Erase una tortuga que con su caminar lento quería recorrer un buen trecho para llegar a un riachuelo que se escuchaba cerca. El calor era intenso y quería meterse dentro del agua. Ella con su caminar lento pero seguro, sabía que le faltaba media hora para llegar a tan ansiado lugar.
De pronto escuchó el croar de una rana y al pasar por el lugar descubrió que era una ranita verde limón la que cantaba. La pobre ranita empezó a caminar sin saber que la tortuga iba detrás de ella. La tortuga se dio cuenta que la pobre ranita tenía una patica adolorida.
— ¿Adónde vas ranita?— dijo doña tortuga con su voz gruesa.
La ranita dio un giro para ver quién le hablaba.
–Quiero ir al riachuelo, porque tengo mucho calor—
— ¿Porqué caminas así? Le preguntó doña tortuga
–Me lastimé cuando resbalé de una piedra donde estaba descansando–
–Ven súbete a mi espalda y te llevo hasta el riachuelo, también voy para allá– contestó la tortuga.
Pero la ranita hizo el primer intento de brincar sobre el caparazón de la tortuga y nuevamente resbaló. Al comprender la situación la tortuga cerró sus patas, se agachó e invitó a que la ranita se subiera por su cabeza hasta llegar a lo alto del caparazón. Una vez ahí la tortuga se paró y empezó su lento caminar hasta llegar al riachuelo donde felizmente entraron al agua para deleitarse de su frescor.
La ranita con su croar le dio las gracias a la tortuga y le dijo:
—Este viaje no lo olvidaré—
La tortuga movió la cabeza en un además de alegría. Y así la tortuga y la ranita se volvieron amigas.
Julio, 2008