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 Paternal, te espera caps 4 al 6

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Diegobh71
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MensajeTema: Paternal, te espera caps 4 al 6   Lun Oct 10, 2011 4:07 am

4 Detalles

Martes por la tarde, sus nervios están destrozados. El solo hecho de pensar en volver a abrazar a su hermana lo tenía desbordado completamente, sobre todo porque la última comunicación que tuvo con ella, antes de que le avisara que se volvía, todo estaba de maravillas, hasta parecían de luna de miel.
“¿cuándo se desmadro todo?”, era la pregunta clave en su cabeza
-“A esta hora están volando”, se dijo a sí mismo en voz alta como para estar seguro de sus pensamientos.
En medio del silencio en que estaba sumergida la casa, en la entrada sonó el aparatoso teléfono negro, que todavía conservaba desde la época de sus abuelos. Camino unos pasos por el pasillo y tomó el teléfono inalámbrico que había en el estudio. Era Laura, una amiga en común que tenían con el flaco.
- “¿Carlos? Laura, ¡me enteré por Néstor que llega tu hermana, mañana!”
-“Si, mañana a la madrugada, un quilombo”, contestó él. No quería que todos se enteraran de golpe, necesitaba algo de paz, pero sabía que sus más íntimos no se iban a quedar afuera, así nomás.
-“Me hubieras avisado y te daba una mano con la casa. ¿Tenés todo listo?”, la típica pregunta de Laura, siempre atenta a todos los detalles.
-“Quédate tranquila Lau, esta todo bajo control, hasta les hice las camas, no te preocupes…”, contestó él.
-“Tá, pero cualquier cosa me chiflas, mira que no tengo drama…”
-“Gracias negra, pero no hace falta. Igual lo tengo en cuenta, gracias… gracias. Chau un beso” y corto la comunicación, la tarde se estaba asomando por las grandes ventanas que daban al jardín y la melancolía se apoderaba lentamente de Alberto.
Estaba sentado en el sillón de la sala, una habitación de grandes dimensiones, donde su padre había puesto una biblioteca de titánicas proporciones, abarrotadas de volúmenes enciclopédicos y libros de toda clase y color; un muestrario delo que la naturaleza humana es capaz de poner sobre papel para perdurar en el tiempo y en la memoria de la gente. Las mesitas de caoba, traídas vaya uno a saber de dónde, con sus lámparas que nunca supo cómo aparecieron ahí, quizás otra de esas compras raras que hacia el viejo, sin que nadie supiera y, cuando menos lo esperabas estaban ocupando un lugar. En fin, demasiados recuerdos en cada uno de los objetos y rincones de toda la casa, pero esta vez algo le llamó la atención un libro de cierto volumen, decorado con rosas en su lomo. Algo muy extraño entre tantas rarezas conocidas.
“Un álbum de fotos”, se dijo a si mismo cuando lo saco de su lugar y lo miró directo al tenerlo entre manos. “El Casamiento de Martina”, se sorprendió que ese documento estuviera en esa casa, pues su hermana se había llevado todo, bueno, casi todo. Se acomodó de nuevo en el sillón y comenzó a mirar las fotos y los comentarios escritos por su propia hermana días después del evento.
Martina tenía esa costumbre, anotaba cosas en las páginas de sus álbumes, si no lo hacía en la parte posterior de cada foto. Al principio, Carlos se quejaba de que ninguna foto se salvaba de su escritura, pero con el tiempo entendió que la única forma de recordar de quienes o que estaba en cada foto era haciendo eso, por lo que agradeció esta vez que todo tuviera referencias. En las primeras páginas había fotos de todos los preparativos y los novios en distintas ocasiones; pero hubo una foto en particular que lo detuvo, algo así como una alarma que se enciende avisando algo importante.
Ahí estaba su hermana, colgada prácticamente de su novio. Él, con una cara demasiado seria para el asunto. Carlos se sorprendió, cuando intentó recordar su nombre y no pudo. Se lo quedó mirando, parecía un muñeco de cera con un rictus de disgusto o algo parecido. No entendía porque la foto parecía fuera de lugar, hasta que entendió que su recuerdo no era el mismo que había en esa foto.
Estaban en la casa de Tía Sarah, celebrando el compromiso, cuando el flaco, los sorprendió en la entrada de la casa, prácticamente huyendo de las amigas de su hermana que los querían bañar con papel picado. Ahora la foto, mostraba un perfil que en ese instante del hecho, no se había percatado. Una mueca de fastidio, un enojo que superaba lo que cualquier travesura te puede provocar cuando eres la víctima de la broma. Este gesto iba más allá, rayaba el odio.
Nadie se había dado cuenta de ello, pues el comentario de aquellas fotos siempre había sido, “que pesadas, no nos dejaban en paz ese día”. Siempre había sido así. Sin embargo, ahora muchos años después la visión de las cosas eran totalmente distintas.
Carlos siguió pasando las fotos y en muchas de ellas encontró detalles que le indicaban lo que no había visto en esa oportunidad y, ahora había pasado. Dejó el álbum sobre el sillón y busco entre los libros que había en ese sector, una pequeña caja donde sabía que su hermana había guardado varias cartas y fotos. Por supuesto, todas era escritas para él como siempre, cartas que nunca habían tenido respuesta. Pero las fotos eran otro cantar, todas incluían a su esposo o lo que quedaba de ese título. Todas aportaban expresiones que llevaban el detalle de su comportamiento. Decir y hacer cosas diametralmente opuestas, acusar a terceros por ello o por lo menos insinuar que no había tenido nada que ver o la mejor de todas, victimizarse en público, cuando era el victimario con todas las luces.
Al cabo de un rato, cerró la caja y la dejó sobre el álbum del casorio de su hermana y sin sacarle la mano de encima dijo en voz alta:
-“Hijo de puta”, que sonó como una sentencia de muerte en los espacios de la casa vacía.

