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León Perro
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MensajeTema: ¡Ahora puedes hacerlo!   ¡Ahora puedes hacerlo! Icon_minitimeLun Feb 28, 2011 6:05 am

El 23 de agosto de 1966 fue un día inolvidable para el contador público Mauricio Saúl Ziglier. Se diría que todo lo que no le ocurrió en sus cincuenta y dos años de vida, le pasó ése día.

Hacía tiempo que venía barajando la posibilidad de abandonar a su esposa y por fin estaba decidido. Sin duda, la noticia revolucionaría su entorno, pues no había un motivo aparente para que lo hiciera. Salvo por la incapacidad para concebir, Elsa había sabido ser la compañera perfecta y él la había amado tanto como le era posible a alguien de su condición.

Pero tenía un hijo que iba a cumplir cuatro años e ignoraba quién era su padre. Saúl era el fruto imprevisto de un breve amorío pasional que no hubiese llegado a
mayores de otra manera. Elena, la madre, era una mujer inteligente que sabía darse su lugar y siempre había respetado el acuerdo de mantener el secreto a cambio de que nada le faltase al niño.

El contador trabajó nervioso durante toda la jornada y hasta lo disfrutó, le gustaba templarse en la adversidad. No bien terminara, en vez del consabido camino a casa, iría con Elena para proponerle vivir juntos y darle un hogar completo a Saúl. Le bastaría con besarla como antes y abrazar con fuerza a su hijo para demostrar la sinceridad de su ofrecimiento.

Para el ambiente laboral del Estudio Jurídico a que estaba asociado, la presencia del contador Ziglier era como la del sol, así de constante, imprescindible y desapercibida. Sólo los socios conocían su enorme capacidad para improvisar con prudencia en los momentos más difíciles. Si bien los números no cambian, su interpretación puede alimentar la esperanza o hacer que se acepte la bancarrota. Y nadie mejor que él para decir cuándo cerraba un balance.

Si para contador se nace, él era un claro ejemplo de lo que debía ser uno que se precie. No permitía que ningún sentimiento le estorbase. Cuando falleció su madre supo recibir las condolencias y volver al trabajo sin concesiones. No es que no sufriera, el velatorio había estado lleno de recuerdos infantiles revividos por los viejos parientes que lo conocían desde entonces. Simplemente, y lo había heredado de ella, sabía reponerse a las circunstancias y minimizar las pérdidas. Recién cuando quedó solo se dijo ¡Ahora puedes hacerlo! y lloró amargamente.

El pequeño Saúl había crecido como acciones compradas por casualidad que daban cada vez mayores dividendos ante la duda de cambiar de vida a su edad. El crecimiento del niño era un tiempo irrecuperable que se estaba perdiendo de disfrutar y por fin estaba dispuesto a asumir la paternidad. No con la premura de quien se deja seducir sino con la certeza de que sería lo más conveniente para todos.

Así que ése día, el 23 de agosto, no iría para su casa como sería dado esperar sino para la de Elena a darle la buena nueva. Iba sin anunciarse para sorprender a la mujer que le había demostrado tanta fidelidad sin esperar nada más que lo que ya tenía, los cheques que cobraba mensualmente para la manutención del hijo.

A las cinco de la tarde se despidió del par de notarios que aún continuarían
trabajando dos horas más y bajó del séptimo piso del edificio ubicado en la céntrica zona financiera de la ciudad. Saludó al portero con la mueca que habitualmente le destinaba y se encaminó al garaje de la otra cuadra donde guardaba su automóvil. Aunque no solía prestar atención al clima, se sorprendió de que estuviese tan oscuro. Un plafón muy bajo de nubarrones apagaba prematuramente la luz diurna y el alumbrado público estaba encendido. Los vehículos circulaban con las luces de posición prendidas.

Condujo saboreando los detalles que su nueva vida le depararía. No era mucho el tiempo libre de que disponía y tampoco pensaba hacer el papel de padre juvenil, pero dentro de lo que fuera posible, Saúl no envidiaría a nadie. Él sabría cómo
compensarlo. Recordó un par de puntos que debía anotar en el borrador de divorcio que estaba bosquejando. Ninguna de estas elucubraciones le impidió prestar atención al tránsito colérico de los que regresaban a casa o se apuraban para hacerlo.

No bien entró en la cuadra los descubrió, esperaban para cruzar la calle hacia el edificio de apartamentos en que vivían. Se detuvo en doble fila para sonreírles encuadrado por la ventanilla. Venían de la guardería, Saúl tenía el delantal distintivo a cuadritos. Y habían pasado por la panadería, la bolsa de bizcochos era evidente. Su hijo tenía el clásico despeinado de haber pasado una tarde feliz; la madre, la sorpresa de quien no cree lo que está viendo. Tuvo que guardar esta imagen en su mente como una fotografía.

La frenada de un vehículo derrapó en la esquina, la furgoneta evitó la colisión
pero subió a la acera embistiéndolos. No quiso verlos, escuchó los gritos histéricos de una mujer y cuando abrió los ojos el gesto de un diariero tomándose la cabeza fue más que elocuente. La furgoneta se había detenido atravesada en la calle con una rueda mancada. Detrás, aquellos bultos ya no eran ellos. El conductor de la furgoneta se bajó y salió corriendo enloquecido, el contador estuvo a punto de hacer lo mismo.

El tránsito quedó interrumpido y las personas amurallaron la tragedia. Lentamente puso el automóvil en movimiento y se alejó despacio mientras pensaba de prisa. A las tres cuadras dio alcance al conductor fugado, lo rebasó y esperó en un sitio apropiado para abordarlo. El hombre ya no corría pero seguía en estado de shock. Se bajó en el momento preciso para interceptarle el paso y abrió la portezuela trasera.

