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 El principio... y el fin (Completo)

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MensajeTema: El principio... y el fin (Completo)   Miér Abr 13, 2011 2:54 pm

Ella se quita rápido la ropa, está apurada por terminar. Él, está preocupado; no sabe si va a poder. A su alrededor un hombre con una camiseta de futbol puesta, andaba corriendo furioso botella de vidrio en mano a un pobre infeliz que se escapaba como podía mientras que a su derecha, una patota tenía rodeado a uno y comenzaron a patearlo en el suelo al tiempo en que él, termina de quitarse el pantalón. Ella se le acerca, ya desnuda al completo y sin ninguna timidez, comienza con su mano a masturbarlo mientras lo mira fijo a los ojos, sin besarlo; cuando dos policías montados pasaron a todo galope muy cerca de ellos y blandiendo sus sables de un lado al otro del caballo intentaban disipar inútilmente a la muchedumbre hasta que uno de ellos, cayó al suelo fruto de una pedrada en el casco y a él, no se le para. Ambos aún de pie, ella deja de usar sus manos, para agacharse y comenzar a usar su boca: la chupa, carnosa y blanda como está la introduce toda en su boca, cuando alguien pasó corriendo a su lado con una bandera del equipo contrario flameando en su puño derecho cual trofeo y mientras corre y los rebasa, la ondeante bandera les roza cara y miembro saliendo de su boca mojada y la introduce de nuevo; gustosa ella de sentirla como se va poniendo dura, bien dura en su boca cuando se escucha un disparo. Y la retiene, la aprieta ahora entre sus labios cálidos, y con su lengua, -mientras le salpicaba en la cara la sangre del muchacho de la bandera que cae-, lame pija y sangre con gusto y a él, por fin se le termina de parar.
Bien dura, firme y venosa la tenía y les había costado mucho a ambos, así que se apuraron. Ella se pone en cuatro patas mientras él la toma por detrás y se acomoda, como lo hacían los granaderos que formaban fila también a sus espaldas, con sus escudos transparentes, eran una muralla que a golpes avanza, firme, penetra y se introduce machucando la carne de esa pobre gente que sentía el rigor del palo duro, como ella, que gime y grita y goza el granadero cuando golpea, y también él goza, viéndola gozar a ella que se estremece cuando el ruido de una botella quebrada a su lado, anuncia que todo está por terminar y entonces se la saca del culo, para metérsela en la boca de nuevo y se acaba, se acaba todo bien adentro…

-¡Corten… corten…!, afuera pelotudo, le tenés que acabar afuera: ¡que se vea… que se vea! -quedaron todos paralizados, eran unos treinta en total y todos lo miraban a él.
El pobre viejo quedó mudo y estaba agitado, muy agitado. La adolescente comenzó a vestirse.
(Ya es de día, mucha luz para seguir filmando y además, si este viejo se toma otra viagra igual se muere, mejor seguimos mañana; voy a despedir al personal).
-Atención todos… ya está bien, quedará así, váyanse a casa; vos Andrea estuviste muy bien… volvé mañana; pero vos Carlos, con 73 años… te vas a morir a delante de la cámara carajo; para mañana traeremos algún otro viejo, vos hacete un favor y no vuelvas más

Carlos, se alejó de allí caminando, la calidez de un sol de invierno abrigaba su perfil; cuando bajó esas escaleras sintiéndose triunfante. Había hecho todo lo que tenía que hacer allí atrás, y lo había hecho bien. Recuerda todas las horas dadas, días y meses, años entregados a este servicio y rebosante de alegría: (ya no tendré que volver) pensaba, cuando terminaba de bajar esas escaleras y giró a su derecha, puso rumbo al sol con la mano en el bolsillo y todo su júbilo, se transformó en una carga, ahora es jubilación, y por eso decidió no sacar la mano del bolsillo; no sea cosa que lo roben todavía.
Andrea, le hizo señas a un taxi y salió corriendo, al primero que pasó por la avenida y suenan sus tacones yendo tras el porque le frenó más adelante. Abrió la puerta trasera, se acomodó con su carterita en la falda y cerró de un portazo.
