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 Estancia: Los albores (Segunda entrega entrega)

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MensajeTema: Estancia: Los albores (Segunda entrega entrega)   Sáb Feb 12, 2011 2:57 pm

Sin luna, un fuego; están todos durmiendo dentro del círculo de luz. A su alrededor el vacío… y arriba las estrellas. Grillos.
—¡Vamos muchachos… vamos…, marchamos con el sol!
Aplaude y grita Francisco, con voz fuerte y clara despertando hasta los caballos; uno relincha.
—¿Cuál sol?, yo sólo veo estrellas —bajito le dice Lavalleja a Oribe, al oído y mientras se sacudían el rocío del poncho, Ponciano ya tenía pronto el mate, Rivera seguía durmiendo y Ansina comienza a sacudirlo; vaimaca de torso desnudo siempre estuvo sobre su caballo:
—¿Dormiste así? —le preguntó el monaguillo que ahora se despereza. Y Francisco para de aplaudir.
Leche fresca para los gurises, mate para los adultos, galleta y membrillo para todos… y al amanecer estaban marchando.


*** *** ***

Ya amaneció, y estás en los fondos de tu rancho, juntando adobe a orillas del río; cuando la perrada comienza a ladrar. Entonces los ves venir, a esos dos bultos oscuros, a lo lejos y con el sol brillando a sus espaldas. Llevas tu mano a la frente… y uno se va pareciendo a una carreta, el otro, a un jinete. Un jinete que acelera, un jinete a todo galope, un jinete de torso desnudo y entre su pelo ya puedes ver su rostro, sus ojos, y es un indio quien pasa raudo junto a ti y sigue, para frenar bruscamente, cuando las pesuñas del animal tocaron el agua, negra, de un río de igual nombre y negro también, el carrero que más calmado arriba, frena a tu lado, y te saluda:
—Buenas…
—Buenas
—Digamé paisano… ¿cómo está el cruce por acá?
—Este es un cruce largo, cien cuadras o más, llano en su mayoría pero no se engañe negro, que en el medio se pone bravo
—Se agradece, cruzaremos por acá —te dijo mientras descendiendo de su carreta, puso una alpargata en el fangoso suelo y se dirige ahora a pie, al borde del río donde Vaimaca, parado sobre su caballo observa: a una orilla arbolada lejos, al otro lado del oscuro río silencioso, quebrado de golpe por el chapoteo de la cola de un Surubí, que entre los juncos de al lado se aleja nervioso ante la llegada de Ponciano, quien se paró junto al indio con un puñado de fango en la mano:
—Ayudame con las ruedas, ataremos las de repuesto con tientos de cuero mojado firmemente a las delanteras

Y hecho esto, comenzaron a cruzar, primero el indio a caballo; veinte metros detrás la pesada carreta. Los observas un momento… como se van alejando, y vuelves a la tarea de paliar barro a la carretilla, pensando ya en terminar de una ves ese costado del rancho… cuando sientes vibrar el suelo. Le das la vuelta al rancho y dos jovencitos montados al frente de una vasta tropilla de ganado… que se pierde en la vista… allá a las cansadas adivinas a un tercer jinete, mientras los dos primeros comienzan a cruzar así sin más. Son Oribe y el monaguillo franciscano:
—Allá al al fre… frente está la carreta, va… vamos
Y juntos aceleran el paso por el agua mientras que el ganado, se apelotona en la orilla a beber, más y más siguen acumulándose y con ellos, otros tres jinetes jóvenes: Ansina, Lavalleja y Rivera, muchas más vacas, y Francisco:
—Buenas paisano —te saluda alzando su mano izquierda y desmonta.

