Estaba tratando de escribir algo, cuando me vino a la mente el mismísimo silencio. Sí, ese, que se agazapa detrás de cada sombra esperando a que estés distraído, para caerte encima y ensordecerte con su mudez repentina.
No quería caer en sus espacios vacíos, pues una vez ahí, uno raya con la locura.
Frenéticamente, puse mi cabeza a trabajar, pero fue inútil, pues el miedo a la ausencia de sonidos conocidos hizo que mis manos perdieran el control sobre lo que estaban haciendo, apretando teclas a su paso para provocar una catarata sonora que permitiera espantar a los demonios mudos. Pero duro nada, pues la parvada de incomprensiones en la pantalla, me dijo que me debía un descanso.
De a poco todo se fue ensordeciendo, quedando ningún ruido lejano que bien podían ser la antesala del propio infierno.
Lentamente escuchando apenas mis propios pasos me dirigí, a la cocina para salvaguardar mi entereza y vigilia, con un poderoso café negro y amargo. La luz estaba apagada, no había rastros de señal alguna a ruido, parecía que nada funcionaba. Di unos pasos hacia adelante, estirando el brazo para buscar el interruptor de la luz, cuando la maldita heladera arranco su motor, así como salida de la nada me ensarto un respingo que putie por lo bajo. Era un modelo viejo, de esos que arrancan y parece un rastrojero.
Pulsé la llave de luz y todo se ilumino en un abrir y cerrar de ojos. La mesada de mármol traída de Italia por mi abuelo, brillaba todavía a pesar del uso que, durante años le habían dado implacablemente. Por suerte para ella, yo casi no cocinaba. Deslice los dedos por el costado de la mesada como hacia siempre desde niño y, llegue a la cafetera que estaba “stand by” como dicen ahora, con su jarra llena de café recién hecho.
Ciertamente, el aroma a café, contrarrestaba toda falta de sonido en la cocina, llenando mis pulmones con el deseo de poder saborearlo lo antes posible.
Todo parecía en orden, había dejado atrás ese ambiente sellado de silencios, donde lo único que se habían escuchado, eran las teclas del ordenador. Y ahora, estaba en otro ambiente, diría que casi hasta festivo, disfrutando de mi café.
Cuando se cortó la luz.
Oscuridad, silencio, tortuoso silencio. Ese que se agazapa y te espera para caerte encima y ensordecerte con su mudez repentina. Esta vez con aroma a café.