5 La gota que rebalsó el vaso

Las calles estaban vacías, el malestar de la resaca de los malos sueños, habían dejado huella en la cabeza de Martina. Se sentía aturdida, molesta, hasta se podría decir con ira contenida, por no haberse dado cuenta que esto iba a pasar tarde o temprano. La habían desalojado del único lugar que sentía como propio, por el cual había luchado todo este tiempo, incluso cuando él no estuvo.
-“Menuda forma de pagarme por todo lo que hice para poder seguir a delante. Ingrato. ¡Hijo de puta!”, su voz se mantenía contenida, pues no quería que Nico la escuchara.
Volvió a buscar su móvil en la cartera y marcó el último número. Esta vez, del otro lado del teléfono sonó una voz conocida.
-“¿Gloria?” preguntó Martina casi con vergüenza.
-“¿Dónde coño estáis? ¡El puñeta de tu marido me ha dicho que los ha largado a la calle!”
-“Necesito que me ayudes a llegar a lo de mi madre, por favor”
Gloria había estado siempre presente en la vida de Martina, desde que había arribado a Europa, se había convertido casi en su ángel guardián y esta no sería la excepción.
-“Niña, te paso a buscar y te llevo, pero dime ¿dónde estás?”
-“En el albergue, con Nico”
-“¿El de la Cruz Roja?”
-“Si ese, gracias Gloria, gracias…”
-“Nada de gracias, tú me esperas que ya voy por ti y el niño”
Media hora más tarde, estaban camino donde vivía su madre. Nico, en el asiento trasero, jugaba con los juegos del móvil, mientras Gloria manejaba sin decir palabra, conocía muy bien a su amiga, sabía que en algún momento iba a sacar todo a la luz. Y así fue, Martina en una derroche de palabras lidiando con lo impronunciable, descargó toda su ira contra quién había sido su compañero de vida o por lo menos eso había creído ella.
-“La verdad, te digo que no sé como fue que empezó todo esto. Desde que salió de la clínica no paro de molestarme, de ponerse cargoso de querer estar todo el día haciendo eso…”, empezó a contarle a su amiga. –“Es que no para, no tiene límites para nada. La semana pasada sin ir más lejos se le ocurrió que tenía que vender todo para volverse, imagínate, tenemos todo armado aquí, bueno, por lo menos teníamos… “
Al caer en la cuenta que sus posesiones se limitaban a un bolso, un móvil y un hijo, se apoyó sobre el marco de la cabina del auto y rompió a llorar.
Gloria, simplemente se dedicó a conducir, sin emitir palabra, solo puso un disco en la lectora de compactos y dejo correr la música. Aquella que lograba calmar a las fieras, que ella misma conocía muy bien.
El resto del viaje, simplemente se cruzaron algunas palabras, las justas, las más agradables. El resto se encargaría el tiempo y algún juez cuando llegar el caso.

