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 La encrucijada de Arturo. Capítulo I. Nunca es tarde para amar

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Josan
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Cantidad de envíos : 287
Fecha de inscripción : 28/12/2010

MensajeTema: La encrucijada de Arturo. Capítulo I. Nunca es tarde para amar   Mar Dic 28, 2010 8:31 pm

Sinopsis:
La encrucijada de Arturo se desarrolla durante la posguerra de la Guerra civil española. Es la historia de vida de un niño que con sólo doce años se ve en la necesidad de huir del hogar familiar por los malos tratos sufridos por parte de su padre. Toda su vida fue errante y carente de calor familiar. Cincuenta años después, desahuciado por la medicina, se enamora de su enfermera y relata su historia en los días cercanos a su final, cada capítulo de nuestro protagonista es una nueva historia vivida, y en los capítulos que siguen quedan muchas sorpresas difíciles de intuir por el lector, aunque la novela empieza en el tiempo presente, nos transporta a la posguerra española, para contar desde ahí al lector la vida del protagonista.

Con la fuerza de mi letra impresa dedico a mis lectores esta historia de vida, basada en hechos reales. Los nombres de persona y de lugares de esta obra son ficticios, y de existir alguna similitud es pura coincidencia.

El autor, Josan

Depósito legal:
ISBN-10: 84-96662-57-8
ISBN-13: 978-84-96662-57-5


Nunca es tarde para amar.