La dupla de Orive y el monaguillo, continúa intentando darle alcance, a ese bulto que se supone carreta ya casi saliendo del otro lado; cuando comienzan a llegar a la parte torrentosa. Con el agua por la montura Oribe comienza a titubear como quien nota un peligro; el caballo del monaguillo también. En la orilla, Lavalleja busca rodeando la tropilla a su amigo Oribe por tierra, mientras Rivera y Ansina se arriman al veterano, quien continúa preguntándote:
—¿Vio pasar a un negro en carreta… con un par de muchachos montados?
A todo esto, Ponciano y Vaimaca ya en tierra firme, esperaban al resto del otro lado sin ver, que el monaguillo y el tarta Oribe estaban en problemas.
Con el agua por la montura y en torrente, el caballo del monaguillo, muy nervioso, comenzó a encabritarse y este cayó al agua. Oribe estaba a pocos metros y veía asustado como la corriente arrastraba a su amigo, intento gritar:
—So… so… co… co… —con los nervios su tartamudez lo dejó casi mudo y comenzó a ponerse colorado de tanto hacer fuerza para poder gritar sin que nada le saliera, mientras el monaguillo era arrastrado río abajo lanzando manotazos inútiles y ya cansado, amenazaba con ahogarse.
Fue Ansina quien agudizando la vista, vio a oribe haciendo señas como un loco y salió sin decir nada al galope rumbo al agua. Francisco salió tras el y tú te quedaste allí, con la pala en la mano sin entender muy bien lo que ocurría mientras Ansina, cabalgaba salpicando agua haciendo la diagonal para alcanzar al monaguillo, y mientras sacaba su lazo de la montura, el caballo se vio forzado a reducir la marcha. Con el agua ya por el pecho del animal, ansina sabía, que tendría una sola oportunidad. Francisco en cambio, siguió recto rumbo al tarta oribe y tú, llevando la mano a la frente lograste ver al negrito Ansina, haciendo girar tres veces el lazo y arrojarlo; lo ató a su montura y comenzó a venir; lo había logrado. Francisco tomó el caballo de oribe de las riendas y lo trajo consigo a tierra.
–¿Por qué no gritaste pidiendo ayuda?
—N… N… no pu… pude
–Maldito tartamudo, tu amigo casi muere por tu culpa
—Pe.. pero yo no… no pu… —y todos lo miraban a él
—Tartamudo de mierda, eres un cobarde –le seguía gritando furioso el viejo Francisco
—Us… usted es un… un… —y parecía que iba a explotar como globo inflado
—¿Un qué tartamudo de mierda?, vos no tenés coraje…
—Usted… usted es un desgraciado de mierda hijo de mil putas —entonces francisco se dio media vuelta y se fue.
—Usted es un desgraciado de mierda hijo de mil putas… lo dije… lo dije… usted es un desgraciado de mierda hijo de mil putas —el primero en tocarle la cabeza en señal de aprobación fue Lavalleja.
Una vez recuperado el monaguillo del susto, todos juntos cruzaron el río y vos, volviste a tu tarea de palear adobe a la carretilla.


*** *** ***

Comienza la tropilla a dejar atrás el río, el canto de sus pájaros ya no se oye, y es la chicharra la que suena ahora, en el aire estático; mientras ellos siguen avanzando por la pradera abierta bajo el sol.
Francisco sabe que kilómetros delante se encuentra el paso entre las sierras, (allí hay un puesto de soldados), y espuela a su caballo. Cruza en quince minutos de galope toda la tropilla de ganado hasta llegar al frente, desde allí ve a Ponsiano más adelante en su carreta. En el horizonte comienzan a recortarse las sierras. Francisco, ya no al galope si no trotando, arrea dos novillos gordos con el, y llega donde el negro y su carreta.
—Iré hasta las sierras, te dejo estos dos novillos
—¿Son para el peaje?
—Para el peaje, sí —y espuela de nuevo.
Al galope va, francisco meta espuela, sujetándose la boina, y ve en la sierra, una figura humana; tira de la rienda y para el galope. Observa. Allá en lo alto hay un gaucho montado: boina roja, poncho azul, caballo blanco. El gaucho desde allá arriba, podía ver no sólo a Francisco, sino a toda la caravana que se aproximaba. También a los soldados que tenían su puesto en el medio del paso, cortándolo en dos, y se quedó allí observando; hasta que la tropilla de ganado comenzó a apiñarse en el cuello de botella de las sierras.
Ponciano, francisco, el indio Vaimaca y Rivera, entran al paso con los dos novillos al frente, detrás las quinientas cabezas de ganado y al final: Oribe, Lavalleja, Ansina y el monaguillo franciscano cierran el convoy.
Al verlos venir, dos soldados de la corona se paran en el camino frenando su avance. A ambos lados del paso había más; una veintena de uniformados en total.
–¿A dónde se dirigen?
—Vamos al puerto de Montevideo, a embarcar este ganado. Aquí les traje dos novillos para ustedes —y le hace señas a Vaimaca para que entregue la paga, pero este, se reusa.
—Ni el camino ni la tierra tienen dueño, no tenemos que pagar para pasar por aquí
—Perdonen al indio —interrumpe Rivera acercándoles los novillos— es un salvaje que no reconoce autoridad
—Pues que se cuide… —y hace la seña a sus compañeros para que los dejen pasar.
El gaucho de boina roja, poncho azul y caballo blanco que todo lo observaba desde lo alto, hechó a andar la montura para seguir su camino, bajando las sierras por el otro lado.
Finalmente toda la tropilla cruzó el paso, y continuaron marchando, hasta la caída del sol.