6 La llegada

En medio de un letargo abrumador, desperté a causa de un ruido molesto. EL despertador estaba amenazando con seguir jodiéndome el sueño, cuando me di cuenta que el día D había llegado. Eran las tres de la mañana, putié por lo bajo por la diferencia horaria y con dificultad me senté en el borde de la cama. Martina y Nico, llegaban en el vuelo de las cinco.
Me apuré a levantarme para ir al baño y vestirme, pues el flaco llegaría en cualquier momento. Ni siquiera iba tener tiempo para poder desayunar, con lo caro que esta todo en el aeropuerto. Me puse mi mejor pantalón de media estación y busque las camperas de abrigo que tenía guardadas en el armario del cuarto de huéspedes, quizás las necesitarían al salir de Ezeiza. No sabía cómo estaba Nico de grande, pues lo había visto tan solo una vez en una foto que vino en la única carta, obviamente no escrita por mi hermana, sino por una amiga de ella. Gloria.
Las tres y media, sonó el timbre de la puerta. El flaco, por supuesto un relojito a la hora de llegar a todos lados.
-“Ya voy”, grite al pasar por la puerta de entrada, -“no encuentro las llaves”
-“Siempre igual, dale, que vamos a llegar tarde”, el flaco me conocía bien, jamás había logrado entender porque siempre me olvidaba donde dejaba las llaves.
-“ya, ya… acá están”, tome la llave de la puerta de entrada y abrí. Ahí estaba grandote, casi tapando la puerta. El flaco, tenía uno de esos gamulanes que había heredado de no sé quién y que le quedaban pintados. La gorra calzada en la cabeza y los guantes que siempre tenía para conducir en esta época del año. Yo, en cambio, parecía un desgarbado personaje de historieta desprolijo y a medio terminar de vestir, con el sobretodo en el antebrazo y la boina agarrada con los dientes.
-“Che, miércoles que hace frío”, le dije al flaco apenas cruce la puerta, sin soltar la boina.
-“Y, si salís así, qué queres, vos también…”, era lógico, demasiado temprano para ser tan estúpidamente ingenuo. Me apuré a arreglarme la camisa y ponerme el abrigo mientras, intentaba cerrar la puerta de la casa y sostenía las camperas. El flaco se dio cuenta que no podía con todo, era demasiado. Me saco las camperas y con un gesto risueño me miro como diciendo “no podes”.
Me encogí de hombros, no podía hacer más… gire la llave y me dirigí al auto del flaco. Tenía el coche en marcha así que estaba calentito. Una vez ubicados, nos pusimos el cinturón de seguridad y emprendimos la marcha.
-“traje café, porque me imaginé que te ibas a levantar justo”, me dijo sonriendo.
-“Como se nota que te gusta hacerme esto…”, me conocía muy bien, sabía que nunca podía levantarme tan temprano, con tiempo de sobra… todo era siempre a los rajes. Tome el termo que cuidadosamente estaba puesto en un canasto que llevamos siempre a los picnics y los jarros térmicos que habíamos comprado en un viaje por el sur.
Un viaje de esos que se disfrutan, que se lucen porque la amistad hace que todo sea más fácil. Había sido un verano de unos cuantos años antes, cuando recién estábamos salidos del secundario. Nos propusimos recorrer el sur en el auto del flaco. Juntamos los petates y unos cuantos mangos para poder pagar todos lo que fuera necesario. Y así casi sin planificar nada salimos a la ruta, para darnos cuenta cuando habíamos llegado a Bahía Blanca, que nos habíamos olvidado todos los cacharros de cocina en el piso del garaje de la casa del flaco. Obviamente, nos largamos a reír, porque sabíamos que íbamos a tener conseguir algo para poder hacer las sopas instantáneas y el café de la mañana, que cuidadosamente habíamos empacado en el baúl del auto. Así eran nuestros viajes, pura aventura.
La autopista Ricchieri como siempre estaba cargada de autos, pero sin demoras. El flaco tomo uno de los carriles ligeros y cuando estableció la velocidad crucero, le pase la taza cargada por la mitad, como a él le gustaba tomar cuando maneja.
