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 Episodios Esperpénticos de la Vetusta Ojeda (Serie de los "Esperpentos)

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samuel17993
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MensajeTema: Episodios Esperpénticos de la Vetusta Ojeda (Serie de los "Esperpentos)   Dom Oct 16, 2011 12:14 pm

(Dis-)Utopía Amorosa (Esperpento amoroso)


Caminaba por la calles del pueblo. Olía a estiércol y, aunque era un pueblo, era raro ese olor tan desagradable, no solía oler así. El Sol de primavera quemaba la piel. Los ruidos eran inexistentes, era la hora de la siesta.

Me dirigía a la casa del “Piraña”. Le llamaban así porque de pequeño le encantaba Verano Azul y, además, tenía un gran parecido con ese gran entrañable personaje. Como milagro de la naturaleza, cambió. Se volvió un cachas de cuidado, daba miedo el muy mamón. Por si no fuera poco, él era un dandi, toda mujer que lo veía quedaba, como arte de magia, enamorada profundamente de él. Hay más, era un gran lector y poeta, cuyos poemas hasta la más realista la enamoraba. Todas caían, las hacía el amor y se buscaba otra; su lección numero uno: “Usar y Tirar”, así se gasta muy poco (Aunque a la larga sea fatal para el medioambiente, sobre todo para la flora). Él era como una especie de maestro: como un Hitch: especialista en seducción.

¿Y qué hay de mí? Me llaman “el Bujías” porque me encanta la Mecánica. Y, a diferencia de mi amigo el piraña, soy un desastre con las mujeres, un esperpento de las relaciones interpersonales amorosas. Mi amigo siempre me ha intentado ayudar; cuando me gustaba una chica él siempre me daba consejos, pero fracasaba siempre, aunque lo intentase como dos mil veces. Una vez, cuando me gustaba una chica llamada Eva, él me planteó un sofisticado y horrible plan, porque ya se veía de lejos mi fracaso monumental.

El plan fracasó. Al final, mi amigo se largó con ella y, como a todas, se la folló en el baño de ese asqueroso garito. Él me decía: “No es mi culpa; es una maldición, lo paso mucho peor que tú”, “Estaba muy buena y yo no soy de piedra”. Quiso repetir el plan, para ver si podía ligar con alguna, pero siempre pasaba lo mismo, pero con diferentes escusas: “No me gustas”, “Estoy enamorada de Piraña”, “Me lo prohíbe mi religión”, “Eres feo” y la mejor de todas: “No quiero cometer ningún crimen”, y, luego, se liaban con el Piraña… Tal fue su desesperación conmigo que incluso me quiso invitar de putas, pero yo decliné, porque no era un salido ni cerdo ni estaba tan desesperado, aunque sí que estaba tan desesperado.

El Piraña y yo dimos un paseo. Le conté que me gustaba una chica nueva. Él me preguntó sobre ella, con resignación: “¿Quién es?¿Es María, Erika, Coral, Sofía, Lucía, Sandra, o Elena?” y le conteste: “No, se llama Soraya” . Nos sentamos en un banco y le conté la historia.


Acababa de terminar de ayudar a mi tío en el taller, por dinero y por mi pasión por el automovilismo, que me venía de pequeño y que sabía que no me llevaría a nada. Para gastar mis fortunas (unos 2 euros de paga) me fui al bar de al lado. Me dirigí a la barra, me pedí una Mixta y vi a una chica llorando en una de las sillas de las mesas del bar. Extrañado por la imagen, me dirigí a su mesa. Entablamos conversación.

No parecía muy guapa: era de estatura media, con una arruga diminuta y distintiva en el cuello, unas gafas extrañas que le daban un aire de intelectual y un pelo negro casi pegajoso. Ella estaba peor que yo, tenía una depresión de caballo. La pobre tampoco le iba bien el asunto amoroso, hasta dudaba, por su nulo éxito amoroso, de su sexualidad. Tampoco ayudaba esa personalidad de gusto hacia lo extravagante.
Después de muchos encuentros por pena, me di cuenta que era bastante divertida, pero de extraños gustos. Se llamaba Soraya y leía a un poeta rarísimo llamado: Gottfried Benn, un poeta expresionista alemán, que era su preferido. De sus charlas, ella me indujo a la lectura, pues yo para nada ni nunca me gustó ni la lectura ni lo intelectual. Me recomendó leer a poetas como Rubén Darío, Antonio Machado o Juan Ramón, a escritores como Kafka, Zafón o Valle-Inclán. Al principio, todos esos autores me parecían unos chiflados, pero me los leí e incluso les cogí cariño y me empezaron a gustar. E incluso me leí “El árbol de la Ciencia”, que en un principio me debió de parecer un pedazo de tostón infumable, junto con el resto en un tiempo record para ser un no lector. A ella le encantaba mi conversación y mis mejoras en todos esos campos en que ella se desnudaba y bañaba sus pensamientos. Además, parecía más alegre y feliz, enfundaba una sonrisa de sol a sol. Yo seguía igual de sólo, pero no pensaba en tener nada con ella, porque no me gustaba para nada aunque tuviera un encanto raro para leer o para mirar con esas gafas que mareaban con sólo mirarlas, eran como unos cristales cóncavos que se transfigurase la realidad. Con ella, me evadía de esa soledad en que, muchas veces, me sumergía.

Pero, un día, cuando ella se iba al baño, mi torpe cerebro tuvo un lapsus mental y me sorprendí a mi mismo pensando: “¡Qué culo tiene la muy cabrona!”. Del susto inconsciente, me caí de la silla y cuando volvió estuvo riéndose toda la hora. Pensé: ¡Maldito Freud!


Mi amigo al oír mi historia me dijo: “Es perfecta para ti”, “Me la tienes que presentar, la evaluaré (como si se tratase de un escáner de una maquina)”, “Ahora, entiendo tu mejora de tu vocabulario, de tu pensamiento y de tus conocimientos poéticos… lo que no haga una mujer a un hombre… es imposible”.

Al día siguiente, fuimos los tres al bar de siempre. Ella y él confraternizaron muy bien. Ella se quitó las gafas. Él me dijo en voz baja: “Ataca, me iré al baño y tú… ya sabes”. Él se fue al baño, mientras que ella le miraba sin quitarle un ojo de encima. No me importó ese estúpido detalle que no noté, y me lancé, pero ella me dijo: “Es que me he enamorado de él”, “Sabe de poesía, de filosofía… -resopló- es perfecto”. Pensé: “¿Sabe… ,de qué? ¿Y yo qué?. Yo que te he aguantado y ayudado, me dices esto de un subnormal que acabas de conocer. ¡Qué, payasa, he aguantado esa mierda poética tan inaguantable sólo por ti, pero eso te da igual, hija…!” Se me revolvieron las palabras en alcohol y fuego, que me ardía en el maldito estómago, que parecía que conspiraba contra mi figura. Ella seguía mirando, como una idiota, el lugar por donde se fue mi amigo.