-¡Entre! –le ordenó. –Lo vi todo y tengo que llevarlo con la policía.

El hombre se deshizo en llanto tratando de dar explicaciones pero el contador fue muy firme al meterlo en el automóvil. Luego entró él también y reanudó la marcha mirando por el espejo retrovisor lo que dejaba atrás.

El contador Ziglier regresaba al Estudio Jurídico soportando que el hombre desahogara las incoherencias propias de la exaltación y recién cuando le habló de la esposa lo interrumpió.

-¡Claro que se va a preocupar, sobre todo cuando sepa que le van a dar cuarenta años de cárcel! Huyó del lugar del accidente y además ha bebido; necesita con urgencia un abogado. ¡Ha destrozado a una familia!

El hombre contó histéricamente porqué había bebido un par de jarras de cerveza con los amigos, que no tenía dinero para pagar un abogado y detalles de su trabajo, su casa y su familia. Estoicamente el contador lo dejó decir todo lo que quiso hasta que aparcó frente a la puerta del edificio a pesar de que estaba prohibido. Entonces lo interrumpió.

-¡Cállese y présteme mucha atención! ¡A partir de ahora hablo yo solamente, una estupidez de su parte y lo dejo solo! ¿Me entiende?

El hombre asintió tranquilizado por la inesperada ayuda y se dejó conducir en calidad de prisionero.

-Jorge, ¿quién está arriba? –le preguntó al portero.

-La señorita Nora y Suárez todavía no se retiraron.

-Perfecto. –Recién entonces abrió el ascensor. -Escuche lo que ocurre, este hombre atropelló a dos personas y huyó del lugar. Yo fui testigo y lo atrapé. Ahora trato de convencerlo de que se presente ante la policía pero quiere un abogado. No sé quién vendrá primero, si la policía o los doctores. Queda avisado.

-Entiendo. ¿Quiere que la llame?

-No, nosotros lo haremos desde el Estudio. –Inmediatamente agarró al hombre del brazo y lo metió en el ascensor.

-¡Contador, su esposa está muy preocupada! –le dijo Nora no bien lo vio.

-Me imagino, pero eso ahora tendrá que esperar. Presencié como este hombre atropellaba a dos personas y se daba a la fuga. Lo perseguí y aquí lo tengo…

-¿Están…? –quiso saber Suárez.

-¡Sí, muertos! Lamentablemente, el Estudio está involucrado y tenemos que hacer las cosas rápido y bien. Llame a la policía y explique claramente lo que ocurre. Dígales que se va a presentar voluntariamente, pero que si quieren venir a buscarlo está bien. Querrán hablar conmigo, me los pasa. Y usted, Nora, llame a los doctores. A los tres. Después le trae una taza de café.

El contador abrió su despacho pero no encendió la luz ni cerró la puerta. Le hizo señas al hombre de que entrara y abrió la ventana de par en par.

-Asómese lo más que pueda –le ordenó. -Respire profundamente, quiero que cambie el aliento antes que lleguen.

El contador Ziglier permaneció a su lado empujándole la cabeza lo más posible. Cuando lo consideró oportuno lo tomó de las piernas y le hizo perder el equilibrio en el vacío. El grito fue más ahogado de lo que esperaba, pero bastó para atraer a los notarios.

-¡Se suicidó! –dijo. Luego se sentó en su escritorio, apoyó los brazos sobre la carpeta y hundió la cabeza. ¡Ahora puedes hacerlo!, pensó, y comenzó a llorar amargamente.
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sgrassimeli
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MensajeTema: Re: ¡Ahora puedes hacerlo!   ¡Ahora puedes hacerlo! Icon_minitimeLun Feb 28, 2011 12:04 pm

No cabe un juicio de valores en relación al contenido o a sus personajes. Sencillamente: impecable narrativa! Felicitaciones.
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MensajeTema: Re: ¡Ahora puedes hacerlo!   ¡Ahora puedes hacerlo! Icon_minitimeLun Feb 28, 2011 6:27 pm

me impacto las imagenes descritivas, llegan a la mente y dejan las sensaciones de cada personaje.
saludos
k
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Mateo
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MensajeTema: Re: ¡Ahora puedes hacerlo!   ¡Ahora puedes hacerlo! Icon_minitimeMar Mar 01, 2011 4:24 pm

NO SE QUE DECIR,ME ATRAPO, SENTI LA MISMA BRONCA DEL TIPO,Y UF,NO SE, LO LEI CON TENSION Y ESO HACE QUE EL RELATO SEAN IMPRESIONANTE.

_________________
El amistad mejora la felicidad y disminuye la tristeza, porque a través del amistad, se duplican las alegrías y se dividen los problemas.

Mateo
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MensajeTema: Re: ¡Ahora puedes hacerlo!   ¡Ahora puedes hacerlo! Icon_minitimeMiér Mar 02, 2011 12:16 am

Un buen texto, mantienes la atención del lector en todo momento.Ubicas bien la escena y le das el matiz exacto a cada personaje.
No hay sobre adjetivación , ni descripciones extensas o detalladas que maren al lector.
Es una narracion lineal de acorde al tiempo de la misma.Eso si, se adivina el final ,o al menos mi imaginación me la hizo adivinar en el mismo momento que lo hace subir al auto,no podia pensar en un asesinato por las caracteristicas del personaje,pero si entendi que se llegaria a un suicidio provocado.

Excelente relato.

Que las hadas te acompañen
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