Apenas hacía un año de aquel fatídico día que él médico me dio la noticia; las piernas se me doblaron y me quedé sin palabras:
― Amigo, tu vida laboral en las minas te ocasionaron daños irreversibles en tus pulmones, desde que se te diagnostico la silicosis hasta la fecha, tu enfermedad ha progresado mucho. Como profesional de la medicina he de decirte la verdad, en tu estado no aguantarás mucho tiempo, pero si pones algo de tu parte podrías vivir más. Los tienes llenos de plomo y la medicina no da para más, Sin embargo, en la ciencia nunca se tiene la última palabra, mañana, ¿quién sabe? Cuando tengas dificultades para respirar se te puede ayudar con oxígeno, vas a tener días que dolerá el pecho, pero te recetaré calmantes que te ayudarán; será mejor que te dé el alta, ya que el tratamiento lo puedes hacer en casa, sin necesidad de que estés hospitalizado.
Desmoralizado por esta noticia tan drástica para mí, coincidí con el doctor que en casa estaría mejor que en el hospital. Me dirigí al pequeño piso que en su día compre en las afueras de Barcelona, gracias a la indemnización que la empresa me tuvo que pagar, cuando me detectaron la enfermedad que contraje en las minas, El piso, aunque un poco pequeño, era cómodo y estaba bien amueblado. Disponía de un espacio de 65 metros cuadrados, más que suficiente para una persona sin familia - mi propio caso y casi me venía grande - además, tenía dos habitaciones amplias y un comedor espacioso, cocina y aseo; toda la fachada daba a una calle y en mis ratos de ocio observaba desde el balcón cómo iban pasando los viandantes como si siempre tuvieran prisa.
A pesar de mi situación y dentro de mi desgracia, supuse que estaría bien atendido por mi nueva vecina: era una buena enfermera y llevaba varios años sin ejercer desde que perdió su trabajo. Por supuesto que no lo haría gratis, pero para mí no era problema: gracias a mi pensión disponía de recursos para pagar sus servicios. Y en efecto, llegamos a un acuerdo con su salario sin problema por mi parte, teniendo en cuenta mi situación, su disponibilidad fue inmediata.
María era veinte años menor que yo, separada y sin hijos, su estatura era más bien alta – metro setenta y dos, calculé –su cuerpo delgadito, y bien formado, ojos grandes color miel, pelo castaño, cara redondita sonrosada, labios sensuales. Una de las virtudes que más gustaba, no faltarle nunca su bonita sonrisa. En una palabra: bien se podía considerar una mujer agraciada.
Aparte de su belleza, su situación de inactividad era una baza en mi favor para contratarla. Al no tener responsabilidades familiares disponía de tiempo suficiente para ocuparse de mí.
Transcurridos tres meses desde que contraté sus servicios mi satisfacción era muy buena. Además de tratarme muy bien como profesional, era cariñosa y amable conmigo, y hasta se ofreció para realizar las tareas del hogar.
A la hora de pernoctar siempre se despedía de mí con una bonita sonrisa al mismo tiempo que decía: “¡hasta mañana y que tengas un dulce sueño Arturo!”.
Entre las dos viviendas la distancia era relativamente corta, y casi siempre llegaba a mi casa antes de que me despertara. A pesar de ello, una noche ocurrió lo que siempre temí: me puse tan malo que pensé que había llegado mi última hora, sentí unos dolores en el pecho que me dificultaban respirar aun con ayuda de oxígeno. Intenté llamar por teléfono a mi enfermera, pero no fui capaz de hacerlo. En aquella situación angustiosa, aguanté hasta el día siguiente que vino mi enfermera. Al ver el estado en que me encontraba, se alarmó mucho y avisó de inmediato a un médico. Éste me recetó unos antibióticos y empecé a sentir una pequeña mejoría. Lo había pasado tan mal, que estuve a punto de comentarle si se podría quedar por las noches en casa, pero pensé que sería pedir demasiado y no me atreví a tanto. Una cosa era venir cada día para cumplir con su trabajo, y otra quedarse a vivir conmigo: la gente iba a pensar mal, así que desistí de ello. María pareció intuir lo que estaba pasando por mi mente cuando, sin más, me miró a los ojos y me dijo: Arturo, por qué no hablamos y tratamos de dar una solución a tu problema, no te encuentras bien y no me gusta dejarte solo. He pensado si sería posible quedarme definitivamente en tu casa, tienes espacio y una habitación libre, y para mí no va a suponer problema. Sé que eres muy comedido y que me dirás que no por mi reputación, pero yo nunca tuve perjuicios por lo que otros digan o dejen de decir y, ahora, en este momento lo único que me importa es tu salud.
Fue lo que menos esperaba, sus palabras fueron lo mejor que pude oír en mi vida.
María, además de cumplir bien su cometido era una mujer agraciada y tierna, en mi vida solo disfrute un amor que por razones de azar me duro poco tiempo, y desde entonces no tuve cariño alguno, ni suerte con las mujeres. No porque fuera desagradable ante el sexo opuesto, todo lo contrario, siempre me consideraron una persona simpática, con sentido del humor y agraciado. Mis rasgos se podrían encuadrar en una persona normal, estatura más bien alta, delgada, pelo rubio y ojos verdes como mi madre. No obstante, y a pesar de mi buen físico nunca tuve una pareja estable, mis únicos contactos fueron como hoy en día se dice para hacer el amor. De estos contactos, dos de ellos fueron traumáticos para mí, el primero, se aprovechó de mi adolescencia para engañarme y conseguir unos objetivos concretos, el segundo, ¡mi único amor! fue fugaz en el tiempo, ya que el destino me impidió disfrutarlo. Pero esto lo dejaré para un capítulo aparte, ya que por su importancia, creo que bien lo merece.
No obstante, con María trate de imponerme que no debería encariñarme más de lo necesario: era una buena enfermera y sólo hacía su trabajo. Que me demostrara cariño no quería decir que sintiera algo por mí, únicamente cumplía con su deber.
Solo había transcurrido un año desde que empezó a vivir en mi casa, y me di cuenta de lo mucho que significaba para mí. Mis ojos me delataban, estaba enamorado, y lo más delicado para mí, que ella se había percatado de ello. El día de su cumpleaños le hice un obsequio: me lo agradeció con una cena especial que ella misma había preparado. Cenamos y reímos contando chistes, y lo pasamos muy bien. Como postre, nos dimos un beso en los labios, al mismo tiempo que levantábamos nuestras copas brindando:
― María es mucho lo que tengo que agradecerte, ¡que seas muy feliz! y que cumplas muchos años.
Después de darme las gracias me miró fijamente a los ojos:
― ¡Arturo soy mujer, y las mujeres intuimos muchas cosas en los hombres! Es como si tuviéramos un sexto sentido. Te veo muy cambiado, tus ojos te están delatando, ¿qué te sucede? ¡Dime la verdad!, sé que el cariño que sientes por mí, va más allá del que yo te ofrezco por razones de mi trabajo. ¿No te habrás enamorando de mí?
Era lo que temía, había descubierto los sentimientos que siempre traté de ocultar. Mi corazón se aceleró aumentando mis pulsaciones, y por un momento me quedé sin pronunciar palabra. Con mucha dificultad balbuceé:
― ¡Así es María! Ya vez que nunca te quise decir nada, y en silencio he sufrido. En mi situación no tendría que haberme enamorado, soy un enfermo terminal, y veinte años mayor que tú. Es un amor imposible, pero no lo he podido evitar, perdóname.
― ¡Cariño, en este caso deberíamos perdonarnos los dos! Si es que se ha de que perdonar por amar. Está claro que nos hemos enamorado como dos adolescentes y que el amor no tiene edad.
Después de oír aquellas palabras tan dulces, nuestras miradas se cruzaron besándonos con ardiente pasión. Lloramos como dos adolescentes y acabamos en la cama haciendo el amor. Hablamos de formalizar nuestra situación casándonos lo más pronto posible. Siendo conscientes de mi esperanza de vida, viviríamos nuestro amor intensamente. Pero antes de unirnos en matrimonio, había algo en mi vida que mi prometida debía saber. Le pedí que me escuchara y me dispuse a explicarle todo mi pasado. Ella me volvió a besar y su contestación a mi deseo fueron estas palabras:
― ¡Esta bien! Si lo deseas estoy dispuesta a escucharte, pero antes quiero que sepas que lo pasado, pasado está y que sólo tendré en cuenta lo que ocurra a partir de aquí.
― ¡De acuerdo mi amor! Sabía que me ibas a dar esta oportunidad y no esperaba menos de ti. ¡María, tú has dado sentido a mi vida ofreciéndome el amor que por causa del destino no he podido disfrutar! Lo único que lamento es no haberte conocido antes, porque me perdí en mi rumbo sin norte y sin disfrutar de tu amor. Tú ya sabes que mi vida no fue fácil, y antes de casarnos me gustaría que conocieras al hombre que deseas entregar tu corazón. De nuevo te ruego que me escuches y seas consciente del camino que tuve que recorrer hasta llegar a ti. Es verdad que me tocó vivir tiempos muy duros, pero también lo es que no supe valorar lo que la vida me ofrecía. En este momento me viene a la mente la hija que tuve por razones de azar, que nunca conocí y que nunca pude cuidar. Pero lo más triste para mí es no tener constancia de si está viva; prefiero imaginarla feliz y llena de vida junto a su madre. Sé que nunca intenté buscarla, pero de haberlo hecho habría sido un contratiempo para ella; y es lo que me motivó para permanecer siempre en el anonimato. Soy consciente de que en nuestra actualidad nada de esto habría ocurrido, pues por suerte vivimos en un país de libertad y democracia. Pero en los años oscuros de nuestra posguerra, donde reinaba el poder del caciquismo, todo era posible en España.







