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 La encrucijada de Arturo. Capítulo XIII. En casa de Rosa.

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Josan
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Cantidad de envíos : 287
Fecha de inscripción : 28/12/2010

MensajeTema: La encrucijada de Arturo. Capítulo XIII. En casa de Rosa.   Dom Jun 12, 2011 5:26 pm


En casa de Rosa.

Me encontraba desorientado en tierra extraña y ni yo mismo sabía qué rumbo seguir. Pensé para mí que abundando tanta fruta en aquel lugar, algo encontraría en mi penoso caminar. Un poco Indeciso me dispuse a afrontar una nueva aventura dejando al azar que me guiaran mis pies y llegue a una casa de campo, allí me informaron de que a media hora de camino, unos señores buscaban un joven de mi edad para recolectar fruta, que posiblemente me darían trabajo. Di las gracias a aquella gente y proseguí mi camino en la dirección indicada, con la esperanza en que esta vez me acompañaría la suerte.
Apenas me faltaban unos ochenta metros para llegar a la casa, cuando un perro me olfateó, sus ladridos eran indicativos de que no me recibía bien. Ante la agresividad del animal hacia mi persona, salió de la casa una señora, que regaño al perro y trató de calmar la furia del can. Al mismo tiempo, se dirigió a mí y me preguntó:
― ¿Qué te trae por aquí zagal?
― ¡Busco trabajo señora!
― ¿Qué edad tienes y cómo te llamas? Yo me llamo Rosa.
― ¡Gusto de conocerle! Recién cumplí los dieciséis años, mi nombre es Arturo. Pero no se preocupe por mí poca edad, sé trabajar la tierra, y como ve soy de complexión fuerte.
― ¿Eres de por aquí?
― No señora, soy de la región andaluza.
― ¿Y tu familia?
― Soy huérfano y no tengo familia.
―¿Que no tienes familia?
― Por desgracia toda murió en la guerra señora. Me miró fijamente a los ojos, y por la expresión de su cara, intuí cierta compasión y ternura hacia mí. Era una mujer esbelta y bien formada, ojos verdes claros y cabello castaño os0curo, aunque un poco madurita, intuí que no pasaría de los cuarenta años, por su forma de expresarse intuí que tenía cierta cultura.
Es obvio que le causé buena impresión, al invitarme a entrar a casa y darme de comer, lo que agradecí mucho, ya que tenía mucho apetito. Mientras comía guardaba silencio, dedicando toda mi atención en devorar el contenido de los platos que me sirvió. Ella, sin dejar de mirarme ni un momento, rompió el silencio y me dijo:
― Que, amigo…veo que tienes mucho apetito.
― No se lo imagina señora, desde hace dos días mi dieta sólo ha sido fruta.
― ¡Si quieres puedes repetir!
―Gracias pero ya estoy satisfecho.
― En cuanto a lo del trabajo y, si mi esposo está de acuerdo, creo que podrías trabajar con nosotros, no obstante, tendrás que esperar un poco, hasta que llegue de la recolecta de la fruta.
― ¡Gracias señora! Si me dan el trabajo les prometo que no se arrepentirán.
Un poco nervioso, por si su esposo no daba el visto bueno a mi demanda de empleo, espere una media hora hasta que hizo acto de presencia, después de saludar con un hola, se dirigió a mí con intención de decirme algo, pero su esposa se adelantó para presentarnos:
― Mira Diego, te presento a este joven que viene en busca de trabajo. Arturo, este señor es mi esposo.
Nos dimos un apretón de mano al mismo tiempo que me dijo:
― Si cumples con tu cometido creo que te harás viejo aquí. De momento mi esposa te va a enseñar la casa y la habitación que te vamos a asignar.
La señora hizo un gesto de aprobación, se dirigió a mí, y me invitó que le siguiera. Primero empezó a enseñarme la casa desde el exterior. Aparte del edificio principal, que era muy hermoso, el resto era una combinación de fincas, que a su vez se dividían, en varios compartimentos para la explotación agropecuaria: como cuadras, graneros, corrales, y cochineras. Estos quedaban un poco separados de la edificación principal. Las paredes de la vivienda de los Señores, eran de piedra, y tenían gran espesor para el aislamiento de las inclemencias del tiempo, y estaban encaladas para que la temperatura fuera agradable en los días de máximo calor; el tejado de teja árabe y a dos aguas. Desde el exterior se accedía al interior del edificio por una puerta grande en arco que, a su vez, conducía a un gran patio cuadrado, y éste abría paso a toda la casa de dos plantas. En el patio había naranjos, y macetas colgadas en las paredes con flores, que adornaban y perfumaban el aire que allí se respiraba. El resto de la casa era similar a la que deje atrás en mi trabajo de jardinero, incluida la habitación que me asignaron.
Tengo que decir que aquel día me sentí motivado y pensé que había nacido una nueva etapa para mí: me gustaba el trabajo que iba a realizar, ya que desde que me salieron los dientes – como se suele decir – fue lo que siempre hice. Debería poner todo mi empeño en hacer las cosas bien y esta vez no me movería de aquel lugar.
Al día siguiente empecé a trabajar en la recolecta de fruta. La verdad que terminé un poco agotado, pero esto era normal ya que llevaba tiempo sin trabajar la tierra. Aquel empleo me gustó y para mí fue lo más importante. Todo esto pasaba por mi cabeza cuando Diego, se dirigió a mí y me dijo:
― Arturo por hoy está bien. ¿Te gusta este trabajo?
― Claro que me gusta señor.
― Pues te veo muy agotado.
― Es normal después de un tiempo de inactividad.
― Bueno mañana será otro día. De momento nos iremos a casa, que casi seguro que Rosa nos ha preparado una buena cena.
Diego no se equivocó. Rosa sabía cocinar muy bien y preparó un menú exquisito. Mientras cenábamos hablamos de todo un poco, y por ellos me enteré de muchas cosas que no sabía de mis patrones. Rosa tenía cuarenta años mientras que Diego rondaba ya los cincuenta, llevaban unos veinte años casados y su posición económica era bastante buena. Todos los bienes que poseían los habían heredado de los padres de Rosa. Estos cedieron de la herencia varias fincas en alquiler, de cuyo arrendamiento obtenían buenos ingresos. Pero como dice un refrán, nunca existe la felicidad completa, y en sus caras se podía ver la tristeza por la falta de un hijo que heredara todos sus bienes.
Aquella noche me fui pronto a dormir, pues tenía que reponer fuerzas y ser merecedor del aprecio de mis patrones para no defraudarlos. Ya había tenido bastantes aventuras, necesitaba tranquilidad y confiaba en que la encontraría en aquella zona.
Fue pasando el tiempo y el aprecio de ambos hacia mí era más que correcto, su cariño iba más allá del que se le suele dar a un trabajador, que cumple con su deber y sabe hacer las cosas bien, intuir que posiblemente verían en mí al hijo deseado que Dios no le dio―o al menos fue lo que yo pensé ―. No comprendía el cariño que manifestaba Rosa hacia mí, pues además de tratarme con ternura, su preocupación por mí era evidente, y quedé más convencido de su afecto cuando caí enfermo y guardé cama más de una semana, pues en todo momento estuvo a mi lado y me atendió como una madre. En cuanto a mí, también sentí el cariño maternal que no tuve, y que tan generosamente me brindaba aquella mujer.
Se iban sucediendo los días con muy pocas novedades, y mi responsabilidad y motivación laboral dieron sus frutos, hasta el extremo de considerarme como si fuera un miembro más de la familia. Me subieron los honorarios y, cuando el patrón se ausentaba por algún motivo de negocios, le suplía como responsable al mando de los trabajadores, que contrataba en la temporada más alta de fruta.
Llegó el día que cumplí años y me agasajaron con una fiesta en mi honor―además de hacerme muchos regalos―pero lo que más me gusto fue una bicicleta, obsequio exclusivo de Rosa. En aquel tiempo tener una bicicleta era como poseer un coche de lujo en la actualidad, y un trabajador no se lo podía permitir. Este detalle de mi patrona significó mucho para mí. Emocionado empecé a llorar como si fuera un niño pequeño, compasivamente al verme llorar me limpio las lagrimas con su pañuelo y me beso la mejilla.
En uno de los viajes de negocios que habitualmente realizaba mi patrón, fui consciente de que el cariño que sentía Rosa hacia mí no era el de una madre. Y todo empezó así.
Al día siguiente, cuando me disponía a dejar la casa para empezar mi jornada laboral, sentí su voz desde su habitación que me dijo:
― ¡Arturo, esta tarde procura venir una hora antes del trabajo que tengo una sorpresa para ti!
Un poco extrañado contesté:
― Esta bien señora, así lo haré.
Durante mi jornada de trabajo no dejé de pensar de qué se trataría la sorpresa, que en ausencia de su esposo me quería dar. Además, si se trataba de un regalo, porqué no participar de la alegría los tres.
Tal como me ordenó terminé mi jornada laboral una hora antes de lo normal, un poco emocionado ante la intriga de lo que me esperaba, me dirigí a la casa, y justo en el momento que me disponía a golpear la puerta ésta se abrió. Tras ella apareció Rosa con un vestido rojo de noche y me dijo: “pasa Arturo, esta noche preparé una comida especial para los dos”. Sorprendido iba a responder, cuando suavemente me tapó la boca con una mano, mientras que con la otra me cogía del brazo tirando de mí hacia el comedor.










