Muchas cosas le empezaron a zarandear, a acoger en las sombras del pasado; y le agarraron los recuerdos, con todas las derrotas de los años. La vejez le hacía melancólico y sentirse senil. Solo y tocando la locura con la punta de los dedos, ese era su currículum. Nada de optimismo le emanaba de las venas cerebrales. Las neuronas como un cáncer se pronunciaban en darle un ataque neurótico fuerte; la confabulación del olvido; las lágrimas que le amargaban el ánimo.

Con los años, ha vivido con optimismo. Nada le detuvo. Ahora, con el cansancio en los huesos, el pensamiento, que se venga cuando menos lo espera uno, le castigaba con los errores, y todo recuerdo positivo se lo disolvía en la niebla del cerebro, para dejarle aún más cansado de lo que los años le habían dejado. Los chirridos del sillón se mezclaban con las punzadas del corazón, que es a veces peor que cualquier máquina de tortura, punzando en el pecho como mil agujas.

No sabía cómo definir su vida, si de solitaria o de extravagante; posiblemente fueran las dos opciones. Al dejar el trabajo, fue peor, aunque en la televisión hagan soñar con que ésta, la jubilación, es el paraíso terrenal; para quien sepa usar el tiempo, es casi ese paraíso, pero, quien tiene su reloj más tocado y hecho prácticamente añicos, es el infierno.


La pensión no era nada del otro mundo, más para vivir en una casa conseguida por la austeridad estoica de su espíritu. Hubiera deseado vivir en un cuchitril, que era lo que le parecía su alma y habría sido su espejo, y morirse de asco entre gente de su misma condición. Pero el destino es un tahúr y nos reserva nuestra debida condena. A cada cerdo le llega su San Martín.

Sus pocos amigos habían muerto o se habían ido del pueblo, que parecía más un pueblo fantasma, y los pocos habitantes que quedaban parecían vivir una condena. Él paseaba siempre en silencio por el pueblo. Sólo unas ruinas se escrutaban en todo la vetusta aldea. A la Iglesia le faltaba la campana y el cura, que murió hace años de una enfermedad del pulmón y que dejo al pueblo sin oficio religioso. Los comercios eran un espejismo de carteles que anunciaban antiguas ofertas, con sus puertas cerradas con cerrojos oxidados. Al Ayuntamiento le faltaban políticos que pudieran robar, ya que no quedaba nada por robar más que el olvido. Y el olvido es imposible de robar. En la antigua escuela faltaban niños y maestros que enseñaran y ordenaran a los pequeños.


El silencio suspendía todo lugar con su aliento de muerte; sólo se rompía por los pájaros, que eran ya los únicos habitantes del pueblo y ya empezaban a pensar en hipotecar su nido para emigrar a otros pueblos algo más poblado donde podrían conseguir más fácilmente comida.

Se levantó del sillón, y fue dando vueltas a su casa, lleno de lugares, huecos para dejar su cuerpo ajado por el tiempo. El polvo reposaba en todo los muebles, como un manto mágico que marca el tiempo de condena del desuso. Su vieja chabola era el prototipo de practicismo clásico-cristiano, objetos para las necesidades básicas y recuerdos que se escondían en algún recoveco de la casa.

No podía con la carga de la casa; ya era fuerte la carga a la espalda, convertida en chepa por culpa de los años. Cogió su bastón de madera buena y ,con su chápela y su traje típico de los ancianos, se dispuso a herrar por la avenida central. Era la única con carretera y por la que ya no pasaban los coches; ni por pasar ni pasaban las personas, ya que el otro lado de la calle ya nadie vivía más que las casas semiderruidas o las lagartijas, que eran las okupas de las viviendas.
Entonces camino por el pueblo fantasma y se fue hasta el bar del Clemen, como siempre.




Al bar del Clemen ya nadie va; el viejo dueño sólo atiende al viejo, en la mesa de siempre. Los dos se quejan de los achaques de los años y se dicen que puede ser el último día de vida, y de penas. El viejo ya no tendría dónde ir si Clemen muere, y eso lo derrumbaría más. La vieja María Luisa hace días que no sale de casa; los dos concluyen que habrá muerto.

