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 Cuento de hadas del siglo XXI

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Fernanda
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Fernanda

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León Rata
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MensajeTema: Cuento de hadas del siglo XXI   Miér Ene 26, 2011 1:35 pm

La quietud inundaba la Biblioteca de la Ciudad; el silencio era infinito. Hacía un par de horas que sus escasos visitantes se habían marchado. Sólo quedaba ese niño, quien pasaba todas las tardes leyendo en soledad. Repasó varias veces los estantes de misterio y fantasía en busca de una nueva aventura; sin embargo ya había leído y releído cada uno de los títulos de ficción guardados en el acervo del lugar. También se sentía atraído por el edificio que albergaba a la biblioteca. Una construcción con cientos de años de antigüedad atrapada en medio del ruido, la contaminación de la metrópoli y su gente vuelta loca. Mientras observaba hipnotizado el edificio se exaltaban sus sentidos, imaginaba un monasterio del siglo XIX y a monjes penando entre flagelos y oración. Esa tarde, decepcionado por la falta de nuevos títulos en las estanterías miraba el capitel de una columna adornado con hojas y flores. Analizaba algo extraño, recién descubierto, que emanaba un olor a podrido; parecía brotar de las flores y expandirse. ¿Un ectoplasma? ¿Humedad en el cemento? No, no era humedad. La columna aparentemente sangraba. Una mancha rojiza que se tornaba por momentos a un amarillo verdoso y se extendía hacía los lados. Si, un ectoplasma, eso es. En El libro de los espíritus ese tipo de manifestaciones así eran nombradas. Inmerso en la contemplación del fenómeno comenzaba a quedarse dormido, por lo que se recargó en la mesa, aunque continuó con la exploración del lugar. Mientras dormitaba, desde las alturas -plasmado en un vitral- un ángel que semejaba la figura de un hada parecía observarlo.
-Ya estoy soñado- se dijo Claudio a si mismo mientras se frotaba con fuerza los ojos. En ese momento un hombre se acercó y le pidió que se retirara; la biblioteca estaba por cerrar. Mañana volvería. Entre columnas de un gris oscuro como una rata, con sus elaborados capiteles pasaba la mayor parte del día. Su padre lo recogía todas las noches en el portal.
Era inútil quedarse en casa con sus hermanos. A veces deseaba atraer la atención de su madre, los pocos días que estaba con él, pero ella vivía pegada al móvil. El contaba con E-Pod, Nintendo; todo lo concerniente a la nueva tecnología. Incluso sus padres le permitían pasar varias horas frente a la computadora conectado a Internet, después de terminar sus deberes del colegio. Podría realizar todas esas actividades propias de los niños de su edad, pero nada de eso le satisfacía. Le gustaba soñar, imaginar; sin embargo si no lo hacía en la biblioteca tendría que hacerlo encerrado en el departamento. Los tiempos ya no estaban para salir a las calles y jugar al aire libre, decían sus padres. Aunque vivía en un conjunto residencial muy exclusivo -rodeado de vigilancia, una alberca, enormes jardines- y tenía ya once años, los condóminos habían estipulado que los niños sólo podrían utilizar las instalaciones acompañados de un adulto. Se sentía custodiado por una barda gigantesca; perdido entre avances tecnológicos; una ciudad violenta y la desatención de sus padres. Era un niño de temperamento apasionado y generoso. Un espécimen de otra época decían sus amigos. Un idealista, que en la escuela y entre sus hermanos deseaba la justicia. Esta forma de ser sólo le atraía enemistades y la incomprensión de su familia.
Al día siguiente después de terminar los deberes del colegio, Claudio regresó como de costumbre a la biblioteca. Tomó un libro de cuentos infantiles: cuentos para niños más pequeños, pero que incluían todos esos elementos que a él le cautivaban. Se sentó en el lugar de siempre y a través de su lectura comenzó a recrear castillos medievales, bellos jardines; en los que de pronto se volvía un príncipe cortejando a una hermosa princesa de largos cabellos. Se sintió un chiquillo -cabe mencionar que desde que cumplió los once se creía todo un hombre-. Era un soñador, pero no un niño, se decía a diario. A los pocos minutos comenzó a aburrirse con los cuentos para pequeños y continuó con el análisis de la columna, que había dejado pendiente el día anterior. Al mismo tiempo se sentía observado. Era el ángel del vitral quien lo miraba de reojo. Ese bello ángel iluminado de colores. Mas ya no era un ángel, se había transformado en un hada y lo miraba. Él seguía absorto en la transformación de la mancha; el ectoplasma. El hada contempló a Claudio un largo rato mientras interpretaba una melodía de otro mundo y lo hipnotizaba con su perfume. Cuando estuvo segura de que no había nada que temer se acercó poco a poco moviendo suavemente sus alas transparentes; aunque en su interior aún desconfiara de ese humano. Al sentir un leve soplido en su rostro, el niño la espantó con la mano, sin embargo atrajo su atención. Lo impactó la presencia de ese ser diminuto con alas de mariposa, pelo tan negro como una noche en el bosque y ojos de mar. Lucía un vestido de gasa en colores translucidos, adornado con flores pequeñitas. Su rostro níveo era de una belleza deslumbrante. Un rato revoloteo por su cabeza abanicándolo con sus alas; después le susurró al oído una canción que lo situaba en un bosque. Árboles, animales y seres de otra dimensión devorados por el fuego. Sintió compasión por la pobre hada, que entre cantos y en un idioma desconocido para él, le contaba su historia.