Llegamos al peaje, todo estaba tranquilo, menos yo, que me sentía un manojo de nervios. Martina había vuelto por una causa, pero nada de lo que me había dicho sonaba coherente.
La hora del arribo se acercaba, otra vez iba a poder abrazar a mi hermana, esta vez quizás para siempre.
La verdad había pasado tanto tiempo que Carlos no se acordaba lo escuetas que resultaban las terminales del aeropuerto internacional. Por suerte, parecía un pueblo casi desierto, con algún que otro pasajero perdido con la valija a la rastra y los empleados de los cafés con caras de cansancio esperando el cambio de turno. Tomo un carrito de una de las largas filas que habían en un costado y puso las camperas encima. Hacía frío esa madrugada y en Ezeiza se sentía con ganas. Se acercaron a la pantalla donde se avisaban los vuelos que llegaban y con placer encontraron que estaban en buen horario.
El flaco con el termo bajo el brazo como si fuera un uruguayo que va a tomar mate se había mandado a la terminal con dos jarritos chicos uno en cada bolsillo, disimuladamente me sirvió un poco de café y me lo dio diciendo por lo bajo… “agarra que todavía es gratis”. Me sonreí al escucharlo, porque sabía que era capaz de ponerse un puesto si se le daba la gana, era así emprendedor sin problemas. Donde y cuando fuera, como no importaba él lo lograría.
Faltaban como cuarenta minutos, los más largos de nuestras vidas, parados como dos chorlitos bajo la pantalla con un carro con camperas y un jarro de café clandestino entre las manos, así esperamos a Martina y Nicolás.
Había transcurrido mucho tiempo, quizás demasiado, y el temor de Carlos de no acordarse de su hermana a pesar de los llamados y las pocas cartas recibidas, lo estaban comenzando a incomodar.
Ezeiza seguía helado, el falco me seguía suministrando café, como un soldado parado al pie del cañón. Tenía los pies medio entumecidos, cuando me señalo la pantalla diciendo, -“ya llegaron”. El vuelo 4342 procedente de Madrid, había aterrizado.
El corazón le dio un salto, comenzando a latir desesperado con la necesidad de verla, abrazarla y quizás llorar como un estúpido de felicidad. Ver a Nicolás, por vez primera, pensando si el pequeño sería capaz de reconocerlo. Ideas vanas, pues nunca se habían visto.
La palma del flaco apoyada sobre su hombro fue un aliciente más que suficiente para lograr que se pudiera calmar, era lo que necesitaba, él sabía muy bien lo que corría por la cabeza de Carlos.
“Gracias”, pensó su amigo mientras le miró rápidamente por sobre su hombro, nunca le ha había fallado.
Un largo rato después las puertas por donde los pasajeros salían con el equipaje, comenzaron a abrirse y, una larga procesión de distintos hombres y mujeres cansados de tantas horas y tanto equipaje…sin embargo de Martina y Nico, nada…
Hasta que un niño de casi unos ocho o diez años se acercó corriendo gritando –“Tío, tío Carlos”, y a él se le llenaron los ojos de lágrimas, porque sabía muy bien quien era, no hacia falta pensar era la viva imagen de su hermana.
La última imagen que tenía Carlos de Martina, era de una niña casi mujer, por no decir una adolescente, pues ella nunca lo había parecido en realidad; que dejaba la casona para buscar su propio destino.
Mientras abrazaba al niño, con los ojos llorosos vio a lo lejos una silueta que se acercaba, empujando un carrito con una valija y un escueto bolso. Ahí estaba Martina, con su sonrisa de siempre, aunque no tan brillante. Pero era ella, no cabía dudas.
-“Martina”, musito él, mientras Nico dejaba de abrazarlo, quedándose a su lado.
-“Si, Carlitos” contesto ella al abrazarlo, -“al fin en casa”
Se abrazaron, la emoción había sido muy fuerte, inesperada, lo que parecía un simple recibimiento se transformó en una oleada de sentimientos encontrados que ninguno pudo superar, rompiendo a llorar de alegría en el preciso momento en que se abrazaron.


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