Él volvió del baño y le mostré mi peor cara. Había sufrido los tres golpes más bajos del amor: Celos, desamor y me habían partido el corazón, todos a la vez y concentrados como un coctel molotov a la vieja usanza y sin moderación, todo de golpe. Yo lo miraba como si mi amigo me hubiera intentado asesinar, lo había hecho. Él lo entendió todo y yo me fui. Y Dejando allí a los dos tortolitos, al embrujado hacia el amor y a mi expresionista amor, pensé: “Vaya mierda es el amor. Si sólo hay palos… y más si quien lo recibe es un burro como yo. ¿Por qué seré tan tonto?”

A la semana siguiente supe que estaban saliendo; a él le encantaba su sensibilidad y su intelectualidad y ella no sé, de verdad, no quise saberlo, pero creo que lo que a todas... Ante esto, mi amigo, para consolarme, me invitó esta vez de verdad al comercio de la carne, y su novia Soraya, a la que seguía queriendo, fue diciendo que era un cerdo. Estuvieron emparejados y felices como unas perdices durante 4 años, y, luego, se casaron.

¿Yo? Bueno, me licencié en medicina como Benn, su poeta preferido del que me consideran continuador. Me compre una casa buhardilla conectada con el bar donde conocí a Soraya. Allí, cuando intento olvidar mis fracasos y no tengo fuerzas para continuar, le doy a mi corazón un poco de morfina de alcohol mezclada con versos mal formados de tal su deformidad que da miedo sólo con leerlos. Mi amigo y yo nos vemos por el bar de vez en cuanto, cada vez más amargado, y es que, siempre, fue una fiera indomable a la que nadie pudo domar, y su mordisco es muy dañino para quien se le acerca, por eso yo no me acerco mucho sino que sólo nos dirigimos unas pocas palabras, las necesarias.

Después de tantos años, he vuelto a verla, ella me sonríe intentando disimular felicidad, aunque sé que le pega el Piraña. Quiero odiarla, pero muchas veces viene a mi casa ruinosa y Bohemia, y hacemos el amor sobre la cama deshecha de mi hogar. Me da pena y creo que yo a ella; nos damos mucha pena viviendo vidas que no vivimos. Luego, tuvo tres hijos, se parecen a su padre: les encantan las Bujías.
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samuel17993
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MensajeTema: Re: Episodios Esperpénticos de la Vetusta Ojeda (Serie de los "Esperpentos)   Dom Oct 16, 2011 12:14 pm


La Voz del pueblo (Esperpento Quijotesco)


Josefina se acreditaba cómo la mayor alcahueta y pitonisa de los sucesos de la esfera del pueblo, que en realidad era falso ya que no tenía tanta influencia pero su ego la impedía verlo. Una de las más románticas y sensibles apuntillaba en Internet, donde podía estar al acecho, al igual que una leona a una gacela, de los acontecimientos sociales. Nada, o eso creía, se le pasaba a ella; no ocurría nada si ella no lo sabía y se lo tenía tan creído que si llegaba a suceder algo sin su consulta o, por lo menos, el haber llegado a sus oídos, ella intentaba, y muchas veces lo conseguía, que tal cosa fuera entendida por todos como algo hilarante o le quitaba importante. Y si eso no ocurría, quienes estuvieran en ese trama “delictiva” eran considerados cómo parías, sinvergüenzas o alguna clasificación mucho más denigrante, que expulsaba por su boca de serpiente venenosa.

De carácter militar y nervios fríos. Nunca se emborrachó ni se drogó. No porque no quisiera, sino para poder captar mejor los hechos de los cuales podría jugar bajo su manga. Su cuerpo no era para nada bello o espectacular, lo más parecido a ella hubiera sido un animal de granja, aunque se consideraba una miss a la cual todo el mundo había que alabar.

Era una aficionada a la literatura. Pero a la buena. A los libros de Crepúsculo o copias de ésta, como si fueran libros de caballería. Para ella todos los demás libros eran una “mierda” o “un excremento de chino”. Era tal su conexión con aquellos amores de película que sus lloriqueos llegaban desde las eras bajas del pueblo, donde vivía, hasta la zona alta del ayuntamiento y la plaza del pueblo. Para ella eran “El Quijote” de su tiempo, y éste era una mierda de libro, literatura barata propia de un palanganero de putas de Valladolid con su madre e hija vendiendo su cuerpo, lo cual ella desconocía sobre el autor. Cervantes, según su opinión de experta y señora de la materia, debió de dedicarse, como Pío Estrada, a bufón, cosa que en parte hizo en la corte de los Augsburgo, los cuales le trataban como un subnormal, y lo cual, este dato, también desconocía.

Su círculo de druida social del pueblo eran sus dos amigas. La primera era Marcel Ciprés del Cráneo; tampoco de gran belleza,y que era la estratega, es decir, la policía, la perro que se encargaba de “descubrir”, como lo haría un investigador penoso, los “datos de la vida comunitaria”, pues para ellas todo era algo de interés social y comunal, y al pueblo había que informarlo de si “la Domingo la han puesto los cuernos” o si “el Casimiro se va con la novia de tal o cual”. La segunda era Mariantonieta de Burbón y Casteldelfels; hija de ricos pijos de altos modales e influencia, aunque sólo en el pueblo ya que fuera no los conocían ni sus propios familiares; la hija había salido a los padres con su discreción sólo de cara, pues luego era la peor de todas y quien controlaba a esas dos esbirros de ese mundo que era el vetusto pueblo.

Josefina, aún tan buena mujer, no tenía varón, novio o amigo “especial” en su vida. Por todos era sabido y nadie osaba hablar ni menos a sus espaldas, pues al igual que un trasgo a quien lo hiciese lo atacaba. No tenía éxito amoroso y, según decía, no le importaba ya que todos los hombres actuales, puesto que los únicos de verdad eran los de Crepúsculo, eran unos idiotas sin sentimientos, egoístas y malignos. Además ella no dependía de ningún varón.

