La revista Mandala Literaria, de acuerdo a convenio con Letras, subirá algunos textos que hayan sido publicados en ella.
Vacío Interior
Mención Concurso “Historia de Inmigrantes” Sociedad Italiana de San Pedro
Agosto, 2010
Mirta Susana Tagliatore
Argentina
Caterina y Anselmo soñaron con una gran familia y lo lograron en esta “bendita tierra”. Se casaron en la Lombardía; a los pocos meses partieron para el “granero del mundo”. Arribaron a San Pedro donde plantaron las cepas traídas de la lejana Mantua.
Su viñedo era un lujo en la zona. Con él podían mantener a sus hijos: seis muchachos y cuatro niñas. Anselmo quería más manos para trabajar y así agradecerle a este país lo que le había brindado. Caterina era feliz al ver a sus vástagos sanos y robustos. Su rostro brillaba cuando tendía la mesa en la amplia galería.
Martín, el menor, estaba por cumplir los dieciocho. Se sentía orgulloso de su padre: “Voy a ser como él, buen esposo y un ejemplo para los hijos”.
Los sábados acompañaba a las mujeres a hacer las compras en el pueblo. Partían temprano en un sulky.
En una de esas tardes vieron un carruaje negro tirado por cuatro caballos. El mismo tenía las ventanas cubiertas por cortinas, que no dejaban ver a sus ocupantes. En el momento en que pasaron frente a ellos, una de éstas se corrió y fue en ese preciso instante en que apareció un rostro angelical con largos cabellos. No tuvo tiempo de reaccionar porque la Mama gritó: ¡Miren para otro lado! Son las locas del “Faro”- las chicas bajaron la cabeza obedeciendo la orden. Siguieron el camino sin palabras.
A partir de ese día, Martín comenzó a soñar con ese rostro, noche a noche iba tejiendo una novela. Si hasta le había puesto nombre: La llamaba “Princesa Ana”.
Una soleada tarde de verano mientras recogían uvas, sus hermanos empezaron a hacerle bromas.
-Martín, es hora que vayas al “Faro”- dijo su hermano mayor, Alberto
-Sí, lo vamos a llevar- respondió Alfredo con una sonrisa
-¿El Faro? ¿Qué es?- preguntó Martín con inocencia.
-¡Eh! ¿Nunca lo oíste? Es un lugar donde hay mujeres, que se visten de rojo, usan plumas y te enseñan a hacer el amor. No parecen mujeres sino diosas- replicó Benito que parecía ser el más conocedor.
Llegó el día. Martín estaba ansioso. Se puso las mejores ropas, buscó un perfume italiano de su hermano mayor. Cuando estaba frente al espejo ensayando lo que iba a decir a la mujer de sus sueños apareció la Mama.
-¿Dónde va hijo, tan elegante?- le preguntó.
-Los muchachos me invitaron a las romerías parece que también hay bailes de disfraces-
-Bueno, es hora de que te diviertas, pienso que tu padre estará de acuerdo, hoy tiene reunión con Don Jerónimo. ¡Hasta los sábados trabaja el pobre!- la Mama le dio un beso, a manera de bendición.
Partieron cuando el sol se escondía en el horizonte. Durante el trayecto, todas las bromas eran para el “novato”. A él no le importaba, solo sabía que en pocos minutos iba a estar junto a “Princesa Ana”. Estaba tan seguro que esa noche la iba a tener en sus brazos.
Llegaron al Faro. Los carruajes rodeaban la casa, que tenía las ventanas iluminadas mientras la música se esparcía por los aires mezclándose con el perfume de los jazmines.
De pronto vio como sus hermanos hablaban en voz baja, titubeaban antes de entrar. Él estaba tan emocionado. No podía con la curiosidad. Trepó por la pared hasta una ventana... ¡Allí estaba! La joven reía, jugaba con sus cabellos brillantes, vestía de color carmesí, resaltaba un collar de perlas que hacía juego con su piel. Solo había un gran candil que emitía una luz pálida. Martín no podía ver nítidamente pero... ¡Estaba sentada en las rodillas de un hombre que la acariciaba! El muchacho trepó un poco más y una rama se desprendió del árbol haciendo ruido. La pareja miró hacia la ventana.
-¡Mi padre!- gritó Martín con desesperación mientras caía al suelo. Comenzó a correr...Tenía la mente en blanco. Pasó por quintas, viñedos, el río... Llegó sofocado a su habitación y se tiró en la cama.
-Hijo ¿qué te ha sucedido?- le preguntó la Mama.
-Estee... vio Mama… allí en el baile había un disfraz que me causó un vacío en el cuerpo, como si algo se hubiese quebrado dentro de mí- manifestó Martín.
-¿Cómo era ese disfraz, hijo?- inquirió la Mama.
-No sé explicarlo. Era el disfraz de alguien que parece una cosa, pero que en realidad no lo es- expresó Martín con la voz entrecortada.
-¡Ah! Un “comediante”, ma en español...un farsante-replicó la Mama.
-Farsante... farsante... -repitió Martín mientras las lágrimas cubrían sus ojos.