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Jaime Olate
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MensajeTema: Re: La encrucijada de Arturo. Capítulo XIII. En casa de Rosa.   Lun Jul 11, 2011 2:03 pm

Es curioso, leí este capítulo y creí haberlo comentado.
Habría dicho " Una atención con olor a peligro, a caer en un gran lío".
Saludos Josan.
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Josan
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MensajeTema: Re: La encrucijada de Arturo. Capítulo XIII. En casa de Rosa.   Lun Jul 11, 2011 4:46 pm

Tienes razón Jaime, este capítulo ya lo leíste, pero por error mío corrigiendo algunos capítulos perdí tu querido comentario, perteneciente a este mismo capítulo, no obstante, recuerda que te pedí disculpas en un mensaje privado si no mal recuerdo.
Mis disculpas nuevamente y un abrazo Amigo, Josan
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Josan
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MensajeTema: Re: La encrucijada de Arturo. Capítulo XIII. En casa de Rosa.   Lun Jul 11, 2011 4:50 pm

Este es el mensaje que te mande y que recupero amigo,

De: Josan
Para: Jaime Olate
Publicado: Mar Jun 14, 2011 6:06 pm
Tema: Novela
Apreciado amigo Jaime:
Por la correlación en los capítulos de mi novela, los comentarios que me has dejado, no coinciden con la temática del capítulo, y es por lo que te pido disculpas amigo.
Un abrazo desde España y cuídate, Josan
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MensajeTema: Re: La encrucijada de Arturo. Capítulo XIII. En casa de Rosa.   

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La encrucijada de Arturo. Capítulo XIII. En casa de Rosa.
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