Aún así, en verdad que buscaba un amor. Su primer intento fue con Jorge Roldaño; chico hijo de constructores y que consideraba al ladrillo una inversión segura, lo cual, claro, lo dijo antes de la Crisis; conquistador de corazones, se hacía llamar por todas las redes sociales, y tanto lo era que su única y última novia le había dejado por otro, lo cual lloró hasta que las lágrimas se le agotaron y empezó a sangrar por los ojos, aunque se autodefinía como un brabucón y guerrero magno ante la adversidad y los dilemas de la vida. Pero no tuvo éxito con él y con un fino argumento de galante, pues era una amiga, la rechazó: “No fea. Ni aunque me hagas tomar 321 calimochos”. Y era verdad, los tomó y aun más ciego que los de la Once la negó con un “Quita bicho, Chewaka, fuera, cara felpudo”. No se lo tomó a cuenta, estaba enamorado de la otra y ,aún con su belleza tanto interna como externa, no lo pudo conquistar.

Pero siguió, aunque decía no depender de varón y que eran “una sucia calaña a la que hay que capar”, por mera existencia, aunque en realidad los odiaba porque la rechazaban. El segundo objetivo de su rifle del amor fue Aureliano Campoamores, uno de los figuras del pueblo, junto a su amigo el Piraña, que su aroma era la miel de todas las chicas de la comarca que lo olían desde 30km a la redonda. Era recibido como un famoso, es decir, a gritos de “¡Aí, lo qué te haría guapo!”, “Cómeme… to`” y así hasta mil tópicos al más estilo camionero o obrero de construcción. Éste “magnomen” también la rechazó. No la dijo nada. Simplemente salió corriendo de ella, lo más disimuladamente, que fue irse al baño y encerrarse en él hasta que desapareciese ella. Pero ésta concluyó que lo había hipnotizado y no pudo con la presión de satisfacerla, a tal gran amante.

Pasaron miles de hombres, incluso los más desesperados, que prefirieron tirarse por el puente, lo cual provocó un montón de flores en su recuerdo, que ella interpretó como esos candados de amor que dejan los enamorados en los puentes. Los cadáveres se acumularon en el río y no pudieron quitarles, impidiendo que el cauce del río siguiera su buen curso. Y esto, finalmente, hizó que el río explotará y hiciera una riada que desesperó a la pobre Josefina que la inundó la casa y tuvo que salir de su hogar, llorando.

Sus lágrimas fueron como regueros de pan, como los del cuento de Hansel y Gratel, que dejaba la señal de por dónde iba, preguntándose por qué aquello, si ella era perfecta. A partir de ese día fue denominada cómo la loca del amor y fue marcada, al igual que hacía la Inquisición a los herejes.


Pero todo ese infortunio no amedrentó a la santa varona y continuó, e incluso con más ahínco, su trabajo de periodista oral local del pueblo. Fue hasta más trabajadora y represora con los rebeldes de su libertad de prensa con ataques de los que denominaron como ataques de demagogia que ella desmentía: “Es inútil. Es verdad y éste es un putero, un salido y un vago de capirote”. Si el cacique del pueblo podía temer a alguien, además de a la familia Burbón, era a ésta. Y cuando subido a lo alto de su ayuntamiento para ver todo su pueblo, el cual pensaba que poseía, y veía a Josefina, él se escondía, cómo pudiera, por si algo que pudiera ésta decir podría de ser utilizado en su contra.

Su reinado del “Terror”, siendo ella la Robespierre del pueblo, fue el más largo y el más silencioso desde la época oscura del Medievo. Nadie osaba no someterse a su ley del conocimiento y si no colaboraban con sus armas de “investigación” o, lo que ella denominaba, de seducción, pasaba a la humillación de la hoguera del aislamiento y el odio a esa persona.


Pero había rebeldes. Un chico, llamado el “Bujias” ,no quería decirla nada sobre el tema de una tal Soraya, y bajo su orden, todos le dejaron en el anonimato a excepción del compasivo Piraña que fue a hablar con la Robespierre. Del asunto, de chillidos sobre aquello, se paso a los besos, y Piraña que estaba saliendo con Soraya la traicionó con la “señora”, como a veces la llamaban también. En secreto, se amaron . Nadie lo sabía, hasta que Bujias los vio. Éste lo contó delante del todo el pueblo y ella, antes de que nadie pudiera replicar, lo negó todo e insultó tanto a Bujias como a su amante. Ella, después, le dijo que era para aparentar, pero él no era de esos, y estaba harto de ello, y decidió seguir con Soraya y dejar sus falsas y calurosas aventuras con esa serpiente pitón.

Y aprendida de episodios anteriores, no lloró una sola gota de lágrimas ante los demás. Pero en casa lloró y lloró hasta que llegó a llenar bañeras y limpiarse en baños de lágrimas. Nunca lo dijo. Ni ya anciana, cuando su reinado lo heredo su hija adoptiva,pues nunca se casó, ni se volvió a enamorar. Sus últimas palabras fueron: “A la mierda el cornudo de Piraña. Ahí se muera entre su propia mierda”. Y se murió en su cama, pues su pueblo era el mejor, único, y no iba a salir de él nunca, y por ello, cumpliendo con ello, dejó su cuerpo muerto en la cama de su hogar después de un terrible cáncer, que era curable y que era insoportable. El dolor y el odio como una bacteria la habían hecho fuerte a todo que atacara su palabra, y por ello murió sola, a excepción de su hija no biológica, pero que, sin ser nacida de su vientre, heredó toda su personalidad, lo más valiosa que podría haber heredado.
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MensajeTema: Re: Episodios Esperpénticos de la Vetusta Ojeda (Serie de los "Esperpentos)   Dom Oct 16, 2011 12:15 pm

El Bufón (Esperpento Hilarante)

Pío Estrada, obrero de fábrica y borracho de profesión, fue considerado como un peregrino del alcohol por todo el pueblo; junto a sus triquiñuelas, en que los habitantes del pueblo le pagaban todas las copas, y sus amigos, que le invitaban a todas a las que no le invitaban, eran los portadores del famoso “Camino de la Resaca”, conocido en toda la comarca y en el pueblo que lo patrocinaba con risas y aplausos. De él había montones de leyendas sobre sus borracheras y “heroicidades” de aguantar las resacas matutinas que soportaba a base de café o más alcohol. Además, según las malas lenguas, es decir según la esposa del señor cacique, tenía millonadas de dinero en el banco, el cual regentaba o, según ella, administraba su hijo, o lo que es lo mismo controlaba todo el dinero que entraba y salía del pueblo. Pero sólo era un rumor de una amada de casa con ganas de cotilleo y de desprestigiar, ya que era un muerto de hambre que no tenía donde caerse muerto; vivía en los bares y el dinero que no gastaba lo ocultaba en un baúl grande, como los de los codiciosos hombres de las obras de Plauto aunque en este caso nada malo le pasaba a éste y las risas eran producto creado adrede por él.