-A casa… rápido
-La dirección… Señorita
-Calle siempre viva, 2121
Al llegar, abrió la puerta de calle que da al salón de su casa donde se encuentra también la cama, la cocina, y menos el baño la casa entera en esa única habitación: para ver a Juan y a su pequeño hijo, durmiendo abrazados; ella corrió al baño a ducharse. Luego se acostó con ellos y Juan se despertó al sentir su presencia.
-Vamos al baño –le dijo con ojos cómplices
-Estoy muy cansada
-Lo sé, pero yo soy tu compañero… y te necesito
Ambos se encerraron en el baño, pequeño, mientras el niño dormía y aunque todas las prendas estaban limpias pusieron a funcionar el lavarropa. Juan comienza a desvestirla y por cada prenda que le quita, recorre esa parte de su cuerpo primero con sus manos grandes y ásperas, luego con su boca suave y cálida y por primera vez, ella comienza a sentir algo de cariño y se deja llevar; ya no está apurada. Cuando ambos estuvieron completamente desnudos, el lavarropa comenzó a centrifugar y Juan, tomándola por la cintura la sienta sobre el aparato. Lento al principio, penetra con su miembro en ella al tiempo que la máquina vibra, se sacude, y ella se reclina hacía atrás apoyando sus manos donde termina el lavarropa mientras que él, ahora con movimientos más rápidos y enérgicos entra y sale de su cuerpo al tiempo que besa apasionado esos pechos de pezones duros y ambos, se acabaron juntos, al preciso momento en que el lavarropas, dejó de vibrar.
Al viejo Carlos, todavía le quedaba un largo trecho para llegar a su casa en el asentamiento, donde vivía con su hijo, su nuera, y sus tres nietos: doce, catorce y dieciséis años respectivamente. De a poco se fue terminando el pavimento y comenzó el barro, supo entonces que estaba cerca de llegar y se sentó para quitarse los zapatos, las medias, y remangarse el pantalón. Un carro a caballo repleto de basura conducido por un niño pasó junto a él. Comienza el rancherío y Carlos dobló a su izquierda metiéndose entre los pasajes tan estrechos, que ningún auto podría entrar. Al llegar a casa se encontró con su nuera llorando y los tres niños que la abrazaban: les habían robado lo poco que tenían y según esta le dijo, fue un muchacho del barrio. Su único hijo, Esteban –que trabaja de policía- salió hace un rato con su revolver a buscarlo.
Al salir del baño, y tras comprobar que el niño aun dormía, Juan, se despidió de Andrea:
-Bueno nena… voy a ver si traigo algo de dinero
-Cuidate… llevá el casco –le dijo mientras Juan cerraba ya la puerta de calle y Andrea comprobó, que el casco, se había quedado en el armario
Juan encendió su moto, especialmente preparada para correr y con sus pelos largos, al viento, condujo hasta una ruta en las afueras de la ciudad. Al llegar notó que había más gente de lo habitual. Dejó su moto a un costado de la carretera y encaminó sus pasos hasta llegar donde el tuerto Esteban; el organizador de las carreras clandestinas:
-Che Esteban, ¿qué hay para hoy?
-Hola Juan, hoy tenemos tres carreras, tu cilindrada va en la segunda; la inscripción son mil quinientos y como siempre, el ganador se lleva todo
-Muy bien, aquí los tienes –y le puso los billetes en la mano.