- ¿Pero tú que haces aquí, quién eres?- Le preguntó, aun incrédulo de lo que sus sentidos percibían.
- Soy un hada protectora de la naturaleza; del bosque.
- ¿Eres un hada protectora del bosque? ¿Qué haces encerrada en una vieja
biblioteca? Comprendí tu trágica historia, pero hay algunos otros bosques que
proteger.
- No lo sé, quizás tú me has llamado con tu imaginación y sensibilidad, y
estoy atrapada, atrapada… Atrapada entre el cemento gris y la frialdad de este sitio- decía el hada, nerviosa y emocionada. Hacía mucho tiempo que no hablaba con un niño inteligente y sensible que la pudiera escuchar.
- Y no soy la única perdida en este sitio, también está el gnomo, que se dedica tan solo a la añoranza de esos días verdes, de un verde intenso… Míralo ahí viene.
- No son los únicos atrapados… Yo y ese espíritu pegajoso que se extiende por las columnas estamos en las mismas condiciones. Al igual que todos los habitantes de la ciudad- pensó Claudio. El hada escuchaba sus pensamientos y lo consolaba con sus alas.
- Ahora que recuerdo, no fuiste tú, fue ese niño que vestía pantaloncillos cortos el que me trajo hasta acá.

En ese momento el gnomo que añoraba esos días verdes, de un verde intenso, los interrumpió:

- ¿Quién es ese niño? ¿Qué haces con él? Vamonos, vamonos… los niños apestan.
- Tú apestas… enano verde, ¿Tú qué haces aquí? hueles a tierra, dijo Claudio visiblemente molesto.
- En este sitio un día hubo árboles, y yo vivía en uno de esos, después que lo derribaron me mudé a uno cercano, pero pronto todos desaparecieron y no supe a donde ir, me quede encerrado en un cuento; en este cuento.