Había venido hace años al pueblo, proveniente del sur, de alguna ciudad andaluza que probablemente hiciera lo mismo que allí y que, en ésta, le echaron a patadas. Sus peleas y discusiones eran múltiples y, de alguna manera, era la forma que se ganaba la vida para que sus “donadores” disfrutaran de sus espectáculos de payaso-bufón en los que obtenía, poco a poco, más y más enemigos, aunque con casi todos con los que discutía, que era la mayoría del lugar, le perdonaban, al igual que se hace con un perrito descarriado.

En el trabajo no era muy diferente. Sus jefes le tenían para su diversión, pues no tenían por culpa de su trabajo, y porque era el mayor chivato al cual todo lo que sucedía y le contaban, los inútiles que no se enteraban de que les perjudicaba, para luego largárselo al jefazo. Es decir, a Ernesto Magnífico, un truhan del fisco. Nadie supo de su carácter de comadreja porque esas ocupaciones e insidias las ocultaba con su faz de bufón del pueblo.

Vivía en una casucha, que estaba medio destruida, y que se mantenía erguida gracias a la buena ventura, pues en cualquier momento podría caerse. Todos veían que era una persona humilde y amigable que tenía a todos por buenos, pero, en realidad, pensaba de todos mal y a ninguno le dejaba de poner a caer de un burro.


Su mayor honra había sido formar parte del ayuntamiento donde ayudaba al alcalde a sacar dinero y pasarlo a diferentes cuentas a cambio de favores fiscales, lo cual, además, se lo agradecía con unos buenos vasos de vino. Aunque en este cargo duró poco cuando algunas personas del pueblo urdían sus garras en este asunto, como Josefina que cuando instauró “el terror” tuvo que despedirlo para que finalmente desestimase su investigación de perra policial.

Aunque Josefina no lo sabía, él la odiaba, con todas sus ganas, con todo un odio acumulado. gramo a gramo, en el tiempo, por cada una de sus agujas que con su lengua le hundía. Ella pensaba, en su ignorancia, que no haría nada y así fue, fue verdad, pero él era un tipo rencoroso y de venganzas frías. Un día, cuando Piraña no le invitó a una copa, le tuvo tanto odio que lo guardó veinte años y se vengó chillándole, delante de todo el pueblo, que era un cornudo y que “el Bujías” se acostaba con su santa mujer. De nariz prominente tanto para catar vinos como para ser un gran olfateador para descubrir el modo para hacer el mayor daño en el momento y el tiempo idóneo.

Pero lo que más le enfadaba es que la gente se vanagloriara del propio dolor que padecía. ¿Si él se reía de ello, por qué ellos no? A él le importaba un comino lo que ellos pensaran; eso era una gilipollez y un insulto. Y subido en su taburete de “espectáculos” comenzaba, medio borracho, a escenificar ese dolor, disimulando el nombre de la persona referida, aunque todo el mundo lo supiera, de una manera que las risas se contagiaban, al igual que un eco o una cacofonía, de bar en bar hasta llegar a la plaza donde se reproducía por todo el lugar. Las viejas, si todavía no se conocía toda la jugada, como Mariana de Castrejón, una amargada soltera, o Rosenda de Castro, una viuda marujona , lo transmitían de boca en boca.

Y por todo esto se sentía un dios, el Hermes de la felicidad y las risas, y nadie iba a cambiar esa situación. Al morir Josefina, como un estúpido bocazas, empezó a contar todos sus secretos, insidias y pecados de ésta desde lo de Piraña, al cual también odiaba, hasta que había mantenido relaciones sexuales con Mariantonieta de Burbón. Pero su hija adoptiva, Tania, no se lo permitió, y con ayuda de los Burbón contraatacó. No sólo había heredado de Josefina sus artes del cotilleo y la copla, sino un don increíble de la palabra que no sólo consiguió desmentir los rumores, sino que sacó a relucir los del bufón.


El señor Pío, que era ya mayor pero igual de borracho, antes de morir de cirrosis en un pueblo cercano, exiliado como un sinvergüenza, fue descubierto cómo el ladrón del ayuntamiento, un putero que violaba a chicas como Tanía,que no olvidaba y había encubierto tal asunto por vergüenza, y un borracho, que ya se sabías, pero que es su boca parecía un pecado capital al cual había que poner como delito de cinco o diez años de cárcel.

Después de ese episodio, ya viejo, se fue del pueblo y no volvió a pisar su suelo ni para su entierro que tuvo que ser llevado en alto todo el viaje y ser enterrado con un aislamiento en su caja de “pino”. Sus años los pasó amargado en un piso alquilado insalubre. Nadie, después de lo de Tanía, recordó su figura ni osó nombrar poner su nombre en alguna de sus palabras.


Fue tal que nadie asistió a su entierro, sino que se tuvo que contratar a alguien para que lo enterrase; además fue casi a escondida y, aunque fue un secreto a voces, no hubo ningún tipo de comentario o anuncio sobre ese acontecimiento que podría recordar ese año en el que el caos se apoderó del pueblo. Nadie lo recordó, tanto que incluso se le borró de todo papel oficial y de los recuerdos de la población de la urbe vetusta. Sólo fue un fantasma que pasó, como viento al ser soplado por Helios, y dejó su huella en forma de huracán con sus coloquios hilarantes que todavía se oían después de tantos años después de haber muerto en el olvido más absoluto.
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MensajeTema: Re: Episodios Esperpénticos de la Vetusta Ojeda (Serie de los "Esperpentos)   Dom Oct 16, 2011 12:15 pm

Los Rodríguez (Esperpento Familiar)


Mi primo, por vía materna, “el Bujías” y yo estábamos en la plaza del pueblo. Ese día era la fiesta del pueblo, y jugábamos en una caseta de esas con los típicos juegos de tirar tres botellas trucadas y esas cosas. El Bujías era totalmente opuesto a mí.

Él, para mí, era bajito, y yo, medianamente, alto. Él manual, yo intelecto. Aunque últimamente la cosa había cambiado: él había crecido algún centímetro más y , por una chica que le gustaba y por la cual estaba tan contento hoy llamada Soraya, algo mucho más sapiencial/culto; yo me había afianzado en eso de la tareas manuales y mecánicas de la vida (que es un gran mecanismo, como un reloj). E incluso parecíamos hermanos gemelos (o el mismo ser dividido por algún extraño ser divino que hilvanaba nuestro ser y nuestro devenir), cuando fuimos opuestos.