Esteban los junto adosándolos al grueso maso que ya tenía en la mano izquierda y guardo todo en su bolsillo. La primera carrera fue de una cilindrada menor, y al terminar, Esteban pagó todo el pozo al ganador; menos por supuesto el diez por ciento que le corresponde a él por la organización. Poco después se acomodaron las motos de cilindrada media –como la de Juan- en la salida y ante un gran marco de público a ambos lados de la ruta, todos encendieron sus motos creando un gran estruendo con sus motores de altas revoluciones y los escapes libres. Delante de la line de motos, una joven de minifalda tableada y amplio escote, sostenía con su mano derecha una prenda roja en lo alto… hasta que la dejó caer; en ese instante: la moto negra arranca primero seguida de cerca por la moto azul y Juan, en el tercer ligar se agazapa para inclinando su cuerpo sobre el manubrio en un intento por obtener la menor resistencia al viento que le sea posible mientras la gente a ambos lados aplaude, grita y vitorea pero nada oye Juan excepto el sonido de su propio motor y su vista, fija en la moto negra que va primero cuando se aproximan a una curva cerrada, muy cerrada y Juan se abre para presionar el botón que tiene junto al acelerador –lo que envía oxígeno al motor dándole un empuje extra momentáneo- y así acelera aún más en plena curva y rebasa por fuera a la moto azul colocándose en el segundo lugar a pocos metros de la negra cuando entran en la recta final. El puntero, que también tiene sus truquitos, presiona su propio botón y se despega de Juan que al darse cuenta, presiona él también quemando la última carga de oxígeno que le queda y nota que esto no es suficiente para darle alcance y ya se ve la línea de llegada con una muchedumbre aglomerada en el lugar cuando Juan, se acuesta sobre su moto quedando totalmente horizontal logrando así acortar la distancia y ya tiene su rueda delantera junto a la trasera de la moto negra y estando acostado, ni siquiera levanta la vista y sigue mirando al suelo mientras piensa en cuanto necesitan él, su mujer y su hijo ese dinero y en el desastre que sería perderlo todo cuando se pone cabeza a cabeza con el puntero y la muchedumbre grita, aplaude ovaciona y enloquece con el final reñido cuando se escucha claramente una sirena; todos comienzan a huir y Juan cruza primero la meta. Allí fue cuando se incorporó sentándose en la moto y vio dos patrulleros cerrando el paso al frente, apoyando su pie derecho en el suelo giro ciento ochenta grados y volvió a acelerar en medio de un caos en el que todo el mundo corría para todos lados mientras que él, buscaba con la vista al tuerto Esteban hasta que lo encuentra y le exige el dinero. Ya con los billetes en el bolsillo se dispuso a huir y por fortuna, la policía se vio superada por el gentío que corría atropellando como estampida de ganado mientras que Juan, se salió de la ruta y cruzó a campo traviesa la barricada logrando así zafar del encierro. Puso rumbo a casa. Feliz, y aún con toda la adrenalina corriendo por sus venas, entró Juan en la ciudad y al cruzar una callecita de barrio, poco iluminada, fue que ocurrió o inesperado: un coche salido de la nada lo enviste, o mejor dicho, él le pega en la parte delantera a la altura de la rueda y vuela por encima del capo al mejor estilo superman; viendo pasar el suelo debajo suyo sólo atina a pensar (tengo que caer rodando, tengo que caer rodando) y al ver que perdía altitud, comenzó a acomodar el cuerpo para la caída. Rodo sobre sus codos y rodillas pero quiso el destino, que su cabeza diera en esas vueltas contra el cordón; quedo muerto en el lugar.
García sabía dónde encontrar al ladrón, así que no le fue difícil dirigir sus pasos hasta la casa abandonada donde los adictos se esconden a fumar. Ya desde la esquina se podía ver el movimiento: entran y salen, flacos, pálidos, cuerpos famélicos con ropa sucia y ajada, más se asemejan a un cadáver que a una persona. García se mandó para adentro por el boquete abierto en la puerta tapiada, hay que agacharse y pasar en cuatro patas. Una vez dentro, la tenue luz le dificulta ubicar de entre todos los rostros, ese que él estaba buscando. García vestía de particular, pero todos allí lo conocen, todos saben que es policía y uno de ellos, se levantó y echó a correr en dirección del boquete de salida; era él. García le dio la voz de alto pero nada, el cadáver ambulante se agacho para pasar por el hueco; sabía lo que había hecho y sabía también lo que le esperaba, pero no estaba dispuesto a pagar por sus actos… cuando sonó un estallido, inconfundible, fue el disparo de un revolver treinta y ocho, el arma de reglamento que García siempre lleva encima. El ladrón cayó desplomado quedando con la mitad del cuerpo adentro y la otra mitad afuera. García lo tomó de los tobillos y lo entró a la casona para poder salir. Salió a la calle y fue directo a la comisaría del barrio. Sabía lo que había hecho y también sabía lo que le esperaba, pero él sí estaba dispuesto a responsabilizarse por sus actos. El ladrón no estaba armado y además, le había tirado por la espalda. Sus compañeros lo condujeron al calabozo, Luego fueron por el cuerpo. García ya encerrado pensaba en su mujer: (¿Qué será de Elena y cómo cuidará ahora de nuestros hijos, sobre todo de Leonardo, el adolescente que ya no le caben las mentiras, qué pensará de su padre?) El juez condenó a diez años por homicidio premeditado.