Última edición por Josan el Mar Jun 14, 2011 3:46 am, editado 3 veces
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Jaime Olate
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MensajeTema: Re: La encrucijada de Arturo. Capítulo I. Nunca es tarde para amar   Vie Dic 31, 2010 1:07 pm

¡Vaya, mi españolísimo amigo Josan por estos lados! Busqué y busqué otros textos durante varios minutos, pero me rendí y me fui a Perfil; claro, apareces recientemente inscrito.
Un alegrón leer tu novela; conozco tu estilo pulcro, entretenido y atrapante, amén de ser muy cuidadoso con el empleo del castellano, lo que da como resultado una agradable lectura.
Yo, por mi lado, estoy un poco cansado de escribir, me limito a leer aquello que me agrada. Es tanta mi abulia que muchas veces olvido dejar mi comentario, pero hoy, al ver tu nick, inmediatamente quise saber de otros textos que habrías enviado y habría perdido leer.
Espero que tu aparición con tan excelente novela ... despiertes mi envidia ja ja ja ja já y me den ganas de escribir una serie de borradores olvidados en un rincón del ordenador y que deberé pulir.
Un abrazo, caro amigo.
Jaime Olate de Chile (Oscarhugo).
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Josan
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MensajeTema: Re: La encrucijada de Arturo. Capítulo I. Nunca es tarde para amar   Vie Dic 31, 2010 2:19 pm

Ni te imaginas mi alegría de encontrarte por aquí mi amigo y querido Jaime, para que veas lo pequeño que es el mundo jajajaj, por otra parte, y como puedes ver por mi perfil apenas llevo en esta página unos días, y empiezo ahora a pegar mis escritos, con respeto a mi novela te puedo contar que son 22 capítulos, y que está basada en hechos reales en un 80% y, que conocí al protagonista como conozco la palma de mi mano, ya que por mis venas corre la misma sangre.
Amigo querido, permíteme meterme en lo que no me incube, pero mi consejo es que sigas escribiendo, primero porque lo haces muy bien, con una personalidad propia tuya e inigualable, y segundo, porque gusta lo que escribes, no obstante respeto tu decisión y si lo que deseas es leer, pues también lo veo correcto.
Lo más importante amigo, que espero que estés bien, y que no me gustaría perder tu contacto.
Un abrazo desde el alma de un verdadero amigo, Josan
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MensajeTema: Re: La encrucijada de Arturo. Capítulo I. Nunca es tarde para amar   

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