Se acercó su amigo “el Piraña”. El punto cachas y alto, un poco sabiendo, y un poco cabrón, como todo guaperas, aunque no del todo. Se unió a la caza (del oso, de cualquier muñeco o la videoconsola). Ni él, que era un genio en esos lares, conseguía tirar las diez tandas de tres botellas para conseguir la videoconsola que regalaban. Estaban a punto de echarnos, y ni Bujías, ni Piraña, o, menos, yo que era ya algo menos patoso, lo conseguíamos.

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Nuestros nombres tienen cinco silabas y son, además, una herencia familiar paterna. Piraña la llamó a gritos, por su mote: “Eh, hijadcorá”. Todos los Rodríguez, y ella era mi prima segunda, teníamos el nombre de Mario o María. Es decir, mi hermana era María, ella María Coral (para diferenciarnos) y yo, por tanto, Mario.

Mi madre ya se llama María, por tanto, mi hermana se llama María. Pero siempre se pone el nombre de la madre como segundo nombre para la hija o el del padre para el hijo, para diferenciarnos. Pero como mi padre y mi madre se llaman así, pues es un poco caótico. Así son de extraños la familia de los Rodríguez. Aunque más raro hubiera sido que fuéramos tres o cuatro hermanos, ya que habría que poner como segundo nombre el de algún abuelo, abuela, tía, tío… (Ya me entendéis) Un rollo. Yo si tengo hijos, no haría eso. Creo que sería algo especial como el del Tío abuelo Samuel que huyo a África por culpa de la abuela de María Coral, Carmen.

Mi familia es así. Aunque no los odios por ello, pues no me importa que me llamaran así. Pero lo que sí odiaba en ese tiempo era a mi hermana María. Si hubiera sido, por ejemplo, mi prima, la hubiera matado, y es que la odiaba a rabiar. Como con el tema de María Coral.

Siempre preguntaba con sarna y me enfadaba, para que mis padres se pelearan conmigo por enfadarme con sus idioteces. Entonces, mi madre, como el resorte de mi hermana, su pilar de la burla: ¿Pero te gusta? Yo no contestaba. ¿Por qué tenían que preguntar? Luego, mi hermana contaba lo del tonto (para mí, no) del tío abuelo Samuel, y, entonces, lo odiaba aún más. Era como un personaje mítico familiar.

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Por ello al verla a ella y a su novio, me hizo ponerme malo: no sé si por verlos juntos o por él, a ese estúpido; creo que las dos cosas.

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Una vez, cuando íbamos al Colegio, recién salidos de la guardería el año pasado, me besó con esa inocencia de los niños. Todavía no recuerdo por qué lo hizo, si ella lo hizo por curiosidad o yo qué sé, pero, ese día, salí corriendo. Desde entonces, la intentaba evitarla por todos los medios, y, casi siempre, me escabullía, disimuladamente, corriendo calle abajo como un loco por no verla.

Otra vez, en fiestas, borrachos, me tiró los trastos, mientras yo no me enteraba de nada, lo cual me lo tuvo que decir el Piraña que se rió por “no atender a las señales del cortejo”, y salí devolviendo de la escena. Creo, que por eso, desde entonces, me pone cara sería y se me ponía muy distante para, luego, volver a estar en la faceta de prima interesada en mí. O eso creía que mostraba.

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El novio de María Coral, según Piraña, el Don Juan, científico del amor, era un pijo idiota, como él, ególatra y rubio de bote (para él, lo peor), por lo cual le llamaban “el Rubio”. Además era mucho más listillo que el Piraña, tanto que Piraña parecía modesto y todo. Los tres estábamos jugando y él se unió.

Al rato de estar jugando los cuatros, llegó mi hermana, y fue cuando discutí con el energúmeno del Rubio. Yo le dije que era imposible tirar los tres botes tirando uno lateral ya que pesaban muchísimos, por no decirle al estúpido que estaban trucados. Y él que no, que yo no tenía ni “puta idea”—Con ese toque pedante del chulo.

Mi hermana estaba con él (parecía que quería ponerme siempre en entredicho, o eso, o estaba enamorada del Rubio), que sí podía. Y la odié más. Siempre en contra mía. Él lo intentó una, dos, tres, cinco, siete hasta un número primo tan alto que ya ni me acuerdo. Estaban tan trucados que al tirar a uno del lateral, cuando lo alcanzaba ya que tenía una puntería de mierda y una mala ostia increíble, ni se caía el de arriba. Al final, nos echaron, y, al acabar el ultimo tiro, me dio tal golpe en la cabeza que me desmayé.

De cuando desperté, sólo recuerdo que, a unos metros más adelante, se pegaban Bujías, aunque más bien miraba la pelea, y el Piraña, y que mi hermana María y mi prima María Coral, estaban a mi lado. Estaba tan mareado que no sabía cuál era mi hermana y cuál era mi prima. No supe a quién besé, pero debió ser mi prima porque si no me habría dado un bofetón. Y me volví a desmayar.

Desperté con mi hermana, el Bujías y Piraña al lado. Me dijeron que “el Rubio” salió huyendo con algún buen golpe de derecha del musculado Piraña, la cual le debió dolor ante el dramatismo de su histeria, ya que, según ellos, salió sangrando de la boca, la nariz y el cráneo. También, mi hermana me dijo, con cara triste, que María, mi prima, se había ido a su casa llorando. Me dijo que fuera con ella, lo cual animaron Bujías, a su modo extraño, y Piraña que me dijo eso sería un buen punto para mí.

Fui corriendo a la casa de mi prima. Llamé, y no sé cómo, salió ella. Salió y cerró llorando. Y la volví a besar. Quiso decirme algo. Algo de mi hermana, pero no la dejé. La dije que me gustaba y todas esas cosas románticas, que me sonaban estúpidas, que no recuerdo y siempre se me dieron mal contar. Sólo sé que me besó. A partir de entonces no odié tanto a mi hermana. Ella cada vez que nos veía, nos sonreía con una cara típica de peluche que dice: ¡Cómo os queréis¡

Por la noche, entre pinos, en uno de los claros, entre la oscuridad, nos echamos en la hierba, bajo un árbol vetusto y lleno de vida. La besé lo que llevó a que improvisáramos a usar el suelo del pinar como una cama de matrimonio. Una manera rara de hacer el amor. Al terminar, lloró de risa, por lo estúpido que éramos, tanto que, en mitad de ese claro creció una gran rosa roja que ella cortó y puso en un jarrón para que todo el mundo la viera.