Andrea, concurrió ese día al cementerio luego del poco concurrido velorio y la verdad, es que ella misma, nunca antes había ido a un cementerio. Lejos de ser un lugar lúgubre, es un espacio lleno de vida y colmado de expresiones de cariño: plantas, árboles, flores silvestres, pájaros y hasta un par de mariposas revoloteaban por un lugar… repleto de adornos, estatuas y esculturas hermosas como jamás vio. Velas, flores, dibujos y cartas en aquel día soleado, el primer día de primavera cuando despedió allí, a su amor. Cargó con su ataúd de madera tomándolo por una de las agarraderas de metal, junto al padre, y sus tíos, mientras que el resto observaba en silencio la procesión hasta su panteón… que no era el más vistoso de todos, pero tenía su estatua: una niña pequeña ofreciendo la flor que entregaría en mano, a un hombre que se agacha para tomarla. Allí su hijo pequeño, echó a llorar, un poco por su padre, un poco por su abuela, que falleció cuando él era un bebe y nunca llegó a conocer. Si ver llorar a una mujer y a un niño da pena, ver llorar a un hombre es aún peor. Cambiaron sus flores, pusieron otras para la abuela… y luego volvieron a casa, a enfrentar la tristeza de un cuarto vacío, ropa sin dueño, y una cama, que ya no se volverá a usar.
Al tiempo que el viejo Carlos fue, ese mismo día, a visitar a su hijo en prisión. No le quiso contar sobre las penurias que él y su esposa Elena están pasando, y de cómo su hijo mayor: Leonardo, en plena adolescencia reaccionó a todo esto. Con el abuelo ya retirado del negocio de las películas y su padre en prisión, la familia se quedó sin ingresos. Al volver al rancho, Elena le comentó la decisión que había tomado:
-Hable con Esteban, el director de las películas; esta noche filmaré junto a una chica, una tal Andrea -el viejo bajó la vista y no pronunció palabra.
Con la caída del sol Elena y Andrea se encontraron en casa de Esteban:
-Ahora que se terminaron las carreras de motos… filmaremos más seguido, hay que producir… -les decía el tuerto Esteban mientras ellas se quitaban la ropa.
Elena, algo tímida, se quedó inmóvil; desnuda frente a la cámara mientras que Andrea, se le acerca y comenzó a acariciarla pasándole su mano derecha por el cuello, hombro, pecho… y la besa en los labios.
-Eso es chicas… vamos… vamos
Andrea iba descendiendo lentamente con su boca mientras que ya agachada, la aferraba fuertemente por las caderas y seguía bajando. Esteban las miraba con su ojo inmóvil; Andrea comenzó a besarla en su parte más íntima y buscaba el clítoris con su lengua, Elena gemía. Intentaba no hacerlo, intentaba no gozar pero gemía. Hoy, su hijo mayor, Leonardo; se encuentra con sus amigos en el video club. Luego de discutir un poco finalmente se ponen de acuerdo y van a casa de Leonardo; saben que estarán solos allí. Andrea jugaba con su clítoris apretándolo entre sus labios húmedos al tiempo en que masajeaba sus pechos y Elena, ya no se resistía, no podía y abrió un poco los ojos para ver a Esteban mirándola fijo, con esa extraña asimetría en su rostro y ha ha ha… Andrea le lamía el clítoris mientras introducía ahora un dedo, dos dedos, tres dedos y se abre, se dilata y calienta. Leonardo y sus amigos echaron a andar la película prohibida.

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