*** *** ***

Vaimáca se despierta de pronto, alterado sin saber bien por qué, (¿Un sonido…?, tal vez), observa el fuego casi extinto y a todos durmiendo. El ganado algo nervioso es lo único que rompe la oscura calma de la noche, pisoteando… bufando… se amontona en un gran círculo que se estrecha, (¿Depredadores…?). Observa a los caballos más cerca, a su derecha, y estos están tranquilos; decide levantarse y en silencio camina rumbo al ganado. Ve a un novillo pararse sobre sus patas y dar un brinco, allá por el medio de un denso círculo asfixiante que se estrecha, pisotean… bufan… y fue Rivera, quien notando ahora el movimiento, abrió un sólo ojo, lo suficiente para ver las espaldas de Vaimaca perdiéndose en lo oscuro rumbo a la masa de nervios. Se levantó y dio un rodeo. Un gruñido… un gruñido es lo que escucha Vaimaca ya junto al ganado y se agacha, observa, distingue entre las muchas patas un bulto mediano que se mueve esquivo eludiendo pisotones en el centro, (¿Un perro... cimarrón?); chilla cuando una pezuña le raspa el lomo y allí lo reconoce: no es un depredador solitario, es uno de los canes que los acompañan (¿Retobao…?, sí, es el Retobao), Vaimaca lo llama silbando entre dientes y golpeteando con su palma en el suelo; el Retobado escucha y procura dirigirse hacia allí pero el ruido, inquieta aún más al ganado que se comprime y pisotea cercando al perro que no puede pasar, no encuentra espacios y Rivera, ya del otro lado de la gran masa mortal, observa, recoge cuatro o cinco piedras, espera. Vaimaca comprendió rápidamente: (Debo calmar a los animales), y respirando pausado, comienza a palmear a los de afuera: —So… so… —repite con voz calma intentando adentrarse y los palmea—: Tranquilos… tranquilos… —con voz armónica avanza tocando cuartos traseros, lomos, cabezas, cuernos. Y por fin, se agacha para tomar al Retobado. Al ver esto, Rivera lanza las cinco piedras al lugar donde estaba agachado Vaimaca y el ganado, asustado, empuja y pecha al indio que cae, lo pisan, grita, Rivera pronto recogió otra piedra y la lanzó, no llegó a estampida porque no salió del centro pero vaimaca seguía gritando; el perro ladra; varios novillos saltan en el lugar y todos despiertan, corren hasta allí… y vaimaca ya no grita… gime. Ansina comienza a calmar a los animales, Francisco ordena a los jóvenes traer los caballos y Rivera se les une. Calmados ya los animales los mueven de allí, y aparece el cuerpo del indio sin vida, con unos pocos huesos sanos; el Retobado corre directo a los brazos de Rivera.

Continuará... como cada lunes
Aquí, por este cana
l

Enlaces a otras entregas

Estancia: Los albores (Primera entrega)

http://www.letrasyalgomas.com/t16981-estancia-los-albores-primera-entrega
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