No sé por qué, pero cuando ve la flor, tan grande y hermosa, mi hermana se pone a llorar. Creo que es de alegría. Pero María Coral dice que es envidia, ya que está amargada. Ellas se llevan mal. No las entiendo. Las quiero igual, aunque mi hermana, despectivamente, dice que no es verdad.

Nunca he preguntado a ninguna que a quién besé. Hoy, después de todo lo pasado, empiezo a dudarlo. Fuera quién fuera, llevó a que sucediera todo eso. Aunque me preguntó que si fue mi hermana, ¿Por qué no hizo nada por besarla, como quitarme de encima? Una locura. Me he montado una comedia plautina en mi vida.
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MensajeTema: Re: Episodios Esperpénticos de la Vetusta Ojeda (Serie de los "Esperpentos)   Dom Oct 16, 2011 12:16 pm

Historias Pasadas (Intrahistoria Esperpéntica)

El Vetusto pueblo se erguía entre pequeñas colinas, como las de Roma, repartidas en su centro, y las eras y llanuras, que la mayoría se encontraban en pendiente. El invierno había asomado fuerte, con una fría mañana de 5ª grados centígrados —y Bajando. Todo parecía congelado, al igual que una foto; nada se movía, ni las propias sombras de los edificios.

Mario salió de casa y se fue a trabajar al negocio familiar, en la que trabaja con “el Bujías”: era una imprenta, que, antes, había sido el taller del padre de “Bujóas”.
Ahora, la llave inglesa de la mágica mecánica, que hace que funcione un armatoste de 200 Kilos, se convirtió en el bolígrafo corrector de Mario, con su vieja manía de correcto en mano, salvando miles de ediciones de la vileza de miles de agrafías, tanto de escritores como de editores.

Mario se consideraba un escribano, los cuales escriben a mano, al igual que pensar caminando, poco a poco, pero directo y en el momento. Siempre escribía antes todo a mano, en vez de a ordenador y pensar rápido y sin prisas, en esa droga de todo lo nuevo es mejor, pasando de lo contrario, de lo viejo es peor.

Él era como un ser atemporal, en que escuchaba a viejas bandas de Rock como M-Clán, Fito y Fitipaldís, Platero y tú, Oasis, The Beatles, Joaquín Sabina como Blues, Jazz o clásico. Y que, sin que nadie quisiera verlo, era demasiado actual, como todo lo viejo, y lo nuevo.

El Bujias había dejado el alcohol, aunque nunca fue alcohólico, y, también, de escribir; eso fue otro tiempo. Decía que ya no le llenaba. Siempre dejando ruinas de su egoísmo social, que, en parte, es algo misantrópico hacia los “yo no soy ese”. En verdad, quería y no quería serlo; esa era la cuestión.

- ¡Qué frío, coño, Mario! No se puede ir por las calles, sólo viven los muertos. Que parece esto un frigorífico en donde almacenan a los cadáveres sin estar en putrefacción. Como el señor Menelao, que aún espera que su hijo vuelva de la guerra. Eso sí es tener cojones. Sentarse en el banco del Bar “El Rincón”, y esperar a que vuelva…

- ¿Desde cuándo espera?

- Desde la Guerra Civil, desde que se fue. Desde que se fue. Te digo que desde la guerra. Sí esa que llaman todos “la guerra”, como si no hubiera habido otras.

- ¿Pero, cuántos años tiene?

- Buahhh… cientotreintes justos. Nació en 1900. Sólo te digo eso.
- ¡Su madre!

- Pues sí, santa madre la suya, que fue gran cuidadora. Dicen que está muy malo…

- Deberíamos aprovechar, el que esté vivo, para hacer una historia y/o entrevista con él.

- Sí, pero vete tú. Yo tengo que hacer unos asuntos en el pueblo.

- Vale

Mario salió de la imprenta y se dirigió al centro del Pueblo: La Ojeda de Pisuerga. Fue hasta cerca del bar “El Rincón”. Ahí, sentado en el banco de fuera, estaba el señor Menelao. Fue llamado así por su padre, un hombre de letras clásicas, admirador de Homero y la Iliada. Menelao, con un vino pagado cpm si triste pensión, a base de duros “jornales, estaba esperando —con esa palabra tan cercana a espera, esperanza— a su hijo perdido.

Fue a acercarse Mario, pero alguien se sentó con él. Un hombre mayor, con tintes de viejo lobo de mar, al estilo de los hombres de acción de Baroja, se puso a hablar con él, y Mario, a escondidas, se dispuso a escucharles.

- ¡Samuel! —Dijo Menelao— Amigo. ¿Sigues vivo, o me he ido al Más Allá sin ver a mi hijo? Eso me entristecería.

- No, sigo vivo. Pero no digas mi nombre, por favor. Quiero dar una sorpresa a mis parientes. Así que estás esperando a tu hijo, ¿todavía no volvió?

- No… Me preguntó si seguirá vivo, o… está… muerto.

- Vendrá… Estoy seguro. ¿Cuántos años tendrá?

- Unos 67. Lo tuve tarde, en verdad.

- Ajam… Bueno, me tengo que ir. Ya nos veremos..

- Adiós, Samuel —Dijo en voz baja.

- Adiós, Menelao. Recuperarás a tu Odiseo… ya lo verás.

Esa noticia era más importante que la historia de Menelao. Le impactó, y se puso a seguir a su tío abuelo Samuel. Mientas, el hijo de Menelao, Odiseo, volvía al pueblo. Se presentó frente al enfermo Menelao, que cuando llegó estaba postrado a una cama de una residencia de bajos fondos, en la que trataban a los viejos como a muebles. Ante la culpa del abandono de su padre y al saber de qué seguía vivo, había venido a excomulgar sus pecados del pasado. Odiseo había conseguido una fortuna durante el estraperlo de la Posguerra, y vino con la promesa de que durante ese año de vidas, o menos, según sus cálculos, iba a darle la mejor vida. Y así fue. Tuvo la mejor residencia y servicios. Pero el viejo, entre los avances científicos y la energía de su hijo que había vuelto, consiguió vivir diez años más, superando su enfermedad de forma heroica. Su hijo pensaba: “Éste me arruina, o consigue que me muera antes que él.” Y casi lo consigue, un año después de su muerte, se murió el hijo, pensando que su padre se había vengado queriéndole.