Claudio volvió a quedarse dormido con la cabeza reclinada en el libro. El bibliotecario se acercó, le indicó que había llegado la hora de cerrar. El gnomo se escondió entre los libros y el hada voló rápidamente hasta el vitral, a pesar de que aquel hombre no podía verla. ¡Nuevamente me dormí…! Hadas, fantasmas y duendes, ¡pero por dios! esto supera a todos los avances tecnológicos. Intentó relatar en casa las aventuras de esa tarde, mas nadie quiso escucharlo. Prefirió no insistir en contar la historia, porque si lo hacía quizás no lo dejarían volver a ese lugar.
Al otro día Claudio introdujo a la biblioteca, escondidos entre sus ropas, un poco de miel y leche para Gnomo. Frutas dulces, pétalos de rosa y tomillo para Xinauh, el hada. Ese fue un festín para los dos y el niño se ganó rápidamente su confianza. Le contaban historias de sus hermanos del bosque, de los seres de agua y fuego. Sobre la lucha entre el bien y el mal, la dualidad. Habían encontrado al fin, una forma de vivir en armonía, habían aprendido; y de pronto los humanos destruyeron su hábitat. No todos esos seres eran buenos, a la mayoría no les agradaban los hombres; aunque el grupo de hadas al que Xinahu pertenecía se sentía atraído por los niños.
Su pequeña amiga, le confió a Claudio que no podría salir de la biblioteca, porque afuera el ruido y la contaminación la matarían de inmediato y no conocía las palabras mágicas para entrar en un cuento. No estaba segura de sobrevivir por mucho tiempo dentro de la antigua biblioteca, pues su alimento vital era la naturaleza. Pensaba que había logrado sobrevivir gracias a él y a ese otro niño, quien pudo verla y comprender su historia. Casi toda su magia se perdió en ese lugar, donde los diminutos rayos de sol que se asomaban a través de los vitrales no eran suficientes para alegrarla; y un hada -además de la naturaleza- necesitaba un poco de alegría para subsistir. Le daba las gracias a Claudio por regalarle unos días más de existencia y le obsequió unas flores de pensamiento (amuleto para el amor) y un trébol de cuatro hojas; que Gnomo logró robar de un libro.
Ectoplasma al notar que se reunían diariamente para conversar, se acercó a ellos arrastrándose por las paredes. Tocaba a Claudio con esa sustancia pegajosa de la cual estaba hecho y una tarde se decidió a relatar su historia. Había sido Sacerdote católico. Fue torturado y fusilado frente al portal de ese edificio (parte de un convento) a causa de sus ideas revolucionarias. Su orgullo y dignidad quedaron tan heridos por esas vejaciones, que ahora sólo podía ser una mancha que vivía entre los adornos del capitel de una columna. Ni siquiera contaba con el privilegio de otros espíritus, de andar penando por las calles de la ciudad; y todo por pensar diferente. Sería eternamente una mancha de sangre, esa sustancia pegajosa con la capacidad de cambiar de color y embarrarse a capricho entre cemento, estantes y libros.
Después de un tiempo, el bibliotecario se percató de que algo raro ocurría. Ese niño hablaba solo. Una noche vio al padre del pequeño, esperando en el portal; se acercó a él y le comentó lo que había observado. Los padres de Claudio alarmados con la noticia, lo llevaron con un especialista, quien lo hizo olvidarse de todo lo vivido en esos días. Se sumergió en la tecnología, creció. Abandonó en el rincón más escondido de su mente el recuerdo de la antigua biblioteca junto con Gnomo, Xinauh y Ectoplasma. Se volvió igual a todos los demás adolescentes. Mientras tanto las cosas no marchaban bien en la biblioteca: el hada perdía las esperanzas de continuar con vida; el mal humor de Gnomo se exacerbaba y Ectoplasma escuchó una conversación en donde mencionaban que se iba a remodelar el edificio. Cubrirían las paredes y columnas con pintura y realizarían algunos otros cambios, para convertirlo en una plaza comercial. Arrastrarse entre columnas y vitrales formando parte del decorado era un regalo en su mísera existencia como ectoplasma. Una noche se convirtió en una mancha ardiente, una flama cargada de resentimiento, de odio; que rápidamente se extendió por los estantes y acabó con todos los libros y parte de la construcción. No sabremos jamás lo sucedido con el hada y el gnomo.
Claudio, al enterarse del incendio recordó aquellos días en que conversaba con seres fantásticos, buscó algo entre sus cosas que le confirmara su existencia. Imaginó decenas de historias para llenar esos huecos que dejaron las pesquisas del incidente y por momentos se acercaba a la verdad. Encontró el trébol y la flor de pensamiento, los tomó entre sus manos albergando en el fondo de su corazón la esperanza de que sus amigos hubiesen huido para refugiarse finalmente en algún bosque cercano. Habló con su padre acerca de ese asunto y comprendió que el niño de pantaloncillos cortos era su abuelo. Fue su abuelo, quien al igual que él, convivió con los habitantes de la Biblioteca de la Ciudad.
Lo experimentado en aquel entonces dentro de la vieja construcción significaba para Claudio una realidad aparte -un universo paralelo- por el que se sintió atraído durante su infancia. A veces, al igual que Gnomo, añoraba desde lo más profundo de su alma esos días verdes; de un verde intenso.
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Fernanda
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MensajeTema: Re: Cuento de hadas del siglo XXI   Miér Ene 26, 2011 1:37 pm

Versión corregida. Saludos.
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Ignacio Araya D
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MensajeTema: Re: Cuento de hadas del siglo XXI   Lun Ene 31, 2011 4:27 pm

Un cuento simplemente impecable, cuidadísima en su composición, donde ocupas muy bien el argumento de ficción para dar vida al entorno del personaje principal. En todo momento, la ambientación es clara, con los detalles justos para que el lector se ubique dentro de la narración y sienta cada uno de los sucesos que allí ocurren. Comienzo que introduce perfectamente al personaje, donde nos muestras su personalidad, sus gustos, los porqués de algunas cosas, dando paso a un desarrollo fantástico, ágil, limpio, donde la realidad se vuelca a la ficción con gran maestría e imágenes perfectas. Desenlace, con la cuota justa de misterio, que no te niego, me dejó con ganas de saber más, pero dejas esa parte al lector, pero contundente. Me encantó el uso de los recursos, queda todo claro, contenido, trama, historia, detalles, ciertos misterios, personajes, ambiente, descripciones, etc. En fin, me encantó el relato, que me hizo pensarlo, vivirlo y degustarlo de gran manera.

Un abrazo,

Ignacio
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MensajeTema: Re: Cuento de hadas del siglo XXI   Mar Feb 01, 2011 1:23 pm

ME GUSTO, ME ATRAPO DESDE EL COMIENZO,AUNQUE ME QUEDE CON ALGUNOS BACHES QUE DEDUJO DEBO YO RELLENAR.
UN BUEN CUENTO

_________________
El amistad mejora la felicidad y disminuye la tristeza, porque a través del amistad, se duplican las alegrías y se dividen los problemas.

Mateo
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