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Todavía no eran las nueve de la mañana cuando llegué a las Navas del Marqués. El estómago vacío reclamaba a gritos algo sólido por lo que me vi obligada a parar en el Bar de la carretera a tomar un café con leche y un croissant.
El tiempo había pasado con rapidez. En la carretera no encontré mucho tráfico, en realidad nada, y pude conducir a una velocidad que me permitió contemplar como se desvelaba el paisaje ante mis ojos a medida que la luz diurna se hacía más intensa. No necesité música para entretenerme ni puse la radio. Sólo me inquietaron los martilleos en las sienes cuando los pensamientos se revolvían furiosos contra tantos recuerdos amargos.
Juan murió en el mes de Diciembre último, faltaba poco para que se cumpliera un año. De un infarto, dijeron. Yo me di cuenta al ver como se le caía de las manos el periódico que leía sentado tranquilamente en una butaca del salón. Recordaba todos aquellos momentos como un sueño muy lejano, sin embargo, los sentimientos eran dolorosamente actuales. Las llamadas telefónicas urgentes, la llegada de la ambulancia, las carreras, la espera en el Hospital con la increíble noticia final. Todo empañado por una neblina de algo irreal y al mismo tiempo tan notorio. Pasé dos meses sin salir de casa. Desesperada. Comía lo mínimo. Sólo deseaba dormir y soñar con Juan. Un día vino de Bilbao mi hermana Merche. Al abrirle la puerta lo primero que vi fueron sus brazos extendidos y una mueca preparada de compasión. Le tiré a la cabeza el florero que estaba sobre la consola del recibidor. Por suerte, se estrelló contra la puerta. Se marchó enfadada y no había vuelto a verla.
No soportaba la compasión farisaica. En aquellos momentos tan difíciles, me parecía más una burla que un consuelo. Nunca lo acepté. Ni siquiera admití el que intentó darme el cura después de los funerales recordándome con las palabras de la resurrección, el reencuentro en la otra vida. Poco faltó para que lo estrangulara. Recordaba la rabia con la que le respondí mientras los amigos me sujetaban: “Lo quiero ahora no en la otra vida”.
Corté los recuerdos con la realidad prosaica de buscar el dinero para pagar el desayuno y volví a conducir carretera adelante. El tráfico comenzaba a ser un poco más intenso. Gente que vuelve y va de vacaciones –pensé-. Yo tenía todo el tiempo por delante. Ninguna obligación requería mi atención. Estaba demasiado ocupada y al mismo tiempo confundida por reorganizar mi vida. Debía relajarme, lo sabía. Me lo decían las manos agarrotadas que asían el volante con fuerza, unas manos que reclamaban un poco de serenidad y disciplina en mi cabeza, al no conseguirlo, la desesperación por la ausencia de Juan, aumentaba sin control.
Dejé atrás las murallas de Ávila y al llegar a la bifurcación de la carretera, indecisa, frené imprudentemente. El coche que me seguía dio un fuerte bocinazo al sobrepasarme haciendo al mismo tiempo, un gesto obsceno con la mano. No me inmuté. Ignoré la grosería y al conductor enfadado que, al fin y al cabo, reconocí tenía razón.
En la confusión, escogí la carretera que me llevaba hacia Salamanca.
SIGUE