Mario siguió al tío abuelo Samuel. Le llevó a una casa restaurada de época de Alfonso XIII donde vivía con el nombre de Mario Fuentes, al más estilo familiar, en que todos los varones se llaman Mario, aunque él era familia materna, en la que no hay tal costumbre. Él llamó a la puerta. Lo vio, y se quedó extasiado, recordando las historias de su abuela. El tío abuelo lo supo al instante.

- ¿Tú eres de la familia? —Dijo Samuel.

- Sí… —titubeó— Soy su sobrino nieto Mario, hijo de Mario Rodríguez y María Santamarta. ¿Es…?

- Sí. Tu abuela te contó que me fui por Carmen Almena.

- Abuela de mi mujer, y madre de mi suegra.

- ¿Ah… sí? Casado con una Almena… Se nota que tu sangre sale a Santamarta.

- Pero ella es Rodríguez, también; es hija del primo de mi padre.

- Joder… Vaya enredos… Santa María de Dios. Como ha cambiado nuestro clan.

- ¡Y qué lo digas!

El tío abuelo había vuelto por melancolía. Y por verlos. Tenía ese último deseo con la familia. Además, según él, había escondido un tesoro escondido, el cual enterró él hace tiempo. Ese mismo que había soñado en la niñez. Nunca llegó a encontrarlo, por mucho que lo buscara y, ellos, tanto Mario como “Bujías”, le ayudaron. Nunca, nunca, lo encontrarían. Fue algo imposible. Un sueño de indiano melancólico. Ya tan pasado de moda, al igual que los gustos de Mario.

El único tesoro que encontró fue poco antes de su muerte. Corrió el rumor, por culpa de los dos y sus familias, de la llegada de Samuel. Y, un día, con la presencia de Mario, se presentó Carmen Almena. Los escuchó cómo discutían, y él los dejo, zanjando sus asuntos.

Al día siguiente, por la mañana, una mañana casi veraniega en la que las flores, como las rosas rojas o el carmín, colgaban por las calles principales del pueblo, Mario recibió una llamada urgente de Bujías en que le citaba en la casa del tío abuelo Samuel. Allí, se encontró con él, que tenía las llaves de casa, al igual que él.
En la casa de matrimonio de la casa del tío abuelo, se encontraban los cadáveres del tío abuelo y el de la viuda de la abuela de su mujer. Habían esperado a morir juntos, o eso parecía.

- ¡Joder con el viejo! Ha muerto con estilo. Es… como si… se hubieran esperado el uno al otro —Dijo “el Bujias”.

- Sí, debe ser la magia del amor…

- ¿También, esa magia hace que se le empine al viejo? ¿Cómo lo habrá hecho el viejo? ¿Cómo lo habrá hecho? ¿Con viagra?

- Que cosas tiene la vida…

Nunca en el pueblo se hizo un entierro doble y, menos, en tales circunstancias. Ese día llegó, de verdad, el verano. Los pájaros cantaban. Las margaritas crecieron en todo el pueblo, además de las otras flores, típicas del lugar, hasta exóticas de otros lugares lejanos. El cielo carmín despidió a los enamorados, perdidos en la mar del tiempo.
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MensajeTema: Re: Episodios Esperpénticos de la Vetusta Ojeda (Serie de los "Esperpentos)   Mar Dic 27, 2011 8:32 pm

Los fantasmas de la familia (Esperpento Fantasmagórico)


El soldado Guttenburg se estableció en el pueblo cuando la guerra. Aquí, sin muy bien saberlo él mismo, se enamoró de la joven Carolina, cuya familia había venido al pueblo para establecer el negocio agrario más importante de la comarca. Los dos, sin apreciarlo, y aunque ella era catalana, eran extranjeros de aquella zona; ella era de Barcelona y no estaba acostumbrada al pueblo castellano por mucho que compartieran península, mientras él era de un país totalmente diferente, por lo menos en varios sentidos, sin ninguna raíz, y que su sangre le volvía un hombre frío y más soberbio aun, como el mejor teutón alto prusiano.

Frank Guttenburg era un alemán del norte prusiano que aborrecía a los polacos por haberle (haberles, a los alemanes) robado su tierra: el Danzig. Apoyaba como el que más a Hitler, y era el mayor de los ideólogos del pangermanismo, el más extremista de todos por su condición de “alemán polaco”— o de Polonia— ,que abogaba, primero, por la unificación de la Gran Alemania y, después, la anexión de Escandinavia como unión germánica. Sirvió en el ejército nacional junto a los españoles, a los cuales tenía un amor-odio hacia ellos, probablemente por su sangre visigoda que sólo emanaba en parte por esa gente.

Hitler lo envió a luchar con un grupo de soldados voluntarios, y se convirtió en un héroe local, aunque, por su condición de extranjero, no fueron muy propagadas sus grandes gallardías y victorias por el pueblo hispano contra el terror rojo. Por ello, todavía, es conmemorada su figura por la familia. Sobre todo, porque liberó Ojeda del ejército rojo —y lo que es liberar, es que él y una docena de hombres acribillaron a balazos a una tropa de hombres republicanos por las espaldas.

Luego, se casó con Carolina a los dos meses de conocerse. Al acabar la guerra, la mundial, cuando se quedó ella embarazada, se cambió el apellido por algo más español. Le gustaba el de los reyes españoles antiguos, los cuales reinarían a la muerte del Caudillo, y se nombró, a lo Napoleón, con corona y todo, Burbón, que era un ironía, más bien doble ironía, porque es un apellido francés, otro país que él odiaba, y que, a la vez, es de origen franco, un pueblo germánico.

Aunque todos hablan de sus historias, hay algunas que no gustan a la Familia, aun así, son muy famosas y contadas, sobre todo por los viejos, los historiadores olvidados que nunca escriben un solo libros. Se cuenta que, un día, salió al frente, en medio de las trincheras, y acabó con el “ejército rojo”, mientras ellos, mediante megafonía, vitoreaban la victoria. Por esta heroicidad, nunca obtuvo medalla más que del Führer, y la cual su familia conserva con mucho orgullo. Pero hay partes, como toda buena historia hispánica, que son completamente detalladas de sucesos, y que la Familia Burbón no sabe cómo denominar.