Ya ni los muertos pueden morir tranquilos sabiendo que alguien los enterrará. La paz, que es la soledad del pueblo y la peor compañera, es un veneno feroz. Clemen quisiera llorar, pero no puede.

Después de la rutina, pondrán la única tele del pueblo, que es la del bar, y verán las noticias, que parecen de un mundo diferente, paralelo al suyo, que es la nada, la nada absoluta.

Clemen hará cómo si limpiará, y el viejo hará cómo que sus viejos amigos viven y juegan una partida de cinquillo o de tute. La televisión seguirá emitiendo sonidos, mientras los dos hacen cómo que el tiempo no ha pasado, un puro teatro. Así, de ese modo tan estúpido, como es la soledad, pasarán las horas.

Llega la cena, y se despiden con un adiós que puede ser el último. Y el atardecer los aterra con la noche, ya que ya no hay farolas en el pueblo.



Ya con la noche, dormirán otra día más. Llegará la mañana, y el viejo irá a la casa de la Marisa, la única joven que queda en el pueblo y que tiene sesenta años, que le enseña fotos de su marido, un viejo amigo suyo. La Marisa le recordará el pasado y llorarán hasta que llegue la tarde. Ella le hará la comida, y él la dará las gracias con un beso, que les recuerda esos momentos cuando eran novios y él la rechazó.

Ella, antes de irse, le dirá que la vieja Paca se la ha llevado el señor y que ya son uno menos, sin contar a la Luisa, a la que nadie quiere, los tres últimos habitantes, ir a ver por si está muerta. Y concluirán con un “son más en el pueblo los muertos en estos últimos veinte años, —que son unos diez,— que vivos”.

Irá al bar del Clemen, y verá el cierre. Y sabrá que está muerto. Llamará a los del depósito que vendrán, cuando encuentre el pueblo que ya ni aparece en los mapas, y se llevarán a Clemen, junto a Luisa, que mirarán a ver si está muerta y, sí, comprobarán que estaba muerta. No sabrán cómo enterrarlos, ya que no hay nadie que los entierre y los enterrarán en el pueblo con ayuda de los servicios públicos, que odian hacer aquello, odian esos pueblos de muertos.

Luego, sólo quedarán Marisa y él. Decidirán irse a vivir juntos, en la casa del viejo. Ella cocinará y él descansará en el sofá. Al día siguiente Marisa lo encontrará descansando en el sofá, como lo había dejado ayer. Entonces, se achuchará a él y esperará a descansar, como él, para siempre.
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MensajeTema: Re: La Soledad de los muertos que aún viven (Historias para no contar)   Vie Nov 04, 2011 7:36 pm

Con chispasos de aguda observación, que permiten sentir bien esta historia.

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MensajeTema: Re: La Soledad de los muertos que aún viven (Historias para no contar)   Vie Nov 04, 2011 7:50 pm

Leido y disfrutado! Como acostumbraba a rubricar sus comentarios cierto personaje que no voy a mencionar pero que recien ha comentado arriba de mi.

Y bueno, disfrutable texto que me hace recordar a algunos pueblos perdidos de la Mancha y uno que otro de Galicia donde el numero de habitantes no es mayor que los dedos de una mano.
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samuel17993
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MensajeTema: Re: La Soledad de los muertos que aún viven (Historias para no contar)   Vie Nov 04, 2011 7:57 pm

Gracias a los dos. Un saludo de Samuel.
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MensajeTema: Re: La Soledad de los muertos que aún viven (Historias para no contar)   Sáb Nov 05, 2011 2:35 pm

Bien pero a mi pueblo los que se jubilan vuelven praa vivir una vida mas tranquila lejos del mundanal ruido
pero si es cierto que tambien por allí hay pueblo que queda dos o tres vecinos
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samuel17993
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MensajeTema: Re: La Soledad de los muertos que aún viven (Historias para no contar)   Mar Nov 08, 2011 1:25 pm

No te creas. Hay muchos pueblos que lo están, lo van a estar o que rondan ese umbral de soledad, de olvido. Lo peor, es el olvido. La niebla.

Un saludo de Samuel.
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MensajeTema: Re: La Soledad de los muertos que aún viven (Historias para no contar)   

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La Soledad de los muertos que aún viven (Historias para no contar)
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