Se ha dicho que la familia de los Ramírez de Roble le fueron ejecutados varios integrantes por él; él sólo, para más inri de su virilidad, violó a la madre de familia y la cortó el cuello delante de su hija, que violó también y dejo preñada, como a tantas mujeres de la zona y que, a día de hoy, hijos no saben sus que son bastardos de este héroe. No fue la única, pero sí la más famosa por ser éstos comunistas fieles a línea dura de Stalin. También, es famosa frase hecha, tomada de su figura, la de: “Hombre, tú no puedes ni tres asaltos; no como “Buten” con las cuatro milicianos que se folló a cambio de no matarlas en mitad de una llanura en donde lo podían haber descuartizado cualquier avión.”

Por ello, durante los años, los Burbón, han tenido la doble dualidad de adorar y odiar esas historias, ya que menosprecian la virtud estoica y cristiana (aunque con los años se hayan vuelto más bien agnósticos, sobre todo sus nuevas generaciones) de la Familia. Además de tener un aire muy de burgués del S. XIX, probablemente por contener dos miembros cercanos catalanes: la madre y la abuela, que aún vive, que emigraron de su Cataluña y todavía añoran su tierra tan lejana de esa estepa y bárbara Castilla.


Mariantonieta ya no habla de las historias familiares; simplemente no suele hablar de la familia más que para quejarse, sobre todo, de su tiranía sobre ella; que está harta de su control. Últimamente llega todas las noches tarde a casa, casi al salir el sol, y su madre la increpa (sin hacer nada más), y ella responde con que sus notas lo valen. Como toda Burbón y/o Casteldefels es una gran estudiante, aunque no sepa ni dónde está Constantinopla, y algo repipi, sólo un poco, nada que poder achacar. A su padre le da igual, no la dice nada, no le interesa; que se encargue su madre, piensa; además ya tiene suficiente con su trabajo, como para encargarse de las idioteces de su niña malcriada…

Hoy ha llamado a Josefina, la espera al lado del ayuntamiento. Coge un cigarro y, con el mechero, más caro que la vestimenta de Josefina, ya que hasta sus moscas se perfuman y engatusan de lirios frescos, se lo enciende, con las ansias de los nervios. Josefina llega tarde y la dice:

- ¡Como, Josefina, vamos! ¡Qué eres una puta tardona!

- He tenido unos asuntos…

- Da igual, dime lo último…

- Sí… Lo de María Jesús…

- ¿Qué ha hecho hoy? —Dice apagando el anterior cigarro y encendiendo otro.

- Su novio “el perdido”, la ha dejado…

- Es que es muy puta esa.

- Dicen que se ha acostado con unos cuantos… —Apunta Josefina con la vista perdida, como imitándola la cara que suele poner. Lo único malo de María Jesús había sido tener un novio muy perdido… (tanto que la deja en medio de la nada en la noche).

- Bien, ahora está libre.

- ¿Te lo vas a tirar?

- No. Vamos a jugar a las manualidades —Escupe ácida e irónicamente—, ¿Tú qué crees?

- Bueno… Algo de manualidades hay… —Se ríe.

- Sí, porque… — Se empiezan a reír las dos.

Caminan por el lado este del pueblo, entre callejuelas que dan al campo. Penetran entre estrechas calles, casi musgosas y bastante ruinosas, que casi no dejan ni pasar el aíre. El lugar parece que anida la modorra en el verano por siempre y que en los días de invierno más fríos ni siquiera se escapa.

- ¡Qué calor, dios…! —Comenta Mariantonieta como casi gimiendo, agobiada de ropa.

- Sí, esto es inaguantable.

- Tira para allá.

- ¿Pa`l bosque?

- Sí, allí esperamos a Manuel y a Pedro.

- ¿Y…?

- Yo me voy con Manuel a un rinconcete de lo más profundo… y tú… ¿Lo vas pillando?

- Más o menos. —Enseña su sonrisa— Pero, ¿Pedro? Es medio tonto…

- No, hija. Es tonto entero. Pero para un polvo… ¿Y qué quieres, con quién?

- Bueno…

- Ni bueno ni nada. Tú eres mi amiga y hoy pillas como que me llamo Mariantonieta Burbón —Apuntilla con tono autoritario, tan propio de la familia, y que tanto odia, sobre todo, con la familia.

Pasan el río Burejo y llegan a un pequeño bosquejuelo de pinares. Allá, para disgusto de las dos, más bien de Mariantonieta, no hay nadie.

- ¿Dónde están éstos? —Pregunta al aíre Mariantonieta.

- Se han olvidado de nosotras…

- Me… ¡Gilipollas! Ahora me dejan con el maldito calentón. Ya ves…

- Esta noche…

- De esta noche nada. ¡Bájate la falda, narices!

- ¡¿Qué?!

- ¡Bájatela, te digo! —Volvió a ordenar.

- Vale, vale… —Tartamudea con miedo Josefina, mientras ella se baja los
pantalones vaqueros y se quita la camiseta, quedándose en bragas y en sujetador.

- Ya lo solucionamos nosotras… —Dice Mariantonieta con cara pícara y macabra— Porque ni un tío te quiere tocar, pero menos mal que me tienes a mí…

Se desnudan del todo las dos, y se ponen, ante los ojos de la naturaleza, a hacer el amor; una costumbre cuando nos las queda otra, en todo caso a Josefina. Mientras, unos ojos azules y sorprendidos por lo que ven, contemplan la escena con deleite. Mariantonieta, desnuda, encima de Josefina, ve los ojos y, sin darse cuenta de quién son, se los queda mirando fijamente mientras Josefina la dice al oído y que no escucha: “Te quiero”.

El hombre sale de su escondite, y Mariantonieta se queda pálida, no encuentra a quien esperaba. Ha visto miles de veces ese rostro. Balbucea un abuelo y la dice Josefina con tono de una oveja al valar:

- ¿Qué pasa?

- ¡Vámonos!

- ¡Cómo si hubieras visto a un fantas…! —Quiso decir, pero la cortó Mariantonieta; la cogió de la mano, con la ropa en su otra mano, y se fueron corriendo al puente, desnudas y con Josefina llena de fluidos de ambas.

- Esto no ha pasado… ¿Queda claro? ¿Me has entendido? —La hizo prometer con una cara de terrible terror.

- Sí, sí, claro…

- Nunca, nunca… No lo volveremos a hacer en el puto pinar… Hasta los fantasmas de mi familia no me dejan en paz.

Rafael Ramírez sigue mirando el lugar, estupefacto, donde la ha visto desnuda y hermosa. El nieto bastardo de Frank dibuja de blanco un pino, por falta de otro árbol más romántico, con un: Rafael X Mariantonieta. Seguramente nunca la olvidará.
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Episodios Esperpénticos de la Vetusta Ojeda (Serie de los "